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tenista
mensaje May 6 2008, 02:40 PM
Publicado: #81


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Raquel
mensaje May 6 2008, 04:58 PM
Publicado: #82


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Metal contra piedra.

CAPÍTULO X



La primera carrera en la que se inscribió la Escudería CC fue el Gran Premio de Mónaco. Nos trasladamos a Montecarlo una semana antes.

Como fuera que Chiron no había conducido nunca un Alfa, se entrenó con gran intensidad y cuidado. Veintiocho veces recorrimos aquella especie de tiovivo; la parte tortuosa del lado del mar; la recta junto a la playa; después, nuevamente, las curvas hasta llegar al punto más alto del circuito. Yo aumentaba la velocidad a cada vuelta, y por el retrovisor comprobaba cómo Girón no se despegaba de mí. Su capacidad era enorme. Acababa de montar por primera vez aquel modelo y parecía que hubiera conducido toda la vida.

Al correr mi vuelta veinticinco, vi que no me seguía. Disminuí la velocidad. Frené, pero el freno no agarraba bien. Bloqueó solamente una rueda delantera y el coche derrapó hacia el lado en que la balaustrada de piedra separa, en plena curva, la carretera del precipicio. Maniobré. Intenté operar con el cambio… El viraje se acercaba velozmente. Procuré ir hacia la derecha, el lado contrario, donde está el escarpado acantilado. Sabía muy bien que aquella curva no podía tomarse a más de ochenta kilómetros; en aquellos instantes yo iba a cien kilómetros por hora. Era preferible chocar contra las rocas a saltar por encima de la balaustrada y caer al mar. Las rocas venían hacia mí. Choqué con ellas, metal contra piedra… se detuvo el automóvil.

Creí que no había sucedido nada grave. Solamente la carrocería aplastada, especialmente alrededor de mi asiento. Con mucho cuidado saqué la pierna de aquella trampa de acero. Agarrándome al armazón de la carrocería, logré poco a poco separarme del asiento y salir.

Oí el agudo chirriar de los frenos del automóvil de Chiron. Miré alrededor. Pasó justamente detrás de mí y saltó fuera del coche. Algunas personas descendían corriendo los peldaños de las rocas.

Intenté alejarme de mi automóvil tan deprisa como pude, para demostrar que no me había pasado nada y que estaba ileso.

Puse el pie en el suelo; en aquel momento sentí un agudo dolor en la pierna. Era un dolor terrible, como si fuera cortada con un cuchillo al rojo blanco. Me desplomé; y Chiron me recogió en sus brazos, y luego le ayudaron otras personas.

Dos hombres corrieron a una pequeña tienda cercana y trajeron una silla, en la que me llevaron allí. El interior de la tienda era frío y oscuro. Pusieron la silla en el suelo con mucho cuidado y alguien puso una caja bajo mi pie para que pudiera extender la pierna.

Detrás del mostrador, un hombre de edad, con blanca perilla y gorra de terciopelo negro, me miraba con curiosidad y extrañeza. Sonriendo, igual que si estuviera realizando una venta, me dijo:



- Esté tranquilo, señor: pronto llegará la ambulancia. Tenemos un magnífico hospital – y como si fuera a consolarme, añadió -: En él han muerto muchas personas famosas.



Tardaba en llegar aquella ambulancia. Permanecí mientras tanto sentado en la silla, sufriendo horrorosamente. Estaba rodeado de gente; desde la calle mucho miraban a través de la puerta. Me horrorizaba la idea de que Carlota se enterara y viniera corriendo a aquella tienda. Felizmente, la ambulancia se anticipó.

Me extendieron en una camilla y me llevaron a la ambulancia. Hacía calor y faltaba sitio. Todo olía a ácido fénico; no podía ver nada del exterior a través de las ventanillas pintadas de blanco.

El camino me pareció inacabable. La ambulancia corrió cierto trecho por un terreno adoquinado; cada sacudida resonaba en mí desde la punta de los pies a la raíz de mis cabellos.

Finalmente paramos. Sacaron la camilla y la depositaron en el suelo. Me encontraba dentro de un gran parque poblado de grandes y viejos sicómoros. Después dos empleados me llevaron al hospital por unos caminos de grava.

Primero me hicieron radiografías y después me llevaron al quirófano. Me extendieron en una mesa cubierta por una sábana blanca. A través de una ventana pude ver un trozo de cielo azul y algunas copas de árboles movidos por el viento.

Un hombre joven, con bata blanca, me echó una ojeada y luego empezó a moverse a mi lado, colocando ruidosamente en una mesa de cristal una serie de resplandecientes instrumentos. Desde la puerta, una enfermera preguntó:

- ¿Es el corredor que se ha roto la pierna?

- Sí, es el de la fractura – contestó un joven médico.

- El doctor Trentini estará aquí dentro de unos minutos – dijo la enfermera, y cerró de golpe la puerta.

Sufría terriblemente; los dolores eran más agudos que al principio. Al parecer, la conmoción había entumecido los nervios; pero entonces sentía la impresión de que alguien me serrase los huesos sin cesar.

Por fin llego el doctor Trentini. Era un hombre bajo, de una cara amarillenta y pequeña perilla negra. Se presentó y me presentó también a su ayudante, el doctor Porrati. Me saludaron.

Lo que yo quería es que se dieran prisa, pues sufría mucho.

Llegó una enfermera con la radiografía. Los dos doctores se fueron hacia la ventana, la examinaron a contraluz y comentaron algo en voz baja. Me esforcé por oír lo que decían, pero no entendí nada.

Volvieron a la mesa de operaciones; el doctor Trentini empezó a darme tirones de la pierna asiéndola por el tobillo.



- ¿Duele?

- Sí –contesté parteando los dientes -. Pero mi pierna no puede quedar más corta. Tire cuanto quiera, doctor; ¿me entiende?

Le sustituyó su ayudante. Era más joven y más fuerte y podía tirar con más energía. Sudaba por todos los poros de mi cuerpo. Mientras el ayudante tiraba, el doctor Trentini acercó un cubo y sacó de él una venda, empapada en un líquido lechoso que goteaba.

- Yeso – me dijo el doctor, mientras me sonreía amistosamente. Empezó a enrollarme el vendaje. Me lo puso directamente, sin protegerme antes la pierna con una gasa. El vendaje estaba frío y húmedo. El doctor Trentini jadeaba ruidosamente.

La puerta que daba al vestíbulo se abrió y pude oír la voz de Carlota:

- ¿Dónde está mi marido? ¿Puedo verle?

Se cerró de nuevo la puerta y la enfermera, que había entrado, dijo al doctor:

- Doctor, afuera está una señora que desea hablar con usted.

El doctor Trentini dejó el vendaje tal y como estaba, se lavó las manos y salió. Vi cómo se llevaba la radiografía. Permaneció fuera durante mucho tiempo. Me pareció oír llorar a Carlota.

Más tarde supe lo que había dicho a mi esposa fuera del quirófano. Le mostró la radiografía y le explicó:

- Mire esto, señora: el muslo y la tibia están completamente machacados. Su marido no podrá conducir nunca más.

En aquellos momentos ignoraba el estado de mi pierna. Tan sólo sabía que yacía en aquella mesa, con la cabeza en la dura almohada, las uñas clavadas en la carne, y rogando: “¡Dios mío, haz que esto acabe pronto!”.


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gramolo
mensaje May 6 2008, 05:30 PM
Publicado: #83


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tenista
mensaje May 7 2008, 10:01 AM
Publicado: #84


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Excelente, pero no nos dejes en este punto, si no es mucho pedir, al menos un capitulito mas, ¿por fa?.

Mil gracias, Raquel cool.gif


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Raquel
mensaje May 8 2008, 03:54 PM
Publicado: #85


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Los motores bramaban, los automóviles, corrían por las blancas carreteras de Alemania, Italia, Francia, y yo no podía estar con ellos.

"CAPÍTULO XI



El menudo doctor de cara amarillenta estaba al pie de la cama.

- ¿Cuándo podré levantarme de nuevo?

Se encogió de hombros.

- ¿Cree que se arreglará bien?

También entonces se encogió de hombros. Tomó el estetoscopio del bolsillo de su bata blanca, lo miró con atención y lo guardó de nuevo.

- Quizás – dijo -. Es preciso esperar y ver. Es posible que la misma naturaleza le ayude; y si no sucediera así, siempre nos quedaría el recurso de una intervención quirúrgica.

Saludó con una inclinación de cabeza y se dirigió a la puerta. Caminaba erguido, con pasos saltarines, igual que un pájaro. Muchas personas vanidosas y engreídas caminaban del mismo modo.

- Entonces, ¿es que no volveré a conducir? – le dije casi gritando.

Se volvió, sonriente:

- ¡Oh, no! Yo no digo tanto. A veces hay milagros…

Hizo un saludo con la mano y cerró la puerta. Me quedé solo, tendido, como si me hubiesen golpeado en la cabeza. ¡Así andaban, pues, las cosas! Pensaban hacer unos cuantos experimentos conmigo y operarme después. Aquel hombrecillo amarillo como un limón hablaba de mi problema como si fuera una cosa tan insignificante como quitarme los calcetines.

Hacia mediodía, Giovannini fue a verme… Estaba muy alegre, o por lo menos fingía estarlo.

- Bien, Rudi; ¿con que te has estropeado el puente trasero? No importa: lo enderezaremos, ¿verdad? He traído aceite para engrasarlo.

Sacó una botella de coñac de un abultado bolsillo.

- No tengo ganas de beber ahora – dije -. ¿Sabes? Parece que se han propuesto cortarme la pierna.

- ¿Quién? – dijo Giovannini abriendo la boca. Entonces se puso a hablar tan de prisa que sus palabras se atropellaban.

No pueden hacerlo de ningún modo: ¡ni soñarlo! Un solo hombre podría ayudarme: el profesor Putti, de Bolonia. Estaba decidido a llamar a aquel profesor, y si fuera preciso, pagaría todos los gastos de su bolsillo. ¡Y entonces veremos cómo te arregla! Me dijo adiós y salió de la habitación casi corriendo.

El doctor Putti llegó a la mañana siguiente. Me gustó desde el momento en que le vi. Era alta, delgado, de tostada cara afilada y cabellos blancos como la nieve. Se presentó él mismo y empezó a examinar la pierna. El doctor de cara amarilla y sus dos ayudantes permanecían tras él observando todo con aspecto de personas ofendidas.

Putti me examinó cuidadosa y concienzudamente. Cuando acabó se enderezó sin decir una sola palabra.

- ¿Tendré que sufrir la operación? – pregunté lleno de miedo.

- ¿Quién ha dicho tal cosa?

