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> PENYA RHIN , PEDRALBES , MONTJUÏCH ...
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tenista
mensaje Apr 29 2008, 12:25 PM
Publicado: #61


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Muchas gracias Raquel, por un momento he pensado que nos dejabas con la incertidumbre de quien habria ganado. Espero con impaciencia el siguiente capitulo.

Muchas Gracias wink.gif


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Raquel
mensaje Apr 29 2008, 03:56 PM
Publicado: #62


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CITA(tenista @ Apr 29 2008, 12:25 PM) *
Muchas gracias Raquel, por un momento he pensado que nos dejabas con la incertidumbre de quien habria ganado. Espero con impaciencia el siguiente capitulo.

Muchas Gracias wink.gif


Pues el siguiente capítulo (lo tengo a medias huh.gif ) es sencillamente precioso...
Trata de lo que significa amar a un coche de carreras.
Es sólo para "románticos"... biggrin.gif

Me encanta...............


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tenista
mensaje Apr 29 2008, 04:43 PM
Publicado: #63


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Entonces, aqui lo espero ansiosamente wub.gif


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jonrodriguez
mensaje Apr 30 2008, 02:20 PM
Publicado: #64


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bueno no tiene nada que ver con el Penya Rhin ni nada de eso pero buscando entre tanta cosa en el disco duro he encontrado esto

es un documento PDF con 200 y pico paginas (todo en ingles) sobre la temporada del 1931 con imagenes incluidas y he decido colgarlo para que todos podais tenerlo

http://www.megaupload.com/es/?d=9KWHHPRS

espero que os guste tanto como me esta gustando a mi A orillas del Rhin

Saludos!


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CAMPEÓN DE LA PORRA 2007
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Raquel
mensaje Apr 30 2008, 02:44 PM
Publicado: #65


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Jon, lo pruebo y lo pruebo y... no consigo descargarlo. sad.gif

O quizás hago algo mal. Introduzco el código de letras (como siempre), espero los segundos que indica y, cuando clico sobre el enlace del archivo, me devuelve al principio... sad.gif

Si puedes echarme un cable, te lo agradecería mucho. smile.gif


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jonrodriguez
mensaje Apr 30 2008, 02:55 PM
Publicado: #66


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Raquel, acabo de probarlo y a mi me funciona muy bien, que utilizas Internet Explorer o Firefox Mozilla? porque puedes ser algo de los cookies

si utilizas Internet Explorer: en el IE dale a Herramientas - Opciones de Internet - en General clic en Eliminar cookies, aceptar y aceptar

si usas Firefox: Herramientas- limpiar informacion privada - selecciona solo cookies

espero que esto te funcione sino lo vuelvo a subir a otro servidor para que te funcione


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CAMPEÓN DE LA PORRA 2007
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Raquel
mensaje Apr 30 2008, 03:03 PM
Publicado: #67


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Mil gracias, Jon. smile.gif

Pero vaya por delante que con menuda lerda para estos temas informáticos acabas de topar huh.gif

Lo probaré con calma todo eso que me indicas a ver si doy con lo que tengo y uso y si lo consigo... laugh.gif
,
Si veo que no puedo, no dudaré en darte la "tabarra" por MP para que me ayudes más. biggrin.gif

¡GRACIAS!


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jonrodriguez
mensaje Apr 30 2008, 03:15 PM
Publicado: #68


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tu tranquila Raquel que no das la tabarra yo encantado de ayudar/ayudaros


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CAMPEÓN DE LA PORRA 2007
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Raquel
mensaje Apr 30 2008, 03:21 PM
Publicado: #69


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smile.gif

Te has explicado de maravilla. Estoy en ello. Te he mandado un MP. Si veo que no puedo, de verdad que te lo diré sin dudarlo. wink.gif
Gracias otra vez.


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Raquel
mensaje Apr 30 2008, 05:03 PM
Publicado: #70


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[Nota: mientras lo dicho anteriormente queda en pausa: ya nos las arregalremos Jon y yo wink.gif Sigo...]

Di una "pista": que era un capítulo para "románticos".

De un plumazo se me adelantó ph34r.gif
Lo mejor del asunto es que nada de todo esto estaba previamente planeado (él lo sabe tan bien como yo ).

Como no podía ser de otra forma, no llegué a meta a tiempo y él se me adelantó. biggrin.gif

Desde la primera vez que leí este capítulo tenía muy muy claro que algún día quería dedicárselo a KARNAPLOSKY. smile.gif
Porque una vez, y espero que sean muchas más, nos tomamos una deliciosa cerveza helada cuando más calor hace y compartiendo mariposas en el estómago que jamás podré olvidar. smile.gif Y fue un momento fantástico. Tanto, que incluso "me aparté" 10 cm del mismo para "verlo desde fuera" como si quisiera registrar una filmación.
Y así es: tengo cada paso (aunque me perdí y dimos muchas vueltas, y recibí hasta un gorrazo!!! tongue.gif ) en la memoria visual y sensitiva.

¿Otra pista?

Fue en el GP de España de 2007

¿Más "pistas"?

En ese momento, entre aquella charla, hubo una cosa de la que hablamos: de este libro de Caracciola. Y yo me prometí en silencio que algún día lo tendría. smile.gif

DEDICADO A TI, Sergio...

Ser piloto de carreras equivale a saber convertirse durante horas y horas en parte integrante de la máquina.


CAPÍTULO VII



Había ganado casi inconscientemente la carrera del Avus, medio jugando, tal como muchas veces se obtienen victorias cuando uno es joven. Era la primera vez que había competido con corredores de talla internacional, quizás no los mejores, pero, sin embargo, grandes pilotos.

Me sentía orgulloso de esta victoria, pero comprendía que la victoria significaba poco si no podía obligarme yo mismo, una y otra vez, cien veces, siempre, a mantenerme en primera fila.

