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Pedro de la Rosa - Foro _ Fórmula 1 en español _ PENYA RHIN , PEDRALBES , MONTJUÏCH ...

Publicado por: Dani el Feb 26 2008, 10:52 PM

ooooooooooooooooooooooooooooooooh


Publicado por: lemec el Feb 26 2008, 11:07 PM

yo pincho los links que pones pero no veo ná ... todos van a la misma pagina de hospedaje pero sin mostrar ningun fichero ????

Publicado por: AC99 el Feb 26 2008, 11:11 PM

LEMEC, pones el código de validación y le das a descargar arriba a la derecha.

Saludos.

Publicado por: COSWORTH el Feb 26 2008, 11:30 PM



Interesantísimo, fantástico.

Infinitas gracias, Ayrton.

Publicado por: Raquel el Feb 26 2008, 11:51 PM

Sin palabras...

MIL GRACIAS.

Publicado por: KIT el Feb 27 2008, 12:05 AM

Me tiemblan las piernas!!!

Gracias Ayrton!!!



Salu2 a todos y...
FORÇA PEDRO!!!

Publicado por: COSWORTH el Feb 27 2008, 01:04 AM

Por cierto, Raquel, en el 1935 sale la señorita Nice.

Publicado por: tenista el Feb 27 2008, 01:08 AM

Alucinante AYRTON.

AC99 has evitado que yo tambien lo pregunte.

Gracias a los dos.

Edited by - tenista on 26/02/2008 19:08:51

Publicado por: Raquel el Feb 27 2008, 01:35 AM

quote:
Por cierto, Raquel, en el 1935 sale la señorita Nice.


"Un viraje de la señorita Helle Nice"

Ya imaginas, Cosworth, lo que me gusta y la ilusión que me hace todo esto.

¿Pero sabes qué pasa? Pues que Ayrton y yo estamos un poco "enfadados" y en polémica () porque resulta que "los de sus tierras" nos quitaron a "los de las mías" LA COPA CATALUNYA.
La I y II Copa Catalunya (1908-1909) se celebró en el circuito "Baix Penedès", es decir, SITGES.
Pero "los del Norte" consiguieron que la III Copa Catalunya se celebrara ya en su circuito, "Circuito de Levante" (el triángulo que describían en su emplazamiento las poblaciones de Mataró-Vilassar de Mar-Argentona).

Por si fuera poco, una década más tarde, intentaban también "quitarnos" el emplazamiento o lugar de ubicación del Autódromo de Sitges-Terramar. Pero eso no lo consiguieron


Edited by - raquel on 26/02/2008 20:06:53

Publicado por: Raquel el Feb 27 2008, 01:57 AM

Por cierto, ¿sabéis por qué se llamó "Penya Rhin" (o Peña Rhin).

Yo lo descubrí no hace muchos días y supongo que muchos de vosotros lo sabías ya, pero a mí me hizo especial gracia porque no asociaba el nombre "Rhin" al origen del porqué de ese nombre para "la penya".

La asociación Penya Rhin estaba formada por un grupo de amigos que compartían un envidiable entusiasmo por los deportes del motor. Emprendedores, de carácter inquieto, ambiciosos... lograron con medios privados impulsar el automovilismo en Catalunya hasta las más altas metas del nivel de competición internacional.

Se reunían en un restaurante de Barcelona que se llamaba así, "Oro Rhin" y ya en 1916 decidieron "legitimar" dicha asociación o peña. Por ello adoptaron el nombre del lugar donde "maquinaban" sus deseos y ambiciones.

Publicado por: Ayrton el Feb 27 2008, 01:49 PM

Gracias por tu aportación Raquel.
Tal y como dices, en este enlace hace una referencia en 1916.
El contenido (por todo lo demás) no tiene desperdicio..."Enrique Granados muere por un torpedo", de entre otras noticias.
http://www.bcn.es/publicacions/bmm/46/cs_segle_cro.htm




"...CUANDO TODO PASE, SERÁS OTRO, PERTENECERÁS A UNA CLASE DIFERENTE E INCOMPRENSIBLE DE HOMBRES, LA DE LOS QUE HAN CONDUCIDO UN FORMULA UNO..."

Publicado por: cies el Feb 27 2008, 06:09 PM


¡¡que bueno lo del del anuncio!!
"mobiloil del bidon irrellenable"
tipica traduccion a la española de toda la vida: literal y a machete.

Algunas cosas nunca cambian:
"..se hicieron referencias al futuro coche español de carreras, incluso se precisaron fechas..".
Lo que tambien me recuerda al AVE.

Otras cosas si han cambiado a mal por desgracia, hay mucho periodista que debería tomar ejemplo de como hacer una cronica detallada y rigurosa.

Un millon de gracias Ayrton, m'as dejao tieso!!!


Edited by - cies on 27/02/2008 12:24:12

Publicado por: Raquel el Feb 27 2008, 09:45 PM

"A orillas del Rhin"



" Entre los del equipo Mercedes, Rudolf Caracciola era el mejor.

KEN PURDY (Los Reyes de la ruta)






CAPÍTULO I



Opino que todo ser humano puede alcanzar la meta por la que se afana. También creo que todo el que ambiciona hacer algo determinado termina por hacerlo, por muchos rodeos que haya de dar para lograrlo.

Desde que cumplí los 14 años, mi mayor ilusión era ser conductor de automóviles de carreras. En el ambiente en el que me crié, un ambiente de clase media, las carreras de automóviles eran consideradas como una manía de gentes ricas, o como una rara clase de excentricidad, tal como, por ejemplo, danzar en la cuerda floja.

La ilusión de mi padre era que ingresara en la universidad; pero su plan fracasó cuando se hizo evidente que los libros de texto no armonizaban con lo que albergaba mi cabeza. Abandoné para siempre la escuela, provisto tan solamente de un certificado de estudios de 2ª enseñanza.

Poco tiempo después murió mi padre, y mi familia, reunida en consejo, decidió que había de encontrar algún hotel donde, sobre el terreno, aprender el oficio; así, una vez preparado, podría trabajar en el hotel instalado por mi padre a orillas del Rhin . Los miembros de la familia son empleados poco exigentes.

Pero yo anhelaba ser conductor de coches de carreras.

Por fin se llegó a un acuerdo. Ingresaría, como aprendiz, en la fábrica de automóviles Fafnir, de Aquisgrán. Quizás esta extraña indulgencia del consejo familiar se basaba en la suposición de que el aburrido trabajo en una fábrica me haría perder la afición a los automóviles y que, como hijo pródigo, volvería sumiso a integrarme en el limpio seno familiar.

Sin embargo, las cosas se desarrollaron de otro modo. Trabajé en aquella fábrica más de un año, y de no haber sucedido algo inesperado que me hizo dejarla de repente, y además en plena noche, seguramente habría proseguido, puesto que aquella ocupación me complacía. Todos mis compañeros eran gente honrada, íntegra, sin pizca de falsedad, con quienes siempre congenié.

Una noche, tres compañeros y la prometida de uno de nosotros, Kart Kruppke, fuimos al night-club Kadakú. La novia de mi amigo quería saber algo de la vida nocturna de Aquisgrán. El Kadakú rebosaba de gente que producía tal ruido que era imposible entenderse. Todo el mundo estaba apiñado, apretujado, y los sudorosos camareros se abrían paso con dificultad por entre el público.

No obstante, encontramos asientos en el palco tapizado de piel de color rojo. Al final del largo restaurante se hallaba una pista de baile donde tocaba la orquesta. Era posible ver a los músicos, pero raramente llegaba a nuestros oídos alguna nota del piano o algún quejido del saxofón. Parecía como si la orquesta tocase tras alguna pared de vidrio.

Pedimos al camarero un aperitivo para la muchacha y tres coñacs con soda para nosotros; es decir, las consumiciones más baratas. Kuppke fue a bailar con su novia. Era un chico algo gruñón, de piernas arqueadas, casi parecido a un fantasma amigable. Ella, más alta, le llevaba media cabeza. Cuando acabó el baile volvieron con nosotros. La joven se había ruborizado; lo cual, unido a su cabello rubio ceniza, la hacía parecer apetitosa de veras.

Tras nosotros se sentaban tres oficiales de las fuerzas de ocupación. Al empezar el siguiente baile, uno de ellos se acercó a nuestra mesa. Era belga, alto, flaco, de bigotillo negro y pálida faz, excepto por una rojiza cicatriz en la frente, como la que podría producir un sablazo.

- Disculpe, señor –murmuró mientras se inclinaba ante Kruppke.

Éste le miró fijamente, pero no respondió. El oficial se inclinó ante la muchacha, que dejó sobre la mesa su bolso de rojo charol, se alisó el cabello con la mano y se dispuso a levantarse. Entonces Kruppke, con voz áspera, exclamó:

- ¡No! –y otra vez con voz aún más fuerte - ¡No!

El oficial se volvió hacia él. Kruppke se irguió lentamente, las manos apoyadas en la mesa. Durante unos instantes se miraron mutuamente.

- Plait-il? Je ne comprends pas – dijo el belga algo azorado. La muchacha intervino:

- ¡Carlos, por favor, no te pongas así!

Su novio agitó la cabeza.

- Vete a casa. Mahler, acompáñala.

Su amigo, asimismo mecánico, se levantó inmediatamente, lo mismo que la muchacha, que insistió:

- ¡Pero Karl!

Tenía lágrimas en los ojos. La gente de las mesas contiguas había empezado a mirarnos. Algunos se pusieron en pie, y estiraron los cuellos para poder ver mejor en qué paraba todo aquello.

- Ven, salgamos –dijo Mahler. La tomó del brazo y se la llevó hacia la salida.

El belga continuaba en pie. Era obvio que comprendía lo que pasaba. Los demás clientes se apretujaban alrededor de nuestra mesa. De la de oficiales se levantó otro, que con un gesto enérgico apartó a la gente y se dirigió a nosotros.

- ¿Pero qué es lo que está pasando aquí? –preguntó un alemán duro y gutural.

Era un hombre maduro, tan alto como el teniente, pero macizo, de anchas espaldas, pesado. El teniente empezó a explicarse. Hablaba tan de prisa que no pude entender nada de lo que decía.

- ¿Por qué ha hecho irse a la señorita? –preguntó a Kruppke el segundo belga.

- Porque no quiero que mi novia baile con un belga.

- ¿Y por qué no?

- Pues porque es demasiado buena pasa eso.

Lo siguiente llegó con la rapidez del rayo. El belga levantó el puño para pegar, pero yo fui más rápido. Dando un brinco, le pegué en la cara de abajo a arriba. Intenté darle en la barbilla, pero le alcancé en la nariz. El golpe produjo un sonido ronco: aquel coloso se tambaleó y se estrelló en el suelo. Alguien gritó… y yo me quedé como atontado. Entonces Kruppker pasó a la acción. Volcó la mesa de una patada, me agarró del brazo y gritó:

- ¡Vámonos, salgamos de aquí!

Corrimos a lo largo del restaurante mientras la gente gritaba, atravesamos la puerta de cristal de la entrada y nos sumergimos en la oscuridad de la noche, y corrimos calle abajo hasta perder el aliento.

Estaba oscuro como boca de lobo, y además tan silencioso que podíamos oír los latidos de nuestros corazones. Nos detuvimos unos instantes para escuchar, pero no pudimos oír a nuestros perseguidores.

- Tienes que irte, Rudi, esta misma noche – me dijo mi compañero. Los dos, tranquilamente, nos dirigimos hacia la catedral, como si fuéramos dos pacíficos ciudadanos que diesen su acostumbrado paseo nocturno.

- Te buscarán hasta encontrarte, y después…

Kruppke calló.

- Fue en legítima defensa – le respondí.

Mi amigo se encogió de hombros."



(R. CARACCIOLA, "MI MUNDO. Vida de un piloto automovilístico")


Quizás otro día un poquito más...

Publicado por: accitano el Feb 27 2008, 10:08 PM

Que gran hilo!!!

Muchísimas gracias Ayrton y Raquel! Se echaba de menos un tema como este.

Saludos.

"Cada tanto viene bien una derrota" Frank Williams.
[/b] [/i]

Publicado por: Kashopi el Feb 27 2008, 10:38 PM

Mooooola señores.
Por estas cosas vine aquí y por esto me quedo ahora
Gracias Ayrton, gran trabajo!!

Publicado por: Ayrton el Feb 27 2008, 11:22 PM

Vaya joya Raquel, bueno 2 joyas (tu y el relato)

...yo también, por estos, y por muchos otros me quedo... igual que muchos otros ¿verdad?






"...CUANDO TODO PASE, SERÁS OTRO, PERTENECERÁS A UNA CLASE DIFERENTE E INCOMPRENSIBLE DE HOMBRES, LA DE LOS QUE HAN CONDUCIDO UN FORMULA UNO..."

Publicado por: Ayrton el Feb 27 2008, 11:33 PM

Gracias a todos vosotros, sois los que verdaderamente haceis que el foro esté ahí.

Seguiremos




"...CUANDO TODO PASE, SERÁS OTRO, PERTENECERÁS A UNA CLASE DIFERENTE E INCOMPRENSIBLE DE HOMBRES, LA DE LOS QUE HAN CONDUCIDO UN FORMULA UNO..."

Publicado por: ogledalo el Feb 27 2008, 11:43 PM

Cómo me gusta este tema: soy el feliz poseedor de un libro titulado “Los grandes premios internacionales de la Penya Rhin”, con sus narraciones de carreras, sus fotos... su todo!
Ayrton, la próxima vez que nos veamos lo llevaré conmigo

Publicado por: Ayrton el Feb 27 2008, 11:50 PM

oooo, ogle, mira que lo he estado buscando tiempo, y no lo he encontrado.

dime donde comprarlo please, ASAP

si no, el tuyo, será carne de mi scanner, jejeje


"...CUANDO TODO PASE, SERÁS OTRO, PERTENECERÁS A UNA CLASE DIFERENTE E INCOMPRENSIBLE DE HOMBRES, LA DE LOS QUE HAN CONDUCIDO UN FORMULA UNO..."

Publicado por: Ayrton el Feb 26 2008, 10:47 PM

Hola a todos,

ya sé que no es una contribución como "Ayrton en la fórmula uno" ni como "Hombres, mujeres y motores" , pero pensé que quizás a los nostálgicos (o a los ávidos de "como era")
pueda gustaros esta recopilación estilo hemeroteca. Es lo que he encontrado de Barcelona (Pedralbes y Montjuïch) y de Madrid (Jarama).Evidentemente hay más, y con tiempo,
también puedo incorporarlos si os interesa.
Vereis que algunas fechas en la cabecera del periódico, no son del día siguiente de la carrera. Esto es debido a que durante muchos años, el lunes no había "tirada", por lo que se
editaba el martes.
Si buscais por ahí obtendreis algunas web de interés tanto por "Peña Rhin" como por "Penya Rhin" (del catalán).
Espero que os guste.

Gana Rudy Caracciola/Tazio Nuvolari segundo
VI Penya Rhin 1935 pag01 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=UJXDMTD2
VI Penya Rhin 1935 pag02 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=RLFBCXGD
VI Penya Rhin 1935 pag03 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=AMUTOVJ4
VI Penya Rhin 1935 pag04 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=PBHC801O

Gana Bernd Rosemeyer/Tazio Nuvolari segundo
VII Penya Rhin 1936 pag01 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=EI9RTJ8G
VII Penya Rhin 1936 pag02 (0.4MB) http://www.megaupload.com/?d=WEKFYHF9
VII Penya Rhin 1936 pag03 (0.6MB) http://www.megaupload.com/?d=LL6OX9E7
VII Penya Rhin 1936 pag04 (0.7MB) http://www.megaupload.com/?d=GT6XPJMY

Primer titulo mundial para J.M. Fangio
XI GP Penya Rhin 28-10-1951 pag01 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=XPWRVIBN
XI GP Penya Rhin 28-10-1951 pag02 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=A02F06IV
XI GP Penya Rhin 28-10-1951 pag03 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=27QAKHWL

GP 26-10-1954 pag01 (1.8MB) http://www.megaupload.com/?d=XNNOGN8E
GP 26-10-1954 pag02 (0.4MB) http://www.megaupload.com/?d=RSYVH6RU
GP 26-10-1954 pag03 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=0I38QGYF
GP 26-10-1954 pag04 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=VN6BHV67
GP 26-10-1954 pag05 (0.3MB) http://www.megaupload.com/?d=CRBFQMYZ

GP 12-05-1968 pag01 (2.0MB) http://www.megaupload.com/?d=DDBQS7XI
GP 12-05-1968 pag02 (0.4MB) http://www.megaupload.com/?d=XZRVW7BR
GP 12-05-1968 pag03 (0.5MB) http://www.megaupload.com/?d=PEG5SES0





"...CUANDO TODO PASE, SERÁS OTRO, PERTENECERÁS A UNA CLASE DIFERENTE E INCOMPRENSIBLE DE HOMBRES, LA DE LOS QUE HAN CONDUCIDO UN FORMULA UNO..."

Publicado por: Raquel el Apr 14 2008, 01:00 PM

Prometido es deuda. wink.gif

Y esa continuación del primer capítulo de la autobiografía de Caracciola va especialmente por ti, Tenista smile.gif

Sigo justo desde donde lo dejé hasta el final del capítulo:

...Un aire frio llegaba de los montes Eifel...

"(...pero al día siguiente ni su propia madre podía reconocerle.)

Era cierto. Había oído hablar de historias parecidas, cada una más espeluznante que la anterior.
- Y tú, ¿qué harás?
- Yo no le toqué. Todo el mundo lo vio.

En aquellos momentos una patrulla belga dio la vuelta a una esquina próxima. Desde bastante distancia habíamos oído cómo resonaban sobre los adoquines las botas claveteadas. Nos refugiamos en la sombra de un portal. Eran siete, contando el sargento. No nos vieron. Cuando pasaron por la calzada, con sus fusiles al hombro, pudimos ver cómo refulgía la luz de la luna en el acero de las bayonetas. Sus pasos fueron perdiéndose en la distancia; entonces abandonamos aquella sombra y reemprendimos el paseo.
- Tienes que salir de Aquisgrán –insistió Kruppke-. Es forzoso que te vayas.
Al llegar a mi calle, vimos luz en el ático donde yo vivía. Nos detuvimos en seco, como si hubiésemos recibido una orden. Kruppke dijo concisamente:
- Puedes verlo: ya están aquí.
Dimos media vuelta y corrimos calle abajo. Kruppke vivía, con su hermano, encima de un garaje situado en un amplio patio de la calle Annunciatenbach. El patio estaba vacío y oscuro; sólo brillaba una débil luz rojiza sobre la puerta deslizante de hierro que daba entrada al garaje. Mi amigo desapareció en un pequeño pabellón y volvió trayendo una motocicleta, una “NSU”, de la que yo sabía estaba orgulloso.
- Ya me la devolverás cuando estés fuera de aquí.
Me estrechó la mano, sentí el crujir de unos billetes entre mis dedos –diez mil marcos en papel, medio sueldo de una semana -. Se me hizo un nudo en la garganta. Bajo la débil luz del farol, su cara parecía macilenta.
- No puedo aceptarlos – le dije.
- Por favor, no es éste momento para decir sandeces – respondió casi enfadado.
Me acompañó hasta la calle; de nuevo nos dimos un apretón de manos en silencio, y entonces yo arranqué.
Me volví al llegar al fin de la calle. Aun estaba allí, pequeño, flaco, vencido por el trabajo, y me saludaba con sus grandes manos. Había trabajado con él solamente un año; pero al perderle me pareció que perdía a un hermano.
Fuera de la ciudad, la luz intensa de la luna iluminaba la carretera y un aire frío llegaba de los montes Eifel. Era marzo. Los árboles estaban todavía desnudos. Estaba helándome, pues llevaba el delgado traje azul de los domingos con que huí del Kakadu. Hacia las siete de la mañana llegué a Remaguen. La ciudad estaba aún semidormida. Los faroles de gas lucían lánguidamente, como si estuvieran a punto de apagarse. Las calles estaban desiertas, excepción hecha de unos pocos obreros que se apresuraban por llegar a su trabajo.
Bajé por la carretera, siguiendo el Rhin, hasta que paré frente a mi casa. Apoyé la moto en los peldaños, subí y tiré de la cuerda de la campanilla. Su sonido se oyé a través del silencioso vestíbulo. Al cabo de unos momentos oí algunos leves pasos, y una voz sobresaltada preguntó, tras la puerta:
- ¿Quién es?
- Soy Rudi.
La puerta se abrió. MI hermana estaba allí, en camisón y descalza.
- ¿Eres tú, Rudi? ¡Por amor de Dios! ¿Qué te pasa?
- Me peleé con un belga – contesté al tiempo que entraba.
Me miró extrañada y al mismo tiempo admirada.
Desde arriba llegó la voz de mi madre:
- Herta, ¿quién es?
Corrí escaleras arriba, de tres en tres peldaños,, y en seguida nos hallamos uno en los brazos del otro. ¡Qué pequeña era! ¡Qué frágil! Tenía varios mechones blancos en el pelo. Más tarde vi que los había ocultado cuando se arregló para el día. Tomó mi cara con ambas manos y la alejó un poco de la suya.
- ¿Has cometido alguna locura, muchacho?
- Nada malo. Solamente una pequeña discusión privada con unos belgas
Pude ver cómo se hacían más profundas las arrugas alrededor de sus ojos.
- Bien, si es así, ¿por qué no te vas a tu habitación y te refrescas un poco? Dentro de media hora tendremos a punto el desayuno. Entonces me lo explicarás todo
Poco después estuvimos sentados alrededor de la mesa y expliqué lo sucedido. Cuando hube acabado, nadie abrió la boca. Por fin, mi hermano concretó.
- Parece que no te das cuenta de las consecuencias de tu acción. Desde luego, no puedes continuar en Remagen. También nosotros estamos en pleno territorio ocupado, y por ello puedes ocasionarnos las peores dificultades.
En aquel tiempo, mi hermano tenía veintiséis años, o sea, seis más que yo, y desde la muerte de mi padre era el que decidía en la casa. Hablaba con la suficiencia de un joven a quien el destino hubiese situado, algo prematuramente, en el puente de mando, como un capitán.
- Sí, Rudi, tienes que irte – convino tristemente mi madre.
Entonces ella y mi hermana empezaron a tratar de mi futuro. ¿Podría aprender algo del negocio de vinos, o llegar a ser panadero, o debiera entrar de aprendiz en un hotel? Yo escuchaba sin decir nada. Miré hacia el Rhin, que discurría bajo los desnudos álamos. Si todo dependiese de mí, pensaba, mi vida estaría dedicada a conducir coches. Pero, desgraciadamente, esto no estaba considerado como una profesión. Finalmente, cuando las mujeres se cansaron de tanto hablar, se volvieron hacia mí para saber qué es lo que yo opinaba.
- Francamente – les dije -, me gustaría continuar en los asuntos automovilísticos.
- ¿Crees que esto, hoy día, es fácil? – me preguntó mi hermano.
Por mi parte me limité a encogerme de hombros.
- En el tren me encontré con un fabricante – explicó mi hermana -. Estaba interesadísimo en todo lo relacionado con los automóviles. Espera un momento; te diré cómo se llama ese señor… - Corrió escaleras arriba y regresó después con su bolso, del que extrajo una vieja tarjeta que rezaba:

“SIEGFRIED THEODOR RATHMANN
FABRICANTE
Dresde”
- Como podéis ver, debe de ser muy conocido, ya que no pone la dirección – añadió orgullosamente Ylse.
El resultado fue que, dos días después, subí al tren con sesenta mil marcos en el bolsillo y con aquella dirección como toda esperanza para mi futuro."

(FIN, Cap. I)

Publicado por: tenista el Apr 14 2008, 03:00 PM

No se como agradecertelo, Raquel, deberas muchisimas gracias, no te imaginas la ilusion que me hace tu dedicatoria, espero que poco a poco me y nos sigas contando esta increible historia.

De nuevo muchas gracias, compañera wink.gif

Publicado por: cies el Apr 14 2008, 03:14 PM

rolleyes.gif
Soy Feliz.
Gracias Raquel.

Publicado por: Raquel el Apr 14 2008, 03:18 PM

¡Pues yo más! biggrin.gif

Ojalá fuese tan fácil hacer siempre felices a los demás como con esto. wink.gif
A vosotros gracias.

Seguiré...

Publicado por: QUIQUE A. el Apr 14 2008, 04:07 PM

Gracias Raquel. Pena que el marcador de visitas del topic no se mueva del "cero". sad.gif

Publicado por: juan lobo el Apr 14 2008, 05:29 PM

Gracias Raquel smile.gif

Publicado por: Raquel el Apr 14 2008, 10:54 PM

Pues nos vamos cruzando, Juan Lobo... laugh.gif

Había puesto la directa a ver si así adelantaba un poco para ver a Caracciola en carrera, de modo que os dejo un capítulo más, el segundo.

... llegué a parar la fábrica de electricidad de Remagen.

"CAPÍTULO II


Desde la estación marché directamente a la casa de Rathmann. La fábrica estaba situada en la parte vieja de la ciudad de Dresde, y al verla sufrí una gran desilusión. Toda la empresa se reducía a tres habitaciones en la parte trasera de un gris edificio.

Un joven, de tupida cabellera rubia y ojos azules que parpadeaban detrás de las gafas, estaba sentado en el despacho.


- ¿Quién es usted? – preguntó.

- Caracciola, de Remagen.

Se levantó y fue hacia mí con las manos extendidas.



- Su hermana ya me ha escrito hablándome de usted.

Le miré asombrado

- ¡Ah! Ya puedo verlo: soy yo, en persona. Sí, soy Rathmann – dijo riendo.


Apartó de un manotazo unos cuerpos de muñeca que cubrían una silla y me ofreció asiento. Miré a mi alrededor. Era una habitación pequeña, mal alumbrada. En el centro, un anticuado escritorio sobre el que libros de comercio, restos de almuerzo y cuerpos de muñecas estaban dispuestos como al azar. En el suelo y en los estantes de las paredes, muchas muñecas de madera que me miraban fijamente con estúpidos ojos azules.


- Pues sí – empezó en tono alegre -. Ahora me dedico a la fabricación de muñecas de madera. La semana pasada hacía palos para jugar a bolos. Más adelante, ¿qué haré? ¿Tapas para ataúd? ¡Quien sabe! En estos momentos hay que ser versátil. – Me ofreció un cigarrillo. – Pero, ahora, hablemos de usted. ¿A qué se ha dedicado usted?

Se lo expliqué.

- ¡Hum! –murmuró cuando acabé de explicárselo todo -. Y, aparte de todo esto, ¿no tiene usted conocimientos técnicos sobre algo más que la mecánica de automóviles.

- Bueno, quizás sí – le dije -. En cierta ocasión llegué a parar la fábrica de electricidad de Remagen.

- ¿Usted hizo eso? ¿Cómo se las arregló?


Le conté aquella historia. En el hotel de mi padre estaba instalada la central eléctrica que abastecía todo Remagen, incluido, naturalmente, el único cine de la ciudad. Pero este cine pertenecía al Centro Católico, y como yo era protestante, el sacerdote no me permitía asistir a las sesiones. Por esto, cuando iba a empezar sus sesiones, cortaba la electricidad. Lo hice varias veces. Al cabo de una semana me dio pases para mí y para mis hermanos, y poco tiempo después me convertí en el operador del centro católico.

A Rathmann le hizo mucha gracia la anécdota.


- Estupendo para empezar. Pero ahora, ¿qué?

Me encogí de hombros.

- Bien, ¿qué planes tiene usted?

- Mi ilusión es conducir automóviles de carreras – le contesté -. Pero si no es posible, me dará igual hacer cualquier otra cosa.

- ¿Ha tomado ya parte en alguna carrera?

- Claro que sí. El pasado año gané el primer premio en la clase midgets del Premio Opel. Monté un “Fafnir” de litro y medio.

- ¡Formidable! – exlamó Rathmann -. Esto es magnífico. Esta misma noche le presentaré a los miembros de nuestro grupo. Son grandes entusiastas del motor, pero ninguno ha ganado nunca un premio. Pero eso sí, son gente muy aficionada. Estoy seguro de que alguno de mis amigos podrá ayudarle.


Quedamos citados para el atardecer. Tenía que esperarle enfrente de Braustube, en cuyo restaurante tenía mesa reservada.

Llegó con media hora de retraso. En el piso de encima de su fábrica había reventado una cañería y el agua, al penetrar en su taller, mojó todas las muñecas. Tuvo que entretenerse secándolas, y aun así temía que las cabezas se hinchasen por causa de la humedad. Lo explicó como si se tratase de algo gracioso.

Entramos en el restaurante. En un rincón, bajo una verde lámpara, había una mesa redonda a cuyo alrededor se reunía aquel grupo de amigos. Estaban presentes tres, todos jóvenes: Prickel, tasador; Kleeberg, negociante, y Scholz, empleado de banca. Rathmann era el mayor, y me presentó a los otros:


- El señor Caracciola, vencedor del Premio Opel.

- Maravilloso – dijo Prickel -. Yo he corrido alguna que otra vez. El pasado año, en la prueba en cuesta de Silesia…

Le interrumpió Kleeberg diciendo:

- Llegó el octavo. Eran diez los inscritos, y tuvo la suerte de que a última hora se retiraran dos.

- En la carrera anterior también corrió Kleeberg, pero abandonó antes de arrancar. Dio la casualidad de que olvidó la llave de contacto –contraatacó Prickel.

Todo el mundo estalló en risa.

- Caballeros, ahora es preciso hablar en serio – dijo Rathmann golpeando la mesa con su anillo de sello -. Tenemos que ayudar a Caracciola.

Expuso mi situación. Se pusieron pensativos. No era nada agradable carecer de empleo en aquellos tiempos.

- ¿No sería mucho mejor que entrara en relación con la casa “Fafnir”? – preguntó Scholz -. Quizás necesiten un representante en nuestra ciudad.

Rathmann se golpeó la frente y agregó:

- Naturalmente, ésta es la mejor solución: representante de la casa “Fafnir”. Un amigo mío representa otra marca. Empezó hace tres años y ha progresado tanto, que ya tiene negocio propio.

Kleeberg interrumpió para sugerir:

- ¿No sería lo mejor que el señor Caracciola escribiera cuanto antes a la casa “Fafnir”?

- ¿Cómo que cuanto antes? – dijo Rathmann -. ¿Cuánto antes? ¡Va a escribir ahora mismo!

Pidió recado de escribir al camarero. Se lo trajo sobre un papel secante verde y, por orden de Rathmann, lo dispuso ante mí.

- Muy bien: empecemos –ordenó Rathmann. Dio varias nerviosas chupadas a su cigarrillo y empezó a dictar:

- “Querido señor director general.”

Le interrumpí haciéndole notar que aquella firma tenía tan sólo un director.

- No importa: deja lo de director general. Eso le halagará y no le perjudica a usted.

- Yo pondría “estimado” – opinó Kleeberg -. Así tiene un carácter más personal.

- Por mis amplias relaciones con el comercio y la industria de Dresde… - continuó dictando Rathmann.

- …y con las autoridades locales – añadió Prickel, aludiéndose a su cargo de tasador.