Señalé con la cabeza al doctor Trentini. Putti se volvió y lo miró, pero no dijo nada. Tan sólo que la cara del doctor Trentini estaba aún más amarilla que de costumbre, y que se mordía los labios con tanta fuerza que se estremecía su negro bigote.

Después, el doctor Putti se volvió hacia mí, extendió la mano y dijo:

- No se preocupe, señor Caracciola, todo marcha muy bien. Pero sería preferible que fuera a mi clínica de Bolonia. Hablaré de lo referente a esto con el doctor Trentini.

Me estrechó la mano y sonrió. Sus blanquísimos dientes lucían en su curtida cara.

Salió seguido de los otros tres médicos. El dolor era terrible. La escayola me apretaba como si fuera un corsé de piedra y me oprimía por todas partes. Pensaba en que la prueba del domingo tendría lugar sin mí, y esto me entristecía.

Me rodeaba un océano de flores cuya fragancia llenaba la habitación. Volvía a pensar en la carrera, incesantemente, horas y más horas.

El lunes me llevaron en automóvil a Bolonia. En Génova encontré a los mecánicos, mientras llevaban el coche la fábrica para su reparación. Paramos y charlamos. Aquel fue un encuentro penoso; mi automóvil estaba tan maltrecho como yo. Al cabo de un rato nos separamos, ellos hacia un punto de destino y yo hacia el mío. Levanté la cabeza con esfuerzo y seguí mi marcha hasta que desaparecieron en una nube de polvo bajo los verdes olivos. Me pareció como si mi propia juventud, mi feliz pasado, henchidos de luchas y aventuras, hubiesen pasado para no volver jamás.

El hospital de Bolonia estaba instalado en un viejo convento, espacioso, tranquilo y frío. Mi habitación daba al jardín. Oía el canto de los pájaros, veía la luz del sol vagar por encima del césped y desaparecer después en las sombras del atardecer. Así un día y otro. El tiempo parecía haberse detenido. Se podía oír el canto del viento entre las copas de los árboles.

Carlota estaba siempre conmigo. Jugábamos a cartas y, algunas veces, halábamos sobre lo que haríamos cuando pudiera volver a andar. Si en alguna parte se celebraba alguna carrera, estábamos atentos a la radio. Las cosas no marchaban muy bien para la escudería CC. Chiron pasaba por una mala racha. Perdía en todas las carreras en las que tomaba parte. En el GP de Francia tuvo dificultades con los neumáticos; en Nürburgring abandonó en la segunda vuelta. Pusimos todas nuestras esperanzas en el Avus, en Berlín.

La radio de Berlín retransmitía los entrenamientos. Me puse unos auriculares; me parecía que mi vida estaba en aquella pista, igual que en 1926. De pronto sentí como si hubiera recibido un fuerte golpe. El locutor, que había estado hablando por los codos, calló; después, otra voz torpe y áspera dijo:

- Acabamos de recibir noticias de que el corredor Merz, de Mercedes Benz, ha patinado saliéndose de la pista, y está, según se teme, seriamente lesionado. Después de una breve pausa, la misma ronca voz prosiguió:

- Otto Merz ha muerto.

¡Otro grande, otro de los veteranos! ¡Qué gran hombre era! Un hombre de verdad, con un corazón de niño. Tan robusto que podía levantar él solo un automóvil de carreras para que pudieran cambiarle los neumáticos; con mis propios ojos le había visto clavar de un puñetazo un clavo en una mesa de cinco centímetros de grueso. Siempre bromeaba cuando se hablaba de los peligros de la pista, y decía que temía por la piedra en la que diese de cabeza. Y ahora acababa de abandonar la pista y entraba en la oscuridad eterna.

Aquel domingo, también perdió Chiron. Pero presté poca atención a la carrera. Estaba demasiado apesadumbrado por lo de Merz.

El doctor Putti iba todos los días a verme. Entraba con la brusca cordialidad de un médico muy alterado; siempre de buen humor, observaba mi perna, que yacía como un muerto dentro de la escayola, y me decía:

- Bien, todo irá perfectamente… - y volvía a desaparecer, mientras los faldones de su bata ondeaban tras él como banderas.

Pasé cinco meses, un día y otro. Llegó el momento en que el médico jefe llegó acompañado de dos enfermeras. Me quitaron el yeso, me subieron a una camilla y me llevaron al departamento de rayos X. Me tomaron radiografías desde todos los lados, y después volvieron a meterme en la cama. Por la tarde vino Putti y me anunció animadamente:

- Otro mes dentro del molde, y luego ya estará bien del todo.

Apreté los dientes y no respondí. ¿Qué podía decir? Otro mes con aquello puesto; ¡y me lo decía como si fuera un chiste! Pero yo yacía allí, enterrado vivo. Los motores bramaban, los automóviles, corrían por las blancas carreteras de Alemania, Italia, Francia, y yo no podía estar con ellos.

Cuatro días después Putti partió para América, a fin de participar en un congreso. El médico jefe le remplazó.

Cuatro semanas después me quitaron nuevamente el yeso, me dieron permiso para levantarme. Apoyado en dos muletas, penosamente, intenté andar, pero no pude. Apreté los dientes. Al siguiente día una enfermera me llevó en una silla de ruedas por el oscuro vestíbulo del hospital.

Cuando uno se encuentra lleno de salud no piensa en los dolores y sufrimientos que existen en el mundo; y por esto me impresionó la procesión de miserias que desfilaba ante mí. Surgían de las sombras hombres y mujeres con muletas o en sillas de ruedas, con piernas artificiales o con blancos vendajes en muñones de brazos; cruzaban en silencio y volvían a desaparecer en los sombríos porches del viejo convento.

Un par de días antes supe que Givannini también había ingresado en el hospital, debido a un ataque de uremia. Un caso muy desesperado, me dijo la enfermera.

Al cabo de unos pocos días fui a verle cojeando en mis muletas. Estaba solo en una pequeña habitación oscura. Había cruzado las manos sobre el pecho y miraba fijamente hacia lo alto. Me senté al lado de la cama. Al verme entrar no dijo nada, solamente me saludó con los ojos. Deseaba consolarle, animarle.

- Bueno, viejo camarada – le dije -, aquí nos tienes encerrados; ¿qué te parece? Creo que esta temporada los demás habrán de componérselas como puedan.

Movió la cabeza, despacio, penosamente.

- Esto se acaba para mí, Rudi.

Hablaba en un ronco susurro. Apenas podía hablar; estaba muy débil. Se destapó y me enseñó sus piernas, informes, hinchadas, que colgaban inertes de su extenuado cuerpo.

- El agua… sube… sube, y cuando llegue aquí – señaló entonces el corazón – todo habrá acabado.

Volvió a taparse y se quedó inmóvil. Cerró los ojos.

- ¿Puedo hacer algo por ti? – le pregunté.

Movió los párpados, después se apoyó en los codos y me dijo, con gran esfuerzo y dificultad:

- Sí, puedes hacer algo por mí. Puedes decirle al doctor que me dé algo con que pueda acabar de una vez. Bastante morfina para ayudarme en aquel momento.

Se dejó caer en la almohada y cerró los ojos. Parecía como si hubiera muerto.

Le dejé silenciosamente. Fuera me esperaba Carlota, y entre ella y la enfermera me llevaron otra vez a mi habitación. Al día siguiente no visité a Giovannini."


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Nivola
mensaje May 8 2008, 08:06 PM
Publicado: #86


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Ufff !!!! Espectacular, Raquel.... como siempre!!!
De hecho, ya paso de darte las gracias en cada respuesta por no ser repetitivo y convertir cada intervención en un contínuo agradecimiento... pero consideralo como si lo hiciera siempre wink.gif

Por cierto, tengo dos preguntillas sobre el libro...(sin prisas):
En primer lugar, si me puedes decir exactamente el título y el autor.
Y segundo, saber si estás transcribiendo el libro más o menos textualmente,capítulo por capítulo (si los capítulos van así seguidos como los pones,o son particiones que vas haciendo tú para irnos colgándolo poco a poco... o también si te saltas algunas partes o párrafos que consideres menos trascendentes...en fin, creo que me entiendes)

Lo pregunto porque evidentemente estoy, al igual que muchos, subyugado por esta obra que desconocía y voy a tratar de pasarla a papel y luego encuadernarla aunque sea un poco en plan "chapucilla" por si no consigo adquirirla en un futuro...(ya lo sé... llámame romántico, clásico, o anticuado, pero a mí lo de tenerlo copiado "dentro del ordenador" como que no es lo mismo...donde esté un libro físico, en papel, y hojearlo, manosearlo y llevarlo a donde quiera...pues eso... rolleyes.gif )

Es algo que ya hice antaño con "HMM" y no veas lo chulo que me quedó tongue.gif ... y lo guardo como oro en paño.

Espero que no te moleste esta libertad que me tomo con "tu niño" por así decirlo.Si es así me lo dices sin problemas.

Por otra parte, quiero decirte que espero que no te tomes nada de esto como una obligación para con nosotros. O que por lo que te digo vayas a transcribir todo textualmente sin que tuvieras pensado hacerlo antes. Por descontado entiendo que lo que TU decidas colgarnos es más que suficiente, y hasta donde quieras, puedas, o te canses... hablo sólo por mí, claro. Por mi parte, agradecido infinitamente con lo que ya nos has dado, aunque lo dejaras de golpe.

Nada más. Y un abrazo.

PD. la escena en que llevan a Rudi en una silla hasta la tienda después del accidente... entiendo que es la de la famosa foto ya comentada... ¿o me equivoco?
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Raquel
mensaje May 8 2008, 08:41 PM
Publicado: #87


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CITA(Nivola @ May 8 2008, 08:06 PM) *
Ufff !!!! Espectacular, Raquel.... como siempre!!!
De hecho, ya paso de darte las gracias en cada respuesta por no ser repetitivo y convertir cada intervención en un contínuo agradecimiento... pero consideralo como si lo hiciera siempre wink.gif

Por cierto, tengo dos preguntillas sobre el libro...(sin prisas):
En primer lugar, si me puedes decir exactamente el título y el autor.
Y segundo, saber si estás transcribiendo el libro más o menos textualmente,capítulo por capítulo (si los capítulos van así seguidos como los pones,o son particiones que vas haciendo tú para irnos colgándolo poco a poco... o también si te saltas algunas partes o párrafos que consideres menos trascendentes...en fin, creo que me entiendes)

Lo pregunto porque evidentemente estoy, al igual que muchos, subyugado por esta obra que desconocía y voy a tratar de pasarla a papel y luego encuadernarla aunque sea un poco en plan "chapucilla" por si no consigo adquirirla en un futuro...(ya lo sé... llámame romántico, clásico, o anticuado, pero a mí lo de tenerlo copiado "dentro del ordenador" como que no es lo mismo...donde esté un libro físico, en papel, y hojearlo, manosearlo y llevarlo a donde quiera...pues eso... rolleyes.gif )

Es algo que ya hice antaño con "HMM" y no veas lo chulo que me quedó tongue.gif ... y lo guardo como oro en paño.

