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> PENYA RHIN , PEDRALBES , MONTJUÏCH ...
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tenista
mensaje Apr 19 2008, 10:55 AM
Publicado: #41


TENISTA
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Yo si se como haceis GRANDE UN FORO. Con el aluvion de Noticias, Fotos y demás, que nos trae Yossi; Con los previos de Accitano; Con vuetros relatos Raquel y Nivola; con los cambios de impresiones de Kit, Ac99, Abcv, ScuVi, Ferrari, y un largo etc.; Con los juegos de nuestros amigos de porra y la FIP, Aero y Doctor; Con el Padock de mi querida Tess; Con las felicitacines que dia tras dia nos dedicamos los unos a los otros y con toda la gente que forma parte de este increible foro, sin olvidarnos de nuestro principal reclamo que es esa gran persona llamada Pedro de la Rosa.

Por eso, este foro es como es Raquel. GRANDE no GRANDISIMO. rolleyes.gif


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“El Foro es y sera, siempre, mi Segunda Casa"

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gramolo
mensaje Apr 19 2008, 11:04 AM
Publicado: #42


Pilotillo
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ohmy.gif y yo sin impresora

Gracias Raquel wink.gif
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jonrodriguez
mensaje Apr 19 2008, 11:09 AM
Publicado: #43


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muchas gracias Raquel, deseando tenerlo entero e imprimirlo para leerlo más agusto

MUCHAS GRACIAS!!!


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CAMPEÓN DE LA PORRA 2007
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COSWORTH
mensaje Apr 19 2008, 11:59 AM
Publicado: #44


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¡Qué decir!. smile.gif

Infinitas gracias, Raquel. Por TODO.

Un beso.






VENCER:



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Eduardo Sanchez
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Raquel
mensaje Apr 19 2008, 01:40 PM
Publicado: #45


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¡UFFFFF... COSWORTH!

¡GRACIAS, CAMPEÓN! smile.gif

Si la felicidad está en los instantes pequeños, éste es uno de ellos.

No puede ser más bonita... ESTA FOTOGRAFÍA ya detiene destino fijo. wink.gif

¿Sabes? Parece mentira, pero no tenía ninguna de Caracciola enmarcada y puesta en "mi templo" biggrin.gif porque ninguna acababa de gustarme lo suficiente como para "representarlo" en UNA imagen.
Además, es que no se podría definir mejor el concepto de "VENCER", o la carga emocional y subjetiva que esa palabra arrastra frente a "GANAR" que tiene un significado mucho más restringido y delimitado.

UN BESO ENORME para ti.

Recuerda que siguimos teniendo "pendiente" lo más importante. wink.gif

PD: Aprovecho para pedir disculpas por la cantidad de erratas que se me fueron colando en mis respuestas de ayer. Me atropellaba el tiempo, me hubiera encantado contestaros con más calma, pero en el ímpetu de querer hacerlo fueron las prisas las que me atropellaron. Lo siento sad.gif

Juan Lobo: Desde luego no te voy a contestar antes de hora qué le pasó después a Caracciola........ tongue.gif


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jonrodriguez
mensaje Apr 19 2008, 01:45 PM
Publicado: #46


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Raquel tienes un mensaje privado mio
wink.gif


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CAMPEÓN DE LA PORRA 2007
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Raquel
mensaje Apr 19 2008, 01:55 PM
Publicado: #47


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CITA(jonrodriguez @ Apr 19 2008, 01:45 PM) *
Raquel tienes un mensaje privado mio
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Acabo de responderte smile.gif Lo siento... no he podido antes.


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Raquel
mensaje Apr 21 2008, 09:50 AM
Publicado: #48


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...me decía que las grandes carreras no eran para hacer experiencias...

"CAPÍTULO V


Hacía tres meses que estaba empleado en el salón de ventas, pero aún no había logrado vender nada. El salón estaba situado en un sitio espléndido, frente al “Hotel Europa”. Nuestros clientes pertenecían a la clase más selecta.
Algunos domingos tenía permiso para poder utilizar el automóvil de deporte con el que participar en alguna carrera. Naturalmente, no eran grandes acontecimientos deportivos, sino tan sólo pequeñas pruebas locales. Gané muchas, pero esto no cambió nada en mi situación. Era y permanecía siendo tan sólo el vendedor Rudolf Caracciola, con un salario de cien marcos mensuales y con derecho a un uno y medio por ciento de comisión por cada coche vendido por mi participación.
Desgraciadamente, ninguna comisión fue a parar a mi bolsillo. En cuanto había convencido a un cliente con mi charla de vendedor, salía Herzing del despacho y remataba la operación. Después me daba unas palmadas en la espalda y me decía que había trabajado muy bien.
En la sala de exposiciones trabajábamos tres vendedores. Los otros dos eran mayores y, naturalmente, más experimentados que yo. Cuando no había nada que hacer nos paseábamos vestidos con excelentes chaquetas de franela azul; contábamos chistes y hablábamos criticando a las gentes que veíamos pasar por la calle.
Mis compañeros parecían tener mucho mundo. Podían apreciar la valía de una mujer con sólo verla, y eran increíblemente expertos en el arte en el arte de conjeturar sobre sus cualidades y puntos débiles. Durante estas conversaciones me quedaba callado, pues no quería parecer ignorante. Me habría gustado tener novia, e incluso veía a una chica que me parecía encantadora. Vivía en el Hotel Europa. A veces la veía en su ventana, situada en el segundo piso. Vestía un traje ligero y contemplaba la calle. Al principio me contentaba con mirarla desde el fondo de la tienda; después salí al escaparate a sonreírle. Me devolvió la sonrisa, después desapareció tras los visillos.
En alguna ocasión la vi salir del hotel acompañada por un caballero de edad madura. Se dirigían a su automóvil; el portero habría la puerta con una reverencia. Pregunté acerca de ellos y supe que él era un negociante berlinés y ella una amiga suya. Se llamaba Carlota. Este nombre me agradó en extremo. Dejé de verla unos cuantos días. Cuando la encontré de nuevo sonreí abiertamente y me incliné un poco ante ella. Otra vez me devolvió la sonrisa y saludó con un movimiento de cabeza. Pero no sucedió nada más. Seguía asomándose a la ventana; y yo, continuaba en la sala de exposición. Hasta que por fin, abrí mi corazón al vendedor más antiguo, Heinz Von Berck. Este compañero tenía veintiocho años y descendía de una vieja y respetada familia. Me sugirió que fuéramos a tomar el té a la sala de baile del Hotel Europa. Él pretendería estar interesado por Carlota, mientras yo permanecía en un discreto segundo término.