En fin, todos cooperaron. Dos horas después quedó terminada la carta. Se tachó lo débil o lo que pudiera sonar a falso, y al final quedó reducida a cinco concisos párrafos en que solicitaba de aquella empresa ser aceptado como representante suyo; saber qué garantías podrían ofrecerme y cuánto percibiría en concepto de comisiones. La respuesta llegó al cabo de tres días. La casa “Fafnir” estaba dispuesta a nombrarme representante suyo, pero no ofrecía garantías, pues decía:


“Vistas las buenas relaciones que tiene usted, le será muy fácil obtener elevadas comisiones, lo que hace superfluas las garantías de beneficios que pudiéramos ofrecerle.”


De esta manera me encontré convertido en representante de la casa “Fafnir”. Hice imprimir tarjetas y papel de cartas, cuya cabecera proclamaba en enormes letras negras:


RUDOLF CARACCIOLA


REPRESENTANTE.

Fábrica de automóviles Fafnir.

Dresde. Reitergasse, 12.



Deseaba tener teléfono; pero, desgraciadamente, resultaba demasiado caro para mí. Hube de conformarme con mandar cartas de saludo, con aquel membrete, a mis amigos y familiares. Durante mis paseos depositaba tarjetas comerciales en los buzones de correo de la gente acomodada. Y, sentado en mi habitación, esperaba. Pero no venía nadie.


Los tiempos eran difíciles. El fajo de billetes que traje, y que guardé en una cajita metálica, adelgazaba día a día. Le pegaba metafóricos mordisquitos; por otra parte, le devoraba la inflación, y ésta tiene dientes muy aguzados. Para ahorrarme el desayuno me levantaba a las doce, y así iba directamente a comer. La casa “Fafnir” me escribió varias veces, extrañada de que no hiciera ninguna venta. Al principio contestaba con diversas explicaciones referentes a las dificultades que era preciso vencer. Después, ni tan siquiera contestaba.


Tan sólo una vez logré vender un coche. El comprador era un carnicero, en cuya tienda se enteró Kleeberg de que deseaba comprar uno. Me lo dijo y le llevé mis catálogos. El presunto cliente los miró, escogió un modelo; abrió la cartera y lo pagó al contado. Cuando recibió el automóvil, con aquel dinero no habría tenido sino lo justo para pagar la bocina y un par de faros.


La casa se las compuso para llamarme por teléfono desde Aquisgrán. Un malhumorado caballero me preguntó si no sabía aún lo de la inflación, o si es que era tan tonto que no podía comprenderla. En lo futuro, me indicó, solamente podría vender sobre la base del pago en dólares. Pero con aquella base no vendí ningún coche más."

PD: lo que no me gustaría con ello es desvirtuar el contenido de este fabuloso tema de Ayrton. smile.gif Pero como lo empecé por aquí, pues así lo he seguido. Que él decida wink.gif

Publicado por: tenista el Apr 15 2008, 08:43 AM

Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaas laugh.gif

Publicado por: Raquel el Apr 17 2008, 08:27 PM

Esto no es un coche; ¡Es una bañera con cuatro ruedas!

"CAPÍTULO III



Una tarde Prickel me dijo cuando llegó a nuestra reunión:



- Quizás le interese esto, Caracciola.



Me entregó un diario en el aparecía la noticia de que el Automóvil Club de Alemania había organizado una carrera de coches de pequeña cilindrada, en el Stadion de Berlín. Me encogí de hombros y le devolví el periódico:



- Como no dejen correr a pie…

- ¿Y no cree usted que la casa Fafnir…?

- Ni soñarlo –repuse-, después del asunto del automóvil del carnicero.



Intervino Kleeberg:



- Creo que puedo conseguir un coche.

- ¿Y cuánto costaría?

- Nada –respondió-. Wuesthoff, un viejo camarada mío de guerra, tiene un pequeño coche, marca “Ego”, y no dudo de que si yo se lo pido se lo prestará. Estoy completamente seguro.



El domingo siguiente visité a Wuethoff en Chemnitz. Tenía el aspecto de un joven señor feudal; pero el gran corazón y la mano abierta de un viejo soldado.



- Puede disponer, naturalmente, de mi viejo “Ego”.



Acto seguido nos dirigimos al garaje. Durante el camino me dio algunos consejos. Había de llevarlo a la fábrica, en Berlín, para dejarlo en condiciones de tomar parte en la carrera



- Tal como se encuentra ahora, como mucho, podría usted competir en velocidad con un cortejo fúnebre –comentó.



No despedimos y volví a Dresde en el auto de Wuesthoff. Al anochecer fui recibido calurosamente por los del grupo. Apostaron un barrilito de cerveza por mi victoria y me llenaron de buenos consejos. Rathmann me regaló una pequeña muñeca tuerta para que me sirviera de mascota, y Kleeberg me recomendó que no durmiera con la ventana abierta, no fuera a pillar un resfriado en vísperas del gran día. Todos pensaban ir a Berlín para presenciar la carrera.



- Sólo para darle ánimos “después” –dijo Prikel con una sonrisa amistosa.



La carrera tendría lugar a últimos de abril. Partí una semana antes, para disponer de suficiente tiempo para la puesta a punto del motor. La fábrica de aviones “Merkur” que construía el “Ego” estaba situada en la parte este de las afueras de Berlín. Temía hallar una serie de dificultades, pero todo se desarrolló de muy distinta manera. El jefe de ventas, un hombre jovial, de enhiesto mostacho, había sido avisado por Wuesthoff. Me recibió con magnífico buen humor.



- ¿Con que usted es nuestro campeón de la carrera del sábado? Bien, reconozco que usted es un hombre valiente; ¿pero quién va a pagar el trabajo…?

Iba a responder me acalló con un gesto.

- No se preocupe; eso nos pasa a todos. Se lo pondremos muy barato. Tengo esta idea: si usted vence con el “Ego”, no tendrá que pagar nada; si pierde, tendrá que pagar los repuestos utilizados en el reajuste.



Le di las gracias y cerramos el trato con un apretón de manos.

Pasé en la fábrica los siguientes días, trabajando desde la mañana hasta la noche. En unión del copiloto, puesto a mi disposición por la empresa, me afané en preparar el automóvil. Mi ayudante era un alegre chico berlinés.



- Alardee del coche tanto como quiera; en cuanto vea los otros autos podrá echarse a dormir tranquilo. Esto no es un coche; ¡Es una bañera con cuatro ruedas!



Se habían inscrito muchos automóviles pequeños, por lo que habían de celebrarse tres eliminatorias el sábado por la tarde. Los vencedores tomarían parte en la final del domingo. El estadio parecía una enorme piscina vacía, que brillaba con rutilante blancura a la luz del sol. Las tribunas y graderíos estaban casi vacíos. Solamente había en los box algunos pequeños grupos de gente esparcidos acá y acullá. En aquel gran espacio parecían perdidos, como paraguas olvidados.

Casi todos los conductores eran jóvenes ansiosos de recibir el espaldarazo que les convirtiera en auténticos pilotos. Muchos se habían vestido de modo impresionante, con cascos y enormes gafas que no se quitaban ni tan siquiera para tomar café en el bar.

Discutían en voz alta, casi a gritos, las distintas tácticas que se podían seguir. En la curva norte de la pista, Cervezas Patzenhofer había instalado un colosal anuncio con grandiosas letras blancas y se debatía si era aconsejable enfocar la recta a la altura de la P o de la A. Un hombre se mantenía apartado de aquellas conversaciones: un caballero de nariz achatada, con alto cuello duro y largas patillas.



- Es el ingeniero Niedlich, y conduce un modelo especial de la casa “Grade” –me apuntó mi copiloto. Observé con temeroso respeto cómo aquel hombre paseaba majestuosamente arriba y abajo, con los brazos cruzados. Su automóvil tenía la forma de un bote de fondo llano. En la popa, un enorme tubo de escape sobresalía amenazadoramente, como si fuese el tubo de un lanzatorpedos.



Por medio de un sorteo se repartió en tres grupos a los corredores. Niedlich quedó situado en el primero, y me alegró no tener que competir entonces con aquel peligroso piloto.

Lo primeros vehículos se aprestaron para la salida. Roncaron los motores y mis narices absorbieron el cálido olor del combustible. El coche de Niedlich rugía tanto como los otros tres juntos. Llenaba de atronador ruido la inmensa olla de cemento del estadio, y su enorme tubo de escape despedía nubes de gas pestilente.

Estaban en plena lucha. Niedlich iba en cabeza. Corrían por la recta, llegaban a la lejana curva –parecían moscas que pasasen sobre el anuncio de la cerveza Patzenhofer -, y daban y regresaban zumbando y tosiendo. Junto a mí se hallaba un periodista. Por encima de su hombro pude ver cómo anotaba: “Un espectáculo que deja sin aliento. Los coches se persiguen en las ceñidas curvas a setenta y cinco kilómetros por hora…”

Niedlich ganó la primera eliminatoria.

Me dirigí con los de mi grupo a la línea de salida. Dos de mis contrincantes conducían coches de la marca “Coco”, y el otro un “Omikron”. Cuando me senté al volante sentí una extraña sensación en el estómago; la misma extraña sensación que experimentaba cuando al terminar el año escolar, por Pascua, era llamado al despacho del director después de los exámenes.

Un caballero vestido con un levita de flotantes faldones dio la salida y arrancamos. Había que dar cuarenta vueltas, o sea 26´6 km. La pista estaba dividida en cuatro bandas por medio de tres rayas blancas. Casi todos los conductores tenían la costumbre de derrapar en las curvas y después, como halcones, enfilar la recta. Esto resultaba muy emocionante, pero hacía perder mucho tiempo. Por ello decidí ir siempre por el centro, pues por la parte interior las curvas no permitían mayor velocidad. Oprimí a fondo el acelerador y el indicador se estremeció al señalar más de 77 km. Después de la sexta vuelta, mi copiloto me gritó:



- ¡Afloje! Hemos dejado atrás a los otros.



Disminuí la velocidad y me mantuve en 70 por hora hasta el final feliz de la carrera. Al llegar a la meta me felicitaron unas cuantas personas, y tuve que deletrear mi nombre a un periodista. Saltamos del coche y mi ayudante revisó el motor. El aceite se había calentado demasiado y, chirriando, se salía por las válvulas.



- Bueno –dije a Schulz- ; no te queda más remedio que trabajr con la bomba durante toda la carrera.



Asintió resignadamente con un movimiento de cabeza.



* * *

Por fin llegó el día de la carrera.

Camino del estadio pude ver que aquello iba a convertirse en un verdadero acontecimiento. Parecía como si todos los berlineses se dirigieran hacia allá, con sus esposas, sus hijos y sus paquetes de bocadillos. El estadio parecía un grandioso cráter invadido por insectos blancos y negros. En el cielo un sol ardiente se ocultaba a veces tras nubes de tormenta.



Primero corrieron las motos. En otras circunstancias, aquella carrera me habría interesado enormemente; pero en aquel momento tan sólo deseaba que llegara el momento de estar en pista y arrancar.

Finalmente llegó la orden esperada: Preparados para la salida.

Éramos cuatro. Niedlich con su “grade”; Huettner con un “Omikron”, Hoffman, con un “Coco” y yo, con el “Ego” de Wuesthoff. Los conductores eran tan poco conocidos como las marcas de los vehículos. En la salida estaban unos cuantos periodistas y el caballero de los faldones flotantes, cuyo aspecto hacía pensar en un escarabajo que anduviese con las patas traseras. Nos llenó de advertencias, como por ejemplo, que debíamos dar paso al compañero que lo pidiese, y que si se producía alguna irregularidad tendría que dejarse la protesta para después de la carrera. Apenas escuchábamos y montamos en los coches. A mi lado estaba Niedlich, sentado inmóvil al volante, mirando con fijeza hacia delante.

Los motores empezaron a roncar; y de nuevo el “Grade” de Niedlich hizo más ruido que los otros tres juntos. Y arrancamos por fin.

Tenía una idea fija: tomar la delantera, conservarla y permanecer siempre en el centro de la pista.

Por el espejo retrovisor pude ver a Niedlich en su rabioso coche, envuelto en una nube de humo; una especie de llameante volcán sobre ruedas. A mi lado Shulz, sudoroso, jadeante, no paraba de hacer funcionar la bomba.

Poco después el “Grade” desapareció del pequeño espejo y fue sustituido por el “Coco” de Hoffman. Aceleré y también desapareció el “Coco”.



- ¡No puedo más! –me gritó, agotado, Shulz-. ¡Mi brazo!

- ¡Tienes que aguantar! –le contesté. Entonces reapareció Niedlich. Se ceñía sobre mí como un halcón en la ceñida curva. Aceleré tanto como pude y Shulz, a pesar de su cansancio, trabajó como un marino que achica agua en una barca que naufraga. Al entrar de nuevo en la misma curva alcancé la P cuando Niedlich atravesaba la A. Así fui luchando: letra por letra.

- ¿Qué vuelta es ésta? –pregunté.

- La treinta y ocho.

- No; la treinta y siete –contesté. Pero Shulz movió la cabeza y apretó los dientes.



Al cabo de dos vueltas más, el caballero de los faldones saltó a la pista y agitó una bandera. ¡El final!

Le pasamos rugiendo y nos dirigimos a los box. Frené. Paramos el motor.



- Ya lo ve: ¡era la treinta y ocho! –exclamó Shulz.



Un momento después nos sumergimos en una muchedumbre. Las gentes se apretujaban alrededor del coche, reían, nos daban la mano, nos daban palmadas en la espalda y gritaban tanto que se nos hacía imposible entender nada de lo que nos decían. El patilludo director de la “Ergo” atravesó el gentío como si fuera un nadador. Se me acercó, me ayudó a salir del coche, me abrazó y rozó mi mejilla con su bigote.



- Fabuloso, muchacho –me dijo-. Eso es fabuloso. Si algún día montamos una sección de carreras, cuente con ser nuestro conductor.



En aquel preciso momento, el “Grade” de Niedlich se aproximó roncando. Paró justamente a mi lado. Vi cómo subía el respaldo del asiento y oí cómo explicaba a voces:



- Si el mecánico no se hubiese olvidado de aflojar el freno de mano, el señor Caracciola no estaría ahora aquí victorioso. Desgraciadamente no me di cuenta del descuido hasta después de las tres cuartas partes de la primera vuelta.



Descendió de su automóvil y desapareció entre la multitud.

De repente, mis amigos de la peña hicieron su aparición. Habían venido de4 la tribuna. Kleeberg y Shulz colocaron sobre el radiador una enorme corona de laurel. Luego se adelantó Rathmann, me entregó un abono para doce comidas y dijo:



- Rudolf Caracciola, primero fuiste una rama extraña en nuestro árbol. Pero desde hoy eres uno de nosotros. Puedes considerarte no tan sólo un verdadero sajón, sino también un auténtico ciudadano de Dresde…



No pudo terminar el discurso, pues obligaron a despejar la pista y teníamos que dar la vuelta de honor. La dimos muy despacio, alrededor del enorme óvalo, entonces alegre y cordial bajo la luz de un esplendoroso sol. ¡Cómo se divertía la gente! Saltaba de sus asientos, se agitaba, gritaba; un ramo de flores me dio en la cabeza. Estaba contento y emocionado. Me dijo Shulz que en su vida sólo había disfrutado de un momento más feliz.

Tras la vuelta de honor salimos del estadio por un túnel. Hacía mucho frío allí y todo estaba en silencio. Se interpuso en nuestro camino una sombra que brotó de la oscuridad.



- Un momento, por favor.



Paramos.

Un alto caballero, severamente vestido de negro, vino hacia el coche; puso una mano en el volante, me saludó con una inclinación y me dijo:



- Pertenezco al comité de dirección de la carrera. Se ha presentado una seria objeción a su victoria.

- ¿Qué? ¿Cómo…? – repuse asombrado.

- Le he dicho -añadió en tono más solemne- que ha habido una protesta por su victoria.

- ¿Quién ha protestado?

- No puedo decírselo. A fin de cuentas, se sospecha que no ha registrado usted correctamente la cubicación del motor del coche. ¿Tiene la amabilidad de seguirme?



Se adelantó y le seguimos con lentitud. Shulz maldecía en voz baja. A la salida del túnel nuestro guía giró a la izquierda y nos condujo a un oscuro patio para reparaciones, donde nos esperaban otros dos caballeros. Tuvimos que bajar del coche, abrir la cubierta del motor y desmontar la culata.

Uno de ellos se acercó lentamente, con precisos pasos, e introdujo en un cilindro un instrumento de medición. Lo extrajo, lo miró atentamente a contraluz y dirigió un gesto de condolencia a alguien que se hallaba tras de mí. Me volví y aún pude distinguir los bigotes de Niedlich en el momento en que desaparecía.

El primer caballero se volvió hacia nosotros.



- Les presentamos nuestras excusas –dijo-. Fuimos lamentablemente mal informados. La cubicación declarada por usted era la correcta.



Los tres se inclinaron a un mismo tiempo como marionetas y desaparecieron por una puerta situada en el fondo de aquel patio.



- Niedlich conduce un “grade” muy decente, pero él se conduce como un indecente –me dijo Shulz, con malicia, mientras atornillábamos la culata. Yo estaba un poco deprimido. Aquel incidente empañaba el goce de la victoria. Pero cuando volvimos a estar bajo la luz del sol, entre los amigos que nos esperaban y junto al barrilito de cerveza, olvidamos todo en seguida.



Era joven y había vencido."

Publicado por: tenista el Apr 17 2008, 08:42 PM

IV, IV, IV, IV, IV, IV, que grande Rauqel, ya estoy como loco, muchas gracias, comapñera. ohmy.gif

Publicado por: accitano el Apr 17 2008, 10:46 PM

ohmy.gif ohmy.gif ohmy.gif

Muchísimas gracias, Raquel, por el trabajo que te estas tomando.

Publicado por: Raquel el Apr 17 2008, 11:01 PM

A vosotros. smile.gif
Es un placer.

Publicado por: Raquel el Apr 18 2008, 03:58 PM

Especialmente dedicado a COSWORTH. smile.gif
Seguro que él sabe por qué... wink.gif

(Porque le "debo" muchas cosas. Por todas sus sonrisas...)

Era uno de aquellos hombres duros de la vieja guardia...



CAPÍTULO IV



Contemplaba la puerta tapizada de cuero castaño por la que hacía desaparecido Herzing. Hacía más de media hora que me había dejado y me parecía difícil soportar aquella espera durante más tiempo.

La rubia secretaria parecía muy ocupada, o por lo menos intentaba aparentarlo. Escribía, apuntaba algo en un libro, buscó un fechador, volvió a sentarse ante la máquina de escribir. Era muy bonita y bastante altanera. Parecía que no se diese cuenta de mi presencia.

Llovía. Veía chocar las gotas en los cristales de la ventana, ante la cual un álamo se encorvaba por la lluvia, todas sus hojas temblando bajo el agua.

Desde mi asiento podía distinguir parte de la fábrica: tres largos cobertizos de techo de cristal que desde aquella distancia semejaban invernaderos.

Todo había acontecido con tal rapidez que yo fui el primer sorprendido. Un día Wuesthoff me presentó al señor Herzing, director de la casa “Daimler”. Alguien dijo que mi ilusión era, por encima de todo, convertirme en conductor de automóviles y conducir para la casa “Daimler”.

Y por ello me hallaba esperando en la fábrica, en Untertuerkheim.

La tapizada puerta parecía pesada y severa, como la del consultorio de un doctor. Y tras ella los directores Herzing y Gross moldeaban mi destino.



- Señorita, ¿no cree que podría preguntar…?

- Señorita Schroeder – dijo la rubia secretaria mirándome severamente-. ¡No! El director, Sr. Gross, ordena que no se le moleste durante ninguna conferencia.



Me habló por encima de la máquina de escribir, mientras colocaba una nueva hoja. Después volvió a teclear. No parecía dispuesta a hablar de nuevo conmigo.

De la pared de enfrente pendían un cuadro y un gran calendario. Aquél era el retrato de un caballero de luenga barba, sin duda alguna, el fundador de la casa. El calendario me dijo que era el 11 de junio. Se acercaba el cumpleaños de mi madre. Hubiera sido muy hermoso que pudiera decirle aquel día: “Mira, mamá, ahora soy piloto de la casa Mercedes. Mil marcos al mes para empezar y, aparte, naturalmente, primas de salida y premios.” Mi madre se conmovería tanto que lloraría, aunque estoy seguro de que lloraría con sólo saber qué era de mí.

Era una lástima que no pudiera defender mi causa al otro lado de aquella puerta. Era posible que Herzing vacilase al hallar la menor resistencia. Yo hubiera procedido de muy distinto modo.



- Señor director –diría-. Confíeme por una sola vez uno de sus coches, una sola vez siquiera, y puede estar seguro de que regresaré vencedor. Si no es así, nunca más volveré a tomar parte en ninguna competición.



Sonó el teléfono, la rubia secretaria descolgó el teléfono, escuchó, dijo “Sí”, y después nuevamente, “Sí, Herr director”, y volvió a colgar.



- Tiene que ir abajo para ver al señor Werner. Está junto a la entrada principal.

Tocó un timbre y apareció un ordenanza.

- Conduzca al señor hasta donde está el señor Werner – dijo la chica y volvió a su trabajo. El corazón me resonaba en el pecho. Mi destino se decidiría ahora. Durante la próxima media hora sabría si podía llegar a conducir, si era de la madera de los que ganan Grandes Premios, o si todo era meros sueños, tontas alucinaciones con las que yo mismo me engañaba.



Era Werner quien tenía que probarme; el gran Werner, el vencedor de tantas pruebas. Era uno de aquellos hombres duros de la vieja guardia que con su coche habían roncado por todas las carreteras del país; con uno de aquéllos coches de altas ruedas y sin suspensión. A menudo llegaban a la meta con las manos en carne viva, magulladas por los golpes del volante; pero había logrado recorrer ciento cincuenta kilómetros o quizás más.



Cruzamos el patio. Aún llovía. Un gran ruido llegaba de las naves de la fábrica; de vez en cuando, el suelo temblaba por los golpes de alguna máquina.

Frente a un cobertizo se hallaba el chasis de un coche. Solamente el chasis con unos toscos asientos de madera. Nos paramos. De la sombría luz del cobertizo salió un hombre alto, delgado. Iba vestido con un mono azul. Era Werner.



- Buenos días – dijo, y me dio la mano. Señaló silenciosamente el asiento de aquel coche y también silenciosamente se sentó a mi lado. Tenía larga y triste cara, nariz muy larga y ojos tristes. Era un rostro que parecía incapaz de poder sonreír.

Arrancamos. Werner daba las órdenes.

- Gire a la derecha, recto, de la vuelta a la izquierda…



Le demostré de lo que era capaz. Conducía por carreteras rectas como verdaderas pistas de carreras y tomé las curvas de tal manera que el agua de la lluvia, debajo de las ruedas traseras, saltaba hacia lo alto. Al cabo de media hora, Werner dio la señal de regresar a la fábrica. Se apeó al llegar a la entrada principal. Me estrechó la mano.



- Gruess Gott! (“¡Adiós!”) – me dijo y se fue.

- Pero, ¿qué le ha parecido a usted? – le pregunté. Y desapareció en la oscuridad del cobertizo



Quedé allí, nervioso. ¿Es que le desilusioné de tal modo que no quería decirme ni una sola palabra? Fui a la portería y desde allí llamé al despacho. Aún estaban conferenciando.



- Mientras tanto, puede esperar abajo – me dijo la secretaria -. El señor director ha sido informado de todo.



Estaba deprimido. Era obvio que la opinión de Werner debía de haber sido muy mala, ya que me trataban de una manera tan ofensiva.

Eran ya las cinco y media. El torrente de empleados había acabado. El portero estaba sentado en un pequeño rincón, y mojaba a hurtadillas un panecillo en una taza de café.

Me senté a su lado y empezamos a charlar. Hablamos de Werner.



- Es un gran muchacho – me dijo -. Por desgracia no es feliz. Su esposa murió hace poco tiempo.

Por fin sonó el teléfono. Tomó el auricular y luego me dijo:

- Vaya en seguida arriba. ¡Pero de prisa, pues están a punto de marcharse!



Corrí hacia el despacho. Aún estaba excitado, pero no tanto como antes. La larga espera me había entumecido y, en conjunto, había perdido casi toda mi esperanza.

La puerta tapizada de la cámara sagrada estaba abierta. Dos caballeros hablaban, en pie, a punto de marchar. Herzing llevaba el sobretodo al brazo y hablaba a un hombre con impermeable, ancho de espaldas, de una figura maciza. Era el director Gross.



- ¡Éste es el muchacho! – exclamó al verme -. Bien, Werner ha quedado muy satisfecho de usted. Puede empezar en Dresde. Como vencedor. Cien marcos al mes.

Estaba a punto de decir algo, pero Herzing me dirigió una mirada de aviso. Cuando descendíamos la escalera le susurré, a espaldas del gigante:

- ¡Pero si yo quería ser el conductor!

- No sea idiota – replicó también en voz baja -. Conducir no es una profesión. Sea primero empleado de la firma; después, quizá algún día podrá conducir tanto como desee.

Publicado por: QUIQUE A. el Apr 18 2008, 04:39 PM

Muchas gracias Raquel, pero no entiendo lo que quiere decir Gross con "vencedor" (casi al final).

Saludos smile.gif

Publicado por: tenista el Apr 18 2008, 04:39 PM

Mil gracias, Raquel.

Publicado por: Raquel el Apr 18 2008, 05:14 PM

CITA
Muchas gracias Raquel, pero no entiendo lo que quiere decir Gross con "vencedor" (casi al final).

Saludos



Quique, es algo que mí también me impresionó mucho cuando tuve ese libro entre mis manos y podía empezarlo a "saborear" como una de esas cosas que crees[ i]que no vas a poder conseguir[/i]. Deseaba tanto leerlo.... Y sólo era una intuición sin fundamento. Caracciola me gustaba y ya está. Y PUNTO. Y no sabía ni siquiera por qué. Y mucho menos podía aducir razonamientos y causas.

Aun a sabiendas de que quizás no fuera el más loable, ¡para mí lo era! Cuando leía "HMM" (es decir, "Hombres, mujeres y motores") sencillamente me encandilaba.... No me preguntes por qué TENÍA FUERZA y sentía su pasión. Sé (ahora, y gracias a todo lo que en este foro se ha investigado y dicho) que pudiera ser "el ojito derecho de Neubauer". ¡Y yo que sé...! Era mi ojito derecho antes de saber yo todo eso. Me embobaba. Sencillamente me embobaba la fuerza de su valor y su tenacidad.
Empezó a convertirse en un verdadero HÉROE para mí. Cosas "de películas" Me encantaba en todos los aspectos. Por mucho que que me dijeran... "... pero es que no era el mejor, Raquel..."
Yo ya no podía verlo de otra forma.

Al empezar a leerle (en este libro que tanto busqué) me di cuenta de que JAMÁS QUERRÍA VERLE DE OTRA FORMA.

Y ahora te respondo, Quique Ya sólo me faltó para mis mejores gozos (que no aspiro a que otras personas entiendan) que "mi Caracciola" empleará el concepto de VENCER y no el de "ganar". Algo que muchas veces intento explicar y casi nadi me sabe comprender: "vencer no es ganar".

VENCE quien ha puesto todas sus armas y mejors aptitudes, con todos los sueños a la vista, de la peor de las tormentas que a uno le podría venir encima. ¡Y ahí está!
GANA el que está más arriba, el que tapa la lucha en un momento puntual.
VENCE quien sólo busca eso...

¿Verdad que no te he aclarado nada? Pero es que no sé cómo expresarlo...

Publicado por: QUIQUE A. el Apr 18 2008, 05:43 PM

Jolines Raquel, me abrumas, huh.gif yo sólo pensaba que sería cosa de repasar la traducción, como lo de "llevaba el sobretodo al brazo". tongue.gif

De todas maneras a mí también me subyuga la persona de "Carach", su gran tenacidad, como has dicho, sobre todo tras el grave accidente de Mónaco y los reveses producidos por la guerra que obligaron a Mercedes a plantar el equipo de competición.

Saludos. smile.gif

Publicado por: Nivola el Apr 18 2008, 07:35 PM

WUAUUUU !!!!!! ohmy.gif ohmy.gif ohmy.gif

Me voy una semana de viaje y a mi regreso me encuentro con esta AUTENTICA JOYA... laugh.gif laugh.gif
Además resulta que este topic se me había pasado, imperdonable !!!!.... muchísimas gracias Ayrton !!! wink.gif

Y los relatos de Raquel... no tienen precio... para mi IMPRESIONANTE...eternamente en deuda por comparlirlo.
Por cierto, creo que te entiendo en lo que dices sobre Caracciola,en tu manera de sentirlo y en su propia concepción de la vida y la competición... ese afán de superación que mostraba independientemente de los resultados o consecuencias...es algo parecido a lo que me pasa a mi con Nuvolari...(ya hemos hablado de esto en otro topic wink.gif )

Lo dicho miles de gracias y a seguir....esto hace al foro PDLR el mejor de F1.
QUEREMOS MAS................ laugh.gif laugh.gif

P.D. Raquel, para ti, te cuento un secretillo... la foto pequeñita que veis bajo mi nick no es de Tazio como pudieras pensar... es el viejo "Carach" a toda velocidad en su Mercedes Benz W125 (G.P. Svizzera 1935)...de alguna manera "te la dedico". wink.gif

Publicado por: Raquel el Apr 18 2008, 08:38 PM

CITA(Nivola @ Apr 18 2008, 07:35 PM) *
P.D. Raquel, para ti, te cuento un secretillo... la foto pequeñita que veis bajo mi nick no es de Tazio como pudieras pensar... es el viejo "Carach" a toda velocidad en su Mercedes Benz W125 (G.P. Svizzera 1935)...de alguna manera "te la dedico". wink.gif


Te cuento otro... wink.gif Puse "lupa" a tu foto de avatar,,, laugh.gif Lo siento por ti smile.gif pero soy "curiosa" por naturaleza...

NIVOLA, hablando muy en serio: yo no sé qué es lo que pueda hacer GRANDE a un foro. Supongo que tan sólo se trata de creer en algo y llevarlo hasta su "final". Y de sentirte biien haciéndolo porque disfrutas de verdad.

Hay una escena de Nuvolari, feliz con claveles en la solapa, "malgastando" su triunfo, que lo dice todo... wink.gif
Que a mí me guste, no significa que a todo el mundo (o a muchos) les conmueva de la misma forma.

¡GRACIAS!




Publicado por: juan lobo el Apr 18 2008, 09:49 PM

Gracias Raquel (a mi me pasa como a Quique A, no termino de entender lo de "vencedor" porque la impresión que da cuando le dicen esto es que lo contratan como piloto, pero como después Caracciola dice que lo que él quería era conducir, pues al final parecía que no lo habían contratado como conductor...) Después de todo el trabajo que estás haciendo sé que no debemos pedirte más, pero weno, cuando puedas... pues se agradecerá otro trocito rolleyes.gif

Publicado por: tenista el Apr 19 2008, 10:55 AM

Yo si se como haceis GRANDE UN FORO. Con el aluvion de Noticias, Fotos y demás, que nos trae Yossi; Con los previos de Accitano; Con vuetros relatos Raquel y Nivola; con los cambios de impresiones de Kit, Ac99, Abcv, ScuVi, Ferrari, y un largo etc.; Con los juegos de nuestros amigos de porra y la FIP, Aero y Doctor; Con el Padock de mi querida Tess; Con las felicitacines que dia tras dia nos dedicamos los unos a los otros y con toda la gente que forma parte de este increible foro, sin olvidarnos de nuestro principal reclamo que es esa gran persona llamada Pedro de la Rosa.

