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> PENYA RHIN , PEDRALBES , MONTJUÏCH ...
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Raquel
mensaje Apr 14 2008, 01:00 PM
Publicado: #21


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Prometido es deuda. wink.gif

Y esa continuación del primer capítulo de la autobiografía de Caracciola va especialmente por ti, Tenista smile.gif

Sigo justo desde donde lo dejé hasta el final del capítulo:

...Un aire frio llegaba de los montes Eifel...

"(...pero al día siguiente ni su propia madre podía reconocerle.)

Era cierto. Había oído hablar de historias parecidas, cada una más espeluznante que la anterior.
- Y tú, ¿qué harás?
- Yo no le toqué. Todo el mundo lo vio.

En aquellos momentos una patrulla belga dio la vuelta a una esquina próxima. Desde bastante distancia habíamos oído cómo resonaban sobre los adoquines las botas claveteadas. Nos refugiamos en la sombra de un portal. Eran siete, contando el sargento. No nos vieron. Cuando pasaron por la calzada, con sus fusiles al hombro, pudimos ver cómo refulgía la luz de la luna en el acero de las bayonetas. Sus pasos fueron perdiéndose en la distancia; entonces abandonamos aquella sombra y reemprendimos el paseo.
- Tienes que salir de Aquisgrán –insistió Kruppke-. Es forzoso que te vayas.
Al llegar a mi calle, vimos luz en el ático donde yo vivía. Nos detuvimos en seco, como si hubiésemos recibido una orden. Kruppke dijo concisamente:
- Puedes verlo: ya están aquí.
Dimos media vuelta y corrimos calle abajo. Kruppke vivía, con su hermano, encima de un garaje situado en un amplio patio de la calle Annunciatenbach. El patio estaba vacío y oscuro; sólo brillaba una débil luz rojiza sobre la puerta deslizante de hierro que daba entrada al garaje. Mi amigo desapareció en un pequeño pabellón y volvió trayendo una motocicleta, una “NSU”, de la que yo sabía estaba orgulloso.
- Ya me la devolverás cuando estés fuera de aquí.
Me estrechó la mano, sentí el crujir de unos billetes entre mis dedos –diez mil marcos en papel, medio sueldo de una semana -. Se me hizo un nudo en la garganta. Bajo la débil luz del farol, su cara parecía macilenta.
- No puedo aceptarlos – le dije.
- Por favor, no es éste momento para decir sandeces – respondió casi enfadado.
Me acompañó hasta la calle; de nuevo nos dimos un apretón de manos en silencio, y entonces yo arranqué.
Me volví al llegar al fin de la calle. Aun estaba allí, pequeño, flaco, vencido por el trabajo, y me saludaba con sus grandes manos. Había trabajado con él solamente un año; pero al perderle me pareció que perdía a un hermano.
Fuera de la ciudad, la luz intensa de la luna iluminaba la carretera y un aire frío llegaba de los montes Eifel. Era marzo. Los árboles estaban todavía desnudos. Estaba helándome, pues llevaba el delgado traje azul de los domingos con que huí del Kakadu. Hacia las siete de la mañana llegué a Remaguen. La ciudad estaba aún semidormida. Los faroles de gas lucían lánguidamente, como si estuvieran a punto de apagarse. Las calles estaban desiertas, excepción hecha de unos pocos obreros que se apresuraban por llegar a su trabajo.
Bajé por la carretera, siguiendo el Rhin, hasta que paré frente a mi casa. Apoyé la moto en los peldaños, subí y tiré de la cuerda de la campanilla. Su sonido se oyé a través del silencioso vestíbulo. Al cabo de unos momentos oí algunos leves pasos, y una voz sobresaltada preguntó, tras la puerta:
- ¿Quién es?
- Soy Rudi.
La puerta se abrió. MI hermana estaba allí, en camisón y descalza.
- ¿Eres tú, Rudi? ¡Por amor de Dios! ¿Qué te pasa?
- Me peleé con un belga – contesté al tiempo que entraba.
Me miró extrañada y al mismo tiempo admirada.
Desde arriba llegó la voz de mi madre:
- Herta, ¿quién es?
Corrí escaleras arriba, de tres en tres peldaños,, y en seguida nos hallamos uno en los brazos del otro. ¡Qué pequeña era! ¡Qué frágil! Tenía varios mechones blancos en el pelo. Más tarde vi que los había ocultado cuando se arregló para el día. Tomó mi cara con ambas manos y la alejó un poco de la suya.
- ¿Has cometido alguna locura, muchacho?
- Nada malo. Solamente una pequeña discusión privada con unos belgas
Pude ver cómo se hacían más profundas las arrugas alrededor de sus ojos.
- Bien, si es así, ¿por qué no te vas a tu habitación y te refrescas un poco? Dentro de media hora tendremos a punto el desayuno. Entonces me lo explicarás todo
Poco después estuvimos sentados alrededor de la mesa y expliqué lo sucedido. Cuando hube acabado, nadie abrió la boca. Por fin, mi hermano concretó.
- Parece que no te das cuenta de las consecuencias de tu acción. Desde luego, no puedes continuar en Remagen. También nosotros estamos en pleno territorio ocupado, y por ello puedes ocasionarnos las peores dificultades.
En aquel tiempo, mi hermano tenía veintiséis años, o sea, seis más que yo, y desde la muerte de mi padre era el que decidía en la casa. Hablaba con la suficiencia de un joven a quien el destino hubiese situado, algo prematuramente, en el puente de mando, como un capitán.
- Sí, Rudi, tienes que irte – convino tristemente mi madre.
Entonces ella y mi hermana empezaron a tratar de mi futuro. ¿Podría aprender algo del negocio de vinos, o llegar a ser panadero, o debiera entrar de aprendiz en un hotel? Yo escuchaba sin decir nada. Miré hacia el Rhin, que discurría bajo los desnudos álamos. Si todo dependiese de mí, pensaba, mi vida estaría dedicada a conducir coches. Pero, desgraciadamente, esto no estaba considerado como una profesión. Finalmente, cuando las mujeres se cansaron de tanto hablar, se volvieron hacia mí para saber qué es lo que yo opinaba.
- Francamente – les dije -, me gustaría continuar en los asuntos automovilísticos.
- ¿Crees que esto, hoy día, es fácil? – me preguntó mi hermano.
Por mi parte me limité a encogerme de hombros.
- En el tren me encontré con un fabricante – explicó mi hermana -. Estaba interesadísimo en todo lo relacionado con los automóviles. Espera un momento; te diré cómo se llama ese señor… - Corrió escaleras arriba y regresó después con su bolso, del que extrajo una vieja tarjeta que rezaba:

“SIEGFRIED THEODOR RATHMANN
FABRICANTE
Dresde”
- Como podéis ver, debe de ser muy conocido, ya que no pone la dirección – añadió orgullosamente Ylse.
El resultado fue que, dos días después, subí al tren con sesenta mil marcos en el bolsillo y con aquella dirección como toda esperanza para mi futuro."

(FIN, Cap. I)


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tenista
mensaje Apr 14 2008, 03:00 PM
Publicado: #22


TENISTA
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No se como agradecertelo, Raquel, deberas muchisimas gracias, no te imaginas la ilusion que me hace tu dedicatoria, espero que poco a poco me y nos sigas contando esta increible historia.

De nuevo muchas gracias, compañera wink.gif


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cies
mensaje Apr 14 2008, 03:14 PM
Publicado: #23


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rolleyes.gif
Soy Feliz.
Gracias Raquel.


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Islas Cíes,
Paraíso natural frente a Vigo.


http://es.wikipedia.org/wiki/Islas_C%C3%ADes
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Raquel
mensaje Apr 14 2008, 03:18 PM
Publicado: #24


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¡Pues yo más! biggrin.gif

Ojalá fuese tan fácil hacer siempre felices a los demás como con esto. wink.gif
A vosotros gracias.

Seguiré...


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QUIQUE A.
mensaje Apr 14 2008, 04:07 PM
Publicado: #25


¡A ras!
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Gracias Raquel. Pena que el marcador de visitas del topic no se mueva del "cero". sad.gif
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juan lobo
mensaje Apr 14 2008, 05:29 PM
Publicado: #26


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Gracias Raquel smile.gif
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Raquel
mensaje Apr 14 2008, 10:54 PM
Publicado: #27


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Pues nos vamos cruzando, Juan Lobo... laugh.gif

Había puesto la directa a ver si así adelantaba un poco para ver a Caracciola en carrera, de modo que os dejo un capítulo más, el segundo.

... llegué a parar la fábrica de electricidad de Remagen.

"CAPÍTULO II


Desde la estación marché directamente a la casa de Rathmann. La fábrica estaba situada en la parte vieja de la ciudad de Dresde, y al verla sufrí una gran desilusión. Toda la empresa se reducía a tres habitaciones en la parte trasera de un gris edificio.

Un joven, de tupida cabellera rubia y ojos azules que parpadeaban detrás de las gafas, estaba sentado en el despacho.


- ¿Quién es usted? – preguntó.

- Caracciola, de Remagen.

Se levantó y fue hacia mí con las manos extendidas.



- Su hermana ya me ha escrito hablándome de usted.

Le miré asombrado

- ¡Ah! Ya puedo verlo: soy yo, en persona. Sí, soy Rathmann – dijo riendo.


Apartó de un manotazo unos cuerpos de muñeca que cubrían una silla y me ofreció asiento. Miré a mi alrededor. Era una habitación pequeña, mal alumbrada. En el centro, un anticuado escritorio sobre el que libros de comercio, restos de almuerzo y cuerpos de muñecas estaban dispuestos como al azar. En el suelo y en los estantes de las paredes, muchas muñecas de madera que me miraban fijamente con estúpidos ojos azules.


- Pues sí – empezó en tono alegre -. Ahora me dedico a la fabricación de muñecas de madera. La semana pasada hacía palos para jugar a bolos. Más adelante, ¿qué haré? ¿Tapas para ataúd? ¡Quien sabe! En estos momentos hay que ser versátil. – Me ofreció un cigarrillo. – Pero, ahora, hablemos de usted. ¿A qué se ha dedicado usted?

Se lo expliqué.

- ¡Hum! –murmuró cuando acabé de explicárselo todo -. Y, aparte de todo esto, ¿no tiene usted conocimientos técnicos sobre algo más que la mecánica de automóviles.

- Bueno, quizás sí – le dije -. En cierta ocasión llegué a parar la fábrica de electricidad de Remagen.

- ¿Usted hizo eso? ¿Cómo se las arregló?


Le conté aquella historia. En el hotel de mi padre estaba instalada la central eléctrica que abastecía todo Remagen, incluido, naturalmente, el único cine de la ciudad. Pero este cine pertenecía al Centro Católico, y como yo era protestante, el sacerdote no me permitía asistir a las sesiones. Por esto, cuando iba a empezar sus sesiones, cortaba la electricidad. Lo hice varias veces. Al cabo de una semana me dio pases para mí y para mis hermanos, y poco tiempo después me convertí en el operador del centro católico.

A Rathmann le hizo mucha gracia la anécdota.


- Estupendo para empezar. Pero ahora, ¿qué?

Me encogí de hombros.

- Bien, ¿qué planes tiene usted?

- Mi ilusión es conducir automóviles de carreras – le contesté -. Pero si no es posible, me dará igual hacer cualquier otra cosa.

- ¿Ha tomado ya parte en alguna carrera?

- Claro que sí. El pasado año gané el primer premio en la clase midgets del Premio Opel. Monté un “Fafnir” de litro y medio.