- Eso es lo que hay que hacer si se quiere que una mujer enloquezca por uno – me dijo Von Berck; y a fe que sabía de lo que hablaba.
Fuimos al hotel el miércoles por la tarde. Era un día lluvioso. La gran sala donde se servía el té y se bailaba estaba a media luz. Allí estaba Carlota.
Nos sentamos cerca de ella. Von Berck hizo un gesto con la mano – de modo que se viese una gran pulsera de oro con forma de cadena – y pedió el té... Los músicos atacaron un fox lento y Von Berck , tal como habíamos acordado, solicitó un baile a Carlota. Los seguí con la mirada mientras se deslizaban por la pista. Tenía una figura bonita y grácil. Los dos formaban una atractiva pareja.
Paró la música. Berck volvió a nuestra mesa, se enjugó la frente con un pañuelo perfumado y me dijo:

- El próximo baile es para usted. Aprovéchelo bien, Caracciola.
Era un tango. Fui hacia ella sintiendo un ligero temblor en las rodillas. Carlota asintió con la cabeza y se levantó sonriendo. En seguida nos encontramos bailando

- ¿Conduce usted coche? – le pregunté.
- No.
- Pero, ¿le interesa el automovilismo?
- Un poco – repuso.
El saxofonista apartó su instrumento musical, se apoderó de un megáfono y cantó:
- “Te quiero tanto…” – con pasión capaz de derretir las piedras. Y luego suspirando: - “Te quiero…”
Aquello era exactamente lo que yo quería decir. Carlota sonrió:
- Usted es un gran piloto de carreras: ¿no es cierto?
- Así, así – le dije.
- Su amigo me ha hablado de usted.
- ¿De veras?
- “No puedo olvidarte…” –cantó el saxofonista. El traje y el cabello de Carlota exhalaban una fina y vaporosa fragancia de verbena, casi imperceptible.
- No es usted muy hablador – observó Carlota.
Sonreí con torpeza.
- Me gustaría que me viera conducir en alguna carrera – le dije.
- ¿Por qué?
- Pues porque creo que entonces me tendría en más consideración.
No podía ser una frase más torpe; y para colmo había hablado en voz ronca.
Primero, me miró con asombro, y luego rió. Tenía los dientes hermosos e iguales, y al reír pude ver el sonrosado interior de su boca. Acabó el baile y la acompañé hasta su mesa.
- Bueno, ¿qué tal ha ido? – preguntó Von Berck.
Me encogí de hombros. En aquel momento me era imposible poder decir nada.

Pocas semanas más tarde gané en Freiburg una carrera en pista, y después otra en Forstenried. Todo se reducía a copas y coronas de laurel, lo que no es suficiente para mantener a una esposa.
Me hubiese gustado inscribir mi nombre en algún Gran Premio; pero por el momento no podía ni soñarlo. Cuando le hablaba de estos asuntos a Herzing se limitaba a mover la cabeza y me decía que las grandes carreras no eran para hacer experiencias: debían ser reservadas para las figuras consagradas.
Poco después nos fuimos. Los días siguientes Carlota y yo nos encontramos a menudo, hasta que ella salió de Dresde.
Pese a todo, se produjo lo que yo apenas me atrevía a esperar. Mis éxitos durante el año 1924 no pasaron inadvertidos. Fui el primero en la prueba en cuesta en Praga, el primero en mi clase y con el mejor tiempo absoluto del día.
Después corrí en Nideggen y en otra carrera en cuesta en Eifel. El circuito era tan difícil y tortuoso que podía compararse con la Targa Florio de Sicilia. Excepto dos breves rectas, todo lo demás eran curvas. Unas ochenta en cada vuelta.

La prueba para turismos y coches deportivos tuvo lugar un sábado. El tiempo fue frío y ventoso durante los entrenamientos. El día de la carrera fue aún peor, pues se aproximaba tormenta. Ráfagas de viento barrían la pista. Un súbita racha me hizo perder la dirección; salí de la pista y choqué con un árbol. Mi automóvil sufrió bastantes desperfectos… ¡y yo había puesto mi ilusión en participar la siguiente mañana en la categoría de automóviles de carreras!
Pero también aquella vez me protegió la suerte. Una vez acabada la prueba del sábado, los mecánicos trasladaron el vehículo a Colonia y lo repararon durante la noche. Fue preciso suprimir los faros y los guardabarros. El domingo por la mañana mi Mercedes volvió a estar a punto. Gané esta carrera y con ella el Tourist Trophy alemán de 1924.

Por la tarde me dirigí a Remagen, donde mi madre me recibió con un gran abrazo.

En agosto tuvo lugar la prueba del collado de Klausen, en Suiza. El circuito tiene casi veintidós kilómetros; es el más largo, y me atrevería a decir que el más bello y diverso de los de montaña. El equipo de Mercedes estaba completo. Salzer y Merz conducían automóviles de carreras; yo, uno deportivo. Otros conductores independientes, como Kluge, granjero, Clemm, fabricante de papel, y Adolf Rosenberger también conducían Mercedes deportivos. Era una invasión de Mercedes. Nos patrocinaba el director Max Sailer, que llegó con un gran “seis cilindros” construido por el Dr. Porsche. Sobre el chasis se hallaba una enorme caja llena de todo género de piezas de repuesto para nuestros vehículos.
Estábamos reunidos en un pequeño hotel del valle de Lin, a los pies de Klausen. Después de los entrenamientos nos juntábamos en la taberna, un lugar agradable y algo ruidoso, con paneles de madera clara y mesas acordes con la decoración.
Otto Merz era la figura principal entre los ruidosos y alegres pilotos. Tenía la fuerza de un oso, y le encantaba exhibirse. Cuando yo estaba sentado a la mesa, absorto en mis asuntos, pasó su manzana entre mis piernas, asió el travesaño posterior de mi silla y me levantó en el aire, mientras yo pataleaba y reía. Kluge, Clemm, Rosenberger y algunos otros rodeadorn asombrados a Merz, que por fin me depositó en el suelo.