Por eso, este foro es como es Raquel. GRANDE no GRANDISIMO. rolleyes.gif

Publicado por: gramolo el Apr 19 2008, 11:04 AM

ohmy.gif y yo sin impresora

Gracias Raquel wink.gif

Publicado por: jonrodriguez el Apr 19 2008, 11:09 AM

muchas gracias Raquel, deseando tenerlo entero e imprimirlo para leerlo más agusto

MUCHAS GRACIAS!!!

Publicado por: COSWORTH el Apr 19 2008, 11:59 AM

¡Qué decir!. smile.gif

Infinitas gracias, Raquel. Por TODO.

Un beso.






VENCER:


Publicado por: Raquel el Apr 19 2008, 01:40 PM

¡UFFFFF... COSWORTH!

¡GRACIAS, CAMPEÓN! smile.gif

Si la felicidad está en los instantes pequeños, éste es uno de ellos.

No puede ser más bonita... ESTA FOTOGRAFÍA ya detiene destino fijo. wink.gif

¿Sabes? Parece mentira, pero no tenía ninguna de Caracciola enmarcada y puesta en "mi templo" biggrin.gif porque ninguna acababa de gustarme lo suficiente como para "representarlo" en UNA imagen.
Además, es que no se podría definir mejor el concepto de "VENCER", o la carga emocional y subjetiva que esa palabra arrastra frente a "GANAR" que tiene un significado mucho más restringido y delimitado.

UN BESO ENORME para ti.

Recuerda que siguimos teniendo "pendiente" lo más importante. wink.gif

PD: Aprovecho para pedir disculpas por la cantidad de erratas que se me fueron colando en mis respuestas de ayer. Me atropellaba el tiempo, me hubiera encantado contestaros con más calma, pero en el ímpetu de querer hacerlo fueron las prisas las que me atropellaron. Lo siento sad.gif

Juan Lobo: Desde luego no te voy a contestar antes de hora qué le pasó después a Caracciola........ tongue.gif

Publicado por: jonrodriguez el Apr 19 2008, 01:45 PM

Raquel tienes un mensaje privado mio
wink.gif

Publicado por: Raquel el Apr 19 2008, 01:55 PM

CITA(jonrodriguez @ Apr 19 2008, 01:45 PM) *
Raquel tienes un mensaje privado mio
wink.gif


Acabo de responderte smile.gif Lo siento... no he podido antes.

Publicado por: Raquel el Apr 21 2008, 09:50 AM

...me decía que las grandes carreras no eran para hacer experiencias...

"CAPÍTULO V


Hacía tres meses que estaba empleado en el salón de ventas, pero aún no había logrado vender nada. El salón estaba situado en un sitio espléndido, frente al “Hotel Europa”. Nuestros clientes pertenecían a la clase más selecta.
Algunos domingos tenía permiso para poder utilizar el automóvil de deporte con el que participar en alguna carrera. Naturalmente, no eran grandes acontecimientos deportivos, sino tan sólo pequeñas pruebas locales. Gané muchas, pero esto no cambió nada en mi situación. Era y permanecía siendo tan sólo el vendedor Rudolf Caracciola, con un salario de cien marcos mensuales y con derecho a un uno y medio por ciento de comisión por cada coche vendido por mi participación.
Desgraciadamente, ninguna comisión fue a parar a mi bolsillo. En cuanto había convencido a un cliente con mi charla de vendedor, salía Herzing del despacho y remataba la operación. Después me daba unas palmadas en la espalda y me decía que había trabajado muy bien.
En la sala de exposiciones trabajábamos tres vendedores. Los otros dos eran mayores y, naturalmente, más experimentados que yo. Cuando no había nada que hacer nos paseábamos vestidos con excelentes chaquetas de franela azul; contábamos chistes y hablábamos criticando a las gentes que veíamos pasar por la calle.
Mis compañeros parecían tener mucho mundo. Podían apreciar la valía de una mujer con sólo verla, y eran increíblemente expertos en el arte en el arte de conjeturar sobre sus cualidades y puntos débiles. Durante estas conversaciones me quedaba callado, pues no quería parecer ignorante. Me habría gustado tener novia, e incluso veía a una chica que me parecía encantadora. Vivía en el Hotel Europa. A veces la veía en su ventana, situada en el segundo piso. Vestía un traje ligero y contemplaba la calle. Al principio me contentaba con mirarla desde el fondo de la tienda; después salí al escaparate a sonreírle. Me devolvió la sonrisa, después desapareció tras los visillos.
En alguna ocasión la vi salir del hotel acompañada por un caballero de edad madura. Se dirigían a su automóvil; el portero habría la puerta con una reverencia. Pregunté acerca de ellos y supe que él era un negociante berlinés y ella una amiga suya. Se llamaba Carlota. Este nombre me agradó en extremo. Dejé de verla unos cuantos días. Cuando la encontré de nuevo sonreí abiertamente y me incliné un poco ante ella. Otra vez me devolvió la sonrisa y saludó con un movimiento de cabeza. Pero no sucedió nada más. Seguía asomándose a la ventana; y yo, continuaba en la sala de exposición. Hasta que por fin, abrí mi corazón al vendedor más antiguo, Heinz Von Berck. Este compañero tenía veintiocho años y descendía de una vieja y respetada familia. Me sugirió que fuéramos a tomar el té a la sala de baile del Hotel Europa. Él pretendería estar interesado por Carlota, mientras yo permanecía en un discreto segundo término.

- Eso es lo que hay que hacer si se quiere que una mujer enloquezca por uno – me dijo Von Berck; y a fe que sabía de lo que hablaba.
Fuimos al hotel el miércoles por la tarde. Era un día lluvioso. La gran sala donde se servía el té y se bailaba estaba a media luz. Allí estaba Carlota.
Nos sentamos cerca de ella. Von Berck hizo un gesto con la mano – de modo que se viese una gran pulsera de oro con forma de cadena – y pedió el té... Los músicos atacaron un fox lento y Von Berck , tal como habíamos acordado, solicitó un baile a Carlota. Los seguí con la mirada mientras se deslizaban por la pista. Tenía una figura bonita y grácil. Los dos formaban una atractiva pareja.
Paró la música. Berck volvió a nuestra mesa, se enjugó la frente con un pañuelo perfumado y me dijo:

- El próximo baile es para usted. Aprovéchelo bien, Caracciola.
Era un tango. Fui hacia ella sintiendo un ligero temblor en las rodillas. Carlota asintió con la cabeza y se levantó sonriendo. En seguida nos encontramos bailando

- ¿Conduce usted coche? – le pregunté.
- No.
- Pero, ¿le interesa el automovilismo?
- Un poco – repuso.
El saxofonista apartó su instrumento musical, se apoderó de un megáfono y cantó:
- “Te quiero tanto…” – con pasión capaz de derretir las piedras. Y luego suspirando: - “Te quiero…”
Aquello era exactamente lo que yo quería decir. Carlota sonrió:
- Usted es un gran piloto de carreras: ¿no es cierto?
- Así, así – le dije.
- Su amigo me ha hablado de usted.
- ¿De veras?
- “No puedo olvidarte…” –cantó el saxofonista. El traje y el cabello de Carlota exhalaban una fina y vaporosa fragancia de verbena, casi imperceptible.
- No es usted muy hablador – observó Carlota.
Sonreí con torpeza.
- Me gustaría que me viera conducir en alguna carrera – le dije.
- ¿Por qué?
- Pues porque creo que entonces me tendría en más consideración.
No podía ser una frase más torpe; y para colmo había hablado en voz ronca.
Primero, me miró con asombro, y luego rió. Tenía los dientes hermosos e iguales, y al reír pude ver el sonrosado interior de su boca. Acabó el baile y la acompañé hasta su mesa.
- Bueno, ¿qué tal ha ido? – preguntó Von Berck.
Me encogí de hombros. En aquel momento me era imposible poder decir nada.

Pocas semanas más tarde gané en Freiburg una carrera en pista, y después otra en Forstenried. Todo se reducía a copas y coronas de laurel, lo que no es suficiente para mantener a una esposa.
Me hubiese gustado inscribir mi nombre en algún Gran Premio; pero por el momento no podía ni soñarlo. Cuando le hablaba de estos asuntos a Herzing se limitaba a mover la cabeza y me decía que las grandes carreras no eran para hacer experiencias: debían ser reservadas para las figuras consagradas.
Poco después nos fuimos. Los días siguientes Carlota y yo nos encontramos a menudo, hasta que ella salió de Dresde.
Pese a todo, se produjo lo que yo apenas me atrevía a esperar. Mis éxitos durante el año 1924 no pasaron inadvertidos. Fui el primero en la prueba en cuesta en Praga, el primero en mi clase y con el mejor tiempo absoluto del día.
Después corrí en Nideggen y en otra carrera en cuesta en Eifel. El circuito era tan difícil y tortuoso que podía compararse con la Targa Florio de Sicilia. Excepto dos breves rectas, todo lo demás eran curvas. Unas ochenta en cada vuelta.

La prueba para turismos y coches deportivos tuvo lugar un sábado. El tiempo fue frío y ventoso durante los entrenamientos. El día de la carrera fue aún peor, pues se aproximaba tormenta. Ráfagas de viento barrían la pista. Un súbita racha me hizo perder la dirección; salí de la pista y choqué con un árbol. Mi automóvil sufrió bastantes desperfectos… ¡y yo había puesto mi ilusión en participar la siguiente mañana en la categoría de automóviles de carreras!
Pero también aquella vez me protegió la suerte. Una vez acabada la prueba del sábado, los mecánicos trasladaron el vehículo a Colonia y lo repararon durante la noche. Fue preciso suprimir los faros y los guardabarros. El domingo por la mañana mi Mercedes volvió a estar a punto. Gané esta carrera y con ella el Tourist Trophy alemán de 1924.

Por la tarde me dirigí a Remagen, donde mi madre me recibió con un gran abrazo.

En agosto tuvo lugar la prueba del collado de Klausen, en Suiza. El circuito tiene casi veintidós kilómetros; es el más largo, y me atrevería a decir que el más bello y diverso de los de montaña. El equipo de Mercedes estaba completo. Salzer y Merz conducían automóviles de carreras; yo, uno deportivo. Otros conductores independientes, como Kluge, granjero, Clemm, fabricante de papel, y Adolf Rosenberger también conducían Mercedes deportivos. Era una invasión de Mercedes. Nos patrocinaba el director Max Sailer, que llegó con un gran “seis cilindros” construido por el Dr. Porsche. Sobre el chasis se hallaba una enorme caja llena de todo género de piezas de repuesto para nuestros vehículos.
Estábamos reunidos en un pequeño hotel del valle de Lin, a los pies de Klausen. Después de los entrenamientos nos juntábamos en la taberna, un lugar agradable y algo ruidoso, con paneles de madera clara y mesas acordes con la decoración.
Otto Merz era la figura principal entre los ruidosos y alegres pilotos. Tenía la fuerza de un oso, y le encantaba exhibirse. Cuando yo estaba sentado a la mesa, absorto en mis asuntos, pasó su manzana entre mis piernas, asió el travesaño posterior de mi silla y me levantó en el aire, mientras yo pataleaba y reía. Kluge, Clemm, Rosenberger y algunos otros rodeadorn asombrados a Merz, que por fin me depositó en el suelo.

- Caballero – dijo a gritos -, ¿quién se atreve a apostar conmigo? Digo que cogeré un clavo y de un sólo golpe lo clavaré en la mesa, de tal manera que la punta saldrá por debajo. Por cada milímetro que sobresalga el clavo de la madera, gano una botella de champaña.
Se oyeron murmullos de incredulidad. El tablero tenía unos cinco centímetros de grueso. Guardé silencio. Sabía que Merz era capaz de hacerlo, pues lo había visto otra vez.
- Muy bien – dijo Kluge-: acepto la apuesta, aunque me cueste diez botellas de champaña. ¡Me gustará ver cómo te las arreglas!
Merz tomó un grueso clavo de unos quince centímetros de largo, lo sujetó con los dedos medio y anular, oprimió la cabeza del clavo con la palma de la mano y levantó el brazo para dar un golpe que retumbó en la habitación. Estaba clavado, y clavado profundamente. La punta sobresalía cuatro milímetros. Kluge encargó, por consiguiente, cuatro botellas de champaña, que decidimos guardar para después de la prueba, fuere para celebrar la victoria o bien para consolarnos por la derrota. Pudimos beber victoriosos, pues Merz fue primero en la máxima categoría y yo vencí en la de automóviles deportivos.

Por fin llegó el día en que quedaron colmadas todas mis esperanzas. Podía participar en los 800 km del Gran Premio de Italia. Mi papel se reducía al de suplente; pero de todos modos, estaba inscrito.
Los principales pilotos eran Werner, ganador de la Targa Florio, Alfred Neubauer y los amateurs conde Masetti, de Italia, y el conde Zborowski, de Inglaterra, los cuales tenían que conducir los nuevos Mercedes de 8 cilindros, dos litros, diseñados por el Dr. Porsche.
Dos semanas antes de la carrera nos encaminamos a Monza. Fui encargado de conducir el gran seis cilindros de la caja con las piezas de recambio, que debía llegar intacta a Monza. Durante la primera noche de camino debía encontrarme, en Suiza, con Neubauer.

- Werner se aloja siempre en uno de esos pequeños albergues del valle del Sihl, en Sihlbrugg – me dijo Neubauer -. Vayamos allá porque es seguro que encontraremos buena cocina. Mañana, por el paso de San Gotardo, iremos a Milán.
Decidimos pasar la noche en Sihlbrugg. En cuanto nos sentamos a la mesa, Neubauer llamó a la camarera.

- Dígame, señorita, ¿qué vino acostumbra a beber el señor Werner cuando se hospeda aquí?
- ¿El señor Werner? – dijo sonriente-. El señor Werner no bebe otra cosa que champaña.

Pasar el San Gotardo conduciendo aquel automóvil cargado con la caja de repuestos no era propiamente una diversión. Era poco apropiado para aquellas curvas, por lo que tuve que luchar con toda mi fuerza para poder dirigirlo por aquel pedregoso, estrecho y polvoriento camino.
Llegamos a Milán por la tarde, cansados, sucios, pero indemnes. El Hotel Marchesi, donde teníamos reservadas habitaciones, estaba situado en un idílico extremo del Parque de Monza. Mas no quedaban libres habitaciones individuales, por lo que Neubauer y yo hubimos de compartir una doble.
Los mosquitos que procedían del parque eran inaguantables. A pesar de los espesos visillos, aquellas criaturas sedientas de sangre entraban a bandadas y se posaban en las blancas paredes.
Cuando llegó la hora de acostarnos, Neubauer y yo nos escurrimos en la habitación con la luz apagada. Corrí a la ventana y la cerré. Neubauer encendió la luz y, armados de zapatillas, empezamos una auténtica batalla contra los mosquitos. Si subíamos a las camas podíamos atacar a los del techo. Por lo menos exterminamos sesenta mosquitos. Las paredes mostraban huellas de que otros huéspedes habían emprendido cruzadas parecidas. En resumen, podíamos dormir en paz.

Durante los entrenamientos no tuve ocasión de poder conducir. Costó mucho trabajo ajustar los coches, hasta tal punto que los pilotos titulares apenas dispusieron de tiempo para entrenarse. Me dediqué a observar a los automóviles Alfa Romeo, que parecían más potentes que los nuestros.
Ascari era un hombre de apariencia impresionante. Conducía un Alfa y era el adversario más temible.

El 19 de octubre de 1924, a las diez de la mañana, dio comienzo el Gran Premio de Italia, con 800 km de recorrido. Ascari arrancó como una exhalación. Yo tenía el mejor asiento como espectador, pues subí al tejadillo de nuestro departamento. Werner y el conde Zborowski no pudieron arrancar en el primer momento; los motores no quisieron ponerse en marcha.
Por fin logró salir Werner, y después Zborowski.
Ascari, con su Alfa, se situó destacado en cabeza. Los seguidores Campari y Werner, y más lejos Masetti, los tres con Mercedes. Luego iba el grupo formado por Minoia, Neubauer y Werner. En la vuelta diecisiete, Werner se detuvo en el box para cambiar bujías. Una pérdida de cinco u ocho minutos.

- ¡Caracciola! – me llamó Sailer -. ¡Baje, venga, salga!
Fingí que el ruido de los motores no me dejaba oír, y bajé sin apresurarme del tejadillo. Cuando llegué, Werner ya había partido. Neubauer se detuvo también para cambiar bujías. Se detuvo Merz: cambió bujías.
Ascari casi volaba. Batió el récord de la vuelta, a la velocidad de 147 kilómetros por hora.
Después de los primeros 400 km, los Alfa Romeo se detuvieron para repostar. Ascari tenía mucha prisa por arrancar de nuevo. Olvidó que había llenado por completo el depósito y que por consiguiente había variado el centro de gravedad. Al abordar una curva el coche patinó, se atravesó en la pista, pero en el último momento Ascari pudo dominarlo. El conde Masetti abandonó en la vuelta 42 por rotura del conducto de la gasolina. Zborowski repostó en la vuelta 47 y cambió neumáticos. Después se situó detrás de Ascari. Nada más desaparecer de nuestra vista, oculto por la primera curva, vimos una gran polvareda. La gente corrió agitando los brazos. Zborowski se había estrellado. En la famosa y estrecha curva de Lesmo reventó el neumático delantero derecho y el automóvil chocó con un grueso poste. Le llevaron al hospital con el cráneo fracturado y poco después murió.
Ascari cruzó la meta con varias vueltas de ventaja sobre los demás. Entonces supimos la muerte de Zborowski. Max Sailer levantó la bandera para que Werner y Neubauer pararan en señal de luto por la muerte de un camarada de equipo y gran deportista.
A principios de siglo, el padre del conde Zborowski sufrió un accidente mortal en el sur de Francia. Conducía un Mercedes en una carrera en cuesta.
Al parecer, el accidente tuvo origen en que uno de los gemelos de la camisa del conde se enredó en el volante, lo que durante un momento le hizo perder la dirección.
El Gran Premio había acabado. Estaba contento por no haber pasado por la dura prueba de conducir en aquellas desgraciadas circunstancias

El año 1925 me proporcionó 8 victorias con mi Mercedes, entre las cuales 4 en carreras en cuesta y la de Batschari en Baden-Baden. Pero tampoco aquel año tuve la satisfacción de tomar la salida en un Gran Premio."

Editado para corregir mis tan acostumbradas erratas de teclado. Lo siento sad.gif Revisaba más pendiente de los nombres "raros" (de términos no castellanos) y se me han pasado en las cosas más tontas.
De todas formas, hay quizás una que no es "mía", sino de la edición del libro. Es esta frase: "Ascari, con su Alfa, se situó destacado en cabeza. Los seguidores Campari y Werner, y más lejos Masetti, los tres con Mercedes. Luego iba el grupo formado por Minoia, Neubauer y Werner". Esto no me cuadra. Es que se da en más de un caso este tipo de errtas de edición, como cuando nombra el año 1942 en lugar de 1924, y al leer te das cuenta de que es imposible que fuera el 42. Luego ya te aparece 1924.

Publicado por: Ferrari F399 el Apr 21 2008, 10:32 AM

CITA(Raquel @ Apr 19 2008, 01:40 PM) *
¿Sabes? Parece mentira, pero no tenía ninguna de Caracciola enmarcada y puesta en "mi templo" biggrin.gif porque ninguna acababa de gustarme lo suficiente como para "representarlo" en UNA imagen.
Además, es que no se podría definir mejor el concepto de "VENCER", o la carga emocional y subjetiva que esa palabra arrastra frente a "GANAR" que tiene un significado mucho más restringido y delimitado.


Raquel, a mí hay dos fotos de Caracciola que me encantan y que pienso que también te habrían valido para tu "templo" (sin desmerecer la del gran Cosworth, que es preciosa) . Seguramente las conozcas -sobre todo si tienes el libro Racing the Silver Arrows de Chris Nixon.

Bueno, en una de estas fotos está de pie vestido de piloto subido a su Mercedes rodeado de chicos que le miran con admiración mientras él sonríe en el GP de Trípoli, con fondo de palmeras, si no recuerdo mal.

En la otra está sentado. En una silla de madera... siendo acarreado por dos personas tras aquel accidente en el GP de Mónaco que tanto le marcaría... Creo recordar que un fino reguero de sangre le recorre la frente, y su mirada... uf, pone los pelos de punta sad.gif .

Gracias por el tópic, una maravilla.

Publicado por: tenista el Apr 21 2008, 10:36 AM

Muchas gracias, de nuevo, Raquel.

Una pequeña duda, y perdona mi ignorancia, ¿por que en negrita Alfred Neubauer?.

Publicado por: Raquel el Apr 21 2008, 10:47 AM

CITA(Ferrari F399 @ Apr 21 2008, 09:32 AM) *
Raquel, a mí hay dos fotos de Caracciola que me encantan y que pienso que también te habrían valido para tu "templo" (sin desmerecer la del gran Cosworth, que es preciosa) . Seguramente las conozcas -sobre todo si tienes el libro Racing the Silver Arrows de Chris Nixon.

Bueno, en una de estas fotos está de pie vestido de piloto subido a su Mercedes rodeado de chicos que le miran con admiración mientras él sonríe en el GP de Trípoli, con fondo de palmeras, si no recuerdo mal.

En la otra está sentado. En una silla de madera... siendo acarreado por dos personas tras aquel accidente en el GP de Mónaco que tanto le marcaría... Creo recordar que un fino reguero de sangre le recorre la frente, y su mirada... uf, pone los pelos de punta sad.gif .

Gracias por el tópic, una maravilla.


Coincidimos plenamente, Julián. smile.gif

La que me dices del libro de Chris Nixon, Racing de Silver Arrows me encantó. Mucho. Pasmada estuve ante ella absorbiendo detalles. wink.gif Y es curioso, porque cuando leí en esta biografía de Caracciola el Gran Premio de Trípoli me venía constantemente a la mente esa imagen. Es cuando se te dibujan sin querer las sonrisas al leer.
O como en este capítulo, el V, habiendo leído primero "Hombres, mujeres y motores", "conociendo" a Neubauer como allí se muestra, verlo a saltos sobre la cama pegando zapatillazos a las paredes y el techo en guerra contra los mosquitos, me lo imaginaba y... ¡uf, lo que me llegué a reír!

La foto del GP de Mónaco, tras el accidente, me produjo verdaderos escalofríos cuando la vi "en grande" en el libro Mónaco Grand Prix, de M. Hewett (precioso libro). Me impactó mucho. Y recuerdo que la posteé en el tema de Previo-Carrera Gran Premio de Mónaco, tras el relato que había escrito Accitano. smile.gif

Pero como bien dices, ésta de Coosworth, además, tiene ahora un valor afectivo añadido. wink.gif

Publicado por: Raquel el Apr 21 2008, 10:52 AM

CITA(tenista @ Apr 21 2008, 09:36 AM) *
Muchas gracias, de nuevo, Raquel.

Una pequeña duda, y perdona mi ignorancia, ¿por que en negrita Alfred Neubauer?.


Tenista, es normal tu duda. Lo he puesto yo. rolleyes.gif Porque es en ese punto la primera vez que encontraba a Neubauer en el libro de Caracciola y me hizo especial ilusión. No hay más razón.

Igual que, si os fijáis, antecediendo a cada capítulo rescato una frase del mismo que coloco casi a modo de titular: en negrita y cursiva. Siempre se trata de algo que por lo que sea me ha llamado particularmente la atención o que recoge en general cosas explicadas en el capítulo.
Pero no hagáis demasiado caso porque se trata de algo personal mío. wink.gif Un pequeño "capricho".

Publicado por: Nivola el Apr 21 2008, 03:35 PM

Supongo que esta ya la tienes...
Es una foto que siempre me ha gustado...con ese aire a "viejo mito"... y sobre todo esa mirada,no se, ese brillo en los ojos, como mostrando una ilusión infantil, hambrienta, capaz de devorar cualquier obstáculo que se le impusiera en la vida, como así fué (y hay que ver la de trabas y trampas que le deparó su carrera y la vida...).
Y con autógrafo y todo wink.gif


Publicado por: Raquel el Apr 21 2008, 03:46 PM

Sí la tengo, sí smile.gif Pero no me importa lo más mínimo tenerla repetida. wink.gif

Es más, te diré incluso que a veces la pongo de avatar en el messenger porque tengo un amigo "Nuvolarista" al que, cuando le chincho (¡en broma sana siempre!), le pongo en imagen a Caracciola. biggrin.gif

Y más te diré. wink.gif en este momento intentaba ponerte para ti rolleyes.gif una muy bonita de Nuvolari en Montjuïch pero la página web que yo suelo utilizar para hostear fotos en el foro no funciona nada bien ahora. He conseguido subirla tras un montón de intentos, pero no me atrevo a postearla porque sigue fallando y no se vería. angry.gif

Y esto antes de ver la tuya. ¡Mil gracias, NIVOLA! smile.gif

Publicado por: Ferrari F399 el Apr 21 2008, 03:58 PM

Pues me han dado ganas de volver esas fotos de Caracciola que antes citaba y las he buscado y encontrado. Y aquí están:



Tras su accidente en el GP de Mónaco del 33.







En el GP de Trípoli del 35.





Sacadas del interesantísimo y muy recomendable artículo de Leif Snellman en el 8W de Forix:

http://www.forix.com/8w/caracciola.html

P.S. También muy recomendable la página de Leif Snellman sobre la Golden Era (si es que alguien no la conoce ya):

http://www.kolumbus.fi/leif.snellman/main.htm

Publicado por: Raquel el Apr 21 2008, 04:14 PM

smile.gif

¡Exacto! ¡Ésas son, Julián!

Bueno, la de Mónaco no me gusta mucho verla, ésa es la verdad. La cara en shock, la pierna torcida y levantada... ¡buf!

Pero la de Trípoli es tan bonita... Supongo que, además, inconscientemente, el paisaje de fondo de las palmeras me recuerda al paseo de La Ribera de Sitges y se me cruzan pensamientos: vamos, que no me da vergüenza decirlo, que me lo imagino ahí... laugh.gif laugh.gif laugh.gif

Publicado por: Raquel el Apr 22 2008, 06:16 PM

CITA(Nivola @ Apr 21 2008, 02:35 PM) *
Supongo que esta ya la tienes...
Es una foto que siempre me ha gustado...con ese aire a "viejo mito"... y sobre todo esa mirada,no se, ese brillo en los ojos, como mostrando una ilusión infantil, hambrienta, capaz de devorar cualquier obstáculo que se le impusiera en la vida, como así fué (y hay que ver la de trabas y trampas que le deparó su carrera y la vida...).
Y con autógrafo y todo wink.gif



Creo que ahora sí funciona mejor el enlace de las fotos. Al menos a mí (que sólo de este modo puedo comprobarlo...)



Tazio Nuvolari y su "Alfa Romeo 2800-Monza" de la Scuderia Ferrari, en una de las curvas de la bajada a Montjuich.

Espero que también te guste. wink.gif

Tras él traza Esteban Tort, con un Nacional Pescara, cuyo motor llevaba un compresor.

(Fuente: Javier del Arco, Història de l´automobilisme a Catalunya)

Publicado por: tenista el Apr 28 2008, 09:06 AM

Raaqueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeel, ¿para cuando otro capitulo?. Nos haces sufrir mucho y ademas con el paron de dos semanas que tenemos hasta el proximo GP, que mejor que leer tu relato. Te contesto antes de que me contestes, que se que lo vas a hacer, en este foro Si es tu relato

Publicado por: Raquel el Apr 29 2008, 09:37 AM

wink.gif

Nuestra única brújula era el sentido del deber.

CAPÍTULO VI



En junio supe que la casa no tenía intención de participar en el Gran Premio de Alemania de 1926, que debía disputarse en el circuito de Avus, porque la fecha coincidía con el Gran Premio de Europa, en el circuito de Lasarte en San Sebastián, y por asuntos de exportación concedía más importancia a esta carrera.

Pedí permiso a Herzing para trasladarme a Stuttgart. Como hacía dos años, me encontré ante la puerta tapizada del director; pero esta vez entré y expuse en persona mi petición. Durante dos horas bombardeé al director con solicitudes, promesas y argumentos de todas clases, hasta que logré disipar todas sus dudas.

Me concedió un coche. No obstante, no representé a la firma. Tan sólo era Rodolfo Caracciola; un independiente que corría por cuenta propia y que, si no vencía, soportaría solo – por lo menos ante el público – el peso de la derrota. Rosenberger, el otro piloto de la Mercedes, condujo bajo idénticas condiciones.

Una semana antes de la carrera salí para Berlín. Con el fin de ahorrar me hospedé en un pequeño hotel del centro. Cada mañana me entrenaba en el Avus.

Era aquél un verano lluvioso. Los días eran grises sin que luciera en ningún momento el sol. No pude dar ninguna vuelta sin que las ráfagas de lluvia azotasen la pista. Por las tardes regresaba al hotel empapado y muerto de cansancio. Estaba deprimido, pues, según lo rumores que llegaban a los boxes, Minoia, Chassagne y urban-Emmerich lograban mejores tiempos que yo, y además sabía que Rosenberger también corría con mayor velocidad.

El viernes, durante el entrenamiento, se produjo un terrible accidente. En la vuelta meridional, Plate y Heine chocaron. Plate sufrió graves heridas y Pinoli, su copiloto, murió en el acto. Pasé por allí un minuto después del accidente. Unos camilleros conducían a Plate, mientras Pinoli yacía en el suelo en el mismo lugar en que había muerto.

Bajé del automóvil y le miré. Era la primera vez, en mi vida, que veía un cadáver. Estaba tendido de espaldas, con los brazos abiertos como si estuviera clavado a una invisible cruz. En sus abiertos ojos se reflejaba el cielo. El agua de lluvia se esparcía por su rostro. Vino un camillero y lo cubrió con una lona. Solamente quedaron al descubierto los pies, calzados con blancos zapatos de lona.

Era una visión desconsoladora. Volví tembloroso al hotel y procuré no pensar en aquellos zapatos blancos.

Carlota llegó aquella misma tarde, cariñosa y llena de excitación. Había leído en los periódicos todo lo que se refería a los entrenamientos, y había subrayado los párrafos en que se citaba mi nombre. No eran muchos. Para los técnicos, los favoritos eran Rosenberger, Minoia, Riken, con un NAG, y Urban-Emmerich. De mí sólo decían que quizás eljoven Caracciola podría dar una sorpresa.



- Si ganaras – me dijo Carlota - , obtendrías diecisiete mil marcos y una copa de oro.

Se había enterado de ello por la prensa.

El domingo empezó con un sol brillante. La salida estaba señalada para las dos de la tarde; pero cuando, hacia la una, nos dirigimos al Avus, vimos por el oeste unos amenazadores nubarrones plomizos.

La carrera estaba dividida en tres categorías. Primero los vehículos más potentes, y luego los nuestros. Esperábamos frente a la tribuna. Intenté localizar a Carlota entre aquella masa de gente, pero era imposible reconocer a nadie en aquel oscilante mar de cabezas.