Pocos corredores podían lograrlo. La mayoría se hunde en el anonimato de la vida privada, tras un rápido ascenso a la fama, si la muerte no los barre de la pista con su huesuda mano. Pro, ¿qué es lo que hay que hacer para triunfar? ¿Cómo se las han arreglado los de la vieja guardia? ¿Cuál ha sido el secreto de su continuado éxito?

La respuesta a estos interrogantes se halla en la humildad. Un piloto no es sino una parte de una compleja organización; una parte de la empresa que le apoya. La casa prepara las bases de la victoria. Los cerebros de los ingenieros, los mecánicos adiestrados en trabajos de gran precisión, el potencial económico en manos de un director industrial que apoya a uno en los momentos de decaimiento; todos ellos son colaboradores invisibles de los pilotos, y todos juntos determinan las victorias y las derrotas.

En aquellos tiempos había cuatro fabricantes con suficiente capacidad para producir automóviles de carreras: Mercedes, Bugatti, Alfa Romeo y Maserati. ¡Pero cuánta diferencia había entre todos ellos!

Bugatti era creación personal de Ettore Bugatti. No se había limitado a dar el nombre a la casa, sino que dejó la impronta de su personalidad incluso en los más pequeños detalles. Creaba automóviles como otros crían caballos. Los amaba; los había diseñado por entero él mismo, y los cuidaba como si fueran criaturas vivientes. Los edificios de su pequeña fábrica en Alsacia parecían auténticos establos para coches de carreras. Bautizó con el nombre de “Pur Sang” uno de sus mejores modelos. Lo improvisaba todo, tanto los inventos como los asuntos económicos de su fábrica, a la que a menudo, con admirable destreza, salvaba de los riesgos de la ruina.

Nadie sabía cuánto trabajaba “en serio”. Se sentaba horas y horas en la cabina de un barco que hizo construir por capricho en su parque. Cuando volvía a dejarse ver caía sobre la sección de fabricación una lluvia de notas en que había vertido sus a menudo acertadas ideas. Construía vehículos de carreras porque los adoraba; no vendía ninguno sino por una suma elevada, y aun después de un sinfín de objeciones. No era un hombre de negocios. Para él lo deportivo era lo más importante, y por esta razón amaba a sus pilotos como si fueran hijos suyos. Hizo construir un hotelito al lado de la fábrica para poder tenerlos siempre a su lado; y sus victorias le complacían tanto como si él mismo las hubiese obtenido.

Muy parecidos a él, aunque no en idéntico nivel, eran los hermanos Maserati, de Bolonia. Eran ésos unos fanáticos de la técnica que en su diminuta fábrica, rodeados de un puñado de obreros, se esforzaban durante meses y meses, a veces durante años, para el logro de un nuevo modelo. De vez en cuando, uno de los hermanos tomaba parte en alguna carrera, y tanto ellos como sus vehículos habían cosechado más victorias que derrotas.

Codo a codo con estos románticos del deporte se hallaban las gigantescas empresas como Alfa y Mercedes. Miles y miles de obreros trabajaban en sus fábricas; tan sólo se habían adentrado en el asunto de las carreras para poder demostrar al público la calidad de sus productos.

El técnico desaparecía oculto por el nombre de la casa. El director comercial cargaba con la responsabilidad de todo el conjunto, y del que la sección de carreras era tan sólo una pequeña parte.

Alfa Romeo, la gran firma milanesa, construía además de automóviles de carreras otros deportivos y motores de aviación. Pero, igual que en Mercedes – y más aún en ésta – los bólidos eran tan sólo una demostración de calidad. Después de la fusión de Mercedes con Benz, el nuevo director, el doctor Kissel, creó un producto muy vendible y una organización de ventas que cubrió el mundo de agentes de la marca Mercedes y sentó los cimientos de su rápida expansión industrial.

El doctor Kissel tenía un ardiente interés por las carreras. Los técnicos crearon un automóvil deportivo que, con sólo quitarle los guardabarros, se convertía en uno de carreras. Los proyectistas quedaron en el anonimato. Todo lo que se creaba era un producto de la casa y su creación era obra de todos, por lo que se consideraba injusto reconocer la contribución de un individuo en particular. Era un especie de austera abnegación y modestia existente en todos los ambientes de la empresa.

Me fijé en los grandes pilotos y comprobé que pertenecían a alguna de las cuatro firmas. Procedían de Bugatti, de Alfa, de Maseratti o de Mercedes. Habían elegido una de estas casas, y la casa les había elegido. Del mismo modo que un buen piloto ansía guiar un automóvil bueno, un buen automóvil exige ser guiado por un buen piloto que sepa extraerle el máximo rendimiento de que es capaz. Todos esos ambiciosos hombres que se habían vendido al motor eran jóvenes y, en apariencia, pertenecientes a esa animosa juventud que se propone conquistar, por asalto, en pocas horas, la fama y las riquezas que otros persiguen inútilmente durante toda la vida.

Como Chiron, el sonriente corredor del sur de Francia, jovial, siempre a punto de soltar un chiste. Antes de cada carrera daba vueltas alrededor del coche, le daba palmaditas, le hablaba como si fuera un caballo, y luego, sonriente, se sentaba tras el volante. Pocos sospechaban que aquella máscara de jovial apariencia ocultaba un hombre duro, serio, que se negaba casi todos los placeres de la vida para estar en forma en los momentos de la lucha.

Como Nuvolari, de Mantua, el hombrecillo cenceño y musculoso a quien nadie podía destruir. Condujo toda una temporada con una pierna escayolada; cierta vez, cuando se incendió su automóvil a cincuenta metros de la meta, saltó de él y ante los gritos de los espectadores, empujó el vehículo en llamas hasta la línea de llegada y obtuvo así el tercer puesto. Como también Varzi, el elegante milanés, amable al parecer – quizás amable en exceso para con las mujeres y la pléyade de sus admiradores -. Pero aquel hombre, cuya amabilidad se confundía a menudo con debilidad, era duro como el acero en cuanto se sentaba al volante del coche.