- Caballero – dijo a gritos -, ¿quién se atreve a apostar conmigo? Digo que cogeré un clavo y de un sólo golpe lo clavaré en la mesa, de tal manera que la punta saldrá por debajo. Por cada milímetro que sobresalga el clavo de la madera, gano una botella de champaña.
Se oyeron murmullos de incredulidad. El tablero tenía unos cinco centímetros de grueso. Guardé silencio. Sabía que Merz era capaz de hacerlo, pues lo había visto otra vez.
- Muy bien – dijo Kluge-: acepto la apuesta, aunque me cueste diez botellas de champaña. ¡Me gustará ver cómo te las arreglas!
Merz tomó un grueso clavo de unos quince centímetros de largo, lo sujetó con los dedos medio y anular, oprimió la cabeza del clavo con la palma de la mano y levantó el brazo para dar un golpe que retumbó en la habitación. Estaba clavado, y clavado profundamente. La punta sobresalía cuatro milímetros. Kluge encargó, por consiguiente, cuatro botellas de champaña, que decidimos guardar para después de la prueba, fuere para celebrar la victoria o bien para consolarnos por la derrota. Pudimos beber victoriosos, pues Merz fue primero en la máxima categoría y yo vencí en la de automóviles deportivos.

Por fin llegó el día en que quedaron colmadas todas mis esperanzas. Podía participar en los 800 km del Gran Premio de Italia. Mi papel se reducía al de suplente; pero de todos modos, estaba inscrito.
Los principales pilotos eran Werner, ganador de la Targa Florio, Alfred Neubauer y los amateurs conde Masetti, de Italia, y el conde Zborowski, de Inglaterra, los cuales tenían que conducir los nuevos Mercedes de 8 cilindros, dos litros, diseñados por el Dr. Porsche.
Dos semanas antes de la carrera nos encaminamos a Monza. Fui encargado de conducir el gran seis cilindros de la caja con las piezas de recambio, que debía llegar intacta a Monza. Durante la primera noche de camino debía encontrarme, en Suiza, con Neubauer.

- Werner se aloja siempre en uno de esos pequeños albergues del valle del Sihl, en Sihlbrugg – me dijo Neubauer -. Vayamos allá porque es seguro que encontraremos buena cocina. Mañana, por el paso de San Gotardo, iremos a Milán.
Decidimos pasar la noche en Sihlbrugg. En cuanto nos sentamos a la mesa, Neubauer llamó a la camarera.

- Dígame, señorita, ¿qué vino acostumbra a beber el señor Werner cuando se hospeda aquí?
- ¿El señor Werner? – dijo sonriente-. El señor Werner no bebe otra cosa que champaña.

Pasar el San Gotardo conduciendo aquel automóvil cargado con la caja de repuestos no era propiamente una diversión. Era poco apropiado para aquellas curvas, por lo que tuve que luchar con toda mi fuerza para poder dirigirlo por aquel pedregoso, estrecho y polvoriento camino.
Llegamos a Milán por la tarde, cansados, sucios, pero indemnes. El Hotel Marchesi, donde teníamos reservadas habitaciones, estaba situado en un idílico extremo del Parque de Monza. Mas no quedaban libres habitaciones individuales, por lo que Neubauer y yo hubimos de compartir una doble.
Los mosquitos que procedían del parque eran inaguantables. A pesar de los espesos visillos, aquellas criaturas sedientas de sangre entraban a bandadas y se posaban en las blancas paredes.
Cuando llegó la hora de acostarnos, Neubauer y yo nos escurrimos en la habitación con la luz apagada. Corrí a la ventana y la cerré. Neubauer encendió la luz y, armados de zapatillas, empezamos una auténtica batalla contra los mosquitos. Si subíamos a las camas podíamos atacar a los del techo. Por lo menos exterminamos sesenta mosquitos. Las paredes mostraban huellas de que otros huéspedes habían emprendido cruzadas parecidas. En resumen, podíamos dormir en paz.

Durante los entrenamientos no tuve ocasión de poder conducir. Costó mucho trabajo ajustar los coches, hasta tal punto que los pilotos titulares apenas dispusieron de tiempo para entrenarse. Me dediqué a observar a los automóviles Alfa Romeo, que parecían más potentes que los nuestros.
Ascari era un hombre de apariencia impresionante. Conducía un Alfa y era el adversario más temible.

El 19 de octubre de 1924, a las diez de la mañana, dio comienzo el Gran Premio de Italia, con 800 km de recorrido. Ascari arrancó como una exhalación. Yo tenía el mejor asiento como espectador, pues subí al tejadillo de nuestro departamento. Werner y el conde Zborowski no pudieron arrancar en el primer momento; los motores no quisieron ponerse en marcha.
Por fin logró salir Werner, y después Zborowski.
Ascari, con su Alfa, se situó destacado en cabeza. Los seguidores Campari y Werner, y más lejos Masetti, los tres con Mercedes. Luego iba el grupo formado por Minoia, Neubauer y Werner. En la vuelta diecisiete, Werner se detuvo en el box para cambiar bujías. Una pérdida de cinco u ocho minutos.