Contemplé la pista. El asfalto se extendía negro y liso bajo la luz gris de la tarde. Llegó el momento de la salida. A lo lejos, en la gran curva, desaparecían los primeros automóviles. Los demás partieron, pero yo permanecí en mi puesto, ante las tribunas, sin lograr hacerlo. Salzer, mi copiloto, palideció.

El motor no quería ponerse en marcha.



- ¡Vamos, rápido, salta afuera y empuja! – grité.

Saltó y empezó a empujar. Oprimí el acelerador, pero el motor no respondía. Sentí cómo se empapaban de sudor mis manos por causa de la excitación. Por fin funcionó el motor. De un salto, Salzer se situó a mi lado y arrancamos.

Seguimos la pista, que desaparecía tras una verde masa de pinos. Cambié, disminuí velocidad, aceleré otra vez; pero todo lo hacía de manera mecánica. Estaba terriblemente deprimido; nada me importaba. Otro corredor se haría con la victoria; yo habría de limitarme a contemplar la batalla de los demás. Me llevaban un minuto de ventaja, y sabía de lo que eran capaces Rosenberger y Minoia.

Continué corriendo; pasé por delante del box, seguí la recta hasta la vuelta sur, después seguí por la otra recta hasta llegar cerca de Halensee, en el gran recodo del norte.

Empezó a llover cuando pasé por cuarta vez por delante de las tribunas. Al principio eran unas pocas gotas grandes; pero después arreció, y luego el coche atravesó una verdadera rociada. En un instante quedamos empapados hasta los huesos. Pero lo peor fue que la pista se hizo resbaladiza como si hubiese sido enjabonada, con aquella peligrosa viscosidad que habíamos temido durante los entrenamientos. Conduje, empero, y seguí conduciendo. La lluvia empañaba el parabrisas y las ruedas despedían cascadas de agua. Cuando volví a pasar ante el box vi un gran grupo en nuestro puesto; dos coches habían aparcado en la franja de césped que dividía la pista.

Disminuí algo de velocidad y me mantuve en los 160 km. Consideré que era mejor llegar al final, aunque fuese el último, que abandonar. Debía esa atención a la firma.

Estábamos en la octava vuelta. Pasé ante el palco de la prensa… Ante la caseta de los cronometradores…

Sentí aquello como un mazazo.

Un coche se había estrellado en la caseta. La pista estaba llena de trozos de cristal y metales retorcidos. Un hombre yacía en el suelo y otros llegaban corriendo. Deseé detenerme, pero mi deber era continuar.



- ¿Quién es? – pregunté gritando a Salzer.

- Me parece que es Rosenberger.

Rosenberger, mi compañero. Por consiguiente, era yo el único que continuaba corriendo con un Mercedes.

En la siguiente vuelta paré en el box para repostar. Nuestro principal proyectista, el Dr. Porsche, , estaba allí con Sailer. No de una manera oficial, empero, puesto que no corríamos en nombre de la empresa Mercedes, pero querían atender a los protegidos de la firma.



- ¿Qué ha pasado? – pregunté ansiosamente -, ¿Rosenberger?

El Dr. Porsche asintió con la cabeza.

- ¿Grave?

- No, leve.

No quedé convencido. El coche tenía que haber chocado contra aquel cobertizo con una fuerza terrible.

Reprendí la carrera. Alrededor del palco de la prensa se apiñaba una masa humana. Mientras corría pude ver cómo extendían a alguien en una ca,illa.

Proseguí.

La lluvia no cedía, por lo que la pista estaba tan resbaladiza que no podía sino fijar toda mi atención en la tira de reluciente asfalto. Brillaba como si fuera de piel de foca.

Vuelta novena… Décima… Corríamos por la gran recta. Al otro lado un coche azul empezó a patinar, atravesó ante nosotros la franja de césped y, como un rayo azul, acometió a los espectadores.

Era preciso no mirar atrás. ¡Era preciso continuar corriendo!



- ¿Quién ha sido?

Salzer se encogió de hombros.

Undécima vuelta…

El motor no funcionaba bien; fallaba una bujía. Fue necesario, pues, volver a parar en el box. El reglamento señalaba que sólo el piloto podía intervenir en la reparación del coche. Abrí el capó y desenrosqué la primera bujía. Quemaba. La arrojé al Dr. Prosche, que permanecía en el fondo. La examinó con lupa, movió la cabeza y me la devolvió. Otra bujía; después la tercera. Mis manos temblaban nerviosamente.



- Ningún defecto; no, no puedo encontrar ninguno – decía el Dr. Porsche.

Los demás continuaban corriendo. Pasaban uno detrás del otro, rugían los motores, dejando detrás nubes de gases quemados. La quinta bujía, la sexta, la séptima… finalmente ¡la octava! Rápidamente enrosqué una bujía nueva, cerré el capó, salté a mi asiento, y arrancamos.



- Un minuto y medio – me dijo Salzer, y repuso el cronómetro de paro en el parabrisas.

Un minuto y medio; ¿tenía alguna finalidad continuar corriendo? Vuelta doce, trece. La lluvia había cesado. Se había producido otro accidente en la curva sur. La barandilla que resguardaba a los espectadores estaba rota; se veía una ancha brecha entre el público.

Poco a poco fueron apareciendo trechos secos en la reluciente pista de asfalto. Aceleré hasta unos 200 km/h. Adelantamos a otros automóviles, o quizás sería mejor decir a bastantes, puesto que sus conductores no querían arriesgarse; ya se habían producido demasiados accidentes. Pero ni aun manteniendo aquella velocidad tenía probabilidades de vencer.

Un minuto y medio… ¡No podría recuperarlo!

Corríamos, corríamos… No sabía cuál era nuestro puesto en la clasificación, ni quiénes nos precedían y nos seguían. Era como correr perdido en la niebla, solitario y sin orientación. Nuestra única brújula era el sentido del deber. De vez en cuando Salzer me hacía señas como si quisiera decirme: “¡Aprisa; corre; más aprisa…!” Mas ya había llegado al límite de lo que podía rendir el motor; no era posible forzarlo más sobre aquella traidora pista.

Vuelta dieciocho, diecinueve, veinte… por fin la última. Me pesaban las piernas y los brazos; mis ojos estaban cansados. No valía la pena continuar.

La meta.

Frenamos. Nos detuvimos.

Salí lentamente de mi asiento, con pesadez, con las piernas temblorosas. Me sentía cansadísimo, desanimado, reventado. Las ropas empapadas se me pegaban al cuerpo. De repente, empezó la gente a correr hacia mí. En las tribunas el público se puso en pie y gesticuló alocadamente. Salzer vino corriendo.



- Rudi, ¡victoria! ¡Victoria! – gritaba desde lejos.

Se oyó el himno nacional; se izó la bandera alemana, y alguien me envolvió en una enorme corona de laurel. Miré a Salzer; el me miró, y de repente estallamos en una risa desbordada. La gente nos miró con asombro, y también estalló en risas. Empecé a estrechar manos, a recibir ramos de flores. Los fotógrafos. Dimos la vuelta de honor.

Buscaba con la vista a Carlota. No pude verla; no había venido a felicitarme.

Me sentí defraudado. Me despedí de prisa del Dr. Porsche y refresé al hotel. Quería tomar un baño, refrescarme, ponerme ropa limpia y seca. Cuando empezaba a desvestirme, llamaron a la puerta. Era Rathmann.



- Rudi –exclamó -, hijo mío, ¡esto es algo grande! Estoy de veras orgulloso de ti.

Quiso abrazarme; le aparté con un gesto.

- Deja estar todo esto; olvídalo – le dije -. He tenido suerte y nada más.

Buscó una silla, pero acabó por sentarse en la cama.

- Bien, mi querido Rudi – dijo -, ahora quiero participar de tu éxito. Has ganado diecinueve mil marcos. Mañana mismo venderé mi fábrica de muñecas, de modo que yo también tendré diecisiete mil marcos. Juntamos ese dinero y abrimos un salón de venta de automóviles en Kurfuerstendamm. Rudolf Caracciola, vencedor del Gran Premio de Alemania, vendedor de coches. Si esto no atrae a los clientes, es que no conozco a mi Berlín. ¿De acuerdo?

- Lo pensaré – le respondí en un displicente gesto.

En aquel momento sonó el teléfono. Carlota.

- Te felicito – me dijo. Su voz no era alegre.

- ¿Qué te pasa?

- Nada; absolutamente nada.

- ¿Por qué no viniste a verme?

- Salí antes de acabar – me contestó.

- ¿Nos veremos ahora?

- ¡Claro! Por eso telefoneo.

Media hora más tarde nos encontramos en un restaurante de la Plaza Potsdam. Al verla comprendí que había llorado.

- ¿Qué te pasa, Carlota?

- Nada – contestó nuevamente.

- ¿Por qué te fuiste antes?

Estaba temblando.

- Mira – explicó -: estaba sentada al lado de la esposa de Chassagne, ¿comprendes?, de aquel francés que se estrelló en la undécima vuelta. Ella, a mi lado, miraba tan sólo a la pista… esperando… esperando… Estoy segura de que rezaba en voz baja. Anunciaron que Chassagne se había estrellado… que estaba gravemente herido. De repente empezó a llorar. Nunca había visto llorar de aquella manera; sin sollozos, solamente con lágrimas, lágrimas que rodaban por sus mejillas; estaba pálida como la nieve. Tuve que irme. No podía más.

Le acaricié la mano.

- Rudi, ¿continúas queriendo ser corredor?

- Sí; tengo que serlo.

Aquella noche supe que llegaría el momento en que Carlota y yo nos uniéramos para siempre.

Publicado por: Raquel el Apr 29 2008, 10:09 AM

Recojo un párrafo del capítulo que acabo de postear:

"Pedí permiso a Herzing para trasladarme a Stuttgart. Como hacía dos años, me encontré ante la puerta tapizada del director; pero esta vez entré y expuse en persona mi petición. Durante dos horas bombardeé al director con solicitudes, promesas y argumentos de todas clases, hasta que logré disipar todas sus dudas."

Y ahora, quienes hemos leído "Hombres, mujeres y motores", no podemos dejar de pensar en ESTO:

"En junio de 1926, Berlín vive una novedad sensacional. En el Avus se corre el Gran Premio de Alemania, una carrera como jamás ha tenido ocasión Berlín de contemplar. Cuarenta corredores de todo el mundo se han inscrito para tomar parte en ella; en realidad, todos los que gozan de nombre y rango internacional. Sólo Mercedes, como suele llamarse generalmente a la casa, no comparece en la carrera, como tampoco sus corredores titulares, porque Mercedes se traslada a España por esas mismas fechas, con su equipo de viejos maestros, para tomar parte en una carrera que no se habrá de celebrar en San Sebastián.

- ¡Esto es una cochinada! –estalla de pronto el taciturno y paciente Caracciola, con gran asombro y susto de todos sus colegas. Perplejos, miran todos al enfurecido muchacho, que estruja con furia una revista deportiva y la arroja al suelo.

Y, acto seguido, este chico se lanza como un poseso hacia el despecho del Jefe de Ventas de la filial de la Mercedes en Dresden y, echando llamas por los ojos, pide tres días de permiso. El Jefe de Ventas no se atreve a oponerse ni tampoco exige una explicación; tan perplejos se han quedado todos ante este repentino cambio experimentado por Caracciola. Éste empaqueta sus bártulos y se encamina a Untertürkheim, a la gruta del león.

Rudi Caracciola, el tímido muchacho de la cara pálida, busca por segunda vez en su vida una mandíbula en la que descargar su puño. Pero esta vez el golpe es de carácter más bien moral…

Media hora larga de anestesia debe guardar Rudi antes de ser recibido por el director Sailer. Por si fuera poco, Sailer no es solamente el director de la casa, sino que tiene también un buen nombre de corredor. Al fin se abre la puerta tapizada de cuero claveteado. El sombrío despacho está lleno del humo de fuertes y aromáticos cigarros puros.

- Bien, señor Caracciola –dice el director a modo de saludo-. ¿Qué le trae a usted hasta mí?

Rudi, muy en contra de su costumbre, aborda el tema sin rodeos.

- Según he leído, la Mercedes no tomará parte en la carrera del Avus, ¿no es así, señor director?
- Exactamente, para nosotros es más importante la carrera de San Sebastián. Necesitamos aumentar las exportaciones y, para ello, necesitamos propaganda… bajo la forma de triunfos…
- Pero entonces, ¿es que le da a usted igual lo que ocurre en Alemania? ¡La carrera del Avus es el primer Gran Premio que se corre desde hace varios años!

Sailer se encoge de hombros.

- Ya lo sé. Pero participar en dos carreras al mismo tiempo es cosa que supera nuestras actuales posibilidades. Y no nos gusta hacer las cosas a medias.

Rudolf coge aliento y luego estalla:

- Si usted me diese un coche… ¡lo lograría yo solo!

El director levanta el arco de las cejas.

- ¿Usted…? ¡No me venga usted con bromas! Un muchacho como usted, sin experiencia… ¡contra la élite de los corredores del mundo!
- He cumplido ya veinticinco años, señor director, y logrado hasta la fecha diecinueve victorias al volante de los Mercedes. ¿Es que eso no significa nada?
- ¿Diecinueve victorias? ¡Vaya, qué magnífico! Pero, ¿en qué clase de carreras si puede saberse? A través de los montes de Silesia, la vuelta a Sajonia, el Teutoburger Wald y otros sitios por el estilo. El Avus es otra cosa muy distinta. Para correr en él se necesita mucha experiencia. Y ésta la tienen nuestros viejos…
- ¡Los viejos! ¡Siempre a vueltas con los viejos! –interrumpe Caracciola inconsideradamente-. ¡Estoy ya hasta la coronilla de mirar siempre hacia esos viejos intocables con admiración y veneración, como si fueran héroes! ¡La verdad es que no son tan dignos de admiración!

Sailer frunce el entrecejo, con creciente enojo…

- Modérese usted, señor Caracciola. En definitiva, los viejos que tanto le irritan a usted han tenido que luchar harto duramente para conseguir sus victorias.”


(HOMBRES, MUJERES Y MOTORES. Recuerdos del Director de Carreras Alfred Neubauer, recogidos por H.T. Rowe )

Al menos, a mí, me resulta inevitable esta especie de "fuga mental" de un texto a otro. rolleyes.gif

Publicado por: tenista el Apr 29 2008, 12:25 PM

Muchas gracias Raquel, por un momento he pensado que nos dejabas con la incertidumbre de quien habria ganado. Espero con impaciencia el siguiente capitulo.

Muchas Gracias wink.gif

Publicado por: Raquel el Apr 29 2008, 03:56 PM

CITA(tenista @ Apr 29 2008, 12:25 PM) *
Muchas gracias Raquel, por un momento he pensado que nos dejabas con la incertidumbre de quien habria ganado. Espero con impaciencia el siguiente capitulo.

Muchas Gracias wink.gif


Pues el siguiente capítulo (lo tengo a medias huh.gif ) es sencillamente precioso...
Trata de lo que significa amar a un coche de carreras.
Es sólo para "románticos"... biggrin.gif

Me encanta...............

Publicado por: tenista el Apr 29 2008, 04:43 PM

Entonces, aqui lo espero ansiosamente wub.gif

Publicado por: jonrodriguez el Apr 30 2008, 02:20 PM

bueno no tiene nada que ver con el Penya Rhin ni nada de eso pero buscando entre tanta cosa en el disco duro he encontrado esto

es un documento PDF con 200 y pico paginas (todo en ingles) sobre la temporada del 1931 con imagenes incluidas y he decido colgarlo para que todos podais tenerlo

http://www.megaupload.com/es/?d=9KWHHPRS

espero que os guste tanto como me esta gustando a mi A orillas del Rhin

Saludos!

Publicado por: Raquel el Apr 30 2008, 02:44 PM

Jon, lo pruebo y lo pruebo y... no consigo descargarlo. sad.gif

O quizás hago algo mal. Introduzco el código de letras (como siempre), espero los segundos que indica y, cuando clico sobre el enlace del archivo, me devuelve al principio... sad.gif

Si puedes echarme un cable, te lo agradecería mucho. smile.gif

Publicado por: jonrodriguez el Apr 30 2008, 02:55 PM

Raquel, acabo de probarlo y a mi me funciona muy bien, que utilizas Internet Explorer o Firefox Mozilla? porque puedes ser algo de los cookies

si utilizas Internet Explorer: en el IE dale a Herramientas - Opciones de Internet - en General clic en Eliminar cookies, aceptar y aceptar

si usas Firefox: Herramientas- limpiar informacion privada - selecciona solo cookies

espero que esto te funcione sino lo vuelvo a subir a otro servidor para que te funcione

Publicado por: Raquel el Apr 30 2008, 03:03 PM

Mil gracias, Jon. smile.gif

Pero vaya por delante que con menuda lerda para estos temas informáticos acabas de topar huh.gif

Lo probaré con calma todo eso que me indicas a ver si doy con lo que tengo y uso y si lo consigo... laugh.gif
,
Si veo que no puedo, no dudaré en darte la "tabarra" por MP para que me ayudes más. biggrin.gif

¡GRACIAS!

Publicado por: jonrodriguez el Apr 30 2008, 03:15 PM

tu tranquila Raquel que no das la tabarra yo encantado de ayudar/ayudaros

Publicado por: Raquel el Apr 30 2008, 03:21 PM

smile.gif

Te has explicado de maravilla. Estoy en ello. Te he mandado un MP. Si veo que no puedo, de verdad que te lo diré sin dudarlo. wink.gif
Gracias otra vez.

Publicado por: Raquel el Apr 30 2008, 05:03 PM

[Nota: mientras lo dicho anteriormente queda en pausa: ya nos las arregalremos Jon y yo wink.gif Sigo...]

Di una "pista": que era un capítulo para "románticos".

De un plumazo se me adelantó ph34r.gif
Lo mejor del asunto es que nada de todo esto estaba previamente planeado (él lo sabe tan bien como yo ).

Como no podía ser de otra forma, no llegué a meta a tiempo y él se me adelantó. biggrin.gif

Desde la primera vez que leí este capítulo tenía muy muy claro que algún día quería dedicárselo a KARNAPLOSKY. smile.gif
Porque una vez, y espero que sean muchas más, nos tomamos una deliciosa cerveza helada cuando más calor hace y compartiendo mariposas en el estómago que jamás podré olvidar. smile.gif Y fue un momento fantástico. Tanto, que incluso "me aparté" 10 cm del mismo para "verlo desde fuera" como si quisiera registrar una filmación.
Y así es: tengo cada paso (aunque me perdí y dimos muchas vueltas, y recibí hasta un gorrazo!!! tongue.gif ) en la memoria visual y sensitiva.

¿Otra pista?

Fue en el GP de España de 2007

¿Más "pistas"?

En ese momento, entre aquella charla, hubo una cosa de la que hablamos: de este libro de Caracciola. Y yo me prometí en silencio que algún día lo tendría. smile.gif

DEDICADO A TI, Sergio...

Ser piloto de carreras equivale a saber convertirse durante horas y horas en parte integrante de la máquina.


CAPÍTULO VII



Había ganado casi inconscientemente la carrera del Avus, medio jugando, tal como muchas veces se obtienen victorias cuando uno es joven. Era la primera vez que había competido con corredores de talla internacional, quizás no los mejores, pero, sin embargo, grandes pilotos.

Me sentía orgulloso de esta victoria, pero comprendía que la victoria significaba poco si no podía obligarme yo mismo, una y otra vez, cien veces, siempre, a mantenerme en primera fila.

Pocos corredores podían lograrlo. La mayoría se hunde en el anonimato de la vida privada, tras un rápido ascenso a la fama, si la muerte no los barre de la pista con su huesuda mano. Pro, ¿qué es lo que hay que hacer para triunfar? ¿Cómo se las han arreglado los de la vieja guardia? ¿Cuál ha sido el secreto de su continuado éxito?

La respuesta a estos interrogantes se halla en la humildad. Un piloto no es sino una parte de una compleja organización; una parte de la empresa que le apoya. La casa prepara las bases de la victoria. Los cerebros de los ingenieros, los mecánicos adiestrados en trabajos de gran precisión, el potencial económico en manos de un director industrial que apoya a uno en los momentos de decaimiento; todos ellos son colaboradores invisibles de los pilotos, y todos juntos determinan las victorias y las derrotas.

En aquellos tiempos había cuatro fabricantes con suficiente capacidad para producir automóviles de carreras: Mercedes, Bugatti, Alfa Romeo y Maserati. ¡Pero cuánta diferencia había entre todos ellos!

Bugatti era creación personal de Ettore Bugatti. No se había limitado a dar el nombre a la casa, sino que dejó la impronta de su personalidad incluso en los más pequeños detalles. Creaba automóviles como otros crían caballos. Los amaba; los había diseñado por entero él mismo, y los cuidaba como si fueran criaturas vivientes. Los edificios de su pequeña fábrica en Alsacia parecían auténticos establos para coches de carreras. Bautizó con el nombre de “Pur Sang” uno de sus mejores modelos. Lo improvisaba todo, tanto los inventos como los asuntos económicos de su fábrica, a la que a menudo, con admirable destreza, salvaba de los riesgos de la ruina.

Nadie sabía cuánto trabajaba “en serio”. Se sentaba horas y horas en la cabina de un barco que hizo construir por capricho en su parque. Cuando volvía a dejarse ver caía sobre la sección de fabricación una lluvia de notas en que había vertido sus a menudo acertadas ideas. Construía vehículos de carreras porque los adoraba; no vendía ninguno sino por una suma elevada, y aun después de un sinfín de objeciones. No era un hombre de negocios. Para él lo deportivo era lo más importante, y por esta razón amaba a sus pilotos como si fueran hijos suyos. Hizo construir un hotelito al lado de la fábrica para poder tenerlos siempre a su lado; y sus victorias le complacían tanto como si él mismo las hubiese obtenido.

Muy parecidos a él, aunque no en idéntico nivel, eran los hermanos Maserati, de Bolonia. Eran ésos unos fanáticos de la técnica que en su diminuta fábrica, rodeados de un puñado de obreros, se esforzaban durante meses y meses, a veces durante años, para el logro de un nuevo modelo. De vez en cuando, uno de los hermanos tomaba parte en alguna carrera, y tanto ellos como sus vehículos habían cosechado más victorias que derrotas.

Codo a codo con estos románticos del deporte se hallaban las gigantescas empresas como Alfa y Mercedes. Miles y miles de obreros trabajaban en sus fábricas; tan sólo se habían adentrado en el asunto de las carreras para poder demostrar al público la calidad de sus productos.

El técnico desaparecía oculto por el nombre de la casa. El director comercial cargaba con la responsabilidad de todo el conjunto, y del que la sección de carreras era tan sólo una pequeña parte.

Alfa Romeo, la gran firma milanesa, construía además de automóviles de carreras otros deportivos y motores de aviación. Pero, igual que en Mercedes – y más aún en ésta – los bólidos eran tan sólo una demostración de calidad. Después de la fusión de Mercedes con Benz, el nuevo director, el doctor Kissel, creó un producto muy vendible y una organización de ventas que cubrió el mundo de agentes de la marca Mercedes y sentó los cimientos de su rápida expansión industrial.

El doctor Kissel tenía un ardiente interés por las carreras. Los técnicos crearon un automóvil deportivo que, con sólo quitarle los guardabarros, se convertía en uno de carreras. Los proyectistas quedaron en el anonimato. Todo lo que se creaba era un producto de la casa y su creación era obra de todos, por lo que se consideraba injusto reconocer la contribución de un individuo en particular. Era un especie de austera abnegación y modestia existente en todos los ambientes de la empresa.

Me fijé en los grandes pilotos y comprobé que pertenecían a alguna de las cuatro firmas. Procedían de Bugatti, de Alfa, de Maseratti o de Mercedes. Habían elegido una de estas casas, y la casa les había elegido. Del mismo modo que un buen piloto ansía guiar un automóvil bueno, un buen automóvil exige ser guiado por un buen piloto que sepa extraerle el máximo rendimiento de que es capaz. Todos esos ambiciosos hombres que se habían vendido al motor eran jóvenes y, en apariencia, pertenecientes a esa animosa juventud que se propone conquistar, por asalto, en pocas horas, la fama y las riquezas que otros persiguen inútilmente durante toda la vida.

Como Chiron, el sonriente corredor del sur de Francia, jovial, siempre a punto de soltar un chiste. Antes de cada carrera daba vueltas alrededor del coche, le daba palmaditas, le hablaba como si fuera un caballo, y luego, sonriente, se sentaba tras el volante. Pocos sospechaban que aquella máscara de jovial apariencia ocultaba un hombre duro, serio, que se negaba casi todos los placeres de la vida para estar en forma en los momentos de la lucha.

Como Nuvolari, de Mantua, el hombrecillo cenceño y musculoso a quien nadie podía destruir. Condujo toda una temporada con una pierna escayolada; cierta vez, cuando se incendió su automóvil a cincuenta metros de la meta, saltó de él y ante los gritos de los espectadores, empujó el vehículo en llamas hasta la línea de llegada y obtuvo así el tercer puesto. Como también Varzi, el elegante milanés, amable al parecer – quizás amable en exceso para con las mujeres y la pléyade de sus admiradores -. Pero aquel hombre, cuya amabilidad se confundía a menudo con debilidad, era duro como el acero en cuanto se sentaba al volante del coche.

Como también Campari y Borzacchini, que más tarde perdieron la vida en un trágico accidente; como el rubio Hans Stuck, vencedor de innumerables pruebas de montaña; y Manfred von Brauchitsch, el que durante muchos años fue mi amigo y compañero de equipo.

Como los de la vieja guardia de Mercedes: Lautenschlager, Sailer, Salzer, Werner y aquel que más parecía oso que hombre: Merz. Todos provenían de las filas de la fábrica y conservaban la dureza, la rectitud y sencillez de los primeros años de lucha. Igualmente, en otros países, muchos hombres habían grabado sus nombres en el libro de oro de las carreras automovilísticas. Muchos de ellos, quizás la mayor parte, no están ya entre nosotros. Su devoción al motor les costó la vida.

Estoy pensando en aquel corredor ameteur, el conde Maseratti, muerto en la dura carrera de la Targa Florio: en Salamazo y en Ascari, muerto en el Gran Premio de Francia, en Monthléry, que quizás fuera el corredor italiano más popular antes de Nuvolari. Hoy en día aún se enseña con respeto la casa donde murió.

Bordino se estrelló en Alejandría, Italia, al atropellar a un perro que cruzaba la pista. En su memoria, aquella prueba se llama Circuito Bordino.

Materassí, estrellado en Monza, probablemente salió despedido de la pista cuando otro vehículo rozó el suyo, que mató a veintiocho personas y al propio Materassi. Arcangeli, vendedor del Gran Premio de Monza, halló la muerte en Monza durante un entrenamiento. Brilli-Peri, el inolvidable, siempre con su inseparable “Itala” –inolvidable por su velocidad vertiginosa y por las expresiones que se le oían mientras cargaba el depósito -. Nunca se ha sabido por qué causa se estrelló en la vieja pista de Trípoli.

El gran Nazzaro, que, como muchos otros, se ha retirado a la vida privada; trabaja en la casa Fiat. Minoia, que obtuvo victorias con vehículos de casi todas las marcas: Benz, Mercedes, Alfa, y Bugatti, trabaja ahora para Alfa Romeo, Constantini, vencedor en el Gran Premio y después por tres veces primero en la difícil Targa Florio, estaba encargado en Bugatti de la sección de carreras.

Los veteranos franceses Wagner, Bourlier, Ballot, Goux y Divo, el favorito del gran público, han escogido actividades más tranquilas. Ballot fue el único que se mató. Robert Benoist, que había logrado muchas victorias con Delage y Bugatti, era jefe de ventas en esta última. Etancelin reparte su vida entre la familia, los negocios y los deportes. Bouriat, el popular piloto de Bugatti, murió hace mucho tiempo en un accidente.

De los ingleses, el comandante Seagrave tomaba parte, de vez en cuando, en pruebas continentales. Usaba ropas del mismo color verde que el de su coche. Tuvo algunas buenas actuaciones, pero no alcanzó grandes éxitos. Lo que realmente le hizo famoso fue sus récords de velocidad pura. Dejó las carreras y cayó víctima de su afán de batir el récord de velocidad en canoa. Sir Henry Birlan corrió con éxito en varios Grandes Premios y en pruebas de veinticuatro horas; murió a consecuencia de quemaduras sufridas en una carrera. Sir Malcolm Campbell estaba entretanto en América, estableciendo marcas de velocidad pura con un vehículo proyectado expresamente para él.

Éstos eran los campeones de aquella época. Estaban en la cúspide de la fama y eran admirados y envidiados. Muy pocos de quienes les admiraban o envidiaban se daban cuenta de cómo aquellos éxitos, en apariencia obtenidos de una manera fácil y rápida, habían sido alcanzados de una manera muy dura, como todas las cosas de la vida. La máquina es un esclavo peligroso: se venga sin misericordia de quienes son incapaces de dominarla con reacciones rápidas y decisiones acertadas. ¿Qué vale la osadía y el coraje de la juventud, y qué vale la devoción al deporte, si se carece de aquellas causalidades?

Ser piloto de carreras equivale a saber convertirse durante horas y horas en parte integrante de la máquina. Manos en el volante y en el cambio; pies en los pedales; ojos atentos al indicador de velocidad, a los niveles de agua y el aceite. ¡Pobre del que siquiera durante una fracción de segundo pierda el dominio de sí mismo! En los momentos cruciales debe alejar los pensamientos o emociones ajenos a la lucha. ¡Pobres de los que no pueden mantener el control de sus pasiones, sea pasión por las mujeres, por la bebida o por cualquier otro vicio! No pueden confiar en ellos mismos; pierden su dominio y el del coche; su sino está en ser eliminados o en morir. Como en tantas otras cosas de la vida, cuando el hombre aspira a difíciles metas – y gobernar una máquina de 400 caballos de fuerza es difícil meta -, sólo puede alcanzarse el éxito si todo nuestro ser está puesto a su contribución.

Estoy seguro de que quien no lleve una vida privada ordenada es incapaz de tal contribución. Mas tampoco creo que un frío técnico apasionamiento pueda conseguir algo en la esfera de las carreras de automóviles. Tan sólo aquellos que hacen entrega total de sí mismos pueden aspirar a triunfar.

Hallé las consecuencias de aquellos difíciles años en que, peldaño a peldaño, me abrí camino hacia el éxito.

Renuncié al negocio que poco tiempo antes había montado en la Kurfuerstendamm, pues comprendí que es imposible servir a dos amos al mismo tiempo. Dejé que mi vida con Carlota, con quien había acabado por casarme, fuese regida por las duras leyes de mi profesión. Carlota me ayudaba durante los entrenamientos, tomaba mis tiempos y los de los contrarios y, después de los agotadores meses de la temporada de carreras, me ayudaba y acompañaba en mi descanso.

Aquellos años conduje mucho, y recogí por un igual victorias y fracasos. De vez en cuando luchaba con un conductor de primerísimo clase, lo que me forzaba a poner en juego hasta mis últimos recursos.

El Gran Premio de Alemania se disputó en Nürburgring en julio de 1931. No hablábamos de otra cosa desde semanas antes. Sabíamos que Bugatti había presentado un nuevo 2’3 litros de cubicación que se adueñaba de las pistas europeas y adelantaba a todos sus competidores. Era un coche pequeño y ligero que solamente pesaba 700 kg, mientras que el pesado Mercedes deportivo SSK con que tomamos parte en el premio pesaba 2000 kilos. Neubauer nos habló de que Chiron había alcanzado velocidades fantásticas con aquel Bugatti.