Espero que no te moleste esta libertad que me tomo con "tu niño" por así decirlo.Si es así me lo dices sin problemas.

Por otra parte, quiero decirte que espero que no te tomes nada de esto como una obligación para con nosotros. O que por lo que te digo vayas a transcribir todo textualmente sin que tuvieras pensado hacerlo antes. Por descontado entiendo que lo que TU decidas colgarnos es más que suficiente, y hasta donde quieras, puedas, o te canses... hablo sólo por mí, claro. Por mi parte, agradecido infinitamente con lo que ya nos has dado, aunque lo dejaras de golpe.

Nada más. Y un abrazo.

PD. la escena en que llevan a Rudi en una silla hasta la tienda después del accidente... entiendo que es la de la famosa foto ya comentada... ¿o me equivoco?


Gracias, Nivola smile.gif

Por supuesto, es innecesario que me des las gracias (tú o nadie) a medida que voy posteando y vosotros interviniendo. Ya os he dicho que yo feliz si os gusta y puedo de este modo compartirlo. wink.gif

Para nada me molesta que te tomes las libertades que tú quieras a la hora de preguntar cuanto gustes, ¡todo lo contrario!

Te respondo a las dos preguntas:

1.- Sobre el autor y título del libro: no lo fui poniendo después porque lo dejé indicado en la 1ª página de este mismo tema, es Rudolf Caracciola el propio autor (se supone, otra cosa es que utilizara un "escribiente" que no se nombra). Por ello el título es :MI MUNDO. Vida de un piloto automovilístico. Es su propia autobiografía.

2.- Aunque al principio, cuando dejé ese primer texto a colación del tema que había abierto Ayrton con esa fantástica cantidad de documentación de hemeroteca, la idea no hubiera sido continuarlo, pues luego ya ves... ¡la culpa la tuvo Tenista! biggrin.gif Así que, completado el primer capítulo, fui añadiendo progresivamente.
Por lo tanto, es como tú dices: sigo cada capítulo e intento transcribirlos uno a uno, completos (a no ser que en algún caso hubiera alguno demasiado largo). No recojo fragmentos que a mí me gusten especialmente, o me salto otros. Ojalá pudiera saltarme estos 3 capítulos que hablan del accidente y su convalecencia, pues se me atraganta el teclado en la garganta y no imagináis las ganas que tengo de pasarlos...

En realidad, como decía el otro día en un post "aclarándole conceptos" a Ayrton , wink.gif hay una razón por la cual me prometí a mí misma intentar cumplirlo.
Espero que así pueda ser...

Totalmente de acuerdo contigo: donde esté un libro de papel que se pueda palpar y sentir... que se quite lo demás. NO TIENE COMPARACIÓN.
Así tengo yo también mi "especial edición" encuadernada, que me regaló dedicada un compañero forista -IMPRESIONANTE- . Y si vierais cómo está, llenó de notas, puntos y marcas de páginas con "sucesos"... UFFF... hasta lágrimas imprimidas entre las letras creo que hay entre sus huellas!!!

Llámame romántica, nostálgica, sensiblona... lo que quieras. rolleyes.gif

Cierto, la foto de la que estuvimos hablando de Rudi en la silla en shok, transportado hasta esa trastienda de Mónaco en la que espera la asistencia médica y la ambulancia que le lleve al hospital es ésa misma que posteó Julián.

¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Menos mal! smile.gif

Otro abrazo para ti, y muchísimas gracias por tus comentarios.


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tenista
mensaje May 8 2008, 08:43 PM
Publicado: #88


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Muchas gracias Raquel, Ha tocado capitulo triste y aunque sea ficcion se lo que se siente en varias de esas circunstancias.

Muchas gracias, de nuevo.


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Raquel
mensaje May 8 2008, 10:30 PM
Publicado: #89


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CITA(tenista @ May 8 2008, 07:43 PM) *
Muchas gracias Raquel, Ha tocado capitulo triste y aunque sea ficcion se lo que se siente en varias de esas circunstancias.

Muchas gracias, de nuevo.


Sí, Tenista. Es lo que comentaba. Que han tocado capítulos muy duros: hay partes en las que se hace un engrudo deglutir ciertas cosas que describe y que, sólo una persona que las haya sentido en su propia carne, podría dejar plasmadas con tanta simplicidady agudeza al transmitirlas.

"Ficción" propiamente no es. Lo que sí es cierto es que el tiempo transcurrido, más la forma que toma el relato: parece una novela, nos hace verlo con la lejanía de la imaginación que lo recrea. Se convierten, casi, en "personajes de un libro".

Sin embargo, como bien dices, a mí también me ha tocado ponerme en la piel de lo que pudiera sentirse en esas circunstancias. ¡Y cuesta!
"Entender" es una cosa. "Comprender" implica mucho más. wink.gif

Precisamente, hoy me hubiera encantado dedicarle un capítulo a XUG smile.gif , persona por la que siento gran estima y mucho agradecimiento, ya que además es nuestro WEBMASTER en http://pdlr.gaiztor.com/, el foro del Campeonato GPL. Porque es su cumpleaños.
No ha podido ser: yo no quería estos capítulos tristes. Pero yo no mando sobre el orden de un libro... wink.gif


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Raquel
mensaje May 12 2008, 04:44 PM
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Este veneno de la velocidad, ¡el más implacable y frío, pero el más hermoso de los venenos concedidos al hombre!

"CAPÍTULO XII



- Ahora, ya lo ves – me dijo carlota -, cada día irás encontrándote mejor. _ Me hablaba sonriéndome, pero había lágrimas en sus ojos.

Al tercer día otra vez los rayos X. El jefe médico del hospital y el radiólogo estuvieron conmigo, pero no hicieron ningún comentario.

Por la tarde el doctor vino a verme. Llevaba en un gran sobre las radiografías de mi pierna.

- Mire esto – me dijo, señalándome un punto del clisé -. El cartílago no se ha consolidado en la fractura.

- ¿Qué quiere usted decir?

- Que la pierna no está en situación de soportar el peso de su cuerpo – dijo-. Sería mucho mejor proceder la intervención. Le pondríamos un tornillo para asegurar la parte fracturada.

Me negué con un gesto de cabeza.

- Entonces, habrá de ser escayolado otra vez, por lo menos un mes – dijo con firmeza.

- No.

- Muy bien; entonces tendrá que soportar las consecuencias. En estas circunstancias no puedo ordenar otro tratamiento.

Se fue, pero cuando estaba en la puerta, volvió y me dijo:

- Señor Caracciola, tiene usted que ser razonable. No hay otra alternativa. O bien espera a que el cartílago se endurezca para que sus huesos puedan sostenerle nuevamente, en cuyo caso sería necesario enyesarle hoy mismo, o se deja intervenir.

No le contesté y miré a Carlota. Estaba de pie junto a la cabecera de la cama. Agarraba tan fuertemente los barrotes que sus nudillos estaban lívidos. Lloraba en silencio

El doctor esperaba una respuesta. Al final saludó rígidamente y se fue.

- Deja que te operen, Rudi – exclamó de repente Carlota. Ya no lloraba calladamente; su cuerpo se estremecía en sollozos.

- ¿Y qué pasará si la fractura continúa sin soldarse? ¿Cómo podré continuar conduciendo?

- Rudi, ¡ya o podrás conducir más!

- ¿Qué dices, qué estás diciendo?

Me miró horrorizada. Repitió, casi con obstinación:

- No, ya no podrás conducir más. El doctor me lo dijo: el muslo, el cuello del fémur, está destrozado.

- ¿Quién te lo dijo?

- El doctor Trentini.

Mi cuerpo pareció quedar paralizado ante aquella revelación. Un frío terrible se deslizó desde mi corazón a todo el cuerpo.

- ¿Crees que no debiera haberlo dicho?

- Sí, claro que sí.

Calló. Todo mi ser se rebelaba contra aquella estúpida crueldad del destino. No; aquello no podía ser, ¡no debía ser!

- Pero, ¿por qué tienes que estar siempre pensando en conducir? ¿No podrías empezar otro asunto? Hay fantásticas cosas que puedes hacer…

- Por favor, no continúes.

Carlota no comprendió lo que significaba para mí el roncar de los motores a la salida, el agudo zumbido del compresor y el raudo deslizarse por encima del reluciente asfalto. Este veneno de la velocidad, ¡el más implacable y frío, pero el más hermoso de los venenos concedidos al hombre! Se tranquilizó cuando logré sentarme a su lado y la consolé. La había herido y estaba dolido de haberlo hecho. Le estreché la mano.

- Haré otra tentativa… Esta noche hablaré con el radiólogo. Si opina lo mismo que el doctor, mañana por la mañana me dejaré enyesar otra vez.

Solicité poder hablar con el doctor especialista en rayos X. Confirmó en todos sus extremos el diagnóstico de su superior. Al día siguiente mi pierna estaba otra vez enyesada.

Dos días más tarde murió Giovannini, y tres semanas después el profesor Putti regresó de América.

Sostuvimos una larga conversación. Le expuse francamente lo que pensaba, o sea que había perdido toda mi fe en la ciencia de la medicina y que confiaba solamente en mi sana constitución. Se sonrió.

- Existen tres factores, señor Caracciola – me dijo -, que pueden convertir un hombre enfermo en otro lleno de salud: la fe, la fuerza de voluntad y la medicina. Creo que el que tiene más fuerza de los tres es la medicina.

Le estreché la mano. Apreciaba de veras a aquel hombre. Estaba por encima de su profesión y la consideraba con cierto cariño escéptico; quizás por esa misma razón era un gran médico.

Dos semanas más tarde salí del hospital. Andaba con dos muletas y una pierna me dolía muchísimo con cada paso. Carlota y yo fuimos a Lugano, n donde unos amigos tenían una casa. Lugano es un punto caluroso y soleado, y yo necesitaba calor y sol para mi pierna enferma.

La casa de mis amigos se hallaba cerca del lago. Pasaba sentado en la terraza todo el día, mirando cómo se reflejaban en el agua las montañas y las movedizas nubes; era un continuo juego de luces y de sombras que no me cansaba de contemplar.

A mediados de noviembre me llamó por teléfono Neubauer, desde la casa Mercedes me preguntó cómo me encontraba y si pensaba conducir la temporada siguiente.

- Sí – le contesté.

- ¡Estupendo, estupendo! – dijo Neubauer, y me preguntó si podría venir a pasar con nosotros el próximo fin de semana.