Como también Campari y Borzacchini, que más tarde perdieron la vida en un trágico accidente; como el rubio Hans Stuck, vencedor de innumerables pruebas de montaña; y Manfred von Brauchitsch, el que durante muchos años fue mi amigo y compañero de equipo.

Como los de la vieja guardia de Mercedes: Lautenschlager, Sailer, Salzer, Werner y aquel que más parecía oso que hombre: Merz. Todos provenían de las filas de la fábrica y conservaban la dureza, la rectitud y sencillez de los primeros años de lucha. Igualmente, en otros países, muchos hombres habían grabado sus nombres en el libro de oro de las carreras automovilísticas. Muchos de ellos, quizás la mayor parte, no están ya entre nosotros. Su devoción al motor les costó la vida.

Estoy pensando en aquel corredor ameteur, el conde Maseratti, muerto en la dura carrera de la Targa Florio: en Salamazo y en Ascari, muerto en el Gran Premio de Francia, en Monthléry, que quizás fuera el corredor italiano más popular antes de Nuvolari. Hoy en día aún se enseña con respeto la casa donde murió.

Bordino se estrelló en Alejandría, Italia, al atropellar a un perro que cruzaba la pista. En su memoria, aquella prueba se llama Circuito Bordino.

Materassí, estrellado en Monza, probablemente salió despedido de la pista cuando otro vehículo rozó el suyo, que mató a veintiocho personas y al propio Materassi. Arcangeli, vendedor del Gran Premio de Monza, halló la muerte en Monza durante un entrenamiento. Brilli-Peri, el inolvidable, siempre con su inseparable “Itala” –inolvidable por su velocidad vertiginosa y por las expresiones que se le oían mientras cargaba el depósito -. Nunca se ha sabido por qué causa se estrelló en la vieja pista de Trípoli.

El gran Nazzaro, que, como muchos otros, se ha retirado a la vida privada; trabaja en la casa Fiat. Minoia, que obtuvo victorias con vehículos de casi todas las marcas: Benz, Mercedes, Alfa, y Bugatti, trabaja ahora para Alfa Romeo, Constantini, vencedor en el Gran Premio y después por tres veces primero en la difícil Targa Florio, estaba encargado en Bugatti de la sección de carreras.

Los veteranos franceses Wagner, Bourlier, Ballot, Goux y Divo, el favorito del gran público, han escogido actividades más tranquilas. Ballot fue el único que se mató. Robert Benoist, que había logrado muchas victorias con Delage y Bugatti, era jefe de ventas en esta última. Etancelin reparte su vida entre la familia, los negocios y los deportes. Bouriat, el popular piloto de Bugatti, murió hace mucho tiempo en un accidente.

De los ingleses, el comandante Seagrave tomaba parte, de vez en cuando, en pruebas continentales. Usaba ropas del mismo color verde que el de su coche. Tuvo algunas buenas actuaciones, pero no alcanzó grandes éxitos. Lo que realmente le hizo famoso fue sus récords de velocidad pura. Dejó las carreras y cayó víctima de su afán de batir el récord de velocidad en canoa. Sir Henry Birlan corrió con éxito en varios Grandes Premios y en pruebas de veinticuatro horas; murió a consecuencia de quemaduras sufridas en una carrera. Sir Malcolm Campbell estaba entretanto en América, estableciendo marcas de velocidad pura con un vehículo proyectado expresamente para él.

Éstos eran los campeones de aquella época. Estaban en la cúspide de la fama y eran admirados y envidiados. Muy pocos de quienes les admiraban o envidiaban se daban cuenta de cómo aquellos éxitos, en apariencia obtenidos de una manera fácil y rápida, habían sido alcanzados de una manera muy dura, como todas las cosas de la vida. La máquina es un esclavo peligroso: se venga sin misericordia de quienes son incapaces de dominarla con reacciones rápidas y decisiones acertadas. ¿Qué vale la osadía y el coraje de la juventud, y qué vale la devoción al deporte, si se carece de aquellas causalidades?

Ser piloto de carreras equivale a saber convertirse durante horas y horas en parte integrante de la máquina. Manos en el volante y en el cambio; pies en los pedales; ojos atentos al indicador de velocidad, a los niveles de agua y el aceite. ¡Pobre del que siquiera durante una fracción de segundo pierda el dominio de sí mismo! En los momentos cruciales debe alejar los pensamientos o emociones ajenos a la lucha. ¡Pobres de los que no pueden mantener el control de sus pasiones, sea pasión por las mujeres, por la bebida o por cualquier otro vicio! No pueden confiar en ellos mismos; pierden su dominio y el del coche; su sino está en ser eliminados o en morir. Como en tantas otras cosas de la vida, cuando el hombre aspira a difíciles metas – y gobernar una máquina de 400 caballos de fuerza es difícil meta -, sólo puede alcanzarse el éxito si todo nuestro ser está puesto a su contribución.

Estoy seguro de que quien no lleve una vida privada ordenada es incapaz de tal contribución. Mas tampoco creo que un frío técnico apasionamiento pueda conseguir algo en la esfera de las carreras de automóviles. Tan sólo aquellos que hacen entrega total de sí mismos pueden aspirar a triunfar.

Hallé las consecuencias de aquellos difíciles años en que, peldaño a peldaño, me abrí camino hacia el éxito.

Renuncié al negocio que poco tiempo antes había montado en la Kurfuerstendamm, pues comprendí que es imposible servir a dos amos al mismo tiempo. Dejé que mi vida con Carlota, con quien había acabado por casarme, fuese regida por las duras leyes de mi profesión. Carlota me ayudaba durante los entrenamientos, tomaba mis tiempos y los de los contrarios y, después de los agotadores meses de la temporada de carreras, me ayudaba y acompañaba en mi descanso.