- ¡Caracciola! – me llamó Sailer -. ¡Baje, venga, salga!
Fingí que el ruido de los motores no me dejaba oír, y bajé sin apresurarme del tejadillo. Cuando llegué, Werner ya había partido. Neubauer se detuvo también para cambiar bujías. Se detuvo Merz: cambió bujías.
Ascari casi volaba. Batió el récord de la vuelta, a la velocidad de 147 kilómetros por hora.
Después de los primeros 400 km, los Alfa Romeo se detuvieron para repostar. Ascari tenía mucha prisa por arrancar de nuevo. Olvidó que había llenado por completo el depósito y que por consiguiente había variado el centro de gravedad. Al abordar una curva el coche patinó, se atravesó en la pista, pero en el último momento Ascari pudo dominarlo. El conde Masetti abandonó en la vuelta 42 por rotura del conducto de la gasolina. Zborowski repostó en la vuelta 47 y cambió neumáticos. Después se situó detrás de Ascari. Nada más desaparecer de nuestra vista, oculto por la primera curva, vimos una gran polvareda. La gente corrió agitando los brazos. Zborowski se había estrellado. En la famosa y estrecha curva de Lesmo reventó el neumático delantero derecho y el automóvil chocó con un grueso poste. Le llevaron al hospital con el cráneo fracturado y poco después murió.
Ascari cruzó la meta con varias vueltas de ventaja sobre los demás. Entonces supimos la muerte de Zborowski. Max Sailer levantó la bandera para que Werner y Neubauer pararan en señal de luto por la muerte de un camarada de equipo y gran deportista.
A principios de siglo, el padre del conde Zborowski sufrió un accidente mortal en el sur de Francia. Conducía un Mercedes en una carrera en cuesta.
Al parecer, el accidente tuvo origen en que uno de los gemelos de la camisa del conde se enredó en el volante, lo que durante un momento le hizo perder la dirección.
El Gran Premio había acabado. Estaba contento por no haber pasado por la dura prueba de conducir en aquellas desgraciadas circunstancias

El año 1925 me proporcionó 8 victorias con mi Mercedes, entre las cuales 4 en carreras en cuesta y la de Batschari en Baden-Baden. Pero tampoco aquel año tuve la satisfacción de tomar la salida en un Gran Premio."

Editado para corregir mis tan acostumbradas erratas de teclado. Lo siento sad.gif Revisaba más pendiente de los nombres "raros" (de términos no castellanos) y se me han pasado en las cosas más tontas.
De todas formas, hay quizás una que no es "mía", sino de la edición del libro. Es esta frase: "Ascari, con su Alfa, se situó destacado en cabeza. Los seguidores Campari y Werner, y más lejos Masetti, los tres con Mercedes. Luego iba el grupo formado por Minoia, Neubauer y Werner". Esto no me cuadra. Es que se da en más de un caso este tipo de errtas de edición, como cuando nombra el año 1942 en lugar de 1924, y al leer te das cuenta de que es imposible que fuera el 42. Luego ya te aparece 1924.


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Ferrari F399
mensaje Apr 21 2008, 10:32 AM
Publicado: #49


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CITA(Raquel @ Apr 19 2008, 01:40 PM) *
¿Sabes? Parece mentira, pero no tenía ninguna de Caracciola enmarcada y puesta en "mi templo" biggrin.gif porque ninguna acababa de gustarme lo suficiente como para "representarlo" en UNA imagen.
Además, es que no se podría definir mejor el concepto de "VENCER", o la carga emocional y subjetiva que esa palabra arrastra frente a "GANAR" que tiene un significado mucho más restringido y delimitado.


Raquel, a mí hay dos fotos de Caracciola que me encantan y que pienso que también te habrían valido para tu "templo" (sin desmerecer la del gran Cosworth, que es preciosa) . Seguramente las conozcas -sobre todo si tienes el libro Racing the Silver Arrows de Chris Nixon.

Bueno, en una de estas fotos está de pie vestido de piloto subido a su Mercedes rodeado de chicos que le miran con admiración mientras él sonríe en el GP de Trípoli, con fondo de palmeras, si no recuerdo mal.

En la otra está sentado. En una silla de madera... siendo acarreado por dos personas tras aquel accidente en el GP de Mónaco que tanto le marcaría... Creo recordar que un fino reguero de sangre le recorre la frente, y su mirada... uf, pone los pelos de punta sad.gif .

Gracias por el tópic, una maravilla.


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tenista
mensaje Apr 21 2008, 10:36 AM
Publicado: #50


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Muchas gracias, de nuevo, Raquel.

Una pequeña duda, y perdona mi ignorancia, ¿por que en negrita Alfred Neubauer?.


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Raquel
mensaje Apr 21 2008, 10:47 AM
Publicado: #51


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CITA(Ferrari F399 @ Apr 21 2008, 09:32 AM) *
Raquel, a mí hay dos fotos de Caracciola que me encantan y que pienso que también te habrían valido para tu "templo" (sin desmerecer la del gran Cosworth, que es preciosa) . Seguramente las conozcas -sobre todo si tienes el libro Racing the Silver Arrows de Chris Nixon.

Bueno, en una de estas fotos está de pie vestido de piloto subido a su Mercedes rodeado de chicos que le miran con admiración mientras él sonríe en el GP de Trípoli, con fondo de palmeras, si no recuerdo mal.

En la otra está sentado. En una silla de madera... siendo acarreado por dos personas tras aquel accidente en el GP de Mónaco que tanto le marcaría... Creo recordar que un fino reguero de sangre le recorre la frente, y su mirada... uf, pone los pelos de punta sad.gif .

Gracias por el tópic, una maravilla.


Coincidimos plenamente, Julián. smile.gif

La que me dices del libro de Chris Nixon, Racing de Silver Arrows me encantó. Mucho. Pasmada estuve ante ella absorbiendo detalles. wink.gif Y es curioso, porque cuando leí en esta biografía de Caracciola el Gran Premio de Trípoli me venía constantemente a la mente esa imagen. Es cuando se te dibujan sin querer las sonrisas al leer.
O como en este capítulo, el V, habiendo leído primero "Hombres, mujeres y motores", "conociendo" a Neubauer como allí se muestra, verlo a saltos sobre la cama pegando zapatillazos a las paredes y el techo en guerra contra los mosquitos, me lo imaginaba y... ¡uf, lo que me llegué a reír!