- Naturalmente – le contesté -: no deje de hacerlo.

Mi excitación fue en aumento durante los días que precedieron a aquel sábado. Me había reclamado Mercedes. Esto quería decir que la casa construía nuevamente automóviles de carreras; quería decir también que les interesaba que yo volviera a correr para ellos.

Acosé al médico de Lugano para que sustituyera los vendajes por otros más livianos. Con ayuda de Carlota me puse unos pantalones y ensayé ante el espejo el modo de andar, tal como hacen los actores. Nadie había de darse cuenta de que aún sentía dolor al caminar.

Llegó el sábado. Carlota fue a la estación a recibir a Neubauer, mientras yo esperaba en casa. Oí cómo se detenía el automóvil ante el portal. Fuertes pisadas ascendieron la escalera; se abrió la puerta y Neubauer fue hacia mí con los brazos abiertos. Me adelanté cojeando. Me dio unos cariñosos manotazos en la espalda y me dijo alegremente:

- Rudi, ¡mi buen Rudi! ¡Qué contento estoy de verte otra vez andando!

Su cara resplandecía de alegría, pero sus oscuros ojos me estudiaban de pies a cabeza. Nos sentamos.

- Bueno – empezó -, no hagas más conjeturas. Sí, volvemos a construir coches de carreras. Las cosas están mejorando en Alemania, y, claro, las empresas ¡vuelven a las carreras! – Puso la mano sobre mi dolorida rodilla, pero no hice ningún gesto -. ¿Qué te parece, Rudi? ¿Te gusta todo esto? ¿Podrás conducir?

- Claro que puedo conducir – dije con toda tranquilidad -. Me entusiasma el pensarlo; pero todo depende de la clase de contrato que se me ofrezca.

Frunció la frente con asombro.

Puesto que supuse que llevaba un contrato, le pregunté abiertamente de qué clase sería el que la empresa me ofreciera. Agitando los brazos, me contestó:

- Realmente, Rudi, no lo sé. Será mejor que vayas a Stuttgart y tratas de eso con el doctor Kissel. He venido solamente como amigo, con la intención de poder pasar unas horas felices con vosotros.

En realidad pasamos pocas horas felices. Me dolía cruelmente la pierna; parecía que se hubiese aflojado el yeso, y tenía la desagradable impresión de que Neubauer observaba cada uno de mis pasos para calibrar cómo se portaba mi “puente trasero”. Regresó a Stuttgart el día siguiente y dijo en su informe: “Caracciola continúa en baja forma. Por ahora no podemos contar con él”.

Cuando me enteré, no me enfadé en absoluto. Conocía aquellos negocios. Neubauer había actuado en interés de la empresa. Un hombre de negocios no puede permitirse tener sentimientos. Para él las personas sólo tienen importancia funcional: si alguna no puede desempeñar su cometido de modo ordenado, debe abandonar su plaza. Es una ley muy dura, tan implacable como es en la naturaleza la lucha por la existencia y la supervivencia. Pero esta norma no admite excepciones de los hombres que se han consagrado a la máquina.

En enero partí para Stuttgart y firmé un contrato que no hubiera aceptado un año antes. Pero entonces, estaba tumbado en una cama del hotel, incapaz de levantarme, agotado, después del viaje. Había hecho un gran esfuerzo y la pierna lo acusaba con grandes dolores. Debido a todo esto, firmé. Lo hice sin resentimiento e incluso con gratitud. Después de todo, consideradas las circunstancias, era una nueva oportunidad que la casa me proporcionaba.

Poco tiempo después regresé a Arosa con Carlota. “¡El sol, mucho sol!, era lo que me había aconsejado el médico que consulté en Stuttgart.

En aquellas montañas había mucho sol. Resplandecía el día entero en un cielo de color azul-acero y se reflejaba millares de veces en las nevadas cúspides. Habíamos alquilado una casa pequeñita en la que vivíamos los dos solos. Pasaba el día tumbado en el balcón, mientras Carlota se cuidaba de la casa. Aquellos días eran como los primeros de nuestro amor. Hablábamos de nuestras ilusiones para el futuro y de todo lo que haríamos cuando pudiera conducir de nuevo. Por las tardes, paseábamos juntos, cada día era un poco más largo el paseo. Rodeaba el cuello de Carlota con un brazo y con el otro me apoyaba en el bastón. Prefería salir al atardecer, pues así, durante el ejercicio, no me veía nadie.

Carlita era una entusiasta del esquí. Después de los largos meses pasados en Bolonia, le ilusionaba la idea de poder hacer una larga excursión en esquí con algunos de nuestros amigos. Cuando se lo propuse, se negó, pues no quería dejarme solo; pero tras mucho insistir logré convencerla.

Partió una mañana para realizar aquella excursión. Convinimos en que aquella tarde le esperaría en la estación. Hacia las cinco llegó el tren, pero ella no, ni ninguno de sus compañeros. Me entristecí y, cojeando, regresé a casa. Me senté junto a la ventana, esperando. La tarde languidecía. Aún había luz en las montañas, pero en los valles reinaban ya suaves y azules sombras. No encendí la luz. La habitación estaba muy oscura; vi aparecer las primeras estrellas y una luna que parecía un bote que navegase sobre las cimas del este.

A las siete me llamaron desde Lenzerheide, una estación alpina. La telefonista me dijo que los de la excursión regresarían en el último tren. Un accidente les había obligado a permanecer allí más tiempo de lo pensado.

- ¿Qué clase de accidente…?

No lo sabía.

El último tren llegó a las nueve y media. Desde la ventana del dormitorio veía la estación. Vi cómo llegaba el tren, con las ventanillas iluminadas trepando por la montaña. Después se paró. La blanca plazoleta ante la estación oscureció de multitud.

Encendí las velas y volví al comedor. Eran las diez menos cuarto. Abrí la ventana y miré. El aire frío de la noche hizo estremecer la llama de las velas.

Un esquiador, cargado con los esquís, ascendía por el camino. La nieve crujía bajo sus botas. Cuando le vi desde lejos creí que se trataba de Carlota, pero cuando estuvo más cerca comprobé que era un hombre. Llegó a la casa, se descargó de los esquís y los dejó en un farol. Después se dirigió a la entrada de la casa.

Cerré la ventana, tomé una vela y salí tan de prisa como pude. Cuando llegué al rellano, llamaron.

- Entre, ¿quiere? – Mi propia voz me sonó extraña.

Se abrió la puerta y aquel hombre subió las escaleras. Alcé la vela para alumbrarle. Era un hombre joven, uno de los compañeros de la excursión.

- Buenas noches, señor Caracciola.

- Buenas noches.

- Deseaba…

De pronto se detuvo y me miró. La luz de la vela daba de lleno en su rostro. Leí todo en sus ojos.

- ¿Carlota? – pregunté, y él asintió.

- ¿Muerta?

La palabra brotó de una seca garganta. Él asintió. Fui hacia la barandilla. Quedamos mirándonos fijamente en silencio. La escalera estaba oscura; la vela temblaba en mi mano. Bajo aquella luz, sus rostro parecía exánime, como la de un muerto. Empezó a hablar:

- La avalancha cayó sobre ella… Tenía que haberse dado cuenta. Se dejó coger de lleno. Probablemente sufrió un ataque de corazón.

Seguimos mirándonos en silencio. De repente dio media vuelta y bajó corriendo las escaleras, como si alguien le persiguiera. Abajo, con un portazo, cerró.

Volví al comedor y apagué todas las velas. Todas, excepto la que llevaba en la mano."


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tenista
mensaje May 12 2008, 08:26 PM
Publicado: #91


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Muchas gracias Raquel, la historia se ha tornado triste y dura, ...... como la vida misma.

Espero con impaciencia el siguiente capitulo.


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Raquel
mensaje May 14 2008, 04:34 PM
Publicado: #92


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Volver a las carreras me emocionó más de lo que había supuesto.

"CAPÍTULO XIII



Chiron, sin avisarme, fue un día a visitarme. Yo estaba acostado, en una habitación a oscuras. No le esperaba. No esperaba a nadie.

Arrojó su chaqueta encima de una silla y se sentó a mi lado. No me habló para nada de la desgracia, lo que en mi interior agradecí mucho.

- “Bon jour, Rudi” – me dijo. Habló con toda sencillez, como si hiciera pocos días que nos habíamos visto -. ¿Te gustaría dar la vuelta de honor en Mónaco? Me lo dijo Nogués que los de allí querían escribirte. Pero yo dije que no; ¡nada de escribir! Vendría a buscarte.

Le dije que no, que de ninguna manera.

Se puso en pie y fue hacia mí. Me puso las manos en los hombros y me dijo:

- Rudi, un día u otro tienes que salir de esta cueva, eres joven; ¡no puedes retirarte aún!

Estuvo hablándome durante media hora. Finalmente le dije que sí.

Llegué a Montecarlo a la una de la tarde del día de la carrera. Estaba señalada para las tres. Hacía un magnífico día de primavera. Las blancas calles de la ciudad relucían bajo la luz de aquel sol, y el azul del mar se extendía hasta el horizonte. No me dirigí al circuito hasta un poco antes de empezar la carrera. Cuando pasé por delante de las tribunas, una muchacha tiró un ramo de flores dentro de mi coche. El presidente se levantó y me dio la bienvenida. También muchos espectadores se levantaban para saludarme.

Al pasar ante los boxes conduje muy despacio. Los automóviles estaban ya alineados, y los mecánicos les prodigaban los últimos cuidados. Durante todo el recorrido de mi vuelta me emocionó el rugido de la puesta en marcha de los motores.

En las bocacalles la gente aplaudía y vociferaba. Vi el sitio donde me estrellé, las rocas que destrozaron mi pierna.

Pasé lentamente por la recta al lado del mar; pude oír cómo chocaban las olas contra las rocas y sentí la fresca brisa que venía del agua. ¡Hacía un tiempo magnífico para una carrera!

Continué conduciendo. La pierna derecha empezaba a dolerme. Tenía que manejar el acelerador y el freno con el pie izquierdo. Cuando regresé a la línea de salida, los automóviles estaban a punto, situados en cuatro filas, los rojos vehículos italianos, los azules franceses. Paré, salté del coche y los contemplé. Conocía a todos aquellos que estaban a punto de arrancar.