Aquellos años conduje mucho, y recogí por un igual victorias y fracasos. De vez en cuando luchaba con un conductor de primerísimo clase, lo que me forzaba a poner en juego hasta mis últimos recursos.

El Gran Premio de Alemania se disputó en Nürburgring en julio de 1931. No hablábamos de otra cosa desde semanas antes. Sabíamos que Bugatti había presentado un nuevo 2’3 litros de cubicación que se adueñaba de las pistas europeas y adelantaba a todos sus competidores. Era un coche pequeño y ligero que solamente pesaba 700 kg, mientras que el pesado Mercedes deportivo SSK con que tomamos parte en el premio pesaba 2000 kilos. Neubauer nos habló de que Chiron había alcanzado velocidades fantásticas con aquel Bugatti.

Cinco días antes de la salida llegamos a Nürburgring. Los coches se alojan en un cobertizo lejano a la pista. Estaba situado en un claro de los pinares, frente a un prado en que, durante las tardes, hacíamos prácticas a cambio de ruedas.



- Los Bugattis, debido a su poco peso, quizás no precisen cambio de neumáticos – decía Neubauer - . Así que tenemos que procurar ¡no perder la carrera en los box!

Metz, Stuck, Brauchitsch y yo cambiamos ruedas y más ruedas. Mi mecánico Sebastián y yo obtuvimos el récord: llegamos a cambiar las cuatro ruedas en solamente un minuto y diez segundos. Después del trabajo, nos reuníamos alrededor de una mesa de madera, bajo los viejos pinos, y discutíamos acerca de nuestras posibilidades.



- Si lloviese, todo iría bien – opinaba Merz -. Pero si el tiempo es seco… - y entonces se encogía de hombros.

Ésta era la realidad. Si la pista estaba húmeda, el peso de nuestros coches constituiría un factor favorable para nosotros, pues se mantendrían mejor y patinarían menos. Pero en pista seca los Bugatti tenían la ventaja de pesar 1200 kg menos; y además ganaban los setenta segundos que nosotros habíamos de perder en el cambio de ruedas. En resumen – así lo reconocíamos -, con lluvia o sin lluvia creíamos que nuestras posibilidades de triunfar eran escasas.

Y llegó el gran día.

La prueba del delito wink.gif :

http://www.paranerdos.com/

Brindo por ti para que nunca dejemos de sentir esas mariposas en el estómago.
Y sobre todo brindo porque nunca dejemos de escuchar a quien nosotros (cada cual sabrá quién) dejemos de considerar "maestros" que nos enseñan.

¡Ojalá así sea siempre!

Con todos mis respetos...







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KARNAPLOSKY
mensaje May 1 2008, 06:05 AM
Publicado: #71


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¿Que habré hecho yo para merecer esto? ohmy.gif

Que me quede yo sin palabras es como esperar que Kimi ataque bruscamente el vertice de una curva.

Simplemente muchas gracias Raquel, el texto es delicioso, hay parrafos excepcionales pero el que contiene la frase que subrallas es realmente bonito, resume perfectamente que es ser piloto de carreras ademas de contener frases dignas de ser guardadas en la memoria.. que pillina como sabes "llegarme" smile.gif

De verdad, muchisimas gracias por la dedicatoria. smile.gif

Yo también estoy deseando repetir la experiencia cervecera bajo el sol, una pasada.. tu y tu acompañante.. que gusto da charlar con gente que está en tu misma "frecuencia" smile.gif de verdad impresionante.


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Raquel
mensaje May 1 2008, 11:23 AM
Publicado: #72


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La que sonríe feliz soy yo por cuánto me alegro de que te haya gustado. smile.gif

¿Que qué has hecho tú para merecer "esto"?

Creo que esa pregunta la podríamos contestar sin titubear un segundo muchos de nosotros: nos has dado MUCHO MÁS de lo que quizás a veces en compensación hayas recibido. Entre otras cosas, hemos gozado de momentos fantásticos, risas, alegrías, humor sano y... hasta reflexiones profundas. biggrin.gif

¿Te parece poco? ¡NO! Ya respondo yo por ti. wink.gif

Y tienes razón, sí, el texto es una delicia. En realidad lo es prácticamente todo el libro. Así que ya puedes imaginar lo contenta que estoy yo con "mi Caracciola". Y si encima gusta, pues la satisfacción es enorme.

De momento, vaya esta cervecita que ahora me tomaré wink.gif por delante, que siempre quedarán las pendientes (je je...) Con buena compañía, además, ¡se disfrutan el doble!

¡A ti gracias, Sergio!


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tenista
mensaje May 1 2008, 12:41 PM
Publicado: #73


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Muchas gracias Raquel wink.gif

No se si sere capaz de esperar al lunes, pienso estar desconectado del mundo y perdido en el campo, pero aun asi no puedo mas que felicitarte por haber conseguido engancharnos a tan impresionante realto.


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Raquel
mensaje May 4 2008, 01:53 PM
Publicado: #74


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... las torres del castillo de Nürburg brillando al sol; el bosque de banderas de las tribunas, y la meta…

"CAPÍTULO VIII



Desde primeras horas de la mañana el tiempo fue brumoso. Desayunamos en el hotel. Por las ventanas oíamos cómo pasaba un interminable desfile de automóviles, bicicletas y motocicletas por las calles de Adenau. Quizás pasaron allí tres o cuatro mil vehículos.

El cielo se tapaba cada vez más. A las nueve y media, cuando nos situamos en la línea de salida, empezó a llover. Una lluvia fina al principio, que arreció después y por último se convirtió en un verdadero aguacero. Grandes gotas caían sobre el asfalto y las ruedas dejaban estelas de agua.

Tomaron la salida treinta y un coches. Yo estaba en la segunda fila, junto a Chiron; en la primera, Varzi, Fagioli y Stuck.