La foto del GP de Mónaco, tras el accidente, me produjo verdaderos escalofríos cuando la vi "en grande" en el libro Mónaco Grand Prix, de M. Hewett (precioso libro). Me impactó mucho. Y recuerdo que la posteé en el tema de Previo-Carrera Gran Premio de Mónaco, tras el relato que había escrito Accitano. smile.gif

Pero como bien dices, ésta de Coosworth, además, tiene ahora un valor afectivo añadido. wink.gif


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Raquel
mensaje Apr 21 2008, 10:52 AM
Publicado: #52


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CITA(tenista @ Apr 21 2008, 09:36 AM) *
Muchas gracias, de nuevo, Raquel.

Una pequeña duda, y perdona mi ignorancia, ¿por que en negrita Alfred Neubauer?.


Tenista, es normal tu duda. Lo he puesto yo. rolleyes.gif Porque es en ese punto la primera vez que encontraba a Neubauer en el libro de Caracciola y me hizo especial ilusión. No hay más razón.

Igual que, si os fijáis, antecediendo a cada capítulo rescato una frase del mismo que coloco casi a modo de titular: en negrita y cursiva. Siempre se trata de algo que por lo que sea me ha llamado particularmente la atención o que recoge en general cosas explicadas en el capítulo.
Pero no hagáis demasiado caso porque se trata de algo personal mío. wink.gif Un pequeño "capricho".


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Nivola
mensaje Apr 21 2008, 03:35 PM
Publicado: #53


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Supongo que esta ya la tienes...
Es una foto que siempre me ha gustado...con ese aire a "viejo mito"... y sobre todo esa mirada,no se, ese brillo en los ojos, como mostrando una ilusión infantil, hambrienta, capaz de devorar cualquier obstáculo que se le impusiera en la vida, como así fué (y hay que ver la de trabas y trampas que le deparó su carrera y la vida...).
Y con autógrafo y todo wink.gif

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Raquel
mensaje Apr 21 2008, 03:46 PM
Publicado: #54


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Sí la tengo, sí smile.gif Pero no me importa lo más mínimo tenerla repetida. wink.gif

Es más, te diré incluso que a veces la pongo de avatar en el messenger porque tengo un amigo "Nuvolarista" al que, cuando le chincho (¡en broma sana siempre!), le pongo en imagen a Caracciola. biggrin.gif

Y más te diré. wink.gif en este momento intentaba ponerte para ti rolleyes.gif una muy bonita de Nuvolari en Montjuïch pero la página web que yo suelo utilizar para hostear fotos en el foro no funciona nada bien ahora. He conseguido subirla tras un montón de intentos, pero no me atrevo a postearla porque sigue fallando y no se vería. angry.gif

Y esto antes de ver la tuya. ¡Mil gracias, NIVOLA! smile.gif


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mensaje Apr 21 2008, 03:58 PM
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Pues me han dado ganas de volver esas fotos de Caracciola que antes citaba y las he buscado y encontrado. Y aquí están:



Tras su accidente en el GP de Mónaco del 33.







En el GP de Trípoli del 35.





Sacadas del interesantísimo y muy recomendable artículo de Leif Snellman en el 8W de Forix:

http://www.forix.com/8w/caracciola.html

P.S. También muy recomendable la página de Leif Snellman sobre la Golden Era (si es que alguien no la conoce ya):

http://www.kolumbus.fi/leif.snellman/main.htm


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Raquel
mensaje Apr 21 2008, 04:14 PM
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smile.gif

¡Exacto! ¡Ésas son, Julián!

Bueno, la de Mónaco no me gusta mucho verla, ésa es la verdad. La cara en shock, la pierna torcida y levantada... ¡buf!

Pero la de Trípoli es tan bonita... Supongo que, además, inconscientemente, el paisaje de fondo de las palmeras me recuerda al paseo de La Ribera de Sitges y se me cruzan pensamientos: vamos, que no me da vergüenza decirlo, que me lo imagino ahí... laugh.gif laugh.gif laugh.gif


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Raquel
mensaje Apr 22 2008, 06:16 PM
Publicado: #57


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CITA(Nivola @ Apr 21 2008, 02:35 PM) *
Supongo que esta ya la tienes...
Es una foto que siempre me ha gustado...con ese aire a "viejo mito"... y sobre todo esa mirada,no se, ese brillo en los ojos, como mostrando una ilusión infantil, hambrienta, capaz de devorar cualquier obstáculo que se le impusiera en la vida, como así fué (y hay que ver la de trabas y trampas que le deparó su carrera y la vida...).
Y con autógrafo y todo wink.gif



Creo que ahora sí funciona mejor el enlace de las fotos. Al menos a mí (que sólo de este modo puedo comprobarlo...)



Tazio Nuvolari y su "Alfa Romeo 2800-Monza" de la Scuderia Ferrari, en una de las curvas de la bajada a Montjuich.

Espero que también te guste. wink.gif

Tras él traza Esteban Tort, con un Nacional Pescara, cuyo motor llevaba un compresor.

(Fuente: Javier del Arco, Història de l´automobilisme a Catalunya)


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tenista
mensaje Apr 28 2008, 09:06 AM
Publicado: #58


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Raaqueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeel, ¿para cuando otro capitulo?. Nos haces sufrir mucho y ademas con el paron de dos semanas que tenemos hasta el proximo GP, que mejor que leer tu relato. Te contesto antes de que me contestes, que se que lo vas a hacer, en este foro Si es tu relato


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Raquel
mensaje Apr 29 2008, 09:37 AM
Publicado: #59


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wink.gif

Nuestra única brújula era el sentido del deber.

CAPÍTULO VI



En junio supe que la casa no tenía intención de participar en el Gran Premio de Alemania de 1926, que debía disputarse en el circuito de Avus, porque la fecha coincidía con el Gran Premio de Europa, en el circuito de Lasarte en San Sebastián, y por asuntos de exportación concedía más importancia a esta carrera.