Estaba el pequeño Nuvolari, con su flexible figura de torero, y Chiron, el gran campeón francés, con su mono azul claro y el pañuelo rojo blanco. Varzi, con el cabello peinado con raya en medio y el eterno cigarrillo humeante en los labios. Earl Howe, el veterano entre los corredores amateurs ingleses, con sus vivarachos ojos sonrientes, en aquel momento sin su habitual paraguas gris. Muy cerca de Howe, en un reluciente Bugatti, Moll, el nuevo valor francés, y más allá, Fifí Etancelin. También vi a DDreyfus, que otra vez había vencido en Montecarlo, y a Faroux, a punto de dar la salida; Faroux, el más grande periodista del automovilismo francés, celebre en todo el mundo por sus objetivos comentarios sobre todo lo referente a las carreras, un caballero en todos los conceptos.

Faroux levantó la bandera, aullaron los motores y una nube de humo me envolvió. Bajó la bandera y arrancaron. Contemplé cómo salían en un grupo compacto; cómo desaparecían en una nube de humo. Di la vuelta, paré ante la tribuna y salí de la pista. Volver a las carreras me emocionó más de lo que había supuesto. Aquel era mi mundo; allí era donde yo debía estar. Un hombre es corredor lo mismo que otro es cazador, más por instinto que por raciocinio. He despreciado siempre a los muchachos que se sientan al volante sólo para perseguir el logro de una buena jubilación. O se es piloto de carreras por vocación, o no se es, sin términos medios.

Era necesario que volviera a conducir, pues sólo así podía soportar la vida. ¿Pero qué sería de mí si al intentarlo fracasara? Me dolía la pierna, a pesar de haber conducido durante tan poco tiempo. ¿Sería capaz de soportar una carrera de trescientos, cuatrocientos o quinientos kilómetros? Aun así, era preciso que volviera a conducir para que la vida se me hiciera soportable. ¿Pero qué pasaría si al volverme a sentar ante el volante no pudiera competir en lucha contra los jóvenes, contra los fuertes? Sería como si reconociera mis heridas con un puñal. Sabía muy bien lo que dirían: Caracciola ya no está en la forma de antes…, es demasiado viejo… no tenía que haber vuelto al deporte…

Pero yo tenía que recuperar lo perdido. Tenía que ser otra vez dueño de mi cuerpo. De otra forma, la vida carecía de objetivo.

¿Qué otra cosa podía hacer yo? ¿Volver a ser un comerciante, un vendedor de automóviles? Aquello podía ser una solución para los que sólo corrían para ganar dinero. Para mí las carreras eran algo más elevado. Que sonría la gente y se encoja de hombros ante la idea de que unos hombres arriesgan sus vidas por ser más rápidos que otros durante unos segundos. Para mí, la única felicidad consiste en estar sentado al volante, agazaparme tras el parabrisas y estar atento a la bandera de salida, y arrancar.

Y después, las horas sobre la pista: el aire silba y los motores rugen. Dejar de ser aquel hombre que tiene herida la pierna y triste el corazón; convertirse en otro que domina trescientos, cuatrocientos caballos de fuerza. Uno es la voluntad que rige aquella criatura de acero; piensa por ella, sus ritmos son uno sólo. El cerebro trabaja con la misma velocidad y precisión que aquel corazón de acero. Sino, el monstruo se convierte en dueño y os destruye. Había de conducir. Era lo único que me importaba.

Era imposible retroceder. Tenía que conducir de nuevo. ¡Tenía que hacerlo! ¡Tenía que hacerlo!

Dos semanas más tarde llegó un telegrama de la casa Mercedes: entrenamientos en el Avus a punto de empezar. El nuevo modelo, el 34, iba a ser probado.

Fui a Berlín. Llegué por la tarde al hotel en donde Neubauer y el director, el proyectista del coche, me estaban esperando.

Continuaba ayudándome con un bastón. Neubauer continuaba examinándome. Llevaban allí dos días con Brauchitsch y con Fagioli, que habían empezado a entrenarse con el nuevo modelo. Obtuvieron unos tiempos aceptables, pero no sensacionales. Yo tenía que empezar la mañana siguiente a las once. Pregunté si podría empezar antes, pues no quería que mi reaparición fuese sensacional en la prensa. Vi cómo Neubauer y Niebel cambiaban una rápida mirada. Después Neubauer me dijo:

- ¡Pues claro, Caracciola; todo lo que quieras!

El día siguiente por la mañana nos encontramos en el Avus.

Cuando yo llegué ya estaban allí los demás. Neubauer, Niebel y los mecánicos. El coche también, pequeño y blanco. Lo encontré muy atractivo, muy parecido al monoplaza que siempre había soñado.

Era una hermosa mañana de mayo. El cielo tenía un tono azul pálido. Brillaba el sol en las copas de los árboles, y nos envolvía un agradabilísimo olor de resina.

Llegué en mi automóvil junto al bólido, bajé y me dirigí hacia él apoyándome en mi bastón. Los mecánicos me ayudaron a sentarme al volante. Noté que el corazón me subía a la garganta.

Un hombre joven, con una libreta de notas en la mano se me acercó, pero Neubauer hizo que se apartara. Un fotógrafo de prensa disparó. Un mecánico puso en marcha el motor y se apartó de un salto. Salí. Di la primera vuelta conduciendo con mucho cuidado, estudiando la pista. La pierna me dolía un poco, pero el dolor era soportable.

Aceleré. El coche alcanzó más velocidad. Los árboles de ambos lados se transformaban en una pared gris verdosa. La blanca cinta de la pista parecía estrecharse cada vez más, y el silbido del aire se convirtió en un agudo zumbido.

¡Gracias, Dios mío! La cosa marcha bien. ¡Podía conducir!

Después de la séptima vuelta, me indicaron desde el box que pasara. Al finalizar la octava me dirigí hacia allí. Paré. Neubauer y Niebel vinieron hacia mí.

- ¿Cómo ha ido?

- Muy bien, doctor Niebel – contesté -. He quedado muy satisfecho de la máquina, pero hubiera podido sacar mejor rendimiento en las curvas si la pista hubiese estado mejor diseñada.

Me pareció que esta observación no agradó al doctor Niebel. Neubauer no dijo nada. Los mecánicos me ayudaron a bajar y volví a mi automóvil, procurando no cojear y apoyarme lo menos posible en el bastón. Me hubiera gustado mucho preguntar cómo habían resultado los tiempos, pero no quise correr el riesgo de verme humillado.

El joven de la libreta, el que Neubauer apartó, vino hacia mí y murmuró un nombre que no pude entender. Le miré. Era pálido, rubio y se peinaba hacia atrás; sus ojos miraban tras los vidrios de unas gafas sin montura. Tenía los ademanes de un animal nervioso y acosado.

- Le felicito, señor Caracciola – me dijo -: ha estado usted soberbio.

- ¿Si? – le contesté en el tono más indiferente posible, mientras mi corazón batía con mayor rapidez.

- En la última vuelta ha marcado los doscientos treinta y cinco por hora – me comunicó -. Mejor tiempo que el de los entrenamientos de ayer.

- Bien; lo celebro – repuse, reteniendo mis deseos de darle un abrazo.

- ¿Y cómo anda eso? – me preguntó señalando mi pierna con el lápiz.

- Estupendamente – le contesté -. Realmente, tan bien que muy pronto volveré a patinar sobre hielo.

Fui al automóvil y me senté tras el volante. El joven continuaba a mi lado. Se apoyó en la ventanilla.

- ¡Caramba, doscientos treinta y cinco! ¡Eso es un tiempo estupendo de veras!

Volví a darle gracias y estreché otra vez su mano. Después arranqué.

Me encontraba muy bien; Ni aun después de la prueba de Nürburgring, en 1931, me había encontrado de aquella manera. Las cosas iban arreglándose. Podía conducir, e incluso podría haber obtenido mejor rendimiento de aquel automóvil.

Solamente había una nube oscura n el horizonte. ¿Resistiría una carrera de tres o cuatro horas conduciendo a fuertes velocidades? Tuve la suerte de que la casa Mercedes decidió no participar aquel año en la prueba del Avus, por lo que pide reservarme sin llamar la atención del público.

Inscribí mi nombre por primera vez en el Gran Premio de Alemania. Llegó el día de aquella difícil prueba y luché tenazmente con Stuck por obtener el primer puesto. Me situé por fin en cabeza, mas mi motor falló y me vi obligado a abandonar. Sólo había corrido media carrera, por lo que aun ignoraba si podía resistir una de quinientos kilómetros.

En agosto me inscribí en la carrera en cuesta del collado de Klausen. Era ésta una carrera de tan sólo 22 kilómetros. El único contrincante de quien podía temer era Hans Stuck, que montaba un Auto-Union.

Me obsesionaba otro pensamiento: en 1932 batí el récord de aquella prueba, y nadie había obtenido luego mejor tiempo que el mío. ¿Y si batiese mi propio récord? Con esto demostraría que había recuperado mi antigua forma; que incluso la había superado.

Los días del entrenamiento fueron tristes y lluviosos. Las nubes ocultaban las cimas de las montañas y jirones de tupida niebla descendían hasta los valles. La pista estaba resbaladiza. Las motocicletas y los automóviles deportivos partieron antes que nosotros. Todos conducían con mucho cuidado, por lo que las velocidades alcanzaban una media inferior a la de los años anteriores.

La carrera se celebró el domingo, bajo los rayos de un sol espléndido. Aquella carrera no era para mí una de tantas. Tenía conciencia de que había de emplearme a fondo, así que conducía a toda velocidad desde la misma salida. No vi a ninguno de mis contrincantes; tan sólo oía el rugido de mi motor y durante varios minutos conduje despegado de los demás. Cuando llegué a la meta, había batido mi propio récord. Había sido el más rápido; veinte segundos más rápido que tres años antes. Era evidente que volvía a ser el hombre de antes… en aquella corta carrera."


PD: ¡Por fin volvemos a la alegría! smile.gif O al menos, quedan atrás "oscuras nubes" que durante tantas y tantas líneas han privado de luz y sensaciones gratas a Caracciola.
¡Qué frases tan bonitas sobre lo que siente un piloto pueden leerse en este capítulo! Yo sé de alguien que guarda mi lechuza de Atenea y que alguna vez me las contó de forma parecida... wink.gif ¿Verdad que sí, Ayrton? smile.gif


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Raquel
mensaje May 15 2008, 05:15 PM
Publicado: #93


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Cuando VENCER no es GANAR... Vamos, así lo veo yo...

...pero yo no estaba de humor para escuchar aquello y salí a dar una vuelta.

CAPÍTULO XIV



Me inscribí en el Gran Premio de Italia, en Monza. La carrera tenía que celebrarse en septiembre. Era el último GP del año y tenía alrededor de quinientos kilómetros. Llegamos a Milán a finales de agosto: Brauchitsch y Fagioli eran los otros compañeros de equipo. Auto Union estaba representado por Stuck, Momberger y el príncipe Leiningen; y Alfa por Varzi, el conde Trossi y Chiron. Maserati mandó a Nuvolari.