Cayó la bandera - ¡cómo debía de pesar empapada por la lluvia! – y los coches arrancaron.

Tuve una buena salida: solamente estaba el coche de Fagioli ante el mío. Quise adelantarle, pero era muy difícil; el agua empapaba el parabrisa y, cuando intenté mirar por encima, una fría ducha me azotó el rostro. El coche de Fagioli despedía una verdadera tromba de agua. Finalmente, en la curva de la Cola de Golondrina, le alcancé, le adelanté y quedé en cabeza.

“Necesito ventaja – pensé -, para compensar el tiempo que pierda al cambiar las ruedas. Una rápida ojeada al otro lado me dejó ver que los Bugatti estaban atrapados entre los primeros y los últimos automóviles. Me pareció raro que no pudieran abrirse paso; tal vez se reservaba Chiron y planeaba adelantar cuando solamente faltaran las últimas vueltas. A quienes más temía eran a Chiron y a Varzi, puesto que Nuvolari corrían con un Alfa, marca que apenas había obtenido victorias el año anterior. Cuando la tercera vuelta, se me avisó desde los boxes con la primera señal:

CAR

FAG – 48

Por consiguiente Fagioli, con su Maserati, aún me pisaba los talones. Aumenté la velocidad. “Se necesitan setenta segundos para el cambio de ruedas – me dije -. No puedo perder ventaja.” Volví a aumentar la velocidad. En la sexta vuelta adelantaba un minuto y dos segundos a Nuvolari, que ocupaba el segundo lugar. Era maravilloso contemplar lo que aquel duro tipejo podía obtener de su Alfa.

Durante la octava vuelta disminuyó la lluvia. Las grises nubes se desplazaban hacia los montes de Eifel. La pista empezó a secarse. Había llegado el momento, la oportunidad, de los Bugattis.

En la décima vuelta, ¡Chiron! Su nombre apareció tras el mío en los tableros de aviso. Había ido abriéndose paso; me seguía en segundo puesto. Nos separaba un minuto y cuarenta y ocho segundos, pero desde el box se me avisó con el círculo para que cambiase los neumáticos en la siguiente vuelta. Eso podía costarme tres cuartas partes de mi ventaja, y la pista se secaría cada vez más. Los pequeños Bugattis corrían más de prisa…

Undécima vuelta… Paramos. Salté del automóvil por un lado, Sebastián sató por el otro. Repostamos, cambiamos ruedas… Neubauer estaba cerca, reloj en mano.

Listos. De nuevo estábamos en el coche. Nuestro ayudante puso en marcha el motor. Un minuto y nueve segundos…



- ¡Tiempo récord! – gritó Neubauer. Dijo algo más que el ruido del motor nos impidió oír. Corríamos otra vez. No nos había alcanzado nadie; continuábamos en cabeza.

Vuelta duodécima. Nueva señal en los boxes: Nuvolari me sigue a un minuto catorce segundos.

De modo que también Chiron se había visto obligado a parar, probablemente para cargar gasolina. Quizás también para cambiar ruedas. ¡Gracias, Dios mío!

En algunos tramos la pista estaba seca del todo. Solamente en donde estaba rodeada de bosque, el asfalto aún relucía.

Vuelta dieciséis. La distancia que me separaba de Chiron iba aumentando… Era ya de dos minutos y ocho segundos.

Faltaban aún cuatro vueltas. Si Chiron conservaba su velocidad acabaría por acercarse mucho, pero no lograría adelantarme. Pero, ¿y si disponía de reservas? ¿Qué pasaría si empezara a correr aún más de prisa?

El cuenta revoluciones marcaba 4.000 r.p.m. Sebastián me tocó el codo y movió la cabeza como advertencia. No le hice caso. Mantuve aquella velocidad.

En la siguiente vuelta, Chiron se acercó más. Solamente a un minuto y treinta segundos.

Última vuelta. La distancia no había cambiado. Neubauer agitó una bandera y con la otra mano indicó que redujese la marcha. Bajé hasta las 3.500 r.p.m. No era cosa de destrozar el motor. Si los neumáticos resistían nadie podría arrebatarme la victoria.

Nuevo paso por la curva en forma de “V” del otro lado de las tribunas; otra vez aquel sinuoso tramo montaña arriba, luego el descenso, hacia los valles.

El pueblo de Breidscheid; la tupida arboleda que enmarca Hedswigshoehe; las torres del castillo de Nürburg brillando al sol; el bosque de banderas de las tribunas, y la meta…

Cerré el contacto. Paramos. Nos anegó un mar de gente. Me sacaron del automóvil, me llevaron a hombros. Cientos y cientos de manos intentaban alcanzarme. Mis mecánicos estaban allí; los colaboradores de mi victoria. Neubauer tiró de mí y me abrazó. Llegó Carlota: Estaba en pie tras el box; corrían lágrimas por sus mejillas.



- ¡Rudi! – me dijo con voz ahogada. Nos abrazamos. Chiron llevó a mi lado su automóvil. Brincó sobre el morro de su coche, corrió hacia mí con los brazos abiertos y me abrazó. En la pista, en tribunas y graderíos, el público gritaba: “¡Hurra!”, y agitaba sombreros y paraguas.



Se izó la bandera alemana y la banda interpretó el himno nacional. Fui a recoger el trofeo.

Al anochecer celebramos la victoria en el “Adenauer Hof”. Discursos, brindis, telegramas… Pero mi felicidad interna era más poderosa que los honores externos. ¡He vencido, he luchado con los mejores conductores, y he obtenido el triunfo!

De madrugada, Neubauer y yo salimos unos momentos para despejar nuestras cabezas algo turbias de tanto vino. Por el Este clareaba, aunque no veía aún el sol. Entre las oscuras ondulaciones de las montañas se veían jirones de la niebla matutina.