- ¡Formidable! – exlamó Rathmann -. Esto es magnífico. Esta misma noche le presentaré a los miembros de nuestro grupo. Son grandes entusiastas del motor, pero ninguno ha ganado nunca un premio. Pero eso sí, son gente muy aficionada. Estoy seguro de que alguno de mis amigos podrá ayudarle.


Quedamos citados para el atardecer. Tenía que esperarle enfrente de Braustube, en cuyo restaurante tenía mesa reservada.

Llegó con media hora de retraso. En el piso de encima de su fábrica había reventado una cañería y el agua, al penetrar en su taller, mojó todas las muñecas. Tuvo que entretenerse secándolas, y aun así temía que las cabezas se hinchasen por causa de la humedad. Lo explicó como si se tratase de algo gracioso.

Entramos en el restaurante. En un rincón, bajo una verde lámpara, había una mesa redonda a cuyo alrededor se reunía aquel grupo de amigos. Estaban presentes tres, todos jóvenes: Prickel, tasador; Kleeberg, negociante, y Scholz, empleado de banca. Rathmann era el mayor, y me presentó a los otros:


- El señor Caracciola, vencedor del Premio Opel.

- Maravilloso – dijo Prickel -. Yo he corrido alguna que otra vez. El pasado año, en la prueba en cuesta de Silesia…

Le interrumpió Kleeberg diciendo:

- Llegó el octavo. Eran diez los inscritos, y tuvo la suerte de que a última hora se retiraran dos.

- En la carrera anterior también corrió Kleeberg, pero abandonó antes de arrancar. Dio la casualidad de que olvidó la llave de contacto –contraatacó Prickel.

Todo el mundo estalló en risa.

- Caballeros, ahora es preciso hablar en serio – dijo Rathmann golpeando la mesa con su anillo de sello -. Tenemos que ayudar a Caracciola.

Expuso mi situación. Se pusieron pensativos. No era nada agradable carecer de empleo en aquellos tiempos.

- ¿No sería mucho mejor que entrara en relación con la casa “Fafnir”? – preguntó Scholz -. Quizás necesiten un representante en nuestra ciudad.

Rathmann se golpeó la frente y agregó:

- Naturalmente, ésta es la mejor solución: representante de la casa “Fafnir”. Un amigo mío representa otra marca. Empezó hace tres años y ha progresado tanto, que ya tiene negocio propio.

Kleeberg interrumpió para sugerir:

- ¿No sería lo mejor que el señor Caracciola escribiera cuanto antes a la casa “Fafnir”?

- ¿Cómo que cuanto antes? – dijo Rathmann -. ¿Cuánto antes? ¡Va a escribir ahora mismo!

Pidió recado de escribir al camarero. Se lo trajo sobre un papel secante verde y, por orden de Rathmann, lo dispuso ante mí.

- Muy bien: empecemos –ordenó Rathmann. Dio varias nerviosas chupadas a su cigarrillo y empezó a dictar:

- “Querido señor director general.”

Le interrumpí haciéndole notar que aquella firma tenía tan sólo un director.

- No importa: deja lo de director general. Eso le halagará y no le perjudica a usted.

- Yo pondría “estimado” – opinó Kleeberg -. Así tiene un carácter más personal.

- Por mis amplias relaciones con el comercio y la industria de Dresde… - continuó dictando Rathmann.

- …y con las autoridades locales – añadió Prickel, aludiéndose a su cargo de tasador.


En fin, todos cooperaron. Dos horas después quedó terminada la carta. Se tachó lo débil o lo que pudiera sonar a falso, y al final quedó reducida a cinco concisos párrafos en que solicitaba de aquella empresa ser aceptado como representante suyo; saber qué garantías podrían ofrecerme y cuánto percibiría en concepto de comisiones. La respuesta llegó al cabo de tres días. La casa “Fafnir” estaba dispuesta a nombrarme representante suyo, pero no ofrecía garantías, pues decía:


“Vistas las buenas relaciones que tiene usted, le será muy fácil obtener elevadas comisiones, lo que hace superfluas las garantías de beneficios que pudiéramos ofrecerle.”


De esta manera me encontré convertido en representante de la casa “Fafnir”. Hice imprimir tarjetas y papel de cartas, cuya cabecera proclamaba en enormes letras negras:


RUDOLF CARACCIOLA


REPRESENTANTE.

Fábrica de automóviles Fafnir.

Dresde. Reitergasse, 12.



Deseaba tener teléfono; pero, desgraciadamente, resultaba demasiado caro para mí. Hube de conformarme con mandar cartas de saludo, con aquel membrete, a mis amigos y familiares. Durante mis paseos depositaba tarjetas comerciales en los buzones de correo de la gente acomodada. Y, sentado en mi habitación, esperaba. Pero no venía nadie.


Los tiempos eran difíciles. El fajo de billetes que traje, y que guardé en una cajita metálica, adelgazaba día a día. Le pegaba metafóricos mordisquitos; por otra parte, le devoraba la inflación, y ésta tiene dientes muy aguzados. Para ahorrarme el desayuno me levantaba a las doce, y así iba directamente a comer. La casa “Fafnir” me escribió varias veces, extrañada de que no hiciera ninguna venta. Al principio contestaba con diversas explicaciones referentes a las dificultades que era preciso vencer. Después, ni tan siquiera contestaba.


Tan sólo una vez logré vender un coche. El comprador era un carnicero, en cuya tienda se enteró Kleeberg de que deseaba comprar uno. Me lo dijo y le llevé mis catálogos. El presunto cliente los miró, escogió un modelo; abrió la cartera y lo pagó al contado. Cuando recibió el automóvil, con aquel dinero no habría tenido sino lo justo para pagar la bocina y un par de faros.


La casa se las compuso para llamarme por teléfono desde Aquisgrán. Un malhumorado caballero me preguntó si no sabía aún lo de la inflación, o si es que era tan tonto que no podía comprenderla. En lo futuro, me indicó, solamente podría vender sobre la base del pago en dólares. Pero con aquella base no vendí ningún coche más."