Era un verano cálido en extremo. Nos encontrábamos diariamente. Los italianos habían reconstruido la pista de modo que formase un intrincado conjunto sinuoso, lleno de curvas muy cerradas y de amplios virajes de suave peraltado. Era preciso manejar sin pausa el cambio y el freno; apenas podía dejarse de la mano la palanca del cambio de marchas.

- Es realmente una carrera de montaña sin montañas – dijo Bubi Momberger. Sin embargo, en ella se podía cronometrar buenas velocidades.

Los de Alfa obtuvieron tiempos de 2’ 25’’ a 2’ 28’’ por vuelta. Yo logré 2’ 24’’, pero Stuck nos superó a todos, pues rebajó el tiempo hasta 2’16’’.

La tarde anterior a la carrera los corredores de Mercedes nos reunimos en un bar de Milán. Neubauer teorizó acerca de nuestras posibilidades. Siempre lo hacía así, y lo hacía con amorosa atención; pero yo no estaba de humor para escuchar aquello y salí a dar una vuelta. Tenía bastantes preocupaciones con mis propios asuntos. ¿De qué me servirían aquellos puntos de táctica si mi pierna no resistía?

La noche era húmeda, el cielo estaba nublado y un presagio de lluvia llenaba el ambiente. No se veía brillar ninguna estrella. Me dirigí a la plaza del Duomo. Las calles estaban llenas de gente que se movían ruidosamente. La noche era tan calurosa y pegajosa, que la ciudad era un inmenso baño de vapor. La blanca catedral resplandecía con el brillante fulgor de los proyectores y sus agujas se perdían en el cielo oscuro. Por las puertas de los bares entraban tormentas de luz y rumores de voces, a las puertas de las casas la gente tomaba el fresco.

Cené con otros compañeros en un restaurante de la ciudad. Éramos rivales en la lucha, pero nos unían lazos de amistad y gozábamos de nuestra mutua compañía. No acostumbrábamos a hablar de nuestros automóviles, lo mismo que nadie gusta de tratar de asuntos íntimos. Por lo general la charla versaba sobre las carreras anteriores. Aquella noche Brivio nos relató sus andanzas por Suecia y nos habló de sus propias supersticiones, que, dicho sea de paso, son comunes en Italia. Cierta vez llegó tarde a los entrenamientos y tomó parte en la carrera sin ninguna esperanza. Aquella mañana entró por la ventana un gorrión que se posó en la mesa en que desayunaba. Esto le desanimó, pues se dice que los pájaros sólo entran en las habitaciones de los muertos. Sien embargo, Brivio ganó aquella prueba.

De modo tan indolente como elegante, nuestro amigo Trossi aguantaba un chaparrón de preguntas sobre su automóvil particular, recién construido de acuerdo con sus deseos y caprichos.

Así, por ejemplo, le aconsejábamos que continuara entrenándose de noche, pues así tendría más tiempo de día para intentar que su motor arrancase. Cada cual hablaba de sus propias experiencias; y como muchas veces habíamos corrido juntos, era frecuente que con una carrera hubiese tema de conversación para todos, aunque las inevitables diferencias para cada caso en particular.

Uno había tomado parte en la prueba con un automóvil malo: al de otro fallaba el freno, y la dirección de un tercero era demasiado dura. Pero a todos les guiaba el propósito de no abandonar; y si se llegaba a estar colocado en la delantera, obtener la victoria.

Nadie sino los pilotos sabe qué inmensa fuerza de voluntad es necesaria – a pesar de los malos ratos, de las gafas, de dolorosas ampollas en las manos, de los pies inflamados, de los costados llagados – para resistir una carrera. Charlábamos como amigos, y el día siguiente lucharíamos por el triunfo.

El año anterior aquella reunión había estado aún más concurrida. Chiron comentó lo alegre que fue, cómo se obligó a cantar a Campari, cómo se burlaron de él por el esfuerzo con que lograba introducir su corpachón en el pequeño hueco del monoplaza Alfa. Antes de la carrera no paraba de admirar el cronómetro ofrecido como premio por la casa Pirelli, y decía que después de la carrera – que pensaba ganar - , se compraría dos iguales por lo menos. Ordenó a los mecánicos que tuviesen preparado un pollo asado, pues estaba seguro de que volvería hambriento como un lobo. Pero no regresó de la primera vuelta; ni tampoco Borzachinni. Aquel día, antes de la segunda prueba, los pilotos fueron advertidos de que en la Gran Curva había un charco de aceite, pero que se había procurado limpiar la pista. Se había esparcido arena sobre el charco. Cuando empezó la tercera carrera, al atardecer, aquel defecto estaba corregido en apariencia. Campari y Borzacchini tomaron la salida a toda velocidad.

Un silencio de muerte invadió las tribunas. Lo que había sucedido parecía increíble. No obstante, la carrera continuó.

Sólo quedaban como rivales Czaikowsky y Leboux. El público había comprendido que era justificado que no tomaran siquiera la salida: tan deprimidos estaban los ánimos de los corredores. Chiron nos explicó que Leboux trató de pactar con Czasikowsky para no lanzarse a toda velocidad sino hasta las últimas vueltas, pues era muy aventurado desafiar nuevamente a la suerte de aquel nefasto día. Pero Czaikowsky rehusó.

Tampoco él volvió de la última carrera. Se estrelló en el mismo lugar que Campari y Borzsacchini.

Los cadáveres de los tres corredores recibieron solemnes exequias. Ramas de abeto pendían de las paredes, y era tan grande el número de coronas y de flores que era imposible ver los ataúdes. Sus amigos desfilaron en silencio, y el público se agolpaba respetuosamente ante los muertos héroes de las carreras.

Mas nosotros, sus compañeros, conservábamos viva su memoria. Recordábamos sus palabras; hablábamos de ellos como si no se hubieran ausentado para siempre.

Nos habíamos encariñado especialmente con el tímido y aniñado Borzacchini. No había logrado ganar mucho dinero; cuando en Trípoli alcanzó un considerable premio, sus amigos le atormentaron sin parar con sus bromas. Durante la tertulia en el restaurante, Chiron nos explicó que vio a Borzacchini en los boxes momentos antes de la salida fatal. Llevaba una cartera de piel bajo el brazo. Con su característico gracejo, Chiron nos explicó que fue hasta él diciéndole:

“¡Dios mío! Esta carrera debe de pesar mucho. ¿Llevas ahí tus millones?” Borzacchini guiñó un ojo y repuso: “Naturalmente; nunca los suelto de la mano.” Insistí: “¿Pero qué haces con tanto dinero?” “Voy a contártelo – me susurró al oído - : cuando estoy solo en mi habitación, cierro las ventanas, cierro la puerta, me cercioro de que no hay nadie dentro, y entonces, empiezo a contar los billetes. Cuando estoy seguro de que no falta ninguno, pongo el marcha el ventilador y me pongo a danzar entre los billetes de mil liras que revolotean.”

Ésta fue una de las anécdotas que se contaron aquella noche. La muerte de un camarada no era para nosotros una cosa horrible: nos parecía que iban a reaparecer en cualquier momento para unirse a la tertulia. Varzi ya había bebido su décimo café exprés. Sus amigos habían vaciado la sexta botella de champaña. Los pequeños ojos negros de Chiron se cerraban, y yo bostezaba. Era hora de acostarse. Si no, podría retrasarse la carrera, e incluso podría empezar sin alguno que hubiera quedado dormido.

- “Camarieri, conto!

La luna brillaba entre un claro de nubes y sus rayos iluminaban la catedral, que relucía como si fuera una fantástica estructura lunar. Fui directamente al hotel y me acosté en seguida. Pero no podía conciliar el sueño. Hacía un calor pegajoso, húmedo, que se infiltraba por todas las aberturas.

¿Y si también yo me matase en aquella curva? “Otra víctima en la carrera de Monza”, dirían los periódicos; y no pude evitar pensar cuántas víctimas habían caído en las pistas. Pero ésa debe de ser una buena y rápida manera de morir, pensé; por lo menos no se pasa por una prolongada agonía. Volvía también al problema que tanto me angustiaba: ¿resistiría? ¿Podría resistir toda la prueba mi pierna enferma?

La vía del tranvía formaba una curva ante mi ventana. Toda la noche estuve ojeando el chirriar de los frenos y los golpes del trole en los cables tendidos. No pude dormir hasta la madrugada.

El siguiente día, el de la carrera, la temperatura fue aún más elevada. El viento había despejado de nubes el cielo, por lo que el sol abrasaba de un modo implacable.

Llegamos a los boxes a las once. La tarde anterior se habían sorteado los puestos de salida; me correspondió uno bien situado en la primera línea. A mi lado estaban Varzi y Brivio; detrás Nuvolari y Stuck. Había quince automóviles y, según el parecer de los expertos, podía hacerse toda suerte de conjeturas sobre el desarrollo de aquel Gran Premio. Consideré que lo mejor sería no cansar demasiado mi pierna paseando por allí, por lo que opté por sentarme en el automóvil.

Estábamos situados frente a las tribunas; desde aquel sitio la multitud componía un gran espectáculo. Todos los asientos estaban ocupados y el público se apiñaba. Desde la pista, aquello parecía un campo de trigo mecido por el viento.

Tocaba una banda militar, en competencia con el tartamudeo de los motores. Los mecánicos los pusieron en marcha y se apartaron. El general Baistrocchi se adelantó con la bandera de señales en la mano. La levantó; flameaba el viento. Después, bajó la bandera.

Ya estábamos rodando. Dos automóviles blancos me pasaron veloces; después uno de los rojos. Las curvas eran tan ceñidas que era forzoso decelerar hasta cincuenta kilómetros por hora. Cuando por segunda vez pasé por el box, me mostraron el siguiente aviso:



STU-FAG-VAR-CAR



Por consiguiente, Stuck iba en cabeza, pero Fagioli le pisaba los talones. “Al fin y al cabo – pensé-, es uno de los nuestros”. Cambié, aceleré, desembragué, volví a cambiar. Aquel circuito era muy peligroso. Había calculado que serían precisos, durante sus quinientos quilómetros, cambiar de marcha unas 2.500 veces. Me acercaba al automóvil rojo que me precedía. Varzi. ¡Era terrible la valentía con que aquel compañero tomaba los virajes!

Silbaba el viento a ambos lados del parabrisas, en tono cada vez más agudo.

Vuelta sexta.

Aquello fue inesperado: Fagioli se detenía en el box. ¿Podría volver a salir? De no ser así, yo sería el único corredor con Mercedes.

Vuelta séptima.

En la curva situada en frente de las tribunas alcancé a Varzi. Ante mí sólo estaba Stuck. Iba aumentando la velocidad. ¡Tenía que alcanzarle!