- Este año y el que viene – dije – lograremos más victorias como la de hoy.

Neubauer me miró en silencio. Luego habló:



- El año que viene la casa Mercedes no competirá en ninguna carrera. Falta dinero. Tenemos que resignarnos."


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tenista
mensaje May 5 2008, 02:22 PM
Publicado: #75


TENISTA
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Lo primero que he hecho, nada mas llegar de las minivacaciones de dos dias y 35 Km de atasco en la NV, ha sido visitar el foro y por supuesto leer el siguiente capitulo.

Por cierto, me deja preocupado. Espero el siguiente capitulo con gran impaciencia.

Muchas Gracias Raquel por tanto esfuerzo.


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“El Foro es y sera, siempre, mi Segunda Casa"

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"Pedro volverá"
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taz
mensaje May 5 2008, 03:17 PM
Publicado: #76


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Dios mío!!!!!!!!
estoy enamorado
wub.gifwub.gifwub.gif

Hubo una vez que equivocadamente algunos extraños extranjeros exfor...ejem, llamamos ForoRaquel a este foro.
Estabamos equivocados en la intencion (por ello te pido perdon) pero resulta que era verdad.

Eres una Joya Raquel.
Gracias por compartirlo.


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Soyel chavaal daquellaesquinaaaa,
Que túsabes eevitaar,
Elespejooo deela vida,
Don-de nun-ca miiraarás.
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Raquel
mensaje May 5 2008, 05:02 PM
Publicado: #77


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¡Gracias, Taz! smile.gif Pero no me ruborices... huh.gif

Y sobre lo del "perdón" o la disculpa, pues de sobras sabes que es innecesaria. Una anécdota más que contar en mi vida... laugh.gif ¡Anda que no nos hemos reído con ello después! Eso es lo bueno. wink.gif

De verdad que me alegro mucho de que os guste: así da gusto compartir, y no piensas ni en el sacrificio que pueda comportarte ni en el tiempo que empleas porque, de otro modo, es imposible. Compensa, ¡y mucho!, saber que otros lo pueden disfrutar también.

Venga, para que no se quede preocupado Tenista, rolleyes.gif vamos a explicarle qué hizo mi pobre Caracciola tras recibir ese mazazo de noticia ante la que no quedaba más remedio que "resignarse".

Sentí que acababa de perder para siempre algo muy hermoso.

"CAPÍTULO IX



Aquel año Carlota y yo fuimos a Arosa, donde Neubauer nos visitó algún tiempo después. Conservaba su cargo, pero no se sentía feliz. Le obsesionaba pensar que ya no era director de un cuadro de conductores y de vehículos. Al atardecer, nos reuníamos en nuestro chalet a la acogedora luz de una lámpara y veíamos cómo caía la nieve. Neubauer nos expuso todos sus planes, muchos de los cuales eran irrealizables. Quería agrupar a los mejores conductores alemanes, ir con ellos a Estados Unidos y arramblar con todos los premios que lo merecieran. Era capaz de pasarse horas y horas incubando planes del mismo género. Me gustaba escucharle, aunque no creía que aquellos castillos en el aire pudieran materializarse. Me daba cuenta de la realidad. El deporte automovilístico es un lujo, como tantas otras cosas nobles y de elevada alcurnia. Pero una nación pobre no puede soportar lujos, y entonces Alemania era pobre.

A mediados de diciembre, la casa Alfa me llamó desde Milán. Giovannini, el jefe de la sección de carreras, estaba al teléfono.



- ¿Qué haces usted ahí, Caracciola?

- Esquío y tomo el sol.

- ¿Tiene contrato para el año próximo?

- No – dije con alguna vacilación -: todavía no.

- Si no le parece mal, iré a verle a finales de este mes.

- Conforme – respondí, y colgó el teléfono.

Giovannini llegó a Arosa el último día del año. Era un hombre pequeño, elegante, de cabello rubio y brillantes ojos pardos. Con típica exuberancia meridional, me abrazó, me dio palmadas en la espalda y besó las manos a Carlota.

Se sobresaltó al ver a Neubauer. Ambos se conocían de muchas carreras en que habían contendido Alfa y Mercedes. Cuando nos dirigimos a cenar, lleno de excitación, me susurró:

- ¿Qué hay de nuevo? ¿Mercedes, al final, volverá a las pistas?

Me encogí de hombros.

Gracias a la verbosidad de Neubauer, la cena fue muy animada. Él y Giovannini se dirigían miradas desconfiadas. Después de los postres, Giovannini dijo:

- Me gustaría hablar de algo con usted, señor Caracciola; pero, por favor, en privado.

Fuimos a mi estudio, Neubauer y mi esposa permanecieron en el comedor.

Cuando estuvimos solos, Giovannini, sin ninguna otra explicación, buscó algo en un bolsillo del chaleco. Había llevado ya preparado el contrato; tan sólo faltaba que yo lo firmase. Lo leí a la luz de las dos velas de mi escritorio. Era una oferta aceptable: una pequeña garantía, las primas de salida y la mitad de los premios. Cierto punto me hizo dudar. No pertenecería oficialmente al equipo de la casa; correría como independiente.

- ¿Por qué? – pregunté, volviéndome para mirar a Giovannini, que estaba a mis espaldas y leía el contrato, por encima de mi hombro, al mismo tiempo que yo.

- Lo ignoro – me contestó a regañadientes. Era evidente que mi pregunta le embarazaba -. Vea usted, todos nuestros pilotos trabajan con una participación; y como usted no está familiarizado con nuestros coches… Ya sabe que son muy diferentes de los pesados Mercedes; son pequeños monoplazas… Tal vez nuestros muchacho opinen que a usted le costará acostumbrarse al nuevo tipo…

- Pero, ¿a quién se le ha ocurrido eso?

- No lo sé.

- ¿A Nuvolari?

- No.

- ¿A Borzacchini?

- Tampoco.