PD: lo que no me gustaría con ello es desvirtuar el contenido de este fabuloso tema de Ayrton. smile.gif Pero como lo empecé por aquí, pues así lo he seguido. Que él decida wink.gif


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tenista
mensaje Apr 15 2008, 08:43 AM
Publicado: #28


TENISTA
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Raquel
mensaje Apr 17 2008, 08:27 PM
Publicado: #29


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Esto no es un coche; ¡Es una bañera con cuatro ruedas!

"CAPÍTULO III



Una tarde Prickel me dijo cuando llegó a nuestra reunión:



- Quizás le interese esto, Caracciola.



Me entregó un diario en el aparecía la noticia de que el Automóvil Club de Alemania había organizado una carrera de coches de pequeña cilindrada, en el Stadion de Berlín. Me encogí de hombros y le devolví el periódico:



- Como no dejen correr a pie…

- ¿Y no cree usted que la casa Fafnir…?

- Ni soñarlo –repuse-, después del asunto del automóvil del carnicero.



Intervino Kleeberg:



- Creo que puedo conseguir un coche.

- ¿Y cuánto costaría?

- Nada –respondió-. Wuesthoff, un viejo camarada mío de guerra, tiene un pequeño coche, marca “Ego”, y no dudo de que si yo se lo pido se lo prestará. Estoy completamente seguro.



El domingo siguiente visité a Wuethoff en Chemnitz. Tenía el aspecto de un joven señor feudal; pero el gran corazón y la mano abierta de un viejo soldado.



- Puede disponer, naturalmente, de mi viejo “Ego”.



Acto seguido nos dirigimos al garaje. Durante el camino me dio algunos consejos. Había de llevarlo a la fábrica, en Berlín, para dejarlo en condiciones de tomar parte en la carrera



- Tal como se encuentra ahora, como mucho, podría usted competir en velocidad con un cortejo fúnebre –comentó.



No despedimos y volví a Dresde en el auto de Wuesthoff. Al anochecer fui recibido calurosamente por los del grupo. Apostaron un barrilito de cerveza por mi victoria y me llenaron de buenos consejos. Rathmann me regaló una pequeña muñeca tuerta para que me sirviera de mascota, y Kleeberg me recomendó que no durmiera con la ventana abierta, no fuera a pillar un resfriado en vísperas del gran día. Todos pensaban ir a Berlín para presenciar la carrera.



- Sólo para darle ánimos “después” –dijo Prikel con una sonrisa amistosa.



La carrera tendría lugar a últimos de abril. Partí una semana antes, para disponer de suficiente tiempo para la puesta a punto del motor. La fábrica de aviones “Merkur” que construía el “Ego” estaba situada en la parte este de las afueras de Berlín. Temía hallar una serie de dificultades, pero todo se desarrolló de muy distinta manera. El jefe de ventas, un hombre jovial, de enhiesto mostacho, había sido avisado por Wuesthoff. Me recibió con magnífico buen humor.



- ¿Con que usted es nuestro campeón de la carrera del sábado? Bien, reconozco que usted es un hombre valiente; ¿pero quién va a pagar el trabajo…?

Iba a responder me acalló con un gesto.

- No se preocupe; eso nos pasa a todos. Se lo pondremos muy barato. Tengo esta idea: si usted vence con el “Ego”, no tendrá que pagar nada; si pierde, tendrá que pagar los repuestos utilizados en el reajuste.



Le di las gracias y cerramos el trato con un apretón de manos.

Pasé en la fábrica los siguientes días, trabajando desde la mañana hasta la noche. En unión del copiloto, puesto a mi disposición por la empresa, me afané en preparar el automóvil. Mi ayudante era un alegre chico berlinés.



- Alardee del coche tanto como quiera; en cuanto vea los otros autos podrá echarse a dormir tranquilo. Esto no es un coche; ¡Es una bañera con cuatro ruedas!



Se habían inscrito muchos automóviles pequeños, por lo que habían de celebrarse tres eliminatorias el sábado por la tarde. Los vencedores tomarían parte en la final del domingo. El estadio parecía una enorme piscina vacía, que brillaba con rutilante blancura a la luz del sol. Las tribunas y graderíos estaban casi vacíos. Solamente había en los box algunos pequeños grupos de gente esparcidos acá y acullá. En aquel gran espacio parecían perdidos, como paraguas olvidados.

Casi todos los conductores eran jóvenes ansiosos de recibir el espaldarazo que les convirtiera en auténticos pilotos. Muchos se habían vestido de modo impresionante, con cascos y enormes gafas que no se quitaban ni tan siquiera para tomar café en el bar.

Discutían en voz alta, casi a gritos, las distintas tácticas que se podían seguir. En la curva norte de la pista, Cervezas Patzenhofer había instalado un colosal anuncio con grandiosas letras blancas y se debatía si era aconsejable enfocar la recta a la altura de la P o de la A. Un hombre se mantenía apartado de aquellas conversaciones: un caballero de nariz achatada, con alto cuello duro y largas patillas.



- Es el ingeniero Niedlich, y conduce un modelo especial de la casa “Grade” –me apuntó mi copiloto. Observé con temeroso respeto cómo aquel hombre paseaba majestuosamente arriba y abajo, con los brazos cruzados. Su automóvil tenía la forma de un bote de fondo llano. En la popa, un enorme tubo de escape sobresalía amenazadoramente, como si fuese el tubo de un lanzatorpedos.



Por medio de un sorteo se repartió en tres grupos a los corredores. Niedlich quedó situado en el primero, y me alegró no tener que competir entonces con aquel peligroso piloto.

Lo primeros vehículos se aprestaron para la salida. Roncaron los motores y mis narices absorbieron el cálido olor del combustible. El coche de Niedlich rugía tanto como los otros tres juntos. Llenaba de atronador ruido la inmensa olla de cemento del estadio, y su enorme tubo de escape despedía nubes de gas pestilente.