Vuelta décima. El marcador señalaba:

STU

CAR – 20 seg.

LEI – 6 seg.

El calor era insoportable. El sudor que resbalaba por mi frente me irritaba los ojos. Empezaba a dolerme la pierna, pero con un dolor soportable, ¿y si aumentaba?

Solamente pensaba en conducir, conducir, conducir…

Cada vez que pasaba por delante del box, Neubauer levantaba la bandera. Esto quería decir: ¡de prisa, más de prisa! Fagioli tuvo que abandonar. Su coche estaba ahí, parado. Lo vi, de refilón, al pasar.

Vuelta duodécima. Otra vez indicaciones:

STU.

CAR – 13 seg.

Por consiguiente, había ganado siete segundos. Neubauer continuaba gesticulando, agitaba los brazos: de prisa, de prisa, más de prisa…

Vuelta veinticinco.

El dolor en mi pierna iba en aumento. Traté de ignorarlo. Veía que el cuentarrevoluciones marcaba casi 6.000 r.p.m., e igualmente me daba cuenta de que delante estaba el que era preciso alcanzar.

Vuelta treinta. Las indicaciones del box me señalaron que iba a diez segundos de Stuck. De repente sentí un intenso dolor. Al cambiar me di en el codo un tremendo golpe con la estructura del coche. Me dolía endiabladamente, tuve la impresión de que se me hinchaba el brazo; de que se volvía más y más grueso.

Vuelta treinta y cinco. Las indicaciones del box me indicaban que Stuck sólo me llevaba una ventaja de ocho segundos.

Vuelta cuarenta… Stuck primero, Caracciola segundo, con treinta y cinco segundos de difrencia. Era inútil: ¡no podría alcanzarle! Mi cuerpo estaba entumecido; era una masa sudorosa. Solamente tenía conciencia del brazo y de la pierna. Cada vez que apretaba el pedal sentía como si se clavase un cuchillo en el muslo. ¿Tendría que entrar en el box y abandonar?

¡NO!

Si abandonaba, sería como si abandonara mi propio ser. Apreté el acelerador; más de prisa aún.

Vuelta cincuenta…

STU.

CAR – 20 seg.

¡Veinte segundos! ¡Gracias, Dios mío: otra vez veinte segundos! A pesar de todo había recuperado algunos segundos. “De prisa: más de prisa”, me indicaba Neubauer con la bandera de señales.

Vuelta cincuenta y cinco. A dieciocho segundos de Stuck. ¡Era una carrera infernal!

Me dolía de tal modo la pierna que temí desmayarme de un momento a otro. No importaba. La única cuestión era llegar hasta el final.

Vuelta cincuenta y seis, vuelta cincuenta y siete, vuelta cincuenta y ocho…

En aquel momento me separaban de Stuck solamente doce segundos. Podía verle. Tan pronto estaba dentro de mi vista su automóvil blanco, como desaparecía en la siguiente curva.

Vuelta cincuenta y nueve: Stuck se dirigió al box para repostar y cambiar de ruedas.

Me puse en cabeza. ¡Iba a estallar la lucha final! Pero ya no podía más. Exigía de mí más de lo humanamente posible. Parecía como si me aserraran la pierna.

¿Qué podía hacer?

¿Admitir que ya era un inválido, que no podía resistir una carrera?

¡No! ¡Nunca!

Me di otro golpe en el codo, tan fuerte como el primero. Apenas sentí el dolor: las diabólicas punzadas de mi muslo anulaban toda otra sensación.

Vuelta sesenta. Me dirigí hacia el box y paré. Los mecánicos vinieron corriendo.

- ¡Fagioli, que me releve Fagioli! – grité-. ¡Rápido: hemos de mantener el primer puesto!

Iban a cambiar las ruedas, pero con la cabeza dije que no.

- Nada de eso; las gomas aguantarán – exclamé con un griñido, pues mi garganta estaba reseca.

Fagioli entró de un salto en el automóvil. El motor roncó y partió velozmente. Continuaba en primera posición, pues Stuck aún no había pasado.

Me fui hasta el fondo del box, andando muy derecho y esforzándome por no arrastrar la pierna. Hacía allí mucho frío y todo estaba en silencio. Me quedé solo. Los otros, afuera, estaban pendientes de la carrera.

Me senté en un bidón y extendí mi miserable pierna. Los coches pasaban rugiendo. Fagioli continuaba primero.

- ¿Qué le ha pasado? ¿Algo malo?

El doctor Glaeser, el médico de la pista, estaba ante mí. No podía hablar; señalé en silencio mi brazo derecho. Con gran cuidado me sacó el brazo de la manga. El codo estaba cubierto de sangre, negro y azul, y terriblemente hinchado.

El doctor me vendó el brazo. Para mí era indiferente cualquier cosa que hicieran a mi cuerpo. Solamente tenía una obsesión, más dolorosa que todo lo demás: No has ganado; no has podido resistir…

Llegó hasta mí el eco de los aplausos y la voz aflautada de Neubauer, que dominaba todo otro sonido:

- ¡Bravo, Luigi, Bravo!

Había ganado Fagioli. Era italiano, y por consiguiente, aquella era una victoria popular. El público gritaba con júbilo cuando fuimos a la tribuna para recoger el premio.


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tenista
mensaje May 15 2008, 08:12 PM
Publicado: #94


TENISTA
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Excelente, Raquel. Ya no te conformas con uno, ahora nos regalas dos capitulos. Un dos por uno laugh.gif

Muchas gracias wink.gif


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Raquel
mensaje May 16 2008, 09:53 AM
Publicado: #95


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¡A ti gracias, Tenista! smile.gif

Pero va como va, según puedo o consigo un rato de hacer "Off" a todo y desaparecer... laugh.gif

Además, es que ese capítulo me gusta MUCHO particularmente; por varias cosas (que creo que no tienen desperdicio) y, entre ellas, que cuando lo leí no podía dejar de pensar en cosas que "vivo" con los pilotillos del Campeonato GPL. smile.gif Hay escenas que me recuerdan mucho a lo que nos pasa allí, o quizás sea mejor decir que se me reproduce el modus vivendi de esa "panda de locos" (con todo mi cariño). Será que me tienen la "psique mellada" biggrin.gif

De modo que, incluso en las partes "más duras" o tristes, en seguida esbozaba sonrisas si trasladaba mi pensamiento a esas experiencias carrerísticas.

Insisto: me alegro de que le saques/saquéis jugo y partido a cuanto puede leerse. GRACIAS.


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Raquel
mensaje May 20 2008, 03:31 PM
Publicado: #96


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Cuando las pistas no están de acuerdo con las características de los vehículos, cambiamos las pistas, no los coches.
Me dirá usted, ¿y el arte de conducir?


"CAPÍTULO XV



Preferí no ir a la montaña aquel invierno. El recuerdo del año anterior estaba demasiado vivo en mi corazón. Decidí hacer un viaje por los Estados Unidos. Quería ver cómo andaban por allí los asuntos de las carreras. Los pilotos americanos tenían una fama fabulosa. Se decía que obtenían velocidades fantásticas. Pero, aunque pareciera extraño, ninguno de los que habían venido a Europa alcanzó éxitos que valiera la pena.

En el muelle de Nueva York me esperaba un representante del Automóvil Club y el ex campeón Jorge Robertson. Sabían que llegaba y se empeñaron en recibirme a mi llegada.

- ¿Cómo está usted? – me dijo Mr. Robertson -. ¿Ha tenido un buen viaje?

Tenía una personalidad interesante. Era el tipo de deportista elegante, de facciones aguileñas. Me dijo en seguida que estaba a punto de comenzar la construcción de un autódromo cerca de la ciudad.

- Un autódromo en forma de ocho, en el que desde cualquier localidad se podía contemplar perfectamente todo el circuito.

Fuimos al hotel, y desde allí a un club elegante. Robertson me explicó la diferencia existente entre las carreras europeas y las americanas.

- En Europa ustedes construyen automóviles con cinco y seis marchas. Nosotros construimos exclusivamente coches aptos para correr mucho, con sólo dos marchas. Cuando las pistas no están de acuerdo con las características de los vehículos, cambiamos las pistas, no los coches. Me dirá usted, ¿y el arte de conducir? De acuerdo, sí, pero aquí la gente lo que quiere es velocidad. Solamente ansían ver correr mucho.

Robertson me invitó a cenar. Vivía en un magnífico departamento de la Quinta Avenida. Cuando me dirigí hasta allí caía una ligera lluvia. La acera estaba cubierta desde el portal hasta el bordillo por un dosel, y además alfombrada. Un portero de uniforme con cordones dorados abrió la puerta del coche y me condujo hasta el ascensor, que subió raudo y silencioso. De un golpe subimos hasta el piso treinta y dos. Salí y me encontré dentro del living de Robertson. Vino hacia mí y me acogió calurosamente.

- ¡Hola, viejo!

Fui presentado a los demás invitados. Al principio creí que estaban tratando de burlarse de mí, pero acabé por darme cuenta de que todos hablaban con sinceridad. Hacían siempre las mismas preguntas, como si antes se hubiesen puesto de acuerdo.

- ¿Cómo le fue el viaje? ¿Se quedará entre nosotros algún tiempo? Nos gustaría que fuese así y nos visitara.

Después, un apretón de manos y la presentación de otro invitado que repetía lo mismo que los anteriores.

Casi todas las mujeres parecían cortadas por el mismo patrón. Casi todas eran rubias, de largas piernas y de aspecto agradable. Había una gran cantidad de bebida, y a media noche todo el mundo estaba de un humor festivo. Reían muchísimo de cosas cuya gracia, por más que hiciera, yo no sabía apreciar.

Después de medianoche me despedí de Robertson. Le expliqué que iba a partir temprano por el país y que tenía que levantarme al amanecer. No se enfadó. Me dio una carta de presentación para Pop Meyers, porque le dije que deseaba conocer la pista de Indianápolis. Después insistió en que presenciara una carrera de “midgets”.

- En Europa no hay nada parecido – me dijo.

Bajó conmigo en el ascensor, y nos despedimos y prometí visitarle otra vez cuando volviese de Nueva York.

Al amanecer al día siguiente partí en mi Mercedes. Cuando salí de la ciudad respiré con alivio. Era una fresca mañana de enero; el aire era puro y brillante como el cristal y un pálido cielo azul cubría el paisaje. Se divisaba una gran extensión de terreno llano. En el horizonte se juntaban la tierra y el cielo, y cuando la carretera se prolongaba recta se tenía la sensación de que uno ascendía hasta las nubes.

Las carreteras eran soberbias, anchas rectas y bordeadas de árboles. Como aún era muy temprano, la carretera estaba casi desierta. Sólo me crucé con unos cuantos ruidosos camiones, cargados de productos agrícolas, que se dirigían a Nueva York.