Cinco días antes de la salida llegamos a Nürburgring. Los coches se alojan en un cobertizo lejano a la pista. Estaba situado en un claro de los pinares, frente a un prado en que, durante las tardes, hacíamos prácticas a cambio de ruedas.



- Los Bugattis, debido a su poco peso, quizás no precisen cambio de neumáticos – decía Neubauer - . Así que tenemos que procurar ¡no perder la carrera en los box!

Metz, Stuck, Brauchitsch y yo cambiamos ruedas y más ruedas. Mi mecánico Sebastián y yo obtuvimos el récord: llegamos a cambiar las cuatro ruedas en solamente un minuto y diez segundos. Después del trabajo, nos reuníamos alrededor de una mesa de madera, bajo los viejos pinos, y discutíamos acerca de nuestras posibilidades.



- Si lloviese, todo iría bien – opinaba Merz -. Pero si el tiempo es seco… - y entonces se encogía de hombros.

Ésta era la realidad. Si la pista estaba húmeda, el peso de nuestros coches constituiría un factor favorable para nosotros, pues se mantendrían mejor y patinarían menos. Pero en pista seca los Bugatti tenían la ventaja de pesar 1200 kg menos; y además ganaban los setenta segundos que nosotros habíamos de perder en el cambio de ruedas. En resumen – así lo reconocíamos -, con lluvia o sin lluvia creíamos que nuestras posibilidades de triunfar eran escasas.

Y llegó el gran día.

La prueba del delito wink.gif :

http://www.paranerdos.com/

Brindo por ti para que nunca dejemos de sentir esas mariposas en el estómago.
Y sobre todo brindo porque nunca dejemos de escuchar a quien nosotros (cada cual sabrá quién) dejemos de considerar "maestros" que nos enseñan.

¡Ojalá así sea siempre!

Con todos mis respetos...






Publicado por: KARNAPLOSKY el May 1 2008, 06:05 AM

¿Que habré hecho yo para merecer esto? ohmy.gif

Que me quede yo sin palabras es como esperar que Kimi ataque bruscamente el vertice de una curva.

Simplemente muchas gracias Raquel, el texto es delicioso, hay parrafos excepcionales pero el que contiene la frase que subrallas es realmente bonito, resume perfectamente que es ser piloto de carreras ademas de contener frases dignas de ser guardadas en la memoria.. que pillina como sabes "llegarme" smile.gif

De verdad, muchisimas gracias por la dedicatoria. smile.gif

Yo también estoy deseando repetir la experiencia cervecera bajo el sol, una pasada.. tu y tu acompañante.. que gusto da charlar con gente que está en tu misma "frecuencia" smile.gif de verdad impresionante.

Publicado por: Raquel el May 1 2008, 11:23 AM

La que sonríe feliz soy yo por cuánto me alegro de que te haya gustado. smile.gif

¿Que qué has hecho tú para merecer "esto"?

Creo que esa pregunta la podríamos contestar sin titubear un segundo muchos de nosotros: nos has dado MUCHO MÁS de lo que quizás a veces en compensación hayas recibido. Entre otras cosas, hemos gozado de momentos fantásticos, risas, alegrías, humor sano y... hasta reflexiones profundas. biggrin.gif

¿Te parece poco? ¡NO! Ya respondo yo por ti. wink.gif

Y tienes razón, sí, el texto es una delicia. En realidad lo es prácticamente todo el libro. Así que ya puedes imaginar lo contenta que estoy yo con "mi Caracciola". Y si encima gusta, pues la satisfacción es enorme.

De momento, vaya esta cervecita que ahora me tomaré wink.gif por delante, que siempre quedarán las pendientes (je je...) Con buena compañía, además, ¡se disfrutan el doble!

¡A ti gracias, Sergio!

Publicado por: tenista el May 1 2008, 12:41 PM

Muchas gracias Raquel wink.gif

No se si sere capaz de esperar al lunes, pienso estar desconectado del mundo y perdido en el campo, pero aun asi no puedo mas que felicitarte por haber conseguido engancharnos a tan impresionante realto.

Publicado por: Raquel el May 4 2008, 01:53 PM

... las torres del castillo de Nürburg brillando al sol; el bosque de banderas de las tribunas, y la meta…

"CAPÍTULO VIII



Desde primeras horas de la mañana el tiempo fue brumoso. Desayunamos en el hotel. Por las ventanas oíamos cómo pasaba un interminable desfile de automóviles, bicicletas y motocicletas por las calles de Adenau. Quizás pasaron allí tres o cuatro mil vehículos.

El cielo se tapaba cada vez más. A las nueve y media, cuando nos situamos en la línea de salida, empezó a llover. Una lluvia fina al principio, que arreció después y por último se convirtió en un verdadero aguacero. Grandes gotas caían sobre el asfalto y las ruedas dejaban estelas de agua.

Tomaron la salida treinta y un coches. Yo estaba en la segunda fila, junto a Chiron; en la primera, Varzi, Fagioli y Stuck.

Cayó la bandera - ¡cómo debía de pesar empapada por la lluvia! – y los coches arrancaron.

Tuve una buena salida: solamente estaba el coche de Fagioli ante el mío. Quise adelantarle, pero era muy difícil; el agua empapaba el parabrisa y, cuando intenté mirar por encima, una fría ducha me azotó el rostro. El coche de Fagioli despedía una verdadera tromba de agua. Finalmente, en la curva de la Cola de Golondrina, le alcancé, le adelanté y quedé en cabeza.

“Necesito ventaja – pensé -, para compensar el tiempo que pierda al cambiar las ruedas. Una rápida ojeada al otro lado me dejó ver que los Bugatti estaban atrapados entre los primeros y los últimos automóviles. Me pareció raro que no pudieran abrirse paso; tal vez se reservaba Chiron y planeaba adelantar cuando solamente faltaran las últimas vueltas. A quienes más temía eran a Chiron y a Varzi, puesto que Nuvolari corrían con un Alfa, marca que apenas había obtenido victorias el año anterior. Cuando la tercera vuelta, se me avisó desde los boxes con la primera señal:

CAR

FAG – 48

Por consiguiente Fagioli, con su Maserati, aún me pisaba los talones. Aumenté la velocidad. “Se necesitan setenta segundos para el cambio de ruedas – me dije -. No puedo perder ventaja.” Volví a aumentar la velocidad. En la sexta vuelta adelantaba un minuto y dos segundos a Nuvolari, que ocupaba el segundo lugar. Era maravilloso contemplar lo que aquel duro tipejo podía obtener de su Alfa.

Durante la octava vuelta disminuyó la lluvia. Las grises nubes se desplazaban hacia los montes de Eifel. La pista empezó a secarse. Había llegado el momento, la oportunidad, de los Bugattis.

En la décima vuelta, ¡Chiron! Su nombre apareció tras el mío en los tableros de aviso. Había ido abriéndose paso; me seguía en segundo puesto. Nos separaba un minuto y cuarenta y ocho segundos, pero desde el box se me avisó con el círculo para que cambiase los neumáticos en la siguiente vuelta. Eso podía costarme tres cuartas partes de mi ventaja, y la pista se secaría cada vez más. Los pequeños Bugattis corrían más de prisa…

Undécima vuelta… Paramos. Salté del automóvil por un lado, Sebastián sató por el otro. Repostamos, cambiamos ruedas… Neubauer estaba cerca, reloj en mano.

Listos. De nuevo estábamos en el coche. Nuestro ayudante puso en marcha el motor. Un minuto y nueve segundos…



- ¡Tiempo récord! – gritó Neubauer. Dijo algo más que el ruido del motor nos impidió oír. Corríamos otra vez. No nos había alcanzado nadie; continuábamos en cabeza.

Vuelta duodécima. Nueva señal en los boxes: Nuvolari me sigue a un minuto catorce segundos.

De modo que también Chiron se había visto obligado a parar, probablemente para cargar gasolina. Quizás también para cambiar ruedas. ¡Gracias, Dios mío!

En algunos tramos la pista estaba seca del todo. Solamente en donde estaba rodeada de bosque, el asfalto aún relucía.

Vuelta dieciséis. La distancia que me separaba de Chiron iba aumentando… Era ya de dos minutos y ocho segundos.

Faltaban aún cuatro vueltas. Si Chiron conservaba su velocidad acabaría por acercarse mucho, pero no lograría adelantarme. Pero, ¿y si disponía de reservas? ¿Qué pasaría si empezara a correr aún más de prisa?

El cuenta revoluciones marcaba 4.000 r.p.m. Sebastián me tocó el codo y movió la cabeza como advertencia. No le hice caso. Mantuve aquella velocidad.

En la siguiente vuelta, Chiron se acercó más. Solamente a un minuto y treinta segundos.

Última vuelta. La distancia no había cambiado. Neubauer agitó una bandera y con la otra mano indicó que redujese la marcha. Bajé hasta las 3.500 r.p.m. No era cosa de destrozar el motor. Si los neumáticos resistían nadie podría arrebatarme la victoria.

Nuevo paso por la curva en forma de “V” del otro lado de las tribunas; otra vez aquel sinuoso tramo montaña arriba, luego el descenso, hacia los valles.

El pueblo de Breidscheid; la tupida arboleda que enmarca Hedswigshoehe; las torres del castillo de Nürburg brillando al sol; el bosque de banderas de las tribunas, y la meta…

Cerré el contacto. Paramos. Nos anegó un mar de gente. Me sacaron del automóvil, me llevaron a hombros. Cientos y cientos de manos intentaban alcanzarme. Mis mecánicos estaban allí; los colaboradores de mi victoria. Neubauer tiró de mí y me abrazó. Llegó Carlota: Estaba en pie tras el box; corrían lágrimas por sus mejillas.



- ¡Rudi! – me dijo con voz ahogada. Nos abrazamos. Chiron llevó a mi lado su automóvil. Brincó sobre el morro de su coche, corrió hacia mí con los brazos abiertos y me abrazó. En la pista, en tribunas y graderíos, el público gritaba: “¡Hurra!”, y agitaba sombreros y paraguas.



Se izó la bandera alemana y la banda interpretó el himno nacional. Fui a recoger el trofeo.

Al anochecer celebramos la victoria en el “Adenauer Hof”. Discursos, brindis, telegramas… Pero mi felicidad interna era más poderosa que los honores externos. ¡He vencido, he luchado con los mejores conductores, y he obtenido el triunfo!

De madrugada, Neubauer y yo salimos unos momentos para despejar nuestras cabezas algo turbias de tanto vino. Por el Este clareaba, aunque no veía aún el sol. Entre las oscuras ondulaciones de las montañas se veían jirones de la niebla matutina.



- Este año y el que viene – dije – lograremos más victorias como la de hoy.

Neubauer me miró en silencio. Luego habló:



- El año que viene la casa Mercedes no competirá en ninguna carrera. Falta dinero. Tenemos que resignarnos."

Publicado por: tenista el May 5 2008, 02:22 PM

Lo primero que he hecho, nada mas llegar de las minivacaciones de dos dias y 35 Km de atasco en la NV, ha sido visitar el foro y por supuesto leer el siguiente capitulo.

Por cierto, me deja preocupado. Espero el siguiente capitulo con gran impaciencia.

Muchas Gracias Raquel por tanto esfuerzo.

Publicado por: taz el May 5 2008, 03:17 PM

Dios mío!!!!!!!!
estoy enamorado
wub.gifwub.gifwub.gif

Hubo una vez que equivocadamente algunos extraños extranjeros exfor...ejem, llamamos ForoRaquel a este foro.
Estabamos equivocados en la intencion (por ello te pido perdon) pero resulta que era verdad.

Eres una Joya Raquel.
Gracias por compartirlo.

Publicado por: Raquel el May 5 2008, 05:02 PM

¡Gracias, Taz! smile.gif Pero no me ruborices... huh.gif

Y sobre lo del "perdón" o la disculpa, pues de sobras sabes que es innecesaria. Una anécdota más que contar en mi vida... laugh.gif ¡Anda que no nos hemos reído con ello después! Eso es lo bueno. wink.gif

De verdad que me alegro mucho de que os guste: así da gusto compartir, y no piensas ni en el sacrificio que pueda comportarte ni en el tiempo que empleas porque, de otro modo, es imposible. Compensa, ¡y mucho!, saber que otros lo pueden disfrutar también.

Venga, para que no se quede preocupado Tenista, rolleyes.gif vamos a explicarle qué hizo mi pobre Caracciola tras recibir ese mazazo de noticia ante la que no quedaba más remedio que "resignarse".

Sentí que acababa de perder para siempre algo muy hermoso.

"CAPÍTULO IX



Aquel año Carlota y yo fuimos a Arosa, donde Neubauer nos visitó algún tiempo después. Conservaba su cargo, pero no se sentía feliz. Le obsesionaba pensar que ya no era director de un cuadro de conductores y de vehículos. Al atardecer, nos reuníamos en nuestro chalet a la acogedora luz de una lámpara y veíamos cómo caía la nieve. Neubauer nos expuso todos sus planes, muchos de los cuales eran irrealizables. Quería agrupar a los mejores conductores alemanes, ir con ellos a Estados Unidos y arramblar con todos los premios que lo merecieran. Era capaz de pasarse horas y horas incubando planes del mismo género. Me gustaba escucharle, aunque no creía que aquellos castillos en el aire pudieran materializarse. Me daba cuenta de la realidad. El deporte automovilístico es un lujo, como tantas otras cosas nobles y de elevada alcurnia. Pero una nación pobre no puede soportar lujos, y entonces Alemania era pobre.

A mediados de diciembre, la casa Alfa me llamó desde Milán. Giovannini, el jefe de la sección de carreras, estaba al teléfono.



- ¿Qué haces usted ahí, Caracciola?

- Esquío y tomo el sol.

- ¿Tiene contrato para el año próximo?

- No – dije con alguna vacilación -: todavía no.

- Si no le parece mal, iré a verle a finales de este mes.

- Conforme – respondí, y colgó el teléfono.

Giovannini llegó a Arosa el último día del año. Era un hombre pequeño, elegante, de cabello rubio y brillantes ojos pardos. Con típica exuberancia meridional, me abrazó, me dio palmadas en la espalda y besó las manos a Carlota.

Se sobresaltó al ver a Neubauer. Ambos se conocían de muchas carreras en que habían contendido Alfa y Mercedes. Cuando nos dirigimos a cenar, lleno de excitación, me susurró:

- ¿Qué hay de nuevo? ¿Mercedes, al final, volverá a las pistas?

Me encogí de hombros.

Gracias a la verbosidad de Neubauer, la cena fue muy animada. Él y Giovannini se dirigían miradas desconfiadas. Después de los postres, Giovannini dijo:

- Me gustaría hablar de algo con usted, señor Caracciola; pero, por favor, en privado.

Fuimos a mi estudio, Neubauer y mi esposa permanecieron en el comedor.

Cuando estuvimos solos, Giovannini, sin ninguna otra explicación, buscó algo en un bolsillo del chaleco. Había llevado ya preparado el contrato; tan sólo faltaba que yo lo firmase. Lo leí a la luz de las dos velas de mi escritorio. Era una oferta aceptable: una pequeña garantía, las primas de salida y la mitad de los premios. Cierto punto me hizo dudar. No pertenecería oficialmente al equipo de la casa; correría como independiente.

- ¿Por qué? – pregunté, volviéndome para mirar a Giovannini, que estaba a mis espaldas y leía el contrato, por encima de mi hombro, al mismo tiempo que yo.

- Lo ignoro – me contestó a regañadientes. Era evidente que mi pregunta le embarazaba -. Vea usted, todos nuestros pilotos trabajan con una participación; y como usted no está familiarizado con nuestros coches… Ya sabe que son muy diferentes de los pesados Mercedes; son pequeños monoplazas… Tal vez nuestros muchacho opinen que a usted le costará acostumbrarse al nuevo tipo…

- Pero, ¿a quién se le ha ocurrido eso?

- No lo sé.

- ¿A Nuvolari?

- No.

- ¿A Borzacchini?

- Tampoco.

- Bien, pues: ¿a Campari?

Denegó con la mano y me dijo:

- Por favor, no me haga más preguntas.

Era Campari, por consiguiente. Debiera haberlo adivinado. Mas, ¿podía yo protestar de todo aquello? Ni yo mismo sabía cómo reaccionaría con aquellos monoplazas.

Dejé el contrato sobre la mesa y fui al comedor para buscar cigarros y vino. Al regresar, Neubauer me siguió y me detuvo en el vestíbulo.

- Rudi – dijo, cogiéndome por las solapas -, Rudi, ¿no te irás con los del otro lado, verdad?

En aquel momento sufrí por él.

- Pero, ¿no comprendes que tengo que conducir?

No replicó, pero continuó sujetándome. Era un momento extraño. Ambos de pie bajo la débil luz del vestíbulo; en nuestras mentes revivían los ocho años que habíamos luchado codo a codo.

En aquellos instantes Neubauer era para mí más que un hermano. Suspiró profundamente y dijo:

- Prométeme una cosa, Rudi. Si Mercedes vuelve a las carreras, tú vuelves con nosotros.

- Sí – le contesté estrechándole la mano.

Dio media vuelta y fue de nuevo con Carlota. Le miré mientras marchaba, ancho de espaldas, con la cabeza inclinada. Cerró tras sí la puerta que daba al iluminado comedor; permanecí mirando hacia allá. Sentí que acababa de perder para siempre algo muy hermoso; quizá la juventud, quizá el recuerdo de aquellos años de ilusiones. No hallo palabras con qué explicarlo.

Volví con Giovannini y firmé el contrato con Alfa.

Dos meses después llegué a Milán y traté por primera vez a mi nueva empresa. Giovannini me presentó a los principales jefes. El director general Gianferrari, un caballero muy correcto, me recibió con cordial cortesía.

- Espero que se sentirá muy bien aquí, entre nosotros – dijo dándome una mano delgada y morena.

Después fuimos a ver a Jano, el jefe de proyectos, a quien encontramos envuelto en una nube de humo de tabaco y mirando planos. Me recibió con animación y me condujo al laboratorio de ensayos de la fábrica, donde me presentó a los mecánicos. Uno de ellos, Bonini, había sido designado para trabajar conmigo. Tenía una cara despejada, era moreno, había trabajado dos años en Alemania y hablaba fluidamente el alemán. Charlamos un rato y saqué la conclusión de que congeniaríamos muy bien.

Luego Jano me enseñó el nuevo modelo. Era de líneas muy finas, monoplaza, ligero y de fácil conducción. A primera vista, me gustó mucho. Al día siguiente fuimos a Monza. Jano deseaba saber mi opinión sobre el nuevo vehículo.

Era del todo diferente a mi pesado Mercedes SSK. Se conducía sin ningún esfuerzo, pero hube de vigilar como un halcón a fin de no perder el control, dadas su rapidez y ligereza.

- Bien, ¿qué le ha parecido? – me preguntó Jano cuando salté del asiento.

- Ágil como una bailarina – les respondí.

Se rió.

- Me parece que nosotros dos nos entenderemos muy bien – me dijo complacido, y extendió su mano.

Estaba en lo cierto. Pronto se hizo acreedor de mi confianza, y siempre me ayudó cuanto pudo.

Regresé a Arosa, y una semana más tarde volví a Milán para tomar parte en las Mil Millas. Prueba que había ganado un año antes con Mercedes. Creí que de nuevo tendría oportunidad de vencer. Sin embargo, la realidad no justificó mi optimismo. Me clasifiqué primero en Roma: mas poco después se rompió un balamiar de válvula y tuve que abandonar en Verona, sin haber podido ni tan siquiera clasificarme.

Aún veo la expresión de Campari cuando volví a la fábrica. Se sonrió como si dijera: “Bueno, ¿no había dicho yo que este tipo no vale para nada?”

La siguiente prueba era la de Montecarlo. Nuevamente estaba inscrito el equipo completo de Alfa, pero yo en calidad de independiente. Era una carrera muy dura. Desde la salida, Nuvolari se puso en cabeza. Corría con velocidad suicida por las tortuosas y continuas curvas. Realicé una salida defectuosa y quedé en el pelotón central de corredores; pero fui forzando la marcha a cada vuelta de tal manera que, finalmente, me hallé situado inmediatamente detrás de Nuvolari.

Los pilotos de carreras de la misma categoría siguen una regla no escrita: si pertenecen a la misma escudería, no deben luchar entre ellos cuando van en cabeza. El que ha ocupado el primer lugar en la primera mitad de la carrera es el que se alza con el premio. Esta regla tiene por objeto salvar los intereses de la casa constructora en nombre de la cual corren los pilotos, pues si luchasen entre ellos podrían forzar excesivamente los motores y suceder, entonces, que fallaran todos, motivando con ello un grave perjuicio para la marca.

Esta regla es mantenida por todos los conductores profesionales como cosa de honor y de cortesía, aunque algunos de los más jóvenes, por ambición, de vez en cuando no la respeten.

Iba siguiendo, pues, a Nuvolari, y vi que cada vuelta iba ganando terreno a su rojo coche, hasta que hacia el final le alcancé. Durante la última vuelta íbamos tan juntos que podía ver el interior de su coche. Nuvolari había aflojado sensiblemente la marcha e íbamos juntos, casi rueda con rueda. Vi cómo cambiaba de marcha con gestos nerviosos y apresurados. Parecía que se le había obstruido la conducción de gasolina, o que por cualquier razón corría solamente con el depósito de reserva.

Rápidamente reflexioné. Yo no formaba parte del equipo, pues me habían rechazado. No tenía ninguna obligación para con los de la escudería Alfa. Nadie podría reprocharme que en aquel momento adelantase a Nuvolari. Pero, desde luego, sería mucho más elegante dejar que él continuara como líder. Disminuí de velocidad. Mientras conducía miré a las tribunas. Todo el mundo gritaba y pataleaba. Llegué a la meta. Nuvolari la cruzó y yo le seguí pegado a él. Al saltar del coche no oí sino gritos de burla y silbidos. El público se consideraba estafado, pues suponía que había existido un acuerdo entre Nuvolari y yo. Dejé el coche y fui a los box. Vino corriendo el mecánico.

- ¿Por qué ha hecho usted esto, signor Caracciola?

- No lo sé – le contesté. En aquellos momentos me encontraba muy triste. Era la primera vez que el público protestaba una actuación mía. Entonces vi que Giovannini venía con los brazos abiertos.

- El gesto de usted, Caracciola, ha sido honrado; sí, muy honrado. Tengo que pedirle, en nombre de todos sus compañeros, que acepte ser miembro de la escudería.

- ¿Y Campari? – pregunté.

- También él lo desea; y, créame, desea de veras que usted acepte.

De aquel modo formé parte del equipo Alfa Romeo.

Fue un buen año para la firma. Los pequeños monoplazas se llevaron los mejores trofeos. Nuvolari ganó los Grandes premios de Francia y de Italia y yo los de Alemania y Monza, además de otras victorias en carreras de menos importancia.

Sí, ciertamente fue un año soberbio para Alfa Romeo. Si seguía así durante el invierno, podríamos esperar el futuro con confianza.

Al acabar la temporada nos separamos y marché con Carlota a las montañas de Arosa. Fue un invierno magnífico. Los días eran claros y soleados. Ni una sola nube que afectara el amplio y puro cielo. Cuando llevábamos dos semanas allí, recibí una carta en la que la casa de Milán me notificaba que habían decidido no construir más automóviles de carreras. Era un asunto costoso, y sus resultados no compensaban los gastos. Me aconsejaban que ingresara en la escudería Ferrari. El signor Ferrari adquiría los automóviles y, en lo futuro, continuaría el asunto por su propia cuenta.

Por aquellos días, Chiron se encontraba también en Arosa. También había recibido de Bugatti una carta parecida a la mía, por lo que, igual que yo, se encontraba sin empleo.

A menudo nos encontrábamos al esquiar, y pasábamos alguna tarde en mi casa, o en el hotel en el que se hospedaba, o en algún albergue de las montañas; era un gran compañero, sin sombra de doblez; un gran amigo.

- Óyeme, Rudi – me dijo una de aquellas tardes -, ¿por qué hemos de ganar siempre premios para otros? Sería mucho mejor que formásemos nuestra propia empresa.

Lo tenía todo pensado y calculado, incluso el nombre. Nuestra sociedad podría llamarse Escudería CC (Caracciola-Chiron). Lleno de excitación, bosquejó la cuestión financiera en una hoja de papel.

En el activo figuraban los premios en metálico, las primas de salida y la publicidad de algunas fábricas. En el pasivo solamente el coste de los automóviles, el transporte, los gastos de estancia y los sueldos de dos mecánicos.

El plan de Chiron me pareció bueno. Nuestros nombres eran muy populares. Cada uno de nosotros tenía una ejecutoría llena de victorias. Nos habíamos encontrado en innúmeras batallas como competidores, y éramos excelentes amigos. Las fábricas no querían saber nada de las carreras; los dos estábamos sin empleo; era casi natural, pues, que naciese la escudería CC.

Compramos dos automóviles a la Alfa Romeo, y Daimler Benz puso a nuestra disposición un camión diesel para el transporte de los bólidos. Discutimos durante mucho tiempo de qué color podríamos pintarlos. Aun ahora creo estar viendo el enorme camión de color gris claro y los dos coches, el de Louis azul con rayas blancas y el mío blanco con rayas azules. Las puertas del camión lucían en bellas letras el monograma de la empresa: CC.

Una sombra oscureció aquellos prometedores momentos. Bonini, mi mecánico, no podía trabajar. Había sufrido graves quemaduras en un accidente de la fábrica y estaba en el hospital. Tuve que pasar sin la ayuda de mi fiel ayudante y escoger otro mecánico entre los de Alfa Romeo."

Publicado por: accitano el May 5 2008, 06:14 PM

Muchas Gracias Raquel!!!

Los tres mosqueteros...

Que maravilla!!! Como comentabas en la página anterior es inevitable la "fuga mental" a http://www.pedrodelarosa.com/foro/index.php?showtopic=4836.

Aprovecho para recordar a los nuevos foristas, y no tan nuevos, que se paseen por el Topic: http://www.pedrodelarosa.com/foro/index.php?showtopic=4836 y no dejen pasar la oportunidad de imprimirselo. Una joya -muchísimas gracias, Ayrton-!

Publicado por: tenista el May 5 2008, 10:58 PM

Magnifico Raquel, pero no se si te das cuenta que tus relatos son como un buen vino. Cuando lo pruebas y descubres, entre otras cualidades, su aroma, su color o su sabor, siempre quieres una copa mas.

Pues Raquel, yo descorche, con estos relatos, un vino inimaginable y ahora no puedo, no debo y no quiero, dejar de saborearlo. SIRVEME UNA COPITA MAS wink.gif

Publicado por: Raquel el May 6 2008, 01:54 PM

CITA
Eso si, me encanta ver topics como los de Caracciola de Raquel


AYRTON, ¿vamos a tener que polemizar otra vez...? tongue.gif

Vamos a ver si aclaramos conceptos: éste no es el tópic de Caracciola y ¡mucho menos mío! wink.gif

No voy a picar en el anzuelo por mucho que me encante "pescar": sólo al final se sabrá unsure.gif el porqué de una cosa.

PUNTO.

PD: Vale, venga, te doy una pista... TE GUSTARÁ. rolleyes.gif

Publicado por: tenista el May 6 2008, 02:40 PM

rolleyes.gif

Publicado por: Raquel el May 6 2008, 04:58 PM

Metal contra piedra.

CAPÍTULO X



La primera carrera en la que se inscribió la Escudería CC fue el Gran Premio de Mónaco. Nos trasladamos a Montecarlo una semana antes.

Como fuera que Chiron no había conducido nunca un Alfa, se entrenó con gran intensidad y cuidado. Veintiocho veces recorrimos aquella especie de tiovivo; la parte tortuosa del lado del mar; la recta junto a la playa; después, nuevamente, las curvas hasta llegar al punto más alto del circuito. Yo aumentaba la velocidad a cada vuelta, y por el retrovisor comprobaba cómo Girón no se despegaba de mí. Su capacidad era enorme. Acababa de montar por primera vez aquel modelo y parecía que hubiera conducido toda la vida.

Al correr mi vuelta veinticinco, vi que no me seguía. Disminuí la velocidad. Frené, pero el freno no agarraba bien. Bloqueó solamente una rueda delantera y el coche derrapó hacia el lado en que la balaustrada de piedra separa, en plena curva, la carretera del precipicio. Maniobré. Intenté operar con el cambio… El viraje se acercaba velozmente. Procuré ir hacia la derecha, el lado contrario, donde está el escarpado acantilado. Sabía muy bien que aquella curva no podía tomarse a más de ochenta kilómetros; en aquellos instantes yo iba a cien kilómetros por hora. Era preferible chocar contra las rocas a saltar por encima de la balaustrada y caer al mar. Las rocas venían hacia mí. Choqué con ellas, metal contra piedra… se detuvo el automóvil.

Creí que no había sucedido nada grave. Solamente la carrocería aplastada, especialmente alrededor de mi asiento. Con mucho cuidado saqué la pierna de aquella trampa de acero. Agarrándome al armazón de la carrocería, logré poco a poco separarme del asiento y salir.

Oí el agudo chirriar de los frenos del automóvil de Chiron. Miré alrededor. Pasó justamente detrás de mí y saltó fuera del coche. Algunas personas descendían corriendo los peldaños de las rocas.

Intenté alejarme de mi automóvil tan deprisa como pude, para demostrar que no me había pasado nada y que estaba ileso.

Puse el pie en el suelo; en aquel momento sentí un agudo dolor en la pierna. Era un dolor terrible, como si fuera cortada con un cuchillo al rojo blanco. Me desplomé; y Chiron me recogió en sus brazos, y luego le ayudaron otras personas.

Dos hombres corrieron a una pequeña tienda cercana y trajeron una silla, en la que me llevaron allí. El interior de la tienda era frío y oscuro. Pusieron la silla en el suelo con mucho cuidado y alguien puso una caja bajo mi pie para que pudiera extender la pierna.

Detrás del mostrador, un hombre de edad, con blanca perilla y gorra de terciopelo negro, me miraba con curiosidad y extrañeza. Sonriendo, igual que si estuviera realizando una venta, me dijo:



- Esté tranquilo, señor: pronto llegará la ambulancia. Tenemos un magnífico hospital – y como si fuera a consolarme, añadió -: En él han muerto muchas personas famosas.



Tardaba en llegar aquella ambulancia. Permanecí mientras tanto sentado en la silla, sufriendo horrorosamente. Estaba rodeado de gente; desde la calle mucho miraban a través de la puerta. Me horrorizaba la idea de que Carlota se enterara y viniera corriendo a aquella tienda. Felizmente, la ambulancia se anticipó.

Me extendieron en una camilla y me llevaron a la ambulancia. Hacía calor y faltaba sitio. Todo olía a ácido fénico; no podía ver nada del exterior a través de las ventanillas pintadas de blanco.

El camino me pareció inacabable. La ambulancia corrió cierto trecho por un terreno adoquinado; cada sacudida resonaba en mí desde la punta de los pies a la raíz de mis cabellos.