Pedí permiso a Herzing para trasladarme a Stuttgart. Como hacía dos años, me encontré ante la puerta tapizada del director; pero esta vez entré y expuse en persona mi petición. Durante dos horas bombardeé al director con solicitudes, promesas y argumentos de todas clases, hasta que logré disipar todas sus dudas.

Me concedió un coche. No obstante, no representé a la firma. Tan sólo era Rodolfo Caracciola; un independiente que corría por cuenta propia y que, si no vencía, soportaría solo – por lo menos ante el público – el peso de la derrota. Rosenberger, el otro piloto de la Mercedes, condujo bajo idénticas condiciones.

Una semana antes de la carrera salí para Berlín. Con el fin de ahorrar me hospedé en un pequeño hotel del centro. Cada mañana me entrenaba en el Avus.

Era aquél un verano lluvioso. Los días eran grises sin que luciera en ningún momento el sol. No pude dar ninguna vuelta sin que las ráfagas de lluvia azotasen la pista. Por las tardes regresaba al hotel empapado y muerto de cansancio. Estaba deprimido, pues, según lo rumores que llegaban a los boxes, Minoia, Chassagne y urban-Emmerich lograban mejores tiempos que yo, y además sabía que Rosenberger también corría con mayor velocidad.

El viernes, durante el entrenamiento, se produjo un terrible accidente. En la vuelta meridional, Plate y Heine chocaron. Plate sufrió graves heridas y Pinoli, su copiloto, murió en el acto. Pasé por allí un minuto después del accidente. Unos camilleros conducían a Plate, mientras Pinoli yacía en el suelo en el mismo lugar en que había muerto.

Bajé del automóvil y le miré. Era la primera vez, en mi vida, que veía un cadáver. Estaba tendido de espaldas, con los brazos abiertos como si estuviera clavado a una invisible cruz. En sus abiertos ojos se reflejaba el cielo. El agua de lluvia se esparcía por su rostro. Vino un camillero y lo cubrió con una lona. Solamente quedaron al descubierto los pies, calzados con blancos zapatos de lona.

Era una visión desconsoladora. Volví tembloroso al hotel y procuré no pensar en aquellos zapatos blancos.

Carlota llegó aquella misma tarde, cariñosa y llena de excitación. Había leído en los periódicos todo lo que se refería a los entrenamientos, y había subrayado los párrafos en que se citaba mi nombre. No eran muchos. Para los técnicos, los favoritos eran Rosenberger, Minoia, Riken, con un NAG, y Urban-Emmerich. De mí sólo decían que quizás eljoven Caracciola podría dar una sorpresa.



- Si ganaras – me dijo Carlota - , obtendrías diecisiete mil marcos y una copa de oro.

Se había enterado de ello por la prensa.

El domingo empezó con un sol brillante. La salida estaba señalada para las dos de la tarde; pero cuando, hacia la una, nos dirigimos al Avus, vimos por el oeste unos amenazadores nubarrones plomizos.

La carrera estaba dividida en tres categorías. Primero los vehículos más potentes, y luego los nuestros. Esperábamos frente a la tribuna. Intenté localizar a Carlota entre aquella masa de gente, pero era imposible reconocer a nadie en aquel oscilante mar de cabezas.

Contemplé la pista. El asfalto se extendía negro y liso bajo la luz gris de la tarde. Llegó el momento de la salida. A lo lejos, en la gran curva, desaparecían los primeros automóviles. Los demás partieron, pero yo permanecí en mi puesto, ante las tribunas, sin lograr hacerlo. Salzer, mi copiloto, palideció.

El motor no quería ponerse en marcha.



- ¡Vamos, rápido, salta afuera y empuja! – grité.

Saltó y empezó a empujar. Oprimí el acelerador, pero el motor no respondía. Sentí cómo se empapaban de sudor mis manos por causa de la excitación. Por fin funcionó el motor. De un salto, Salzer se situó a mi lado y arrancamos.

Seguimos la pista, que desaparecía tras una verde masa de pinos. Cambié, disminuí velocidad, aceleré otra vez; pero todo lo hacía de manera mecánica. Estaba terriblemente deprimido; nada me importaba. Otro corredor se haría con la victoria; yo habría de limitarme a contemplar la batalla de los demás. Me llevaban un minuto de ventaja, y sabía de lo que eran capaces Rosenberger y Minoia.

Continué corriendo; pasé por delante del box, seguí la recta hasta la vuelta sur, después seguí por la otra recta hasta llegar cerca de Halensee, en el gran recodo del norte.

Empezó a llover cuando pasé por cuarta vez por delante de las tribunas. Al principio eran unas pocas gotas grandes; pero después arreció, y luego el coche atravesó una verdadera rociada. En un instante quedamos empapados hasta los huesos. Pero lo peor fue que la pista se hizo resbaladiza como si hubiese sido enjabonada, con aquella peligrosa viscosidad que habíamos temido durante los entrenamientos. Conduje, empero, y seguí conduciendo. La lluvia empañaba el parabrisas y las ruedas despedían cascadas de agua. Cuando volví a pasar ante el box vi un gran grupo en nuestro puesto; dos coches habían aparcado en la franja de césped que dividía la pista.

Disminuí algo de velocidad y me mantuve en los 160 km. Consideré que era mejor llegar al final, aunque fuese el último, que abandonar. Debía esa atención a la firma.

Estábamos en la octava vuelta. Pasé ante el palco de la prensa… Ante la caseta de los cronometradores…

Sentí aquello como un mazazo.

Un coche se había estrellado en la caseta. La pista estaba llena de trozos de cristal y metales retorcidos. Un hombre yacía en el suelo y otros llegaban corriendo. Deseé detenerme, pero mi deber era continuar.



- ¿Quién es? – pregunté gritando a Salzer.

- Me parece que es Rosenberger.