Pero después de atravesar Middletown vi por el espejo retrovisor que venía un Ford. No había duda de que intentaba pasarme, y a mí nunca me ha gustado que me pasaran. Creo que esto proviene de las características de mi profesión. Así que aceleré hasta cien kilómetros por hora y luego hasta ciento veinte; pero el Ford continuaba detrás de mí; incluso parecía que me ganaba terreno.

Llegué a ciento cincuenta. Llegué a un cruce con la línea del ferrocarril y disminuí la velocidad. Me alcanzaba el Ford. Vi por el espejo que cruzó las vías sin aminorar la suya. “Bueno – pensé -: ¡si es que te empeñas en dejarme atrás…!” Reduje más la velocidad. No valía la pena luchas con un contrario tan incorrecto. El Ford me adelantó; estaba ocupado por dos agentes de la Guardia Nacional. Después de alcanzarme, uno de ellos me hizo signos para que parara. Paré y ellos también.

Uno de los agentes se acercó a mi automóvil. Era joven, de rostro sano y simpática sonrisa casi infantil. Llevaba un ancho sombrero y un revólver que al andar le golpeaba la cadera. Me saludó y, sonriendo, me pidió el permiso de conducción.

Se lo enseñé. Me dio las gracias, me lo devolvió y después me preguntó, siempre con su sonrisa, si podía dar la vuelta y acompañarles hasta Eaton. Quise preguntarle el porqué, pero no pude, pues había subido ya al coche. Así pues, volvíamos por nuestro camino.

A la entrada de Eaton se encontraba un pequeño edificio de ladrillo rojo. Nos detuvimos. Salí y el joven policía me abrió la puerta. Entramos en una habitación casi completamente desnuda; solamente había allí una mesa y una silla donde se sentaba un hombre de edad madura, con el caballo blanco y una cara del color rojizo del vino de Borgoña. Al entrar nosotros bajó los pies de la mesa, cerró una novela policíaca de llamativa portada y me miró con unos herméticos ojos grises.

Lo agentes saludaron y uno de ellos le dijo:

- Exceso de velocidad, mi teniente.

- ¿Cuánta?

- Cerca de ochenta millas, señor.

Se volvió entonces hacia mí.

- ¿Es verdad?

- Sí.

- Veinte dólares.

- Soy extranjero y no sé a qué la velocidad máxima puedo conducir – le dije.

- La velocidad máxima es de cuarenta y cinco millas – me explicó -. ¿Quiere pagar o prefiere un juicio oral?

Le miré. Perecía un hombre reposado y benévolo. Pensé que aquella falta me costaría mucho más en cualquier otra parte.

- Prefiero pagar.

- Muy bien –me contestó.

Tomé dos billetes de diez dólares de mi cartera y los dejé en la mesa. Abrió un cajón y los guardó.

- Muchas gracias – y volvió a su novela de detectives.

Con esto se despidió de mí.

Los agentes me acompañaron hasta la puerta. Uno tuvo la intención de indicarme el camino más corto para llegar a la próxima ciudad. Cuando marché, los dos, con las manos puestas en las alas de sus sombreros, me saludaron.

Tenía la intención de ver una carrera de “midgets” en Chicago; pero cuando paré en Middletown me encontré con que en aquella población se celebraba una. Vi el cartel que la anunciaba en un restaurante. Era un cartel impresionante; de entre una nube de polvo, salía un automóvil directamente disparado contra el que lo miraba. Pregunté dónde se celebraba aquella carrera; me dijeron que en la pista situada a las afueras de la cuidad. Eran las tres y media, y la carrera había empezado a las tres. En seguida salí para allá.

Podía saberse desde lejos dónde estaba la pista, pues ante ella aparcaban gran cantidad de vehículos: quizás más de cuatro mil, según calculé. La profesión de conductor de “midgets” es muy apropiada para romperse la cabeza. Muchos arriesgados muchachos han perdido la vida en este feroz deporte, pero quien tiene la suerte de no sufrir accidentes puede obtener ingresos considerables en tan sólo un año.

Estudié aquellos diminutos automóviles con mucha atención. Eran pequeños, monoplazas, estrechos, cuidados de una manera exquisita hasta enlos más mínimos detalles. Cada vehículo que tomaba la salida era una verdadera joya. El chasis y la carrocería se construían con materiales ligerísimos; todo estaba hecho a mano y se evitaba todo lo que podía aumentar el peso.

Todo lo que no fuera motor, tenía que ser de poca consistencia, pues, a lo peor, todo aquel conjunto quedaría destrozado a la primera vuelta. Estaban rodeados de parachoques especiales a fin de no engancharse unos a otros. Los pilotos se ataban a los asientos para evitar ser arrojados a la pista al chocar o volcar, pues si no serían atropellados por los siguientes “midgets”. Era obligatorio usar fuertes cascos protectores.

Era casi grotesco el contraste entre los pequeños coches y las atléticas figuras de los conductores. Los pilotos sobresalían de sus monturas, y yo me preguntaba cómo se las componían para comprimirse en los asientos. Muchos llevaban altas botas de piel con que protegerse las piernas en caso de que se quemase el automóvil.

La salida era parecida a la de una carrera de caballos. Tan pronto como se habían situado, el encargado de la bandera daba la señal de arranque y trepaba a un alto asiento desde donde seguía el desarrollo de la competición. Separados por unos pocos centímetros, los automóviles patinaban en las curvas. Después de unas cuantas vueltas fueron disgregándose los vehículos. Los pilotos de renombre, poco a poco, lograron adelantar al resto, animados por los gritos de los espectadores. Yo mismo, contagiado de la excitación, grité:

- ¡Adelante! ¡Acelera! ¡Venga…!

Ni siquiera me pareció raro que mi vecino de asiento acompañase sus gritos golpeando con un periódico la cabeza del espectador que se hallaba ante él; la víctima no parecía enterarse.

Pero no todo era entusiasmo. Algo más flotaba en aquel ambiente; algo siniestro, amenazador. Los espectadores estaban pendientes de algo que tenía que suceder.

La atención se polarizaba en dos coches: uno negro y otro rojo. Éste iba a la rueda del negro, pegado a él, pero no intentaba adelantarlo. Ese coche rojjo era el que gozaba de las simpatías del público.

A mi lado estaba un puñado de muchachos, que deduje que eran pilotos novatos. Sus rostros estaban tensos; miraban con atención el rugiente remolino de la pista. Parecían halcones en espera de la presa.

- Pero, ¿qué es lo que les pasa a estos dos? – les pregunté, indicando con la mano a quiénes me refería.

Uno de aquellos jóvenes se volvió hacia mí y los demás también me miraron.

- Hoy sí que le atrapará – me dijo el muchacho, y todos empezaron a sonreír.

Desgraciadamente, el “midget” negro intentaba separarse de su perseguidor, pero el rojo le seguía de cerca como convertido en su sombra.

- ¿Pero qué intenta hacer? –pregunté al muchacho, y le di un cigarrillo. Lo tomó, y sin mirarme, me contestó:

- Pues que Bob, el conductor del coche negro, cortó una vez el paso a Joe, el del coche rojo, y éste se rompió una pierna. Ahora está buscando la revancha. Hacía mucho tiempo que estábamos esperando esta ocasión.

Mientras hablaba, seguíamos mirando a la pista. Reinaba en aquellos momentos un silencio profundo entre los espectadores. Pero, de pronto, el automóvil rojo derrapó. En la línea de meta se encendió la luz amarilla en señal de advertencia. En aquel momento sucedió lo que se esperaba. Los dos vehículos chocaron, volcaron y quedaron con las ruedas al aire. Brotaron llamaradas. Los camiones extintores de incendios corrieron hacia el punto del accidente, y se hizo parar a los demás coches.

Tras grandes esfuerzos se extrajo de un asiento al conductor del “midget” rojo. Aún llevaba escayolada la pierna; por suerte, tan sólo quedó un poco chamuscada. Parecía que el otro corredor estaba herido más gravemente. Los sanitarios le llevaron en una camilla a la tienda- enfermería. Unos empleados arrastraron de la pista lo que quedaba de los dos vehículos.

Todo había sucedido con pasmosa rapidez, mucho más de prisa que lo que se tarde en contarlo. Los demás automóviles se habían agrupado en la salida, y un andante, vestido con un mono anaranjado, iba y venía, empujando a unos y otros para ayudarles a arrancar. Alrededor de la pista volvían a zumbar los motores.

Lentamente me marché. Estaba aturdido. Aquellos jóvenes pilotos eran algo increíble; intrépidos, osados y excelentes conductores. Debían de pensar lo mismo que la mayoría de nosotros: ¡nunca me pasará nada!

Encontré mi automóvil, partí y me dirigí por la autopista, hacia Pittsburg. Durante algún tiempo continué oyendo el rumor de la carrera. Desde lejos semejaba un enjambre de abejas zumbando alrededor de la colmena."


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accitano
mensaje May 20 2008, 03:45 PM
Publicado: #97


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Espero que a su viaje por los EE.UU. le dedique varios capítulos porque resulta muy interesante.

Midgets


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Saludos.

"Cada tanto viene bien una derrota" Frank Williams.
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Raquel
mensaje May 20 2008, 04:13 PM
Publicado: #98


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CITA(accitano @ May 20 2008, 03:45 PM) *


Accitano smile.gif para que una mano aplauda, ¡hace falta la otra!

¡Me ha encantado! ohmy.gif

Te voy a decir la verdad de la verdad (siempre la digo, pero no completa quizás wink.gif ): tenía especial curiosidad por saber cómo eran eso "minicoches", pero estaba convencida de que lo que alguien buscara o encontrara para "dar imagen" sería mucho mejor que lo que yo pudiera dar con ello.

Lo mejor de todo ha sido tu rapidez. ¡Muchísimas gracias! smile.gif


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tenista
mensaje May 20 2008, 07:45 PM
Publicado: #99


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En primer lugar, Muchas Gracias Raquel. No tardes mucho en colgar el siguiente capitulo, pues me has dejado muy integrado y como a Accitano, ardo en deseos de conocer ese explendido viaje, por Estados Unidos, que sin duda hara nuestro intrepido protagonista.

Como Accitano esta en todo, ya no tengo que preocuparme de encontrar esos coches, los "midgets", tambien para ti mi agradecimiento.

En fin, seguid asi chicos, que el resto os lo agradecemos infinitamente wink.gif


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QUIQUE A.
mensaje May 21 2008, 09:25 AM
Publicado: #100


¡A ras!
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¿Parecido razonable?:



P.D.: Gracias Raquel por cada capítulo. Los sigo puntualmente con el máximo interés.
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