Finalmente paramos. Sacaron la camilla y la depositaron en el suelo. Me encontraba dentro de un gran parque poblado de grandes y viejos sicómoros. Después dos empleados me llevaron al hospital por unos caminos de grava.

Primero me hicieron radiografías y después me llevaron al quirófano. Me extendieron en una mesa cubierta por una sábana blanca. A través de una ventana pude ver un trozo de cielo azul y algunas copas de árboles movidos por el viento.

Un hombre joven, con bata blanca, me echó una ojeada y luego empezó a moverse a mi lado, colocando ruidosamente en una mesa de cristal una serie de resplandecientes instrumentos. Desde la puerta, una enfermera preguntó:

- ¿Es el corredor que se ha roto la pierna?

- Sí, es el de la fractura – contestó un joven médico.

- El doctor Trentini estará aquí dentro de unos minutos – dijo la enfermera, y cerró de golpe la puerta.

Sufría terriblemente; los dolores eran más agudos que al principio. Al parecer, la conmoción había entumecido los nervios; pero entonces sentía la impresión de que alguien me serrase los huesos sin cesar.

Por fin llego el doctor Trentini. Era un hombre bajo, de una cara amarillenta y pequeña perilla negra. Se presentó y me presentó también a su ayudante, el doctor Porrati. Me saludaron.

Lo que yo quería es que se dieran prisa, pues sufría mucho.

Llegó una enfermera con la radiografía. Los dos doctores se fueron hacia la ventana, la examinaron a contraluz y comentaron algo en voz baja. Me esforcé por oír lo que decían, pero no entendí nada.

Volvieron a la mesa de operaciones; el doctor Trentini empezó a darme tirones de la pierna asiéndola por el tobillo.



- ¿Duele?

- Sí –contesté parteando los dientes -. Pero mi pierna no puede quedar más corta. Tire cuanto quiera, doctor; ¿me entiende?

Le sustituyó su ayudante. Era más joven y más fuerte y podía tirar con más energía. Sudaba por todos los poros de mi cuerpo. Mientras el ayudante tiraba, el doctor Trentini acercó un cubo y sacó de él una venda, empapada en un líquido lechoso que goteaba.

- Yeso – me dijo el doctor, mientras me sonreía amistosamente. Empezó a enrollarme el vendaje. Me lo puso directamente, sin protegerme antes la pierna con una gasa. El vendaje estaba frío y húmedo. El doctor Trentini jadeaba ruidosamente.

La puerta que daba al vestíbulo se abrió y pude oír la voz de Carlota:

- ¿Dónde está mi marido? ¿Puedo verle?

Se cerró de nuevo la puerta y la enfermera, que había entrado, dijo al doctor:

- Doctor, afuera está una señora que desea hablar con usted.

El doctor Trentini dejó el vendaje tal y como estaba, se lavó las manos y salió. Vi cómo se llevaba la radiografía. Permaneció fuera durante mucho tiempo. Me pareció oír llorar a Carlota.

Más tarde supe lo que había dicho a mi esposa fuera del quirófano. Le mostró la radiografía y le explicó:

- Mire esto, señora: el muslo y la tibia están completamente machacados. Su marido no podrá conducir nunca más.

En aquellos momentos ignoraba el estado de mi pierna. Tan sólo sabía que yacía en aquella mesa, con la cabeza en la dura almohada, las uñas clavadas en la carne, y rogando: “¡Dios mío, haz que esto acabe pronto!”.

Publicado por: gramolo el May 6 2008, 05:30 PM

Gracias! wink.gif

Publicado por: tenista el May 7 2008, 10:01 AM

Excelente, pero no nos dejes en este punto, si no es mucho pedir, al menos un capitulito mas, ¿por fa?.

Mil gracias, Raquel cool.gif

Publicado por: Raquel el May 8 2008, 03:54 PM

Los motores bramaban, los automóviles, corrían por las blancas carreteras de Alemania, Italia, Francia, y yo no podía estar con ellos.

"CAPÍTULO XI



El menudo doctor de cara amarillenta estaba al pie de la cama.

- ¿Cuándo podré levantarme de nuevo?

Se encogió de hombros.

- ¿Cree que se arreglará bien?

También entonces se encogió de hombros. Tomó el estetoscopio del bolsillo de su bata blanca, lo miró con atención y lo guardó de nuevo.

- Quizás – dijo -. Es preciso esperar y ver. Es posible que la misma naturaleza le ayude; y si no sucediera así, siempre nos quedaría el recurso de una intervención quirúrgica.

Saludó con una inclinación de cabeza y se dirigió a la puerta. Caminaba erguido, con pasos saltarines, igual que un pájaro. Muchas personas vanidosas y engreídas caminaban del mismo modo.

- Entonces, ¿es que no volveré a conducir? – le dije casi gritando.

Se volvió, sonriente:

- ¡Oh, no! Yo no digo tanto. A veces hay milagros…

Hizo un saludo con la mano y cerró la puerta. Me quedé solo, tendido, como si me hubiesen golpeado en la cabeza. ¡Así andaban, pues, las cosas! Pensaban hacer unos cuantos experimentos conmigo y operarme después. Aquel hombrecillo amarillo como un limón hablaba de mi problema como si fuera una cosa tan insignificante como quitarme los calcetines.

Hacia mediodía, Giovannini fue a verme… Estaba muy alegre, o por lo menos fingía estarlo.

- Bien, Rudi; ¿con que te has estropeado el puente trasero? No importa: lo enderezaremos, ¿verdad? He traído aceite para engrasarlo.

Sacó una botella de coñac de un abultado bolsillo.

- No tengo ganas de beber ahora – dije -. ¿Sabes? Parece que se han propuesto cortarme la pierna.

- ¿Quién? – dijo Giovannini abriendo la boca. Entonces se puso a hablar tan de prisa que sus palabras se atropellaban.

No pueden hacerlo de ningún modo: ¡ni soñarlo! Un solo hombre podría ayudarme: el profesor Putti, de Bolonia. Estaba decidido a llamar a aquel profesor, y si fuera preciso, pagaría todos los gastos de su bolsillo. ¡Y entonces veremos cómo te arregla! Me dijo adiós y salió de la habitación casi corriendo.

El doctor Putti llegó a la mañana siguiente. Me gustó desde el momento en que le vi. Era alta, delgado, de tostada cara afilada y cabellos blancos como la nieve. Se presentó él mismo y empezó a examinar la pierna. El doctor de cara amarilla y sus dos ayudantes permanecían tras él observando todo con aspecto de personas ofendidas.

Putti me examinó cuidadosa y concienzudamente. Cuando acabó se enderezó sin decir una sola palabra.

- ¿Tendré que sufrir la operación? – pregunté lleno de miedo.

- ¿Quién ha dicho tal cosa?

Señalé con la cabeza al doctor Trentini. Putti se volvió y lo miró, pero no dijo nada. Tan sólo que la cara del doctor Trentini estaba aún más amarilla que de costumbre, y que se mordía los labios con tanta fuerza que se estremecía su negro bigote.

Después, el doctor Putti se volvió hacia mí, extendió la mano y dijo:

- No se preocupe, señor Caracciola, todo marcha muy bien. Pero sería preferible que fuera a mi clínica de Bolonia. Hablaré de lo referente a esto con el doctor Trentini.

Me estrechó la mano y sonrió. Sus blanquísimos dientes lucían en su curtida cara.

Salió seguido de los otros tres médicos. El dolor era terrible. La escayola me apretaba como si fuera un corsé de piedra y me oprimía por todas partes. Pensaba en que la prueba del domingo tendría lugar sin mí, y esto me entristecía.

Me rodeaba un océano de flores cuya fragancia llenaba la habitación. Volvía a pensar en la carrera, incesantemente, horas y más horas.

El lunes me llevaron en automóvil a Bolonia. En Génova encontré a los mecánicos, mientras llevaban el coche la fábrica para su reparación. Paramos y charlamos. Aquel fue un encuentro penoso; mi automóvil estaba tan maltrecho como yo. Al cabo de un rato nos separamos, ellos hacia un punto de destino y yo hacia el mío. Levanté la cabeza con esfuerzo y seguí mi marcha hasta que desaparecieron en una nube de polvo bajo los verdes olivos. Me pareció como si mi propia juventud, mi feliz pasado, henchidos de luchas y aventuras, hubiesen pasado para no volver jamás.

El hospital de Bolonia estaba instalado en un viejo convento, espacioso, tranquilo y frío. Mi habitación daba al jardín. Oía el canto de los pájaros, veía la luz del sol vagar por encima del césped y desaparecer después en las sombras del atardecer. Así un día y otro. El tiempo parecía haberse detenido. Se podía oír el canto del viento entre las copas de los árboles.

Carlota estaba siempre conmigo. Jugábamos a cartas y, algunas veces, halábamos sobre lo que haríamos cuando pudiera volver a andar. Si en alguna parte se celebraba alguna carrera, estábamos atentos a la radio. Las cosas no marchaban muy bien para la escudería CC. Chiron pasaba por una mala racha. Perdía en todas las carreras en las que tomaba parte. En el GP de Francia tuvo dificultades con los neumáticos; en Nürburgring abandonó en la segunda vuelta. Pusimos todas nuestras esperanzas en el Avus, en Berlín.

La radio de Berlín retransmitía los entrenamientos. Me puse unos auriculares; me parecía que mi vida estaba en aquella pista, igual que en 1926. De pronto sentí como si hubiera recibido un fuerte golpe. El locutor, que había estado hablando por los codos, calló; después, otra voz torpe y áspera dijo:

- Acabamos de recibir noticias de que el corredor Merz, de Mercedes Benz, ha patinado saliéndose de la pista, y está, según se teme, seriamente lesionado. Después de una breve pausa, la misma ronca voz prosiguió:

- Otto Merz ha muerto.

¡Otro grande, otro de los veteranos! ¡Qué gran hombre era! Un hombre de verdad, con un corazón de niño. Tan robusto que podía levantar él solo un automóvil de carreras para que pudieran cambiarle los neumáticos; con mis propios ojos le había visto clavar de un puñetazo un clavo en una mesa de cinco centímetros de grueso. Siempre bromeaba cuando se hablaba de los peligros de la pista, y decía que temía por la piedra en la que diese de cabeza. Y ahora acababa de abandonar la pista y entraba en la oscuridad eterna.

Aquel domingo, también perdió Chiron. Pero presté poca atención a la carrera. Estaba demasiado apesadumbrado por lo de Merz.

El doctor Putti iba todos los días a verme. Entraba con la brusca cordialidad de un médico muy alterado; siempre de buen humor, observaba mi perna, que yacía como un muerto dentro de la escayola, y me decía:

- Bien, todo irá perfectamente… - y volvía a desaparecer, mientras los faldones de su bata ondeaban tras él como banderas.

Pasé cinco meses, un día y otro. Llegó el momento en que el médico jefe llegó acompañado de dos enfermeras. Me quitaron el yeso, me subieron a una camilla y me llevaron al departamento de rayos X. Me tomaron radiografías desde todos los lados, y después volvieron a meterme en la cama. Por la tarde vino Putti y me anunció animadamente:

- Otro mes dentro del molde, y luego ya estará bien del todo.

Apreté los dientes y no respondí. ¿Qué podía decir? Otro mes con aquello puesto; ¡y me lo decía como si fuera un chiste! Pero yo yacía allí, enterrado vivo. Los motores bramaban, los automóviles, corrían por las blancas carreteras de Alemania, Italia, Francia, y yo no podía estar con ellos.

Cuatro días después Putti partió para América, a fin de participar en un congreso. El médico jefe le remplazó.

Cuatro semanas después me quitaron nuevamente el yeso, me dieron permiso para levantarme. Apoyado en dos muletas, penosamente, intenté andar, pero no pude. Apreté los dientes. Al siguiente día una enfermera me llevó en una silla de ruedas por el oscuro vestíbulo del hospital.

Cuando uno se encuentra lleno de salud no piensa en los dolores y sufrimientos que existen en el mundo; y por esto me impresionó la procesión de miserias que desfilaba ante mí. Surgían de las sombras hombres y mujeres con muletas o en sillas de ruedas, con piernas artificiales o con blancos vendajes en muñones de brazos; cruzaban en silencio y volvían a desaparecer en los sombríos porches del viejo convento.

Un par de días antes supe que Givannini también había ingresado en el hospital, debido a un ataque de uremia. Un caso muy desesperado, me dijo la enfermera.

Al cabo de unos pocos días fui a verle cojeando en mis muletas. Estaba solo en una pequeña habitación oscura. Había cruzado las manos sobre el pecho y miraba fijamente hacia lo alto. Me senté al lado de la cama. Al verme entrar no dijo nada, solamente me saludó con los ojos. Deseaba consolarle, animarle.

- Bueno, viejo camarada – le dije -, aquí nos tienes encerrados; ¿qué te parece? Creo que esta temporada los demás habrán de componérselas como puedan.

Movió la cabeza, despacio, penosamente.

- Esto se acaba para mí, Rudi.

Hablaba en un ronco susurro. Apenas podía hablar; estaba muy débil. Se destapó y me enseñó sus piernas, informes, hinchadas, que colgaban inertes de su extenuado cuerpo.

- El agua… sube… sube, y cuando llegue aquí – señaló entonces el corazón – todo habrá acabado.

Volvió a taparse y se quedó inmóvil. Cerró los ojos.

- ¿Puedo hacer algo por ti? – le pregunté.

Movió los párpados, después se apoyó en los codos y me dijo, con gran esfuerzo y dificultad:

- Sí, puedes hacer algo por mí. Puedes decirle al doctor que me dé algo con que pueda acabar de una vez. Bastante morfina para ayudarme en aquel momento.

Se dejó caer en la almohada y cerró los ojos. Parecía como si hubiera muerto.

Le dejé silenciosamente. Fuera me esperaba Carlota, y entre ella y la enfermera me llevaron otra vez a mi habitación. Al día siguiente no visité a Giovannini."

Publicado por: Nivola el May 8 2008, 08:06 PM

Ufff !!!! Espectacular, Raquel.... como siempre!!!
De hecho, ya paso de darte las gracias en cada respuesta por no ser repetitivo y convertir cada intervención en un contínuo agradecimiento... pero consideralo como si lo hiciera siempre wink.gif

Por cierto, tengo dos preguntillas sobre el libro...(sin prisas):
En primer lugar, si me puedes decir exactamente el título y el autor.
Y segundo, saber si estás transcribiendo el libro más o menos textualmente,capítulo por capítulo (si los capítulos van así seguidos como los pones,o son particiones que vas haciendo tú para irnos colgándolo poco a poco... o también si te saltas algunas partes o párrafos que consideres menos trascendentes...en fin, creo que me entiendes)

Lo pregunto porque evidentemente estoy, al igual que muchos, subyugado por esta obra que desconocía y voy a tratar de pasarla a papel y luego encuadernarla aunque sea un poco en plan "chapucilla" por si no consigo adquirirla en un futuro...(ya lo sé... llámame romántico, clásico, o anticuado, pero a mí lo de tenerlo copiado "dentro del ordenador" como que no es lo mismo...donde esté un libro físico, en papel, y hojearlo, manosearlo y llevarlo a donde quiera...pues eso... rolleyes.gif )

Es algo que ya hice antaño con "HMM" y no veas lo chulo que me quedó tongue.gif ... y lo guardo como oro en paño.

Espero que no te moleste esta libertad que me tomo con "tu niño" por así decirlo.Si es así me lo dices sin problemas.

Por otra parte, quiero decirte que espero que no te tomes nada de esto como una obligación para con nosotros. O que por lo que te digo vayas a transcribir todo textualmente sin que tuvieras pensado hacerlo antes. Por descontado entiendo que lo que TU decidas colgarnos es más que suficiente, y hasta donde quieras, puedas, o te canses... hablo sólo por mí, claro. Por mi parte, agradecido infinitamente con lo que ya nos has dado, aunque lo dejaras de golpe.

Nada más. Y un abrazo.

PD. la escena en que llevan a Rudi en una silla hasta la tienda después del accidente... entiendo que es la de la famosa foto ya comentada... ¿o me equivoco?

Publicado por: Raquel el May 8 2008, 08:41 PM

CITA(Nivola @ May 8 2008, 08:06 PM) *
Ufff !!!! Espectacular, Raquel.... como siempre!!!
De hecho, ya paso de darte las gracias en cada respuesta por no ser repetitivo y convertir cada intervención en un contínuo agradecimiento... pero consideralo como si lo hiciera siempre wink.gif

Por cierto, tengo dos preguntillas sobre el libro...(sin prisas):
En primer lugar, si me puedes decir exactamente el título y el autor.
Y segundo, saber si estás transcribiendo el libro más o menos textualmente,capítulo por capítulo (si los capítulos van así seguidos como los pones,o son particiones que vas haciendo tú para irnos colgándolo poco a poco... o también si te saltas algunas partes o párrafos que consideres menos trascendentes...en fin, creo que me entiendes)

Lo pregunto porque evidentemente estoy, al igual que muchos, subyugado por esta obra que desconocía y voy a tratar de pasarla a papel y luego encuadernarla aunque sea un poco en plan "chapucilla" por si no consigo adquirirla en un futuro...(ya lo sé... llámame romántico, clásico, o anticuado, pero a mí lo de tenerlo copiado "dentro del ordenador" como que no es lo mismo...donde esté un libro físico, en papel, y hojearlo, manosearlo y llevarlo a donde quiera...pues eso... rolleyes.gif )

Es algo que ya hice antaño con "HMM" y no veas lo chulo que me quedó tongue.gif ... y lo guardo como oro en paño.

Espero que no te moleste esta libertad que me tomo con "tu niño" por así decirlo.Si es así me lo dices sin problemas.

Por otra parte, quiero decirte que espero que no te tomes nada de esto como una obligación para con nosotros. O que por lo que te digo vayas a transcribir todo textualmente sin que tuvieras pensado hacerlo antes. Por descontado entiendo que lo que TU decidas colgarnos es más que suficiente, y hasta donde quieras, puedas, o te canses... hablo sólo por mí, claro. Por mi parte, agradecido infinitamente con lo que ya nos has dado, aunque lo dejaras de golpe.

Nada más. Y un abrazo.

PD. la escena en que llevan a Rudi en una silla hasta la tienda después del accidente... entiendo que es la de la famosa foto ya comentada... ¿o me equivoco?


Gracias, Nivola smile.gif

Por supuesto, es innecesario que me des las gracias (tú o nadie) a medida que voy posteando y vosotros interviniendo. Ya os he dicho que yo feliz si os gusta y puedo de este modo compartirlo. wink.gif

Para nada me molesta que te tomes las libertades que tú quieras a la hora de preguntar cuanto gustes, ¡todo lo contrario!

Te respondo a las dos preguntas:

1.- Sobre el autor y título del libro: no lo fui poniendo después porque lo dejé indicado en la 1ª página de este mismo tema, es Rudolf Caracciola el propio autor (se supone, otra cosa es que utilizara un "escribiente" que no se nombra). Por ello el título es :MI MUNDO. Vida de un piloto automovilístico. Es su propia autobiografía.

2.- Aunque al principio, cuando dejé ese primer texto a colación del tema que había abierto Ayrton con esa fantástica cantidad de documentación de hemeroteca, la idea no hubiera sido continuarlo, pues luego ya ves... ¡la culpa la tuvo Tenista! biggrin.gif Así que, completado el primer capítulo, fui añadiendo progresivamente.
Por lo tanto, es como tú dices: sigo cada capítulo e intento transcribirlos uno a uno, completos (a no ser que en algún caso hubiera alguno demasiado largo). No recojo fragmentos que a mí me gusten especialmente, o me salto otros. Ojalá pudiera saltarme estos 3 capítulos que hablan del accidente y su convalecencia, pues se me atraganta el teclado en la garganta y no imagináis las ganas que tengo de pasarlos...

En realidad, como decía el otro día en un post "aclarándole conceptos" a Ayrton , wink.gif hay una razón por la cual me prometí a mí misma intentar cumplirlo.
Espero que así pueda ser...

Totalmente de acuerdo contigo: donde esté un libro de papel que se pueda palpar y sentir... que se quite lo demás. NO TIENE COMPARACIÓN.
Así tengo yo también mi "especial edición" encuadernada, que me regaló dedicada un compañero forista -IMPRESIONANTE- . Y si vierais cómo está, llenó de notas, puntos y marcas de páginas con "sucesos"... UFFF... hasta lágrimas imprimidas entre las letras creo que hay entre sus huellas!!!

Llámame romántica, nostálgica, sensiblona... lo que quieras. rolleyes.gif

Cierto, la foto de la que estuvimos hablando de Rudi en la silla en shok, transportado hasta esa trastienda de Mónaco en la que espera la asistencia médica y la ambulancia que le lleve al hospital es ésa misma que posteó Julián.

¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Menos mal! smile.gif

Otro abrazo para ti, y muchísimas gracias por tus comentarios.

Publicado por: tenista el May 8 2008, 08:43 PM

Muchas gracias Raquel, Ha tocado capitulo triste y aunque sea ficcion se lo que se siente en varias de esas circunstancias.

Muchas gracias, de nuevo.

Publicado por: Raquel el May 8 2008, 10:30 PM

CITA(tenista @ May 8 2008, 07:43 PM) *
Muchas gracias Raquel, Ha tocado capitulo triste y aunque sea ficcion se lo que se siente en varias de esas circunstancias.

Muchas gracias, de nuevo.


Sí, Tenista. Es lo que comentaba. Que han tocado capítulos muy duros: hay partes en las que se hace un engrudo deglutir ciertas cosas que describe y que, sólo una persona que las haya sentido en su propia carne, podría dejar plasmadas con tanta simplicidady agudeza al transmitirlas.

"Ficción" propiamente no es. Lo que sí es cierto es que el tiempo transcurrido, más la forma que toma el relato: parece una novela, nos hace verlo con la lejanía de la imaginación que lo recrea. Se convierten, casi, en "personajes de un libro".

Sin embargo, como bien dices, a mí también me ha tocado ponerme en la piel de lo que pudiera sentirse en esas circunstancias. ¡Y cuesta!
"Entender" es una cosa. "Comprender" implica mucho más. wink.gif

Precisamente, hoy me hubiera encantado dedicarle un capítulo a XUG smile.gif , persona por la que siento gran estima y mucho agradecimiento, ya que además es nuestro WEBMASTER en http://pdlr.gaiztor.com/, el foro del Campeonato GPL. Porque es su cumpleaños.
No ha podido ser: yo no quería estos capítulos tristes. Pero yo no mando sobre el orden de un libro... wink.gif

Publicado por: Raquel el May 12 2008, 04:44 PM

Este veneno de la velocidad, ¡el más implacable y frío, pero el más hermoso de los venenos concedidos al hombre!

"CAPÍTULO XII



- Ahora, ya lo ves – me dijo carlota -, cada día irás encontrándote mejor. _ Me hablaba sonriéndome, pero había lágrimas en sus ojos.

Al tercer día otra vez los rayos X. El jefe médico del hospital y el radiólogo estuvieron conmigo, pero no hicieron ningún comentario.

Por la tarde el doctor vino a verme. Llevaba en un gran sobre las radiografías de mi pierna.

- Mire esto – me dijo, señalándome un punto del clisé -. El cartílago no se ha consolidado en la fractura.

- ¿Qué quiere usted decir?

- Que la pierna no está en situación de soportar el peso de su cuerpo – dijo-. Sería mucho mejor proceder la intervención. Le pondríamos un tornillo para asegurar la parte fracturada.

Me negué con un gesto de cabeza.

- Entonces, habrá de ser escayolado otra vez, por lo menos un mes – dijo con firmeza.

- No.

- Muy bien; entonces tendrá que soportar las consecuencias. En estas circunstancias no puedo ordenar otro tratamiento.

Se fue, pero cuando estaba en la puerta, volvió y me dijo:

- Señor Caracciola, tiene usted que ser razonable. No hay otra alternativa. O bien espera a que el cartílago se endurezca para que sus huesos puedan sostenerle nuevamente, en cuyo caso sería necesario enyesarle hoy mismo, o se deja intervenir.

No le contesté y miré a Carlota. Estaba de pie junto a la cabecera de la cama. Agarraba tan fuertemente los barrotes que sus nudillos estaban lívidos. Lloraba en silencio

El doctor esperaba una respuesta. Al final saludó rígidamente y se fue.

- Deja que te operen, Rudi – exclamó de repente Carlota. Ya no lloraba calladamente; su cuerpo se estremecía en sollozos.

- ¿Y qué pasará si la fractura continúa sin soldarse? ¿Cómo podré continuar conduciendo?

- Rudi, ¡ya o podrás conducir más!

- ¿Qué dices, qué estás diciendo?

Me miró horrorizada. Repitió, casi con obstinación:

- No, ya no podrás conducir más. El doctor me lo dijo: el muslo, el cuello del fémur, está destrozado.

- ¿Quién te lo dijo?

- El doctor Trentini.

Mi cuerpo pareció quedar paralizado ante aquella revelación. Un frío terrible se deslizó desde mi corazón a todo el cuerpo.

- ¿Crees que no debiera haberlo dicho?

- Sí, claro que sí.

Calló. Todo mi ser se rebelaba contra aquella estúpida crueldad del destino. No; aquello no podía ser, ¡no debía ser!

- Pero, ¿por qué tienes que estar siempre pensando en conducir? ¿No podrías empezar otro asunto? Hay fantásticas cosas que puedes hacer…

- Por favor, no continúes.

Carlota no comprendió lo que significaba para mí el roncar de los motores a la salida, el agudo zumbido del compresor y el raudo deslizarse por encima del reluciente asfalto. Este veneno de la velocidad, ¡el más implacable y frío, pero el más hermoso de los venenos concedidos al hombre! Se tranquilizó cuando logré sentarme a su lado y la consolé. La había herido y estaba dolido de haberlo hecho. Le estreché la mano.

- Haré otra tentativa… Esta noche hablaré con el radiólogo. Si opina lo mismo que el doctor, mañana por la mañana me dejaré enyesar otra vez.

Solicité poder hablar con el doctor especialista en rayos X. Confirmó en todos sus extremos el diagnóstico de su superior. Al día siguiente mi pierna estaba otra vez enyesada.

Dos días más tarde murió Giovannini, y tres semanas después el profesor Putti regresó de América.

Sostuvimos una larga conversación. Le expuse francamente lo que pensaba, o sea que había perdido toda mi fe en la ciencia de la medicina y que confiaba solamente en mi sana constitución. Se sonrió.

- Existen tres factores, señor Caracciola – me dijo -, que pueden convertir un hombre enfermo en otro lleno de salud: la fe, la fuerza de voluntad y la medicina. Creo que el que tiene más fuerza de los tres es la medicina.

Le estreché la mano. Apreciaba de veras a aquel hombre. Estaba por encima de su profesión y la consideraba con cierto cariño escéptico; quizás por esa misma razón era un gran médico.

Dos semanas más tarde salí del hospital. Andaba con dos muletas y una pierna me dolía muchísimo con cada paso. Carlota y yo fuimos a Lugano, n donde unos amigos tenían una casa. Lugano es un punto caluroso y soleado, y yo necesitaba calor y sol para mi pierna enferma.

La casa de mis amigos se hallaba cerca del lago. Pasaba sentado en la terraza todo el día, mirando cómo se reflejaban en el agua las montañas y las movedizas nubes; era un continuo juego de luces y de sombras que no me cansaba de contemplar.

A mediados de noviembre me llamó por teléfono Neubauer, desde la casa Mercedes me preguntó cómo me encontraba y si pensaba conducir la temporada siguiente.

- Sí – le contesté.

- ¡Estupendo, estupendo! – dijo Neubauer, y me preguntó si podría venir a pasar con nosotros el próximo fin de semana.

- Naturalmente – le contesté -: no deje de hacerlo.

Mi excitación fue en aumento durante los días que precedieron a aquel sábado. Me había reclamado Mercedes. Esto quería decir que la casa construía nuevamente automóviles de carreras; quería decir también que les interesaba que yo volviera a correr para ellos.

Acosé al médico de Lugano para que sustituyera los vendajes por otros más livianos. Con ayuda de Carlota me puse unos pantalones y ensayé ante el espejo el modo de andar, tal como hacen los actores. Nadie había de darse cuenta de que aún sentía dolor al caminar.

Llegó el sábado. Carlota fue a la estación a recibir a Neubauer, mientras yo esperaba en casa. Oí cómo se detenía el automóvil ante el portal. Fuertes pisadas ascendieron la escalera; se abrió la puerta y Neubauer fue hacia mí con los brazos abiertos. Me adelanté cojeando. Me dio unos cariñosos manotazos en la espalda y me dijo alegremente:

- Rudi, ¡mi buen Rudi! ¡Qué contento estoy de verte otra vez andando!

Su cara resplandecía de alegría, pero sus oscuros ojos me estudiaban de pies a cabeza. Nos sentamos.

- Bueno – empezó -, no hagas más conjeturas. Sí, volvemos a construir coches de carreras. Las cosas están mejorando en Alemania, y, claro, las empresas ¡vuelven a las carreras! – Puso la mano sobre mi dolorida rodilla, pero no hice ningún gesto -. ¿Qué te parece, Rudi? ¿Te gusta todo esto? ¿Podrás conducir?

- Claro que puedo conducir – dije con toda tranquilidad -. Me entusiasma el pensarlo; pero todo depende de la clase de contrato que se me ofrezca.

Frunció la frente con asombro.

Puesto que supuse que llevaba un contrato, le pregunté abiertamente de qué clase sería el que la empresa me ofreciera. Agitando los brazos, me contestó:

- Realmente, Rudi, no lo sé. Será mejor que vayas a Stuttgart y tratas de eso con el doctor Kissel. He venido solamente como amigo, con la intención de poder pasar unas horas felices con vosotros.

En realidad pasamos pocas horas felices. Me dolía cruelmente la pierna; parecía que se hubiese aflojado el yeso, y tenía la desagradable impresión de que Neubauer observaba cada uno de mis pasos para calibrar cómo se portaba mi “puente trasero”. Regresó a Stuttgart el día siguiente y dijo en su informe: “Caracciola continúa en baja forma. Por ahora no podemos contar con él”.

Cuando me enteré, no me enfadé en absoluto. Conocía aquellos negocios. Neubauer había actuado en interés de la empresa. Un hombre de negocios no puede permitirse tener sentimientos. Para él las personas sólo tienen importancia funcional: si alguna no puede desempeñar su cometido de modo ordenado, debe abandonar su plaza. Es una ley muy dura, tan implacable como es en la naturaleza la lucha por la existencia y la supervivencia. Pero esta norma no admite excepciones de los hombres que se han consagrado a la máquina.

En enero partí para Stuttgart y firmé un contrato que no hubiera aceptado un año antes. Pero entonces, estaba tumbado en una cama del hotel, incapaz de levantarme, agotado, después del viaje. Había hecho un gran esfuerzo y la pierna lo acusaba con grandes dolores. Debido a todo esto, firmé. Lo hice sin resentimiento e incluso con gratitud. Después de todo, consideradas las circunstancias, era una nueva oportunidad que la casa me proporcionaba.

Poco tiempo después regresé a Arosa con Carlota. “¡El sol, mucho sol!, era lo que me había aconsejado el médico que consulté en Stuttgart.