Estaban en plena lucha. Niedlich iba en cabeza. Corrían por la recta, llegaban a la lejana curva –parecían moscas que pasasen sobre el anuncio de la cerveza Patzenhofer -, y daban y regresaban zumbando y tosiendo. Junto a mí se hallaba un periodista. Por encima de su hombro pude ver cómo anotaba: “Un espectáculo que deja sin aliento. Los coches se persiguen en las ceñidas curvas a setenta y cinco kilómetros por hora…”

Niedlich ganó la primera eliminatoria.

Me dirigí con los de mi grupo a la línea de salida. Dos de mis contrincantes conducían coches de la marca “Coco”, y el otro un “Omikron”. Cuando me senté al volante sentí una extraña sensación en el estómago; la misma extraña sensación que experimentaba cuando al terminar el año escolar, por Pascua, era llamado al despacho del director después de los exámenes.

Un caballero vestido con un levita de flotantes faldones dio la salida y arrancamos. Había que dar cuarenta vueltas, o sea 26´6 km. La pista estaba dividida en cuatro bandas por medio de tres rayas blancas. Casi todos los conductores tenían la costumbre de derrapar en las curvas y después, como halcones, enfilar la recta. Esto resultaba muy emocionante, pero hacía perder mucho tiempo. Por ello decidí ir siempre por el centro, pues por la parte interior las curvas no permitían mayor velocidad. Oprimí a fondo el acelerador y el indicador se estremeció al señalar más de 77 km. Después de la sexta vuelta, mi copiloto me gritó:



- ¡Afloje! Hemos dejado atrás a los otros.



Disminuí la velocidad y me mantuve en 70 por hora hasta el final feliz de la carrera. Al llegar a la meta me felicitaron unas cuantas personas, y tuve que deletrear mi nombre a un periodista. Saltamos del coche y mi ayudante revisó el motor. El aceite se había calentado demasiado y, chirriando, se salía por las válvulas.



- Bueno –dije a Schulz- ; no te queda más remedio que trabajr con la bomba durante toda la carrera.



Asintió resignadamente con un movimiento de cabeza.



* * *

Por fin llegó el día de la carrera.

Camino del estadio pude ver que aquello iba a convertirse en un verdadero acontecimiento. Parecía como si todos los berlineses se dirigieran hacia allá, con sus esposas, sus hijos y sus paquetes de bocadillos. El estadio parecía un grandioso cráter invadido por insectos blancos y negros. En el cielo un sol ardiente se ocultaba a veces tras nubes de tormenta.



Primero corrieron las motos. En otras circunstancias, aquella carrera me habría interesado enormemente; pero en aquel momento tan sólo deseaba que llegara el momento de estar en pista y arrancar.

Finalmente llegó la orden esperada: Preparados para la salida.

Éramos cuatro. Niedlich con su “grade”; Huettner con un “Omikron”, Hoffman, con un “Coco” y yo, con el “Ego” de Wuesthoff. Los conductores eran tan poco conocidos como las marcas de los vehículos. En la salida estaban unos cuantos periodistas y el caballero de los faldones flotantes, cuyo aspecto hacía pensar en un escarabajo que anduviese con las patas traseras. Nos llenó de advertencias, como por ejemplo, que debíamos dar paso al compañero que lo pidiese, y que si se producía alguna irregularidad tendría que dejarse la protesta para después de la carrera. Apenas escuchábamos y montamos en los coches. A mi lado estaba Niedlich, sentado inmóvil al volante, mirando con fijeza hacia delante.

Los motores empezaron a roncar; y de nuevo el “Grade” de Niedlich hizo más ruido que los otros tres juntos. Y arrancamos por fin.

Tenía una idea fija: tomar la delantera, conservarla y permanecer siempre en el centro de la pista.

Por el espejo retrovisor pude ver a Niedlich en su rabioso coche, envuelto en una nube de humo; una especie de llameante volcán sobre ruedas. A mi lado Shulz, sudoroso, jadeante, no paraba de hacer funcionar la bomba.

Poco después el “Grade” desapareció del pequeño espejo y fue sustituido por el “Coco” de Hoffman. Aceleré y también desapareció el “Coco”.



- ¡No puedo más! –me gritó, agotado, Shulz-. ¡Mi brazo!

- ¡Tienes que aguantar! –le contesté. Entonces reapareció Niedlich. Se ceñía sobre mí como un halcón en la ceñida curva. Aceleré tanto como pude y Shulz, a pesar de su cansancio, trabajó como un marino que achica agua en una barca que naufraga. Al entrar de nuevo en la misma curva alcancé la P cuando Niedlich atravesaba la A. Así fui luchando: letra por letra.

- ¿Qué vuelta es ésta? –pregunté.

- La treinta y ocho.

- No; la treinta y siete –contesté. Pero Shulz movió la cabeza y apretó los dientes.



Al cabo de dos vueltas más, el caballero de los faldones saltó a la pista y agitó una bandera. ¡El final!

Le pasamos rugiendo y nos dirigimos a los box. Frené. Paramos el motor.



- Ya lo ve: ¡era la treinta y ocho! –exclamó Shulz.



Un momento después nos sumergimos en una muchedumbre. Las gentes se apretujaban alrededor del coche, reían, nos daban la mano, nos daban palmadas en la espalda y gritaban tanto que se nos hacía imposible entender nada de lo que nos decían. El patilludo director de la “Ergo” atravesó el gentío como si fuera un nadador. Se me acercó, me ayudó a salir del coche, me abrazó y rozó mi mejilla con su bigote.



- Fabuloso, muchacho –me dijo-. Eso es fabuloso. Si algún día montamos una sección de carreras, cuente con ser nuestro conductor.



En aquel preciso momento, el “Grade” de Niedlich se aproximó roncando. Paró justamente a mi lado. Vi cómo subía el respaldo del asiento y oí cómo explicaba a voces:



- Si el mecánico no se hubiese olvidado de aflojar el freno de mano, el señor Caracciola no estaría ahora aquí victorioso. Desgraciadamente no me di cuenta del descuido hasta después de las tres cuartas partes de la primera vuelta.