Rosenberger, mi compañero. Por consiguiente, era yo el único que continuaba corriendo con un Mercedes.

En la siguiente vuelta paré en el box para repostar. Nuestro principal proyectista, el Dr. Porsche, , estaba allí con Sailer. No de una manera oficial, empero, puesto que no corríamos en nombre de la empresa Mercedes, pero querían atender a los protegidos de la firma.



- ¿Qué ha pasado? – pregunté ansiosamente -, ¿Rosenberger?

El Dr. Porsche asintió con la cabeza.

- ¿Grave?

- No, leve.

No quedé convencido. El coche tenía que haber chocado contra aquel cobertizo con una fuerza terrible.

Reprendí la carrera. Alrededor del palco de la prensa se apiñaba una masa humana. Mientras corría pude ver cómo extendían a alguien en una ca,illa.

Proseguí.

La lluvia no cedía, por lo que la pista estaba tan resbaladiza que no podía sino fijar toda mi atención en la tira de reluciente asfalto. Brillaba como si fuera de piel de foca.

Vuelta novena… Décima… Corríamos por la gran recta. Al otro lado un coche azul empezó a patinar, atravesó ante nosotros la franja de césped y, como un rayo azul, acometió a los espectadores.

Era preciso no mirar atrás. ¡Era preciso continuar corriendo!



- ¿Quién ha sido?

Salzer se encogió de hombros.

Undécima vuelta…

El motor no funcionaba bien; fallaba una bujía. Fue necesario, pues, volver a parar en el box. El reglamento señalaba que sólo el piloto podía intervenir en la reparación del coche. Abrí el capó y desenrosqué la primera bujía. Quemaba. La arrojé al Dr. Prosche, que permanecía en el fondo. La examinó con lupa, movió la cabeza y me la devolvió. Otra bujía; después la tercera. Mis manos temblaban nerviosamente.



- Ningún defecto; no, no puedo encontrar ninguno – decía el Dr. Porsche.

Los demás continuaban corriendo. Pasaban uno detrás del otro, rugían los motores, dejando detrás nubes de gases quemados. La quinta bujía, la sexta, la séptima… finalmente ¡la octava! Rápidamente enrosqué una bujía nueva, cerré el capó, salté a mi asiento, y arrancamos.



- Un minuto y medio – me dijo Salzer, y repuso el cronómetro de paro en el parabrisas.

Un minuto y medio; ¿tenía alguna finalidad continuar corriendo? Vuelta doce, trece. La lluvia había cesado. Se había producido otro accidente en la curva sur. La barandilla que resguardaba a los espectadores estaba rota; se veía una ancha brecha entre el público.

Poco a poco fueron apareciendo trechos secos en la reluciente pista de asfalto. Aceleré hasta unos 200 km/h. Adelantamos a otros automóviles, o quizás sería mejor decir a bastantes, puesto que sus conductores no querían arriesgarse; ya se habían producido demasiados accidentes. Pero ni aun manteniendo aquella velocidad tenía probabilidades de vencer.

Un minuto y medio… ¡No podría recuperarlo!

Corríamos, corríamos… No sabía cuál era nuestro puesto en la clasificación, ni quiénes nos precedían y nos seguían. Era como correr perdido en la niebla, solitario y sin orientación. Nuestra única brújula era el sentido del deber. De vez en cuando Salzer me hacía señas como si quisiera decirme: “¡Aprisa; corre; más aprisa…!” Mas ya había llegado al límite de lo que podía rendir el motor; no era posible forzarlo más sobre aquella traidora pista.

Vuelta dieciocho, diecinueve, veinte… por fin la última. Me pesaban las piernas y los brazos; mis ojos estaban cansados. No valía la pena continuar.

La meta.

Frenamos. Nos detuvimos.

Salí lentamente de mi asiento, con pesadez, con las piernas temblorosas. Me sentía cansadísimo, desanimado, reventado. Las ropas empapadas se me pegaban al cuerpo. De repente, empezó la gente a correr hacia mí. En las tribunas el público se puso en pie y gesticuló alocadamente. Salzer vino corriendo.



- Rudi, ¡victoria! ¡Victoria! – gritaba desde lejos.

Se oyó el himno nacional; se izó la bandera alemana, y alguien me envolvió en una enorme corona de laurel. Miré a Salzer; el me miró, y de repente estallamos en una risa desbordada. La gente nos miró con asombro, y también estalló en risas. Empecé a estrechar manos, a recibir ramos de flores. Los fotógrafos. Dimos la vuelta de honor.

Buscaba con la vista a Carlota. No pude verla; no había venido a felicitarme.

Me sentí defraudado. Me despedí de prisa del Dr. Porsche y refresé al hotel. Quería tomar un baño, refrescarme, ponerme ropa limpia y seca. Cuando empezaba a desvestirme, llamaron a la puerta. Era Rathmann.



- Rudi –exclamó -, hijo mío, ¡esto es algo grande! Estoy de veras orgulloso de ti.

Quiso abrazarme; le aparté con un gesto.

- Deja estar todo esto; olvídalo – le dije -. He tenido suerte y nada más.

Buscó una silla, pero acabó por sentarse en la cama.

- Bien, mi querido Rudi – dijo -, ahora quiero participar de tu éxito. Has ganado diecinueve mil marcos. Mañana mismo venderé mi fábrica de muñecas, de modo que yo también tendré diecisiete mil marcos. Juntamos ese dinero y abrimos un salón de venta de automóviles en Kurfuerstendamm. Rudolf Caracciola, vencedor del Gran Premio de Alemania, vendedor de coches. Si esto no atrae a los clientes, es que no conozco a mi Berlín. ¿De acuerdo?

- Lo pensaré – le respondí en un displicente gesto.

En aquel momento sonó el teléfono. Carlota.

- Te felicito – me dijo. Su voz no era alegre.

- ¿Qué te pasa?

- Nada; absolutamente nada.

- ¿Por qué no viniste a verme?

- Salí antes de acabar – me contestó.

- ¿Nos veremos ahora?