En aquellas montañas había mucho sol. Resplandecía el día entero en un cielo de color azul-acero y se reflejaba millares de veces en las nevadas cúspides. Habíamos alquilado una casa pequeñita en la que vivíamos los dos solos. Pasaba el día tumbado en el balcón, mientras Carlota se cuidaba de la casa. Aquellos días eran como los primeros de nuestro amor. Hablábamos de nuestras ilusiones para el futuro y de todo lo que haríamos cuando pudiera conducir de nuevo. Por las tardes, paseábamos juntos, cada día era un poco más largo el paseo. Rodeaba el cuello de Carlota con un brazo y con el otro me apoyaba en el bastón. Prefería salir al atardecer, pues así, durante el ejercicio, no me veía nadie.

Carlita era una entusiasta del esquí. Después de los largos meses pasados en Bolonia, le ilusionaba la idea de poder hacer una larga excursión en esquí con algunos de nuestros amigos. Cuando se lo propuse, se negó, pues no quería dejarme solo; pero tras mucho insistir logré convencerla.

Partió una mañana para realizar aquella excursión. Convinimos en que aquella tarde le esperaría en la estación. Hacia las cinco llegó el tren, pero ella no, ni ninguno de sus compañeros. Me entristecí y, cojeando, regresé a casa. Me senté junto a la ventana, esperando. La tarde languidecía. Aún había luz en las montañas, pero en los valles reinaban ya suaves y azules sombras. No encendí la luz. La habitación estaba muy oscura; vi aparecer las primeras estrellas y una luna que parecía un bote que navegase sobre las cimas del este.

A las siete me llamaron desde Lenzerheide, una estación alpina. La telefonista me dijo que los de la excursión regresarían en el último tren. Un accidente les había obligado a permanecer allí más tiempo de lo pensado.

- ¿Qué clase de accidente…?

No lo sabía.

El último tren llegó a las nueve y media. Desde la ventana del dormitorio veía la estación. Vi cómo llegaba el tren, con las ventanillas iluminadas trepando por la montaña. Después se paró. La blanca plazoleta ante la estación oscureció de multitud.

Encendí las velas y volví al comedor. Eran las diez menos cuarto. Abrí la ventana y miré. El aire frío de la noche hizo estremecer la llama de las velas.

Un esquiador, cargado con los esquís, ascendía por el camino. La nieve crujía bajo sus botas. Cuando le vi desde lejos creí que se trataba de Carlota, pero cuando estuvo más cerca comprobé que era un hombre. Llegó a la casa, se descargó de los esquís y los dejó en un farol. Después se dirigió a la entrada de la casa.

Cerré la ventana, tomé una vela y salí tan de prisa como pude. Cuando llegué al rellano, llamaron.

- Entre, ¿quiere? – Mi propia voz me sonó extraña.

Se abrió la puerta y aquel hombre subió las escaleras. Alcé la vela para alumbrarle. Era un hombre joven, uno de los compañeros de la excursión.

- Buenas noches, señor Caracciola.

- Buenas noches.

- Deseaba…

De pronto se detuvo y me miró. La luz de la vela daba de lleno en su rostro. Leí todo en sus ojos.

- ¿Carlota? – pregunté, y él asintió.

- ¿Muerta?

La palabra brotó de una seca garganta. Él asintió. Fui hacia la barandilla. Quedamos mirándonos fijamente en silencio. La escalera estaba oscura; la vela temblaba en mi mano. Bajo aquella luz, sus rostro parecía exánime, como la de un muerto. Empezó a hablar:

- La avalancha cayó sobre ella… Tenía que haberse dado cuenta. Se dejó coger de lleno. Probablemente sufrió un ataque de corazón.

Seguimos mirándonos en silencio. De repente dio media vuelta y bajó corriendo las escaleras, como si alguien le persiguiera. Abajo, con un portazo, cerró.

Volví al comedor y apagué todas las velas. Todas, excepto la que llevaba en la mano."

Publicado por: tenista el May 12 2008, 08:26 PM

Muchas gracias Raquel, la historia se ha tornado triste y dura, ...... como la vida misma.

Espero con impaciencia el siguiente capitulo.

Publicado por: Raquel el May 14 2008, 04:34 PM

Volver a las carreras me emocionó más de lo que había supuesto.

"CAPÍTULO XIII



Chiron, sin avisarme, fue un día a visitarme. Yo estaba acostado, en una habitación a oscuras. No le esperaba. No esperaba a nadie.

Arrojó su chaqueta encima de una silla y se sentó a mi lado. No me habló para nada de la desgracia, lo que en mi interior agradecí mucho.

- “Bon jour, Rudi” – me dijo. Habló con toda sencillez, como si hiciera pocos días que nos habíamos visto -. ¿Te gustaría dar la vuelta de honor en Mónaco? Me lo dijo Nogués que los de allí querían escribirte. Pero yo dije que no; ¡nada de escribir! Vendría a buscarte.

Le dije que no, que de ninguna manera.

Se puso en pie y fue hacia mí. Me puso las manos en los hombros y me dijo:

- Rudi, un día u otro tienes que salir de esta cueva, eres joven; ¡no puedes retirarte aún!

Estuvo hablándome durante media hora. Finalmente le dije que sí.

Llegué a Montecarlo a la una de la tarde del día de la carrera. Estaba señalada para las tres. Hacía un magnífico día de primavera. Las blancas calles de la ciudad relucían bajo la luz de aquel sol, y el azul del mar se extendía hasta el horizonte. No me dirigí al circuito hasta un poco antes de empezar la carrera. Cuando pasé por delante de las tribunas, una muchacha tiró un ramo de flores dentro de mi coche. El presidente se levantó y me dio la bienvenida. También muchos espectadores se levantaban para saludarme.

Al pasar ante los boxes conduje muy despacio. Los automóviles estaban ya alineados, y los mecánicos les prodigaban los últimos cuidados. Durante todo el recorrido de mi vuelta me emocionó el rugido de la puesta en marcha de los motores.

En las bocacalles la gente aplaudía y vociferaba. Vi el sitio donde me estrellé, las rocas que destrozaron mi pierna.

Pasé lentamente por la recta al lado del mar; pude oír cómo chocaban las olas contra las rocas y sentí la fresca brisa que venía del agua. ¡Hacía un tiempo magnífico para una carrera!

Continué conduciendo. La pierna derecha empezaba a dolerme. Tenía que manejar el acelerador y el freno con el pie izquierdo. Cuando regresé a la línea de salida, los automóviles estaban a punto, situados en cuatro filas, los rojos vehículos italianos, los azules franceses. Paré, salté del coche y los contemplé. Conocía a todos aquellos que estaban a punto de arrancar.

Estaba el pequeño Nuvolari, con su flexible figura de torero, y Chiron, el gran campeón francés, con su mono azul claro y el pañuelo rojo blanco. Varzi, con el cabello peinado con raya en medio y el eterno cigarrillo humeante en los labios. Earl Howe, el veterano entre los corredores amateurs ingleses, con sus vivarachos ojos sonrientes, en aquel momento sin su habitual paraguas gris. Muy cerca de Howe, en un reluciente Bugatti, Moll, el nuevo valor francés, y más allá, Fifí Etancelin. También vi a DDreyfus, que otra vez había vencido en Montecarlo, y a Faroux, a punto de dar la salida; Faroux, el más grande periodista del automovilismo francés, celebre en todo el mundo por sus objetivos comentarios sobre todo lo referente a las carreras, un caballero en todos los conceptos.

Faroux levantó la bandera, aullaron los motores y una nube de humo me envolvió. Bajó la bandera y arrancaron. Contemplé cómo salían en un grupo compacto; cómo desaparecían en una nube de humo. Di la vuelta, paré ante la tribuna y salí de la pista. Volver a las carreras me emocionó más de lo que había supuesto. Aquel era mi mundo; allí era donde yo debía estar. Un hombre es corredor lo mismo que otro es cazador, más por instinto que por raciocinio. He despreciado siempre a los muchachos que se sientan al volante sólo para perseguir el logro de una buena jubilación. O se es piloto de carreras por vocación, o no se es, sin términos medios.

Era necesario que volviera a conducir, pues sólo así podía soportar la vida. ¿Pero qué sería de mí si al intentarlo fracasara? Me dolía la pierna, a pesar de haber conducido durante tan poco tiempo. ¿Sería capaz de soportar una carrera de trescientos, cuatrocientos o quinientos kilómetros? Aun así, era preciso que volviera a conducir para que la vida se me hiciera soportable. ¿Pero qué pasaría si al volverme a sentar ante el volante no pudiera competir en lucha contra los jóvenes, contra los fuertes? Sería como si reconociera mis heridas con un puñal. Sabía muy bien lo que dirían: Caracciola ya no está en la forma de antes…, es demasiado viejo… no tenía que haber vuelto al deporte…

Pero yo tenía que recuperar lo perdido. Tenía que ser otra vez dueño de mi cuerpo. De otra forma, la vida carecía de objetivo.

¿Qué otra cosa podía hacer yo? ¿Volver a ser un comerciante, un vendedor de automóviles? Aquello podía ser una solución para los que sólo corrían para ganar dinero. Para mí las carreras eran algo más elevado. Que sonría la gente y se encoja de hombros ante la idea de que unos hombres arriesgan sus vidas por ser más rápidos que otros durante unos segundos. Para mí, la única felicidad consiste en estar sentado al volante, agazaparme tras el parabrisas y estar atento a la bandera de salida, y arrancar.

Y después, las horas sobre la pista: el aire silba y los motores rugen. Dejar de ser aquel hombre que tiene herida la pierna y triste el corazón; convertirse en otro que domina trescientos, cuatrocientos caballos de fuerza. Uno es la voluntad que rige aquella criatura de acero; piensa por ella, sus ritmos son uno sólo. El cerebro trabaja con la misma velocidad y precisión que aquel corazón de acero. Sino, el monstruo se convierte en dueño y os destruye. Había de conducir. Era lo único que me importaba.

Era imposible retroceder. Tenía que conducir de nuevo. ¡Tenía que hacerlo! ¡Tenía que hacerlo!

Dos semanas más tarde llegó un telegrama de la casa Mercedes: entrenamientos en el Avus a punto de empezar. El nuevo modelo, el 34, iba a ser probado.

Fui a Berlín. Llegué por la tarde al hotel en donde Neubauer y el director, el proyectista del coche, me estaban esperando.

Continuaba ayudándome con un bastón. Neubauer continuaba examinándome. Llevaban allí dos días con Brauchitsch y con Fagioli, que habían empezado a entrenarse con el nuevo modelo. Obtuvieron unos tiempos aceptables, pero no sensacionales. Yo tenía que empezar la mañana siguiente a las once. Pregunté si podría empezar antes, pues no quería que mi reaparición fuese sensacional en la prensa. Vi cómo Neubauer y Niebel cambiaban una rápida mirada. Después Neubauer me dijo:

- ¡Pues claro, Caracciola; todo lo que quieras!

El día siguiente por la mañana nos encontramos en el Avus.

Cuando yo llegué ya estaban allí los demás. Neubauer, Niebel y los mecánicos. El coche también, pequeño y blanco. Lo encontré muy atractivo, muy parecido al monoplaza que siempre había soñado.

Era una hermosa mañana de mayo. El cielo tenía un tono azul pálido. Brillaba el sol en las copas de los árboles, y nos envolvía un agradabilísimo olor de resina.

Llegué en mi automóvil junto al bólido, bajé y me dirigí hacia él apoyándome en mi bastón. Los mecánicos me ayudaron a sentarme al volante. Noté que el corazón me subía a la garganta.

Un hombre joven, con una libreta de notas en la mano se me acercó, pero Neubauer hizo que se apartara. Un fotógrafo de prensa disparó. Un mecánico puso en marcha el motor y se apartó de un salto. Salí. Di la primera vuelta conduciendo con mucho cuidado, estudiando la pista. La pierna me dolía un poco, pero el dolor era soportable.

Aceleré. El coche alcanzó más velocidad. Los árboles de ambos lados se transformaban en una pared gris verdosa. La blanca cinta de la pista parecía estrecharse cada vez más, y el silbido del aire se convirtió en un agudo zumbido.

¡Gracias, Dios mío! La cosa marcha bien. ¡Podía conducir!

Después de la séptima vuelta, me indicaron desde el box que pasara. Al finalizar la octava me dirigí hacia allí. Paré. Neubauer y Niebel vinieron hacia mí.

- ¿Cómo ha ido?

- Muy bien, doctor Niebel – contesté -. He quedado muy satisfecho de la máquina, pero hubiera podido sacar mejor rendimiento en las curvas si la pista hubiese estado mejor diseñada.

Me pareció que esta observación no agradó al doctor Niebel. Neubauer no dijo nada. Los mecánicos me ayudaron a bajar y volví a mi automóvil, procurando no cojear y apoyarme lo menos posible en el bastón. Me hubiera gustado mucho preguntar cómo habían resultado los tiempos, pero no quise correr el riesgo de verme humillado.

El joven de la libreta, el que Neubauer apartó, vino hacia mí y murmuró un nombre que no pude entender. Le miré. Era pálido, rubio y se peinaba hacia atrás; sus ojos miraban tras los vidrios de unas gafas sin montura. Tenía los ademanes de un animal nervioso y acosado.

- Le felicito, señor Caracciola – me dijo -: ha estado usted soberbio.

- ¿Si? – le contesté en el tono más indiferente posible, mientras mi corazón batía con mayor rapidez.

- En la última vuelta ha marcado los doscientos treinta y cinco por hora – me comunicó -. Mejor tiempo que el de los entrenamientos de ayer.

- Bien; lo celebro – repuse, reteniendo mis deseos de darle un abrazo.

- ¿Y cómo anda eso? – me preguntó señalando mi pierna con el lápiz.

- Estupendamente – le contesté -. Realmente, tan bien que muy pronto volveré a patinar sobre hielo.

Fui al automóvil y me senté tras el volante. El joven continuaba a mi lado. Se apoyó en la ventanilla.

- ¡Caramba, doscientos treinta y cinco! ¡Eso es un tiempo estupendo de veras!

Volví a darle gracias y estreché otra vez su mano. Después arranqué.

Me encontraba muy bien; Ni aun después de la prueba de Nürburgring, en 1931, me había encontrado de aquella manera. Las cosas iban arreglándose. Podía conducir, e incluso podría haber obtenido mejor rendimiento de aquel automóvil.

Solamente había una nube oscura n el horizonte. ¿Resistiría una carrera de tres o cuatro horas conduciendo a fuertes velocidades? Tuve la suerte de que la casa Mercedes decidió no participar aquel año en la prueba del Avus, por lo que pide reservarme sin llamar la atención del público.

Inscribí mi nombre por primera vez en el Gran Premio de Alemania. Llegó el día de aquella difícil prueba y luché tenazmente con Stuck por obtener el primer puesto. Me situé por fin en cabeza, mas mi motor falló y me vi obligado a abandonar. Sólo había corrido media carrera, por lo que aun ignoraba si podía resistir una de quinientos kilómetros.

En agosto me inscribí en la carrera en cuesta del collado de Klausen. Era ésta una carrera de tan sólo 22 kilómetros. El único contrincante de quien podía temer era Hans Stuck, que montaba un Auto-Union.

Me obsesionaba otro pensamiento: en 1932 batí el récord de aquella prueba, y nadie había obtenido luego mejor tiempo que el mío. ¿Y si batiese mi propio récord? Con esto demostraría que había recuperado mi antigua forma; que incluso la había superado.

Los días del entrenamiento fueron tristes y lluviosos. Las nubes ocultaban las cimas de las montañas y jirones de tupida niebla descendían hasta los valles. La pista estaba resbaladiza. Las motocicletas y los automóviles deportivos partieron antes que nosotros. Todos conducían con mucho cuidado, por lo que las velocidades alcanzaban una media inferior a la de los años anteriores.

La carrera se celebró el domingo, bajo los rayos de un sol espléndido. Aquella carrera no era para mí una de tantas. Tenía conciencia de que había de emplearme a fondo, así que conducía a toda velocidad desde la misma salida. No vi a ninguno de mis contrincantes; tan sólo oía el rugido de mi motor y durante varios minutos conduje despegado de los demás. Cuando llegué a la meta, había batido mi propio récord. Había sido el más rápido; veinte segundos más rápido que tres años antes. Era evidente que volvía a ser el hombre de antes… en aquella corta carrera."


PD: ¡Por fin volvemos a la alegría! smile.gif O al menos, quedan atrás "oscuras nubes" que durante tantas y tantas líneas han privado de luz y sensaciones gratas a Caracciola.
¡Qué frases tan bonitas sobre lo que siente un piloto pueden leerse en este capítulo! Yo sé de alguien que guarda mi lechuza de Atenea y que alguna vez me las contó de forma parecida... wink.gif ¿Verdad que sí, Ayrton? smile.gif

Publicado por: Raquel el May 15 2008, 05:15 PM

Cuando VENCER no es GANAR... Vamos, así lo veo yo...

...pero yo no estaba de humor para escuchar aquello y salí a dar una vuelta.

CAPÍTULO XIV



Me inscribí en el Gran Premio de Italia, en Monza. La carrera tenía que celebrarse en septiembre. Era el último GP del año y tenía alrededor de quinientos kilómetros. Llegamos a Milán a finales de agosto: Brauchitsch y Fagioli eran los otros compañeros de equipo. Auto Union estaba representado por Stuck, Momberger y el príncipe Leiningen; y Alfa por Varzi, el conde Trossi y Chiron. Maserati mandó a Nuvolari.

Era un verano cálido en extremo. Nos encontrábamos diariamente. Los italianos habían reconstruido la pista de modo que formase un intrincado conjunto sinuoso, lleno de curvas muy cerradas y de amplios virajes de suave peraltado. Era preciso manejar sin pausa el cambio y el freno; apenas podía dejarse de la mano la palanca del cambio de marchas.

- Es realmente una carrera de montaña sin montañas – dijo Bubi Momberger. Sin embargo, en ella se podía cronometrar buenas velocidades.

Los de Alfa obtuvieron tiempos de 2’ 25’’ a 2’ 28’’ por vuelta. Yo logré 2’ 24’’, pero Stuck nos superó a todos, pues rebajó el tiempo hasta 2’16’’.

La tarde anterior a la carrera los corredores de Mercedes nos reunimos en un bar de Milán. Neubauer teorizó acerca de nuestras posibilidades. Siempre lo hacía así, y lo hacía con amorosa atención; pero yo no estaba de humor para escuchar aquello y salí a dar una vuelta. Tenía bastantes preocupaciones con mis propios asuntos. ¿De qué me servirían aquellos puntos de táctica si mi pierna no resistía?

La noche era húmeda, el cielo estaba nublado y un presagio de lluvia llenaba el ambiente. No se veía brillar ninguna estrella. Me dirigí a la plaza del Duomo. Las calles estaban llenas de gente que se movían ruidosamente. La noche era tan calurosa y pegajosa, que la ciudad era un inmenso baño de vapor. La blanca catedral resplandecía con el brillante fulgor de los proyectores y sus agujas se perdían en el cielo oscuro. Por las puertas de los bares entraban tormentas de luz y rumores de voces, a las puertas de las casas la gente tomaba el fresco.

Cené con otros compañeros en un restaurante de la ciudad. Éramos rivales en la lucha, pero nos unían lazos de amistad y gozábamos de nuestra mutua compañía. No acostumbrábamos a hablar de nuestros automóviles, lo mismo que nadie gusta de tratar de asuntos íntimos. Por lo general la charla versaba sobre las carreras anteriores. Aquella noche Brivio nos relató sus andanzas por Suecia y nos habló de sus propias supersticiones, que, dicho sea de paso, son comunes en Italia. Cierta vez llegó tarde a los entrenamientos y tomó parte en la carrera sin ninguna esperanza. Aquella mañana entró por la ventana un gorrión que se posó en la mesa en que desayunaba. Esto le desanimó, pues se dice que los pájaros sólo entran en las habitaciones de los muertos. Sien embargo, Brivio ganó aquella prueba.

De modo tan indolente como elegante, nuestro amigo Trossi aguantaba un chaparrón de preguntas sobre su automóvil particular, recién construido de acuerdo con sus deseos y caprichos.

Así, por ejemplo, le aconsejábamos que continuara entrenándose de noche, pues así tendría más tiempo de día para intentar que su motor arrancase. Cada cual hablaba de sus propias experiencias; y como muchas veces habíamos corrido juntos, era frecuente que con una carrera hubiese tema de conversación para todos, aunque las inevitables diferencias para cada caso en particular.

Uno había tomado parte en la prueba con un automóvil malo: al de otro fallaba el freno, y la dirección de un tercero era demasiado dura. Pero a todos les guiaba el propósito de no abandonar; y si se llegaba a estar colocado en la delantera, obtener la victoria.

Nadie sino los pilotos sabe qué inmensa fuerza de voluntad es necesaria – a pesar de los malos ratos, de las gafas, de dolorosas ampollas en las manos, de los pies inflamados, de los costados llagados – para resistir una carrera. Charlábamos como amigos, y el día siguiente lucharíamos por el triunfo.

El año anterior aquella reunión había estado aún más concurrida. Chiron comentó lo alegre que fue, cómo se obligó a cantar a Campari, cómo se burlaron de él por el esfuerzo con que lograba introducir su corpachón en el pequeño hueco del monoplaza Alfa. Antes de la carrera no paraba de admirar el cronómetro ofrecido como premio por la casa Pirelli, y decía que después de la carrera – que pensaba ganar - , se compraría dos iguales por lo menos. Ordenó a los mecánicos que tuviesen preparado un pollo asado, pues estaba seguro de que volvería hambriento como un lobo. Pero no regresó de la primera vuelta; ni tampoco Borzachinni. Aquel día, antes de la segunda prueba, los pilotos fueron advertidos de que en la Gran Curva había un charco de aceite, pero que se había procurado limpiar la pista. Se había esparcido arena sobre el charco. Cuando empezó la tercera carrera, al atardecer, aquel defecto estaba corregido en apariencia. Campari y Borzacchini tomaron la salida a toda velocidad.

Un silencio de muerte invadió las tribunas. Lo que había sucedido parecía increíble. No obstante, la carrera continuó.

Sólo quedaban como rivales Czaikowsky y Leboux. El público había comprendido que era justificado que no tomaran siquiera la salida: tan deprimidos estaban los ánimos de los corredores. Chiron nos explicó que Leboux trató de pactar con Czasikowsky para no lanzarse a toda velocidad sino hasta las últimas vueltas, pues era muy aventurado desafiar nuevamente a la suerte de aquel nefasto día. Pero Czaikowsky rehusó.

Tampoco él volvió de la última carrera. Se estrelló en el mismo lugar que Campari y Borzsacchini.

Los cadáveres de los tres corredores recibieron solemnes exequias. Ramas de abeto pendían de las paredes, y era tan grande el número de coronas y de flores que era imposible ver los ataúdes. Sus amigos desfilaron en silencio, y el público se agolpaba respetuosamente ante los muertos héroes de las carreras.

Mas nosotros, sus compañeros, conservábamos viva su memoria. Recordábamos sus palabras; hablábamos de ellos como si no se hubieran ausentado para siempre.

Nos habíamos encariñado especialmente con el tímido y aniñado Borzacchini. No había logrado ganar mucho dinero; cuando en Trípoli alcanzó un considerable premio, sus amigos le atormentaron sin parar con sus bromas. Durante la tertulia en el restaurante, Chiron nos explicó que vio a Borzacchini en los boxes momentos antes de la salida fatal. Llevaba una cartera de piel bajo el brazo. Con su característico gracejo, Chiron nos explicó que fue hasta él diciéndole:

“¡Dios mío! Esta carrera debe de pesar mucho. ¿Llevas ahí tus millones?” Borzacchini guiñó un ojo y repuso: “Naturalmente; nunca los suelto de la mano.” Insistí: “¿Pero qué haces con tanto dinero?” “Voy a contártelo – me susurró al oído - : cuando estoy solo en mi habitación, cierro las ventanas, cierro la puerta, me cercioro de que no hay nadie dentro, y entonces, empiezo a contar los billetes. Cuando estoy seguro de que no falta ninguno, pongo el marcha el ventilador y me pongo a danzar entre los billetes de mil liras que revolotean.”

Ésta fue una de las anécdotas que se contaron aquella noche. La muerte de un camarada no era para nosotros una cosa horrible: nos parecía que iban a reaparecer en cualquier momento para unirse a la tertulia. Varzi ya había bebido su décimo café exprés. Sus amigos habían vaciado la sexta botella de champaña. Los pequeños ojos negros de Chiron se cerraban, y yo bostezaba. Era hora de acostarse. Si no, podría retrasarse la carrera, e incluso podría empezar sin alguno que hubiera quedado dormido.

- “Camarieri, conto!

La luna brillaba entre un claro de nubes y sus rayos iluminaban la catedral, que relucía como si fuera una fantástica estructura lunar. Fui directamente al hotel y me acosté en seguida. Pero no podía conciliar el sueño. Hacía un calor pegajoso, húmedo, que se infiltraba por todas las aberturas.

¿Y si también yo me matase en aquella curva? “Otra víctima en la carrera de Monza”, dirían los periódicos; y no pude evitar pensar cuántas víctimas habían caído en las pistas. Pero ésa debe de ser una buena y rápida manera de morir, pensé; por lo menos no se pasa por una prolongada agonía. Volvía también al problema que tanto me angustiaba: ¿resistiría? ¿Podría resistir toda la prueba mi pierna enferma?

La vía del tranvía formaba una curva ante mi ventana. Toda la noche estuve ojeando el chirriar de los frenos y los golpes del trole en los cables tendidos. No pude dormir hasta la madrugada.

El siguiente día, el de la carrera, la temperatura fue aún más elevada. El viento había despejado de nubes el cielo, por lo que el sol abrasaba de un modo implacable.

Llegamos a los boxes a las once. La tarde anterior se habían sorteado los puestos de salida; me correspondió uno bien situado en la primera línea. A mi lado estaban Varzi y Brivio; detrás Nuvolari y Stuck. Había quince automóviles y, según el parecer de los expertos, podía hacerse toda suerte de conjeturas sobre el desarrollo de aquel Gran Premio. Consideré que lo mejor sería no cansar demasiado mi pierna paseando por allí, por lo que opté por sentarme en el automóvil.

Estábamos situados frente a las tribunas; desde aquel sitio la multitud componía un gran espectáculo. Todos los asientos estaban ocupados y el público se apiñaba. Desde la pista, aquello parecía un campo de trigo mecido por el viento.

Tocaba una banda militar, en competencia con el tartamudeo de los motores. Los mecánicos los pusieron en marcha y se apartaron. El general Baistrocchi se adelantó con la bandera de señales en la mano. La levantó; flameaba el viento. Después, bajó la bandera.

Ya estábamos rodando. Dos automóviles blancos me pasaron veloces; después uno de los rojos. Las curvas eran tan ceñidas que era forzoso decelerar hasta cincuenta kilómetros por hora. Cuando por segunda vez pasé por el box, me mostraron el siguiente aviso:



STU-FAG-VAR-CAR



Por consiguiente, Stuck iba en cabeza, pero Fagioli le pisaba los talones. “Al fin y al cabo – pensé-, es uno de los nuestros”. Cambié, aceleré, desembragué, volví a cambiar. Aquel circuito era muy peligroso. Había calculado que serían precisos, durante sus quinientos quilómetros, cambiar de marcha unas 2.500 veces. Me acercaba al automóvil rojo que me precedía. Varzi. ¡Era terrible la valentía con que aquel compañero tomaba los virajes!

Silbaba el viento a ambos lados del parabrisas, en tono cada vez más agudo.

Vuelta sexta.

Aquello fue inesperado: Fagioli se detenía en el box. ¿Podría volver a salir? De no ser así, yo sería el único corredor con Mercedes.

Vuelta séptima.

En la curva situada en frente de las tribunas alcancé a Varzi. Ante mí sólo estaba Stuck. Iba aumentando la velocidad. ¡Tenía que alcanzarle!

Vuelta décima. El marcador señalaba:

STU

CAR – 20 seg.

LEI – 6 seg.

El calor era insoportable. El sudor que resbalaba por mi frente me irritaba los ojos. Empezaba a dolerme la pierna, pero con un dolor soportable, ¿y si aumentaba?

Solamente pensaba en conducir, conducir, conducir…

Cada vez que pasaba por delante del box, Neubauer levantaba la bandera. Esto quería decir: ¡de prisa, más de prisa! Fagioli tuvo que abandonar. Su coche estaba ahí, parado. Lo vi, de refilón, al pasar.

Vuelta duodécima. Otra vez indicaciones:

STU.

CAR – 13 seg.

Por consiguiente, había ganado siete segundos. Neubauer continuaba gesticulando, agitaba los brazos: de prisa, de prisa, más de prisa…

Vuelta veinticinco.

El dolor en mi pierna iba en aumento. Traté de ignorarlo. Veía que el cuentarrevoluciones marcaba casi 6.000 r.p.m., e igualmente me daba cuenta de que delante estaba el que era preciso alcanzar.

Vuelta treinta. Las indicaciones del box me señalaron que iba a diez segundos de Stuck. De repente sentí un intenso dolor. Al cambiar me di en el codo un tremendo golpe con la estructura del coche. Me dolía endiabladamente, tuve la impresión de que se me hinchaba el brazo; de que se volvía más y más grueso.

Vuelta treinta y cinco. Las indicaciones del box me indicaban que Stuck sólo me llevaba una ventaja de ocho segundos.

Vuelta cuarenta… Stuck primero, Caracciola segundo, con treinta y cinco segundos de difrencia. Era inútil: ¡no podría alcanzarle! Mi cuerpo estaba entumecido; era una masa sudorosa. Solamente tenía conciencia del brazo y de la pierna. Cada vez que apretaba el pedal sentía como si se clavase un cuchillo en el muslo. ¿Tendría que entrar en el box y abandonar?

¡NO!

Si abandonaba, sería como si abandonara mi propio ser. Apreté el acelerador; más de prisa aún.

Vuelta cincuenta…

STU.

CAR – 20 seg.

¡Veinte segundos! ¡Gracias, Dios mío: otra vez veinte segundos! A pesar de todo había recuperado algunos segundos. “De prisa: más de prisa”, me indicaba Neubauer con la bandera de señales.

Vuelta cincuenta y cinco. A dieciocho segundos de Stuck. ¡Era una carrera infernal!

Me dolía de tal modo la pierna que temí desmayarme de un momento a otro. No importaba. La única cuestión era llegar hasta el final.

Vuelta cincuenta y seis, vuelta cincuenta y siete, vuelta cincuenta y ocho…

En aquel momento me separaban de Stuck solamente doce segundos. Podía verle. Tan pronto estaba dentro de mi vista su automóvil blanco, como desaparecía en la siguiente curva.

Vuelta cincuenta y nueve: Stuck se dirigió al box para repostar y cambiar de ruedas.

Me puse en cabeza. ¡Iba a estallar la lucha final! Pero ya no podía más. Exigía de mí más de lo humanamente posible. Parecía como si me aserraran la pierna.

¿Qué podía hacer?

¿Admitir que ya era un inválido, que no podía resistir una carrera?

¡No! ¡Nunca!

Me di otro golpe en el codo, tan fuerte como el primero. Apenas sentí el dolor: las diabólicas punzadas de mi muslo anulaban toda otra sensación.

Vuelta sesenta. Me dirigí hacia el box y paré. Los mecánicos vinieron corriendo.

- ¡Fagioli, que me releve Fagioli! – grité-. ¡Rápido: hemos de mantener el primer puesto!