Descendió de su automóvil y desapareció entre la multitud.

De repente, mis amigos de la peña hicieron su aparición. Habían venido de4 la tribuna. Kleeberg y Shulz colocaron sobre el radiador una enorme corona de laurel. Luego se adelantó Rathmann, me entregó un abono para doce comidas y dijo:



- Rudolf Caracciola, primero fuiste una rama extraña en nuestro árbol. Pero desde hoy eres uno de nosotros. Puedes considerarte no tan sólo un verdadero sajón, sino también un auténtico ciudadano de Dresde…



No pudo terminar el discurso, pues obligaron a despejar la pista y teníamos que dar la vuelta de honor. La dimos muy despacio, alrededor del enorme óvalo, entonces alegre y cordial bajo la luz de un esplendoroso sol. ¡Cómo se divertía la gente! Saltaba de sus asientos, se agitaba, gritaba; un ramo de flores me dio en la cabeza. Estaba contento y emocionado. Me dijo Shulz que en su vida sólo había disfrutado de un momento más feliz.

Tras la vuelta de honor salimos del estadio por un túnel. Hacía mucho frío allí y todo estaba en silencio. Se interpuso en nuestro camino una sombra que brotó de la oscuridad.



- Un momento, por favor.



Paramos.

Un alto caballero, severamente vestido de negro, vino hacia el coche; puso una mano en el volante, me saludó con una inclinación y me dijo:



- Pertenezco al comité de dirección de la carrera. Se ha presentado una seria objeción a su victoria.

- ¿Qué? ¿Cómo…? – repuse asombrado.

- Le he dicho -añadió en tono más solemne- que ha habido una protesta por su victoria.

- ¿Quién ha protestado?

- No puedo decírselo. A fin de cuentas, se sospecha que no ha registrado usted correctamente la cubicación del motor del coche. ¿Tiene la amabilidad de seguirme?



Se adelantó y le seguimos con lentitud. Shulz maldecía en voz baja. A la salida del túnel nuestro guía giró a la izquierda y nos condujo a un oscuro patio para reparaciones, donde nos esperaban otros dos caballeros. Tuvimos que bajar del coche, abrir la cubierta del motor y desmontar la culata.

Uno de ellos se acercó lentamente, con precisos pasos, e introdujo en un cilindro un instrumento de medición. Lo extrajo, lo miró atentamente a contraluz y dirigió un gesto de condolencia a alguien que se hallaba tras de mí. Me volví y aún pude distinguir los bigotes de Niedlich en el momento en que desaparecía.

El primer caballero se volvió hacia nosotros.



- Les presentamos nuestras excusas –dijo-. Fuimos lamentablemente mal informados. La cubicación declarada por usted era la correcta.



Los tres se inclinaron a un mismo tiempo como marionetas y desaparecieron por una puerta situada en el fondo de aquel patio.



- Niedlich conduce un “grade” muy decente, pero él se conduce como un indecente –me dijo Shulz, con malicia, mientras atornillábamos la culata. Yo estaba un poco deprimido. Aquel incidente empañaba el goce de la victoria. Pero cuando volvimos a estar bajo la luz del sol, entre los amigos que nos esperaban y junto al barrilito de cerveza, olvidamos todo en seguida.



Era joven y había vencido."


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tenista
mensaje Apr 17 2008, 08:42 PM
Publicado: #30


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IV, IV, IV, IV, IV, IV, que grande Rauqel, ya estoy como loco, muchas gracias, comapñera. ohmy.gif


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accitano
mensaje Apr 17 2008, 10:46 PM
Publicado: #31


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ohmy.gif ohmy.gif ohmy.gif

Muchísimas gracias, Raquel, por el trabajo que te estas tomando.


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Saludos.

"Cada tanto viene bien una derrota" Frank Williams.
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Raquel
mensaje Apr 17 2008, 11:01 PM
Publicado: #32


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A vosotros. smile.gif
Es un placer.


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Raquel
mensaje Apr 18 2008, 03:58 PM
Publicado: #33


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Especialmente dedicado a COSWORTH. smile.gif
Seguro que él sabe por qué... wink.gif

(Porque le "debo" muchas cosas. Por todas sus sonrisas...)

Era uno de aquellos hombres duros de la vieja guardia...



CAPÍTULO IV



Contemplaba la puerta tapizada de cuero castaño por la que hacía desaparecido Herzing. Hacía más de media hora que me había dejado y me parecía difícil soportar aquella espera durante más tiempo.

La rubia secretaria parecía muy ocupada, o por lo menos intentaba aparentarlo. Escribía, apuntaba algo en un libro, buscó un fechador, volvió a sentarse ante la máquina de escribir. Era muy bonita y bastante altanera. Parecía que no se diese cuenta de mi presencia.

Llovía. Veía chocar las gotas en los cristales de la ventana, ante la cual un álamo se encorvaba por la lluvia, todas sus hojas temblando bajo el agua.

Desde mi asiento podía distinguir parte de la fábrica: tres largos cobertizos de techo de cristal que desde aquella distancia semejaban invernaderos.

Todo había acontecido con tal rapidez que yo fui el primer sorprendido. Un día Wuesthoff me presentó al señor Herzing, director de la casa “Daimler”. Alguien dijo que mi ilusión era, por encima de todo, convertirme en conductor de automóviles y conducir para la casa “Daimler”.

Y por ello me hallaba esperando en la fábrica, en Untertuerkheim.

La tapizada puerta parecía pesada y severa, como la del consultorio de un doctor. Y tras ella los directores Herzing y Gross moldeaban mi destino.



- Señorita, ¿no cree que podría preguntar…?

- Señorita Schroeder – dijo la rubia secretaria mirándome severamente-. ¡No! El director, Sr. Gross, ordena que no se le moleste durante ninguna conferencia.