- Bien, pues: ¿a Campari?

Denegó con la mano y me dijo:

- Por favor, no me haga más preguntas.

Era Campari, por consiguiente. Debiera haberlo adivinado. Mas, ¿podía yo protestar de todo aquello? Ni yo mismo sabía cómo reaccionaría con aquellos monoplazas.

Dejé el contrato sobre la mesa y fui al comedor para buscar cigarros y vino. Al regresar, Neubauer me siguió y me detuvo en el vestíbulo.

- Rudi – dijo, cogiéndome por las solapas -, Rudi, ¿no te irás con los del otro lado, verdad?

En aquel momento sufrí por él.

- Pero, ¿no comprendes que tengo que conducir?

No replicó, pero continuó sujetándome. Era un momento extraño. Ambos de pie bajo la débil luz del vestíbulo; en nuestras mentes revivían los ocho años que habíamos luchado codo a codo.

En aquellos instantes Neubauer era para mí más que un hermano. Suspiró profundamente y dijo:

- Prométeme una cosa, Rudi. Si Mercedes vuelve a las carreras, tú vuelves con nosotros.

- Sí – le contesté estrechándole la mano.

Dio media vuelta y fue de nuevo con Carlota. Le miré mientras marchaba, ancho de espaldas, con la cabeza inclinada. Cerró tras sí la puerta que daba al iluminado comedor; permanecí mirando hacia allá. Sentí que acababa de perder para siempre algo muy hermoso; quizá la juventud, quizá el recuerdo de aquellos años de ilusiones. No hallo palabras con qué explicarlo.

Volví con Giovannini y firmé el contrato con Alfa.

Dos meses después llegué a Milán y traté por primera vez a mi nueva empresa. Giovannini me presentó a los principales jefes. El director general Gianferrari, un caballero muy correcto, me recibió con cordial cortesía.

- Espero que se sentirá muy bien aquí, entre nosotros – dijo dándome una mano delgada y morena.

Después fuimos a ver a Jano, el jefe de proyectos, a quien encontramos envuelto en una nube de humo de tabaco y mirando planos. Me recibió con animación y me condujo al laboratorio de ensayos de la fábrica, donde me presentó a los mecánicos. Uno de ellos, Bonini, había sido designado para trabajar conmigo. Tenía una cara despejada, era moreno, había trabajado dos años en Alemania y hablaba fluidamente el alemán. Charlamos un rato y saqué la conclusión de que congeniaríamos muy bien.

Luego Jano me enseñó el nuevo modelo. Era de líneas muy finas, monoplaza, ligero y de fácil conducción. A primera vista, me gustó mucho. Al día siguiente fuimos a Monza. Jano deseaba saber mi opinión sobre el nuevo vehículo.

Era del todo diferente a mi pesado Mercedes SSK. Se conducía sin ningún esfuerzo, pero hube de vigilar como un halcón a fin de no perder el control, dadas su rapidez y ligereza.

- Bien, ¿qué le ha parecido? – me preguntó Jano cuando salté del asiento.

- Ágil como una bailarina – les respondí.

Se rió.

- Me parece que nosotros dos nos entenderemos muy bien – me dijo complacido, y extendió su mano.

Estaba en lo cierto. Pronto se hizo acreedor de mi confianza, y siempre me ayudó cuanto pudo.

Regresé a Arosa, y una semana más tarde volví a Milán para tomar parte en las Mil Millas. Prueba que había ganado un año antes con Mercedes. Creí que de nuevo tendría oportunidad de vencer. Sin embargo, la realidad no justificó mi optimismo. Me clasifiqué primero en Roma: mas poco después se rompió un balamiar de válvula y tuve que abandonar en Verona, sin haber podido ni tan siquiera clasificarme.

Aún veo la expresión de Campari cuando volví a la fábrica. Se sonrió como si dijera: “Bueno, ¿no había dicho yo que este tipo no vale para nada?”

La siguiente prueba era la de Montecarlo. Nuevamente estaba inscrito el equipo completo de Alfa, pero yo en calidad de independiente. Era una carrera muy dura. Desde la salida, Nuvolari se puso en cabeza. Corría con velocidad suicida por las tortuosas y continuas curvas. Realicé una salida defectuosa y quedé en el pelotón central de corredores; pero fui forzando la marcha a cada vuelta de tal manera que, finalmente, me hallé situado inmediatamente detrás de Nuvolari.

Los pilotos de carreras de la misma categoría siguen una regla no escrita: si pertenecen a la misma escudería, no deben luchar entre ellos cuando van en cabeza. El que ha ocupado el primer lugar en la primera mitad de la carrera es el que se alza con el premio. Esta regla tiene por objeto salvar los intereses de la casa constructora en nombre de la cual corren los pilotos, pues si luchasen entre ellos podrían forzar excesivamente los motores y suceder, entonces, que fallaran todos, motivando con ello un grave perjuicio para la marca.

Esta regla es mantenida por todos los conductores profesionales como cosa de honor y de cortesía, aunque algunos de los más jóvenes, por ambición, de vez en cuando no la respeten.

Iba siguiendo, pues, a Nuvolari, y vi que cada vuelta iba ganando terreno a su rojo coche, hasta que hacia el final le alcancé. Durante la última vuelta íbamos tan juntos que podía ver el interior de su coche. Nuvolari había aflojado sensiblemente la marcha e íbamos juntos, casi rueda con rueda. Vi cómo cambiaba de marcha con gestos nerviosos y apresurados. Parecía que se le había obstruido la conducción de gasolina, o que por cualquier razón corría solamente con el depósito de reserva.