- ¡Claro! Por eso telefoneo.

Media hora más tarde nos encontramos en un restaurante de la Plaza Potsdam. Al verla comprendí que había llorado.

- ¿Qué te pasa, Carlota?

- Nada – contestó nuevamente.

- ¿Por qué te fuiste antes?

Estaba temblando.

- Mira – explicó -: estaba sentada al lado de la esposa de Chassagne, ¿comprendes?, de aquel francés que se estrelló en la undécima vuelta. Ella, a mi lado, miraba tan sólo a la pista… esperando… esperando… Estoy segura de que rezaba en voz baja. Anunciaron que Chassagne se había estrellado… que estaba gravemente herido. De repente empezó a llorar. Nunca había visto llorar de aquella manera; sin sollozos, solamente con lágrimas, lágrimas que rodaban por sus mejillas; estaba pálida como la nieve. Tuve que irme. No podía más.

Le acaricié la mano.

- Rudi, ¿continúas queriendo ser corredor?

- Sí; tengo que serlo.

Aquella noche supe que llegaría el momento en que Carlota y yo nos uniéramos para siempre.


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Raquel
mensaje Apr 29 2008, 10:09 AM
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Recojo un párrafo del capítulo que acabo de postear:

"Pedí permiso a Herzing para trasladarme a Stuttgart. Como hacía dos años, me encontré ante la puerta tapizada del director; pero esta vez entré y expuse en persona mi petición. Durante dos horas bombardeé al director con solicitudes, promesas y argumentos de todas clases, hasta que logré disipar todas sus dudas."

Y ahora, quienes hemos leído "Hombres, mujeres y motores", no podemos dejar de pensar en ESTO:

"En junio de 1926, Berlín vive una novedad sensacional. En el Avus se corre el Gran Premio de Alemania, una carrera como jamás ha tenido ocasión Berlín de contemplar. Cuarenta corredores de todo el mundo se han inscrito para tomar parte en ella; en realidad, todos los que gozan de nombre y rango internacional. Sólo Mercedes, como suele llamarse generalmente a la casa, no comparece en la carrera, como tampoco sus corredores titulares, porque Mercedes se traslada a España por esas mismas fechas, con su equipo de viejos maestros, para tomar parte en una carrera que no se habrá de celebrar en San Sebastián.

- ¡Esto es una cochinada! –estalla de pronto el taciturno y paciente Caracciola, con gran asombro y susto de todos sus colegas. Perplejos, miran todos al enfurecido muchacho, que estruja con furia una revista deportiva y la arroja al suelo.

Y, acto seguido, este chico se lanza como un poseso hacia el despecho del Jefe de Ventas de la filial de la Mercedes en Dresden y, echando llamas por los ojos, pide tres días de permiso. El Jefe de Ventas no se atreve a oponerse ni tampoco exige una explicación; tan perplejos se han quedado todos ante este repentino cambio experimentado por Caracciola. Éste empaqueta sus bártulos y se encamina a Untertürkheim, a la gruta del león.

Rudi Caracciola, el tímido muchacho de la cara pálida, busca por segunda vez en su vida una mandíbula en la que descargar su puño. Pero esta vez el golpe es de carácter más bien moral…

Media hora larga de anestesia debe guardar Rudi antes de ser recibido por el director Sailer. Por si fuera poco, Sailer no es solamente el director de la casa, sino que tiene también un buen nombre de corredor. Al fin se abre la puerta tapizada de cuero claveteado. El sombrío despacho está lleno del humo de fuertes y aromáticos cigarros puros.

- Bien, señor Caracciola –dice el director a modo de saludo-. ¿Qué le trae a usted hasta mí?

Rudi, muy en contra de su costumbre, aborda el tema sin rodeos.

- Según he leído, la Mercedes no tomará parte en la carrera del Avus, ¿no es así, señor director?
- Exactamente, para nosotros es más importante la carrera de San Sebastián. Necesitamos aumentar las exportaciones y, para ello, necesitamos propaganda… bajo la forma de triunfos…
- Pero entonces, ¿es que le da a usted igual lo que ocurre en Alemania? ¡La carrera del Avus es el primer Gran Premio que se corre desde hace varios años!

Sailer se encoge de hombros.

- Ya lo sé. Pero participar en dos carreras al mismo tiempo es cosa que supera nuestras actuales posibilidades. Y no nos gusta hacer las cosas a medias.

Rudolf coge aliento y luego estalla:

- Si usted me diese un coche… ¡lo lograría yo solo!

El director levanta el arco de las cejas.

- ¿Usted…? ¡No me venga usted con bromas! Un muchacho como usted, sin experiencia… ¡contra la élite de los corredores del mundo!
- He cumplido ya veinticinco años, señor director, y logrado hasta la fecha diecinueve victorias al volante de los Mercedes. ¿Es que eso no significa nada?
- ¿Diecinueve victorias? ¡Vaya, qué magnífico! Pero, ¿en qué clase de carreras si puede saberse? A través de los montes de Silesia, la vuelta a Sajonia, el Teutoburger Wald y otros sitios por el estilo. El Avus es otra cosa muy distinta. Para correr en él se necesita mucha experiencia. Y ésta la tienen nuestros viejos…
- ¡Los viejos! ¡Siempre a vueltas con los viejos! –interrumpe Caracciola inconsideradamente-. ¡Estoy ya hasta la coronilla de mirar siempre hacia esos viejos intocables con admiración y veneración, como si fueran héroes! ¡La verdad es que no son tan dignos de admiración!

Sailer frunce el entrecejo, con creciente enojo…

- Modérese usted, señor Caracciola. En definitiva, los viejos que tanto le irritan a usted han tenido que luchar harto duramente para conseguir sus victorias.”


(HOMBRES, MUJERES Y MOTORES. Recuerdos del Director de Carreras Alfred Neubauer, recogidos por H.T. Rowe )

Al menos, a mí, me resulta inevitable esta especie de "fuga mental" de un texto a otro. rolleyes.gif


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