Me habló por encima de la máquina de escribir, mientras colocaba una nueva hoja. Después volvió a teclear. No parecía dispuesta a hablar de nuevo conmigo.

De la pared de enfrente pendían un cuadro y un gran calendario. Aquél era el retrato de un caballero de luenga barba, sin duda alguna, el fundador de la casa. El calendario me dijo que era el 11 de junio. Se acercaba el cumpleaños de mi madre. Hubiera sido muy hermoso que pudiera decirle aquel día: “Mira, mamá, ahora soy piloto de la casa Mercedes. Mil marcos al mes para empezar y, aparte, naturalmente, primas de salida y premios.” Mi madre se conmovería tanto que lloraría, aunque estoy seguro de que lloraría con sólo saber qué era de mí.

Era una lástima que no pudiera defender mi causa al otro lado de aquella puerta. Era posible que Herzing vacilase al hallar la menor resistencia. Yo hubiera procedido de muy distinto modo.



- Señor director –diría-. Confíeme por una sola vez uno de sus coches, una sola vez siquiera, y puede estar seguro de que regresaré vencedor. Si no es así, nunca más volveré a tomar parte en ninguna competición.



Sonó el teléfono, la rubia secretaria descolgó el teléfono, escuchó, dijo “Sí”, y después nuevamente, “Sí, Herr director”, y volvió a colgar.



- Tiene que ir abajo para ver al señor Werner. Está junto a la entrada principal.

Tocó un timbre y apareció un ordenanza.

- Conduzca al señor hasta donde está el señor Werner – dijo la chica y volvió a su trabajo. El corazón me resonaba en el pecho. Mi destino se decidiría ahora. Durante la próxima media hora sabría si podía llegar a conducir, si era de la madera de los que ganan Grandes Premios, o si todo era meros sueños, tontas alucinaciones con las que yo mismo me engañaba.



Era Werner quien tenía que probarme; el gran Werner, el vencedor de tantas pruebas. Era uno de aquellos hombres duros de la vieja guardia que con su coche habían roncado por todas las carreteras del país; con uno de aquéllos coches de altas ruedas y sin suspensión. A menudo llegaban a la meta con las manos en carne viva, magulladas por los golpes del volante; pero había logrado recorrer ciento cincuenta kilómetros o quizás más.



Cruzamos el patio. Aún llovía. Un gran ruido llegaba de las naves de la fábrica; de vez en cuando, el suelo temblaba por los golpes de alguna máquina.

Frente a un cobertizo se hallaba el chasis de un coche. Solamente el chasis con unos toscos asientos de madera. Nos paramos. De la sombría luz del cobertizo salió un hombre alto, delgado. Iba vestido con un mono azul. Era Werner.



- Buenos días – dijo, y me dio la mano. Señaló silenciosamente el asiento de aquel coche y también silenciosamente se sentó a mi lado. Tenía larga y triste cara, nariz muy larga y ojos tristes. Era un rostro que parecía incapaz de poder sonreír.

Arrancamos. Werner daba las órdenes.

- Gire a la derecha, recto, de la vuelta a la izquierda…



Le demostré de lo que era capaz. Conducía por carreteras rectas como verdaderas pistas de carreras y tomé las curvas de tal manera que el agua de la lluvia, debajo de las ruedas traseras, saltaba hacia lo alto. Al cabo de media hora, Werner dio la señal de regresar a la fábrica. Se apeó al llegar a la entrada principal. Me estrechó la mano.



- Gruess Gott! (“¡Adiós!”) – me dijo y se fue.

- Pero, ¿qué le ha parecido a usted? – le pregunté. Y desapareció en la oscuridad del cobertizo



Quedé allí, nervioso. ¿Es que le desilusioné de tal modo que no quería decirme ni una sola palabra? Fui a la portería y desde allí llamé al despacho. Aún estaban conferenciando.



- Mientras tanto, puede esperar abajo – me dijo la secretaria -. El señor director ha sido informado de todo.



Estaba deprimido. Era obvio que la opinión de Werner debía de haber sido muy mala, ya que me trataban de una manera tan ofensiva.

Eran ya las cinco y media. El torrente de empleados había acabado. El portero estaba sentado en un pequeño rincón, y mojaba a hurtadillas un panecillo en una taza de café.

Me senté a su lado y empezamos a charlar. Hablamos de Werner.



- Es un gran muchacho – me dijo -. Por desgracia no es feliz. Su esposa murió hace poco tiempo.

Por fin sonó el teléfono. Tomó el auricular y luego me dijo:

- Vaya en seguida arriba. ¡Pero de prisa, pues están a punto de marcharse!



Corrí hacia el despacho. Aún estaba excitado, pero no tanto como antes. La larga espera me había entumecido y, en conjunto, había perdido casi toda mi esperanza.

La puerta tapizada de la cámara sagrada estaba abierta. Dos caballeros hablaban, en pie, a punto de marchar. Herzing llevaba el sobretodo al brazo y hablaba a un hombre con impermeable, ancho de espaldas, de una figura maciza. Era el director Gross.



- ¡Éste es el muchacho! – exclamó al verme -. Bien, Werner ha quedado muy satisfecho de usted. Puede empezar en Dresde. Como vencedor. Cien marcos al mes.

Estaba a punto de decir algo, pero Herzing me dirigió una mirada de aviso. Cuando descendíamos la escalera le susurré, a espaldas del gigante:

- ¡Pero si yo quería ser el conductor!

- No sea idiota – replicó también en voz baja -. Conducir no es una profesión. Sea primero empleado de la firma; después, quizá algún día podrá conducir tanto como desee.


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QUIQUE A.
mensaje Apr 18 2008, 04:39 PM
Publicado: #34


¡A ras!
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Muchas gracias Raquel, pero no entiendo lo que quiere decir Gross con "vencedor" (casi al final).

Saludos smile.gif
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tenista
mensaje Apr 18 2008, 04:39 PM
Publicado: #35


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Mil gracias, Raquel.