Rápidamente reflexioné. Yo no formaba parte del equipo, pues me habían rechazado. No tenía ninguna obligación para con los de la escudería Alfa. Nadie podría reprocharme que en aquel momento adelantase a Nuvolari. Pero, desde luego, sería mucho más elegante dejar que él continuara como líder. Disminuí de velocidad. Mientras conducía miré a las tribunas. Todo el mundo gritaba y pataleaba. Llegué a la meta. Nuvolari la cruzó y yo le seguí pegado a él. Al saltar del coche no oí sino gritos de burla y silbidos. El público se consideraba estafado, pues suponía que había existido un acuerdo entre Nuvolari y yo. Dejé el coche y fui a los box. Vino corriendo el mecánico.

- ¿Por qué ha hecho usted esto, signor Caracciola?

- No lo sé – le contesté. En aquellos momentos me encontraba muy triste. Era la primera vez que el público protestaba una actuación mía. Entonces vi que Giovannini venía con los brazos abiertos.

- El gesto de usted, Caracciola, ha sido honrado; sí, muy honrado. Tengo que pedirle, en nombre de todos sus compañeros, que acepte ser miembro de la escudería.

- ¿Y Campari? – pregunté.

- También él lo desea; y, créame, desea de veras que usted acepte.

De aquel modo formé parte del equipo Alfa Romeo.

Fue un buen año para la firma. Los pequeños monoplazas se llevaron los mejores trofeos. Nuvolari ganó los Grandes premios de Francia y de Italia y yo los de Alemania y Monza, además de otras victorias en carreras de menos importancia.

Sí, ciertamente fue un año soberbio para Alfa Romeo. Si seguía así durante el invierno, podríamos esperar el futuro con confianza.

Al acabar la temporada nos separamos y marché con Carlota a las montañas de Arosa. Fue un invierno magnífico. Los días eran claros y soleados. Ni una sola nube que afectara el amplio y puro cielo. Cuando llevábamos dos semanas allí, recibí una carta en la que la casa de Milán me notificaba que habían decidido no construir más automóviles de carreras. Era un asunto costoso, y sus resultados no compensaban los gastos. Me aconsejaban que ingresara en la escudería Ferrari. El signor Ferrari adquiría los automóviles y, en lo futuro, continuaría el asunto por su propia cuenta.

Por aquellos días, Chiron se encontraba también en Arosa. También había recibido de Bugatti una carta parecida a la mía, por lo que, igual que yo, se encontraba sin empleo.

A menudo nos encontrábamos al esquiar, y pasábamos alguna tarde en mi casa, o en el hotel en el que se hospedaba, o en algún albergue de las montañas; era un gran compañero, sin sombra de doblez; un gran amigo.

- Óyeme, Rudi – me dijo una de aquellas tardes -, ¿por qué hemos de ganar siempre premios para otros? Sería mucho mejor que formásemos nuestra propia empresa.

Lo tenía todo pensado y calculado, incluso el nombre. Nuestra sociedad podría llamarse Escudería CC (Caracciola-Chiron). Lleno de excitación, bosquejó la cuestión financiera en una hoja de papel.

En el activo figuraban los premios en metálico, las primas de salida y la publicidad de algunas fábricas. En el pasivo solamente el coste de los automóviles, el transporte, los gastos de estancia y los sueldos de dos mecánicos.

El plan de Chiron me pareció bueno. Nuestros nombres eran muy populares. Cada uno de nosotros tenía una ejecutoría llena de victorias. Nos habíamos encontrado en innúmeras batallas como competidores, y éramos excelentes amigos. Las fábricas no querían saber nada de las carreras; los dos estábamos sin empleo; era casi natural, pues, que naciese la escudería CC.

Compramos dos automóviles a la Alfa Romeo, y Daimler Benz puso a nuestra disposición un camión diesel para el transporte de los bólidos. Discutimos durante mucho tiempo de qué color podríamos pintarlos. Aun ahora creo estar viendo el enorme camión de color gris claro y los dos coches, el de Louis azul con rayas blancas y el mío blanco con rayas azules. Las puertas del camión lucían en bellas letras el monograma de la empresa: CC.

Una sombra oscureció aquellos prometedores momentos. Bonini, mi mecánico, no podía trabajar. Había sufrido graves quemaduras en un accidente de la fábrica y estaba en el hospital. Tuve que pasar sin la ayuda de mi fiel ayudante y escoger otro mecánico entre los de Alfa Romeo."


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accitano
mensaje May 5 2008, 06:14 PM
Publicado: #78


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Muchas Gracias Raquel!!!

Los tres mosqueteros...

Que maravilla!!! Como comentabas en la página anterior es inevitable la "fuga mental" a Hombres, Mujeres y Motores.

Aprovecho para recordar a los nuevos foristas, y no tan nuevos, que se paseen por el Topic: Hombres, Mujeres y Motores y no dejen pasar la oportunidad de imprimirselo. Una joya -muchísimas gracias, Ayrton-!


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Saludos.

"Cada tanto viene bien una derrota" Frank Williams.
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tenista
mensaje May 5 2008, 10:58 PM
Publicado: #79


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Magnifico Raquel, pero no se si te das cuenta que tus relatos son como un buen vino. Cuando lo pruebas y descubres, entre otras cualidades, su aroma, su color o su sabor, siempre quieres una copa mas.

Pues Raquel, yo descorche, con estos relatos, un vino inimaginable y ahora no puedo, no debo y no quiero, dejar de saborearlo. SIRVEME UNA COPITA MAS wink.gif


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Raquel
mensaje May 6 2008, 01:54 PM
Publicado: #80


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CITA
Eso si, me encanta ver topics como los de Caracciola de Raquel


AYRTON, ¿vamos a tener que polemizar otra vez...? tongue.gif

Vamos a ver si aclaramos conceptos: éste no es el tópic de Caracciola y ¡mucho menos mío! wink.gif

No voy a picar en el anzuelo por mucho que me encante "pescar": sólo al final se sabrá unsure.gif el porqué de una cosa.

PUNTO.

PD: Vale, venga, te doy una pista... TE GUSTARÁ. rolleyes.gif


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