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Raquel
mensaje Apr 18 2008, 05:14 PM
Publicado: #36


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CITA
Muchas gracias Raquel, pero no entiendo lo que quiere decir Gross con "vencedor" (casi al final).

Saludos



Quique, es algo que mí también me impresionó mucho cuando tuve ese libro entre mis manos y podía empezarlo a "saborear" como una de esas cosas que crees[ i]que no vas a poder conseguir[/i]. Deseaba tanto leerlo.... Y sólo era una intuición sin fundamento. Caracciola me gustaba y ya está. Y PUNTO. Y no sabía ni siquiera por qué. Y mucho menos podía aducir razonamientos y causas.

Aun a sabiendas de que quizás no fuera el más loable, ¡para mí lo era! Cuando leía "HMM" (es decir, "Hombres, mujeres y motores") sencillamente me encandilaba.... No me preguntes por qué TENÍA FUERZA y sentía su pasión. Sé (ahora, y gracias a todo lo que en este foro se ha investigado y dicho) que pudiera ser "el ojito derecho de Neubauer". ¡Y yo que sé...! Era mi ojito derecho antes de saber yo todo eso. Me embobaba. Sencillamente me embobaba la fuerza de su valor y su tenacidad.
Empezó a convertirse en un verdadero HÉROE para mí. Cosas "de películas" Me encantaba en todos los aspectos. Por mucho que que me dijeran... "... pero es que no era el mejor, Raquel..."
Yo ya no podía verlo de otra forma.

Al empezar a leerle (en este libro que tanto busqué) me di cuenta de que JAMÁS QUERRÍA VERLE DE OTRA FORMA.

Y ahora te respondo, Quique Ya sólo me faltó para mis mejores gozos (que no aspiro a que otras personas entiendan) que "mi Caracciola" empleará el concepto de VENCER y no el de "ganar". Algo que muchas veces intento explicar y casi nadi me sabe comprender: "vencer no es ganar".

VENCE quien ha puesto todas sus armas y mejors aptitudes, con todos los sueños a la vista, de la peor de las tormentas que a uno le podría venir encima. ¡Y ahí está!
GANA el que está más arriba, el que tapa la lucha en un momento puntual.
VENCE quien sólo busca eso...

¿Verdad que no te he aclarado nada? Pero es que no sé cómo expresarlo...


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QUIQUE A.
mensaje Apr 18 2008, 05:43 PM
Publicado: #37


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Jolines Raquel, me abrumas, huh.gif yo sólo pensaba que sería cosa de repasar la traducción, como lo de "llevaba el sobretodo al brazo". tongue.gif

De todas maneras a mí también me subyuga la persona de "Carach", su gran tenacidad, como has dicho, sobre todo tras el grave accidente de Mónaco y los reveses producidos por la guerra que obligaron a Mercedes a plantar el equipo de competición.

Saludos. smile.gif
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Nivola
mensaje Apr 18 2008, 07:35 PM
Publicado: #38


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WUAUUUU !!!!!! ohmy.gif ohmy.gif ohmy.gif

Me voy una semana de viaje y a mi regreso me encuentro con esta AUTENTICA JOYA... laugh.gif laugh.gif
Además resulta que este topic se me había pasado, imperdonable !!!!.... muchísimas gracias Ayrton !!! wink.gif

Y los relatos de Raquel... no tienen precio... para mi IMPRESIONANTE...eternamente en deuda por comparlirlo.
Por cierto, creo que te entiendo en lo que dices sobre Caracciola,en tu manera de sentirlo y en su propia concepción de la vida y la competición... ese afán de superación que mostraba independientemente de los resultados o consecuencias...es algo parecido a lo que me pasa a mi con Nuvolari...(ya hemos hablado de esto en otro topic wink.gif )

Lo dicho miles de gracias y a seguir....esto hace al foro PDLR el mejor de F1.
QUEREMOS MAS................ laugh.gif laugh.gif

P.D. Raquel, para ti, te cuento un secretillo... la foto pequeñita que veis bajo mi nick no es de Tazio como pudieras pensar... es el viejo "Carach" a toda velocidad en su Mercedes Benz W125 (G.P. Svizzera 1935)...de alguna manera "te la dedico". wink.gif
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Raquel
mensaje Apr 18 2008, 08:38 PM
Publicado: #39


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CITA(Nivola @ Apr 18 2008, 07:35 PM) *
P.D. Raquel, para ti, te cuento un secretillo... la foto pequeñita que veis bajo mi nick no es de Tazio como pudieras pensar... es el viejo "Carach" a toda velocidad en su Mercedes Benz W125 (G.P. Svizzera 1935)...de alguna manera "te la dedico". wink.gif


Te cuento otro... wink.gif Puse "lupa" a tu foto de avatar,,, laugh.gif Lo siento por ti smile.gif pero soy "curiosa" por naturaleza...

NIVOLA, hablando muy en serio: yo no sé qué es lo que pueda hacer GRANDE a un foro. Supongo que tan sólo se trata de creer en algo y llevarlo hasta su "final". Y de sentirte biien haciéndolo porque disfrutas de verdad.

Hay una escena de Nuvolari, feliz con claveles en la solapa, "malgastando" su triunfo, que lo dice todo... wink.gif
Que a mí me guste, no significa que a todo el mundo (o a muchos) les conmueva de la misma forma.

¡GRACIAS!





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juan lobo
mensaje Apr 18 2008, 09:49 PM
Publicado: #40


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Gracias Raquel (a mi me pasa como a Quique A, no termino de entender lo de "vencedor" porque la impresión que da cuando le dicen esto es que lo contratan como piloto, pero como después Caracciola dice que lo que él quería era conducir, pues al final parecía que no lo habían contratado como conductor...) Después de todo el trabajo que estás haciendo sé que no debemos pedirte más, pero weno, cuando puedas... pues se agradecerá otro trocito rolleyes.gif
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