Iban a cambiar las ruedas, pero con la cabeza dije que no.

- Nada de eso; las gomas aguantarán – exclamé con un griñido, pues mi garganta estaba reseca.

Fagioli entró de un salto en el automóvil. El motor roncó y partió velozmente. Continuaba en primera posición, pues Stuck aún no había pasado.

Me fui hasta el fondo del box, andando muy derecho y esforzándome por no arrastrar la pierna. Hacía allí mucho frío y todo estaba en silencio. Me quedé solo. Los otros, afuera, estaban pendientes de la carrera.

Me senté en un bidón y extendí mi miserable pierna. Los coches pasaban rugiendo. Fagioli continuaba primero.

- ¿Qué le ha pasado? ¿Algo malo?

El doctor Glaeser, el médico de la pista, estaba ante mí. No podía hablar; señalé en silencio mi brazo derecho. Con gran cuidado me sacó el brazo de la manga. El codo estaba cubierto de sangre, negro y azul, y terriblemente hinchado.

El doctor me vendó el brazo. Para mí era indiferente cualquier cosa que hicieran a mi cuerpo. Solamente tenía una obsesión, más dolorosa que todo lo demás: No has ganado; no has podido resistir…

Llegó hasta mí el eco de los aplausos y la voz aflautada de Neubauer, que dominaba todo otro sonido:

- ¡Bravo, Luigi, Bravo!

Había ganado Fagioli. Era italiano, y por consiguiente, aquella era una victoria popular. El público gritaba con júbilo cuando fuimos a la tribuna para recoger el premio.

Publicado por: tenista el May 15 2008, 08:12 PM

Excelente, Raquel. Ya no te conformas con uno, ahora nos regalas dos capitulos. Un dos por uno laugh.gif

Muchas gracias wink.gif

Publicado por: Raquel el May 16 2008, 09:53 AM

¡A ti gracias, Tenista! smile.gif

Pero va como va, según puedo o consigo un rato de hacer "Off" a todo y desaparecer... laugh.gif

Además, es que ese capítulo me gusta MUCHO particularmente; por varias cosas (que creo que no tienen desperdicio) y, entre ellas, que cuando lo leí no podía dejar de pensar en cosas que "vivo" con los pilotillos del Campeonato GPL. smile.gif Hay escenas que me recuerdan mucho a lo que nos pasa allí, o quizás sea mejor decir que se me reproduce el modus vivendi de esa "panda de locos" (con todo mi cariño). Será que me tienen la "psique mellada" biggrin.gif

De modo que, incluso en las partes "más duras" o tristes, en seguida esbozaba sonrisas si trasladaba mi pensamiento a esas experiencias carrerísticas.

Insisto: me alegro de que le saques/saquéis jugo y partido a cuanto puede leerse. GRACIAS.

Publicado por: Raquel el May 20 2008, 03:31 PM

Cuando las pistas no están de acuerdo con las características de los vehículos, cambiamos las pistas, no los coches.
Me dirá usted, ¿y el arte de conducir?


"CAPÍTULO XV



Preferí no ir a la montaña aquel invierno. El recuerdo del año anterior estaba demasiado vivo en mi corazón. Decidí hacer un viaje por los Estados Unidos. Quería ver cómo andaban por allí los asuntos de las carreras. Los pilotos americanos tenían una fama fabulosa. Se decía que obtenían velocidades fantásticas. Pero, aunque pareciera extraño, ninguno de los que habían venido a Europa alcanzó éxitos que valiera la pena.

En el muelle de Nueva York me esperaba un representante del Automóvil Club y el ex campeón Jorge Robertson. Sabían que llegaba y se empeñaron en recibirme a mi llegada.

- ¿Cómo está usted? – me dijo Mr. Robertson -. ¿Ha tenido un buen viaje?

Tenía una personalidad interesante. Era el tipo de deportista elegante, de facciones aguileñas. Me dijo en seguida que estaba a punto de comenzar la construcción de un autódromo cerca de la ciudad.

- Un autódromo en forma de ocho, en el que desde cualquier localidad se podía contemplar perfectamente todo el circuito.

Fuimos al hotel, y desde allí a un club elegante. Robertson me explicó la diferencia existente entre las carreras europeas y las americanas.

- En Europa ustedes construyen automóviles con cinco y seis marchas. Nosotros construimos exclusivamente coches aptos para correr mucho, con sólo dos marchas. Cuando las pistas no están de acuerdo con las características de los vehículos, cambiamos las pistas, no los coches. Me dirá usted, ¿y el arte de conducir? De acuerdo, sí, pero aquí la gente lo que quiere es velocidad. Solamente ansían ver correr mucho.

Robertson me invitó a cenar. Vivía en un magnífico departamento de la Quinta Avenida. Cuando me dirigí hasta allí caía una ligera lluvia. La acera estaba cubierta desde el portal hasta el bordillo por un dosel, y además alfombrada. Un portero de uniforme con cordones dorados abrió la puerta del coche y me condujo hasta el ascensor, que subió raudo y silencioso. De un golpe subimos hasta el piso treinta y dos. Salí y me encontré dentro del living de Robertson. Vino hacia mí y me acogió calurosamente.

- ¡Hola, viejo!

Fui presentado a los demás invitados. Al principio creí que estaban tratando de burlarse de mí, pero acabé por darme cuenta de que todos hablaban con sinceridad. Hacían siempre las mismas preguntas, como si antes se hubiesen puesto de acuerdo.

- ¿Cómo le fue el viaje? ¿Se quedará entre nosotros algún tiempo? Nos gustaría que fuese así y nos visitara.

Después, un apretón de manos y la presentación de otro invitado que repetía lo mismo que los anteriores.

Casi todas las mujeres parecían cortadas por el mismo patrón. Casi todas eran rubias, de largas piernas y de aspecto agradable. Había una gran cantidad de bebida, y a media noche todo el mundo estaba de un humor festivo. Reían muchísimo de cosas cuya gracia, por más que hiciera, yo no sabía apreciar.

Después de medianoche me despedí de Robertson. Le expliqué que iba a partir temprano por el país y que tenía que levantarme al amanecer. No se enfadó. Me dio una carta de presentación para Pop Meyers, porque le dije que deseaba conocer la pista de Indianápolis. Después insistió en que presenciara una carrera de “midgets”.

- En Europa no hay nada parecido – me dijo.

Bajó conmigo en el ascensor, y nos despedimos y prometí visitarle otra vez cuando volviese de Nueva York.

Al amanecer al día siguiente partí en mi Mercedes. Cuando salí de la ciudad respiré con alivio. Era una fresca mañana de enero; el aire era puro y brillante como el cristal y un pálido cielo azul cubría el paisaje. Se divisaba una gran extensión de terreno llano. En el horizonte se juntaban la tierra y el cielo, y cuando la carretera se prolongaba recta se tenía la sensación de que uno ascendía hasta las nubes.

Las carreteras eran soberbias, anchas rectas y bordeadas de árboles. Como aún era muy temprano, la carretera estaba casi desierta. Sólo me crucé con unos cuantos ruidosos camiones, cargados de productos agrícolas, que se dirigían a Nueva York.

Pero después de atravesar Middletown vi por el espejo retrovisor que venía un Ford. No había duda de que intentaba pasarme, y a mí nunca me ha gustado que me pasaran. Creo que esto proviene de las características de mi profesión. Así que aceleré hasta cien kilómetros por hora y luego hasta ciento veinte; pero el Ford continuaba detrás de mí; incluso parecía que me ganaba terreno.

Llegué a ciento cincuenta. Llegué a un cruce con la línea del ferrocarril y disminuí la velocidad. Me alcanzaba el Ford. Vi por el espejo que cruzó las vías sin aminorar la suya. “Bueno – pensé -: ¡si es que te empeñas en dejarme atrás…!” Reduje más la velocidad. No valía la pena luchas con un contrario tan incorrecto. El Ford me adelantó; estaba ocupado por dos agentes de la Guardia Nacional. Después de alcanzarme, uno de ellos me hizo signos para que parara. Paré y ellos también.

Uno de los agentes se acercó a mi automóvil. Era joven, de rostro sano y simpática sonrisa casi infantil. Llevaba un ancho sombrero y un revólver que al andar le golpeaba la cadera. Me saludó y, sonriendo, me pidió el permiso de conducción.

Se lo enseñé. Me dio las gracias, me lo devolvió y después me preguntó, siempre con su sonrisa, si podía dar la vuelta y acompañarles hasta Eaton. Quise preguntarle el porqué, pero no pude, pues había subido ya al coche. Así pues, volvíamos por nuestro camino.

A la entrada de Eaton se encontraba un pequeño edificio de ladrillo rojo. Nos detuvimos. Salí y el joven policía me abrió la puerta. Entramos en una habitación casi completamente desnuda; solamente había allí una mesa y una silla donde se sentaba un hombre de edad madura, con el caballo blanco y una cara del color rojizo del vino de Borgoña. Al entrar nosotros bajó los pies de la mesa, cerró una novela policíaca de llamativa portada y me miró con unos herméticos ojos grises.

Lo agentes saludaron y uno de ellos le dijo:

- Exceso de velocidad, mi teniente.

- ¿Cuánta?

- Cerca de ochenta millas, señor.

Se volvió entonces hacia mí.

- ¿Es verdad?

- Sí.

- Veinte dólares.

- Soy extranjero y no sé a qué la velocidad máxima puedo conducir – le dije.

- La velocidad máxima es de cuarenta y cinco millas – me explicó -. ¿Quiere pagar o prefiere un juicio oral?

Le miré. Perecía un hombre reposado y benévolo. Pensé que aquella falta me costaría mucho más en cualquier otra parte.

- Prefiero pagar.

- Muy bien –me contestó.

Tomé dos billetes de diez dólares de mi cartera y los dejé en la mesa. Abrió un cajón y los guardó.

- Muchas gracias – y volvió a su novela de detectives.

Con esto se despidió de mí.

Los agentes me acompañaron hasta la puerta. Uno tuvo la intención de indicarme el camino más corto para llegar a la próxima ciudad. Cuando marché, los dos, con las manos puestas en las alas de sus sombreros, me saludaron.

Tenía la intención de ver una carrera de “midgets” en Chicago; pero cuando paré en Middletown me encontré con que en aquella población se celebraba una. Vi el cartel que la anunciaba en un restaurante. Era un cartel impresionante; de entre una nube de polvo, salía un automóvil directamente disparado contra el que lo miraba. Pregunté dónde se celebraba aquella carrera; me dijeron que en la pista situada a las afueras de la cuidad. Eran las tres y media, y la carrera había empezado a las tres. En seguida salí para allá.

Podía saberse desde lejos dónde estaba la pista, pues ante ella aparcaban gran cantidad de vehículos: quizás más de cuatro mil, según calculé. La profesión de conductor de “midgets” es muy apropiada para romperse la cabeza. Muchos arriesgados muchachos han perdido la vida en este feroz deporte, pero quien tiene la suerte de no sufrir accidentes puede obtener ingresos considerables en tan sólo un año.

Estudié aquellos diminutos automóviles con mucha atención. Eran pequeños, monoplazas, estrechos, cuidados de una manera exquisita hasta enlos más mínimos detalles. Cada vehículo que tomaba la salida era una verdadera joya. El chasis y la carrocería se construían con materiales ligerísimos; todo estaba hecho a mano y se evitaba todo lo que podía aumentar el peso.

Todo lo que no fuera motor, tenía que ser de poca consistencia, pues, a lo peor, todo aquel conjunto quedaría destrozado a la primera vuelta. Estaban rodeados de parachoques especiales a fin de no engancharse unos a otros. Los pilotos se ataban a los asientos para evitar ser arrojados a la pista al chocar o volcar, pues si no serían atropellados por los siguientes “midgets”. Era obligatorio usar fuertes cascos protectores.

Era casi grotesco el contraste entre los pequeños coches y las atléticas figuras de los conductores. Los pilotos sobresalían de sus monturas, y yo me preguntaba cómo se las componían para comprimirse en los asientos. Muchos llevaban altas botas de piel con que protegerse las piernas en caso de que se quemase el automóvil.

La salida era parecida a la de una carrera de caballos. Tan pronto como se habían situado, el encargado de la bandera daba la señal de arranque y trepaba a un alto asiento desde donde seguía el desarrollo de la competición. Separados por unos pocos centímetros, los automóviles patinaban en las curvas. Después de unas cuantas vueltas fueron disgregándose los vehículos. Los pilotos de renombre, poco a poco, lograron adelantar al resto, animados por los gritos de los espectadores. Yo mismo, contagiado de la excitación, grité:

- ¡Adelante! ¡Acelera! ¡Venga…!

Ni siquiera me pareció raro que mi vecino de asiento acompañase sus gritos golpeando con un periódico la cabeza del espectador que se hallaba ante él; la víctima no parecía enterarse.

Pero no todo era entusiasmo. Algo más flotaba en aquel ambiente; algo siniestro, amenazador. Los espectadores estaban pendientes de algo que tenía que suceder.

La atención se polarizaba en dos coches: uno negro y otro rojo. Éste iba a la rueda del negro, pegado a él, pero no intentaba adelantarlo. Ese coche rojjo era el que gozaba de las simpatías del público.

A mi lado estaba un puñado de muchachos, que deduje que eran pilotos novatos. Sus rostros estaban tensos; miraban con atención el rugiente remolino de la pista. Parecían halcones en espera de la presa.

- Pero, ¿qué es lo que les pasa a estos dos? – les pregunté, indicando con la mano a quiénes me refería.

Uno de aquellos jóvenes se volvió hacia mí y los demás también me miraron.

- Hoy sí que le atrapará – me dijo el muchacho, y todos empezaron a sonreír.

Desgraciadamente, el “midget” negro intentaba separarse de su perseguidor, pero el rojo le seguía de cerca como convertido en su sombra.

- ¿Pero qué intenta hacer? –pregunté al muchacho, y le di un cigarrillo. Lo tomó, y sin mirarme, me contestó:

- Pues que Bob, el conductor del coche negro, cortó una vez el paso a Joe, el del coche rojo, y éste se rompió una pierna. Ahora está buscando la revancha. Hacía mucho tiempo que estábamos esperando esta ocasión.

Mientras hablaba, seguíamos mirando a la pista. Reinaba en aquellos momentos un silencio profundo entre los espectadores. Pero, de pronto, el automóvil rojo derrapó. En la línea de meta se encendió la luz amarilla en señal de advertencia. En aquel momento sucedió lo que se esperaba. Los dos vehículos chocaron, volcaron y quedaron con las ruedas al aire. Brotaron llamaradas. Los camiones extintores de incendios corrieron hacia el punto del accidente, y se hizo parar a los demás coches.

Tras grandes esfuerzos se extrajo de un asiento al conductor del “midget” rojo. Aún llevaba escayolada la pierna; por suerte, tan sólo quedó un poco chamuscada. Parecía que el otro corredor estaba herido más gravemente. Los sanitarios le llevaron en una camilla a la tienda- enfermería. Unos empleados arrastraron de la pista lo que quedaba de los dos vehículos.

Todo había sucedido con pasmosa rapidez, mucho más de prisa que lo que se tarde en contarlo. Los demás automóviles se habían agrupado en la salida, y un andante, vestido con un mono anaranjado, iba y venía, empujando a unos y otros para ayudarles a arrancar. Alrededor de la pista volvían a zumbar los motores.

Lentamente me marché. Estaba aturdido. Aquellos jóvenes pilotos eran algo increíble; intrépidos, osados y excelentes conductores. Debían de pensar lo mismo que la mayoría de nosotros: ¡nunca me pasará nada!

Encontré mi automóvil, partí y me dirigí por la autopista, hacia Pittsburg. Durante algún tiempo continué oyendo el rumor de la carrera. Desde lejos semejaba un enjambre de abejas zumbando alrededor de la colmena."

Publicado por: accitano el May 20 2008, 03:45 PM



Espero que a su viaje por los EE.UU. le dedique varios capítulos porque resulta muy interesante.

Midgets

Publicado por: Raquel el May 20 2008, 04:13 PM

CITA(accitano @ May 20 2008, 03:45 PM) *


Accitano smile.gif para que una mano aplauda, ¡hace falta la otra!

¡Me ha encantado! ohmy.gif

Te voy a decir la verdad de la verdad (siempre la digo, pero no completa quizás wink.gif ): tenía especial curiosidad por saber cómo eran eso "minicoches", pero estaba convencida de que lo que alguien buscara o encontrara para "dar imagen" sería mucho mejor que lo que yo pudiera dar con ello.

Lo mejor de todo ha sido tu rapidez. ¡Muchísimas gracias! smile.gif

Publicado por: tenista el May 20 2008, 07:45 PM

En primer lugar, Muchas Gracias Raquel. No tardes mucho en colgar el siguiente capitulo, pues me has dejado muy integrado y como a Accitano, ardo en deseos de conocer ese explendido viaje, por Estados Unidos, que sin duda hara nuestro intrepido protagonista.

Como Accitano esta en todo, ya no tengo que preocuparme de encontrar esos coches, los "midgets", tambien para ti mi agradecimiento.

En fin, seguid asi chicos, que el resto os lo agradecemos infinitamente wink.gif

Publicado por: QUIQUE A. el May 21 2008, 09:25 AM

¿Parecido razonable?:



P.D.: Gracias Raquel por cada capítulo. Los sigo puntualmente con el máximo interés.

Publicado por: Raquel el May 21 2008, 04:45 PM

QUIQUE: "¿Razonable...?" Pues SÍ. Acorde a la razón que descodifica imagen, sin duda se parecen... laugh.gif

Pero yo lo veo de otra forma, claro. rolleyes.gif

Siento decir que este viaje a América acaba aquí.
En relalidad no lo siento. porque en seguida nuestro "intrépido personaje" estará en ÁFRICA smile.gif
Pero vamos a Indinápolis antes de que vuelva a cruzar el charco...

Me interesaba ver la pista del autódromo...
¡Ah, si lo viera durante las carreras!




"CAPÍTULO XVI



Llegué a Indianápolis y me dirigí en seguida al hotel. Al día siguiente llamé a Pop Meyers. Cuando supo que me interesaba ver la pista del autódromo, me dijo que iría a buscarme media hora después.

Me cambié de ropa; bajé al vestíbulo y encontré a Pop, que con puntualidad americana estaba esperándome. Le reconocí en el acto, por las muchas fotografías de todo lo relativo a Indianápolis había visto. Era igual que en ellas: carra llena y bien afeitada, cabellos blancos y unos amables ojos azules tras unas gafas sin montura.

Le saludé, tomamos unas copas y hablamos de las carreras europeas. Después nos fuimos en su “packard”.

El autódromo está a unos diecisiete kilómetros de la ciudad. Durante el camino empezaba a llover, y cuando llegamos, una ventolera azotaba la pista. En aquel momento la vista era deprimente. El enorme óvalo con enormes hileras de vacíos asientos, el conjunto de la inmensa construcción de ladrillo, la pista brillante por la lluvia, y en último término, desnudos árboles que se doblegaban por la fuerza de la borrasca: sólo tenía cualidades de ruina, como si fuera un desierto circo romano.

- ¡Ah, si lo viera durante las carreras! – exclamó Pop Meyers con un amplio gesto de la mano-. ¡Ciento setenta mil espectadores sentados por todas partes! Incluso en los árboles. Los chicos trepan a los mástiles de las banderas. Se abre aquella gran puerta y la banda militar entra tocando. El año pasado tocaron seis bandas. Dan una vuelta a la pista y después se detienen ante la tribuna principal. Todo el mundo se pone en pie y guarda tres minutos de silencio en memoria de los que han entregado sus vidas en aras del deporte.

Abajo, a lo largo de la pista, soportaban la lluvia unas barracas de madera destinadas a garajes, boxes y almacenes de repuestos.

- Tendría que haberlos visto – dijo Pep Meyers, señalando los tristes barracones, que parecían restos de una feria rural – hace tres semanas, un poco antes de la carrera. ¡Qué hermosos eran! Aquellos días, los muchachos están siempre allí, trabajando día y noche, con el afán de apurar sus máquinas. La mayor parte conduce vehículos de la misma marca, pero cada uno se las arregla para modificar algún detalle, para introducir alguna invención suya en que depositan sus esperanzas. Veinte mil dólares, señor Caracciola, es una buena cantidad de dinero para aquellos chicos. Todos trabajan semanas y semanas con el sólo incentivo de aquella esperanza. Algunos han tenido que esperar años y años.

“¡Y los entrenamientos, señor Caracciola! Tendría que estar aquí cuando el comité regulador dirige las vueltas de clasificación y los muchachos esperan a lo largo de la pista. En el momento en que un corredor queda, por cualquier causa, fuera de la pista, todos corren a ocupar su puesto. Basta con que el jefe de un equipo castañetee los dedos para que se presenten diez, veinte chicos dispuestos a arrancar; chicos a quienes no les importa un comino sus propias vidas y que arrancan como si fueran unos posesos. Alguna vez sucede que algunos de estos jóvenes conductores de los que nadie sabía nada, se lleva a su casa un premio. Nuestro lema es: “¡Démosle una oportunidad!”

Me asombré. ¡Qué maravilloso país y qué maravillosos sistema! Recordé cuán difícil me había sido convertirme en corredor. ¡Qué largo y áspero camino recorrí antes de que me dejasen ponerme al volante de un automóvil de carreras! Aquí le basta a un jovenzuelo con presentarse, y con un poco de suerte podía conseguir la victoria.

La lluvia arreciaba. Nos guarecimos en el automóvil y regresamos a la ciudad. Durante el camino, Pop Meyers me explicó muchas más cosas acerca de su autódromo; yo pensaba en mis primeros tiempos con Alfa y en los malos ratos que los veteranos de aquella casa me hicieron pasar."

Publicado por: tenista el May 21 2008, 11:14 PM

Muchas gracias Raquel, pero me ha sabido a muy poco ehhhhhhhhhhh wink.gif Me da la impresion que nos dejas lo mejor para el final huh.gif

Publicado por: Raquel el May 27 2008, 05:57 PM

Esto es sabor a África – dijo Fagioli riendo.

"CAPÍTULO XVII



Nunca había pensado en abandonar mi profesión. Pero ahora comprendía que si fallaba en otra carrera – si mi pierna no resistía- , no podría hallar una alternativa. Tendría que abandonar definitivamente la pista.

La siguiente carrera tuvo lugar en Trípoli, en la primavera de 1935. Debíamos embarcar en Nápoles, donde fui sólo en mi automóvil. Al pasar por Brescia rememoré las Mil Millas. Una vez logré ganar aquel premio, algo que parecía imposible para los extranjeros.

Obtuve la victoria con un blanco Mercedes SSK, y pasé por Berscia loco de contento.

También estuve allí hace tres años, cuando empecé a conducir para Alfa. Reviví aquellos momentos… la avería en Verona, y cómo mi mecánico y yo en plena madrugada, recorrimos aquella ciudad desconocida en busca del representante de Alfa Romeo. Por fin dimos con él y llamamos a la puerta de su casa hasta que logramos que se despertase. Apareció descalzo, embutido en un largo camisón blanco. Tan pronto como nos reconoció se dio enorme interés en ayudarnos; se puso un pantalón y nos proporcionó un Fiat con el que llegamos a Brescia, meta de la prueba, cuando acababa de salir el sol. Las tribunas estaban vacías y en el frío amanecer parecían totalmente desiertas. Los últimos automóviles habían llegado la tarde anterior; nadie nos esperaba. Estábamos a punto de marcharnos cuando una pequeña figura femenina se dirigió hacia nosotros. Había permanecido toda la noche acurrucada en un rincón. Vino corriendo.

Era Carlota. Me abrazó apretando su cara contra la mía. Temblaba; su cara estaba fría como el hielo. Sus lágrimas me humedecieron las mejillas. Carlota comprendió entonces cuán duro es ser la esposa de un piloto…

Bien, todo aquello estaba muy lejos… muy lejos… Ahora había partido de Bolonia, por Florencia y Roma, en dirección a Nápoles, y luego embarcaría para Trípoli, donde tenía lugar la próxima carrera. Para mí era necesario ganarla; constituía para mí algo vital.

Por dondequiera que pasara enormes carteles anunciaban la Lotería de Trípoli, la gran lotería de treinta y seis millones que se hacía en combinación con los resultados de la carrera. En cada esquina, un viejecito, o una mujer, o un inválido, vendía billetes a doce liras. Todos los italianos habían apostado en aquella carrera.

En Nápoles encontré a los demás: Brauchitsch, Fagioli y Neubauer. Habían llegado medio día antes, y anaquel momento se dedicaban a beber unos vermuts en el bar del hotel. Me recibieron con gran alborozo, pues no nos habíamos visto desde Monza, ya que durante el entretiempo había realizado mi gira por los Estados Unidos. Cenamos en el hotel y embarcamos muy pronto. Zarpamos a las diez de la noche.

Llovía. No se veía ninguna estrella, solamente las luces del muelle; y en el negro firmamento se reflejaban las llamas del Vesubio.

Parecía como si el buque hubiera sido fletado tan sólo para los conductores. También habían embarcado los de Auto Unión y los de la Escudería Ferrari, que conducían automóviles Alfa Romeo. Nos reunimos en el bar de la cubierta superior, y allí bebimos y revivimos muchas cosas pasadas.

Neubauer se sentó sobre una pila de salvavidas y, a guisa de Neptuno, nos soltó una arenga. Los italianos bebían chianti como si les pagaran a destajo, y cuanto más avanzaba la noche más gritaban y alborotaban todos. Hice esfuerzos por portarme del mismo modo, más me cansé y salí a cubierta.

El viento soplaba fuerte; una cortina de espuma partía de la proa. El mar tenía un color negro y profundo. Me dirigí a la cubierta superior de segunda clase, en donde, cubiertos de lonas grises, estaban nuestros automóviles. Sobre ellos lucía una linterna que pendía de un mástil. Parecían un rebaño de enormes corderos dormidos.

Junto a nuestros vehículos se hallaban los de Auto Union y los Alfa Romeo. Me adentré en el grupo de automóviles y curioseé. Se acercó a mí un hombre: un mecánico de Alfa que estaba de vigilancia. Le conocía de vista, por mi estancia en Milán.

- Buenas noches, señor Caracciola. “Tuto bene”?

- Sí, gracias.

Nos recostamos en la barandilla.

- ¿Cómo van los Alfas de dos motores? – le pregunté.

- Los motores muy bien – repuso -, pero los neumáticos se gastan mucho, me parece que por mucho peso.

Le ofrecí un cigarrillo y también encendí otro.

Estuvimos un rato mirando las negras aguas que surcábamos rápidamente. Después volví a la cubierta inferior.

Me senté en un rollo de cuerda y continué absorto mirando la inmensidad del mar. El barco dejaba tras sí dos estelas de espuma. Podían verse unos momentos; luego desaparecían engullidas por la oscuridad de la inacabable noche. Desde el bar llegaban fuertes voces. No pude entender de qué hablaban, aunque me di cuenta de que todo el mundo estaba alegre. ¿Regresarían todos de Trípoli? ¿O abriría la muerte otro hueco en nuestras filas?

¡Qué pocos quedaban de los que empezamos hacía doce años! Stuck, Brauchitsch, Varzi, Nuvolari, Chiron. Los demás eran muchachos pertenecientes a una nueva generación. El estar detrás de un volante devora rápidamente la vida de un hombre. Es algo así como si el corazón del motor acelerase nuestras vidas hasta su propio ritmo; como si nuestra sangre y nuestros nervios se agotaran más de prisa.

Muertos, estrellados, retirados… Sí, algunos retirados; ¿pero qué se hace entonces? ¿Verse transformado en un ciudadano como los demás? ¿Cuidar flores en cualquier apacible rincón, o empezar la aventura de los negocios? Se hace muy difícil poderse imaginar todo esto, casi imposible de imaginar. Pero entonces, ¿qué es lo que hay que hacer?

Para nosotros la vida tiene una sola finalidad: hacer acopio de las últimas energías y continuar luchando hasta el final.

Supongamos que mi cuerpo fallara; que mi pierna no resistiese, esta vez, la siguiente, las otras. O que, por hacerse uno viejo, no pudiese estar al nivel de los jóvenes que le apartan del camino. Que uno estuviese gastado, acabado, quemado. Entonces, ¿qué?

A lo lejos empezaba a despuntar el día. Era una mañana gris. Tuve un escalofrío y descendí al camarote.

Subí a cubierta a las once. Las nubes habían desparecido y la mañana era brillante, soleada. Mis compañeros estaban en cubierta, tumbados en unas butacas. Neubauer permanecía entre ellos. Se había echado el sombrero sobre la cara y tenía la barriga al aire. Se dedicaba a exponer la estrategia de las carreras. Se dirigía hacia donde se encontraba Fagioli, porque le consideraba posible vencedor.

Por la mañana siguiente divisamos la costa, y muy pronto apareció Trípoli ante nuestra vista. El viento soplaba desde el sur y arrastraba un calor seco y sofocante que oprimía los pulmones y hacía sudar por todos los poros del cuerpo.

- Es el “ghibli” – nos explicó Fagioli, apoyado en la barandilla -. Si sopla durante la carrera, ¡que Dios nos ayude!

El cielo tenía un color gris amarillento, y bajo aquel cielo, la ciudad parecía francamente blanca. Al acercarnos vi que el aire estaba cargado de polvo, un polvillo rojizo, que irritaba los ojos y hacía rechinar los dientes a cada palabra que pronunciaba.

- Esto es sabor a África – dijo Fagioli riendo.

En el puerto había una hilera de coches de caballos de una sola plaza. Cada uno de nosotros alquiló uno, y todos nos dirigimos al hotel. Recorrimos una espléndida avenida que seguía la playa, con blancas casas y cúpulas a un lado y el mar al otro. La avenida lucía una espléndida hilera de altas palmeras agitadas por el viento. Mas el “ghibli” tenía sobre la escena un velo de polvo que extinguía todos los colores.

El magnífico hotel estaba decorado con madera de cedro y mármoles. Era un edificio construido por el gobierno italiano. Apenas llegué, subí a mi habitación, pero no pude pegar un ojo en casi toda la noche. El terrible calor me oprimía el pecho como si fuera un saco de arena húmeda. Varias veces, al encender la luz, vi cómo unas nubecillas de polvo rojizo flotaban sobre el suelo de la habitación.

Los entrenamientos empezaron la mañana siguiente. La pista estaba alejada de la cuidad entre inmensas salinas. En la meta se levantaba una alta torre blanca como la nieve que sobresalía de los graderíos de piedra como un obelisco.

Todos los participantes acudieron el primer día de los entrenamientos. Continuaba soplando el “ghibli”, pero no con la misma fuerza que el día antes. Mas el polvillo rojo aún no se había disipado.

Los de los Alfa arrancaron primero. Cuando aquellos pequeños automóviles rojos desaparecieron tras la cortina de polvo de la arena del desierto, llegó nuestro turno. Primero Fagioli, después yo y por último Brauchitsch. Fagioli tomó la delantera y aumentó la velocidad vuelta a vuelta. Tras de mí, por el espejo, , veía a Brauchitsch. Durante la sexta vuelta éste se detuvo, y el la octava vi que Fagioli también se detenía en el box. Entonces decidí acelerar. Al correr la décima vuelta el coche se estremeció con una sacudida: el neumático de una rueda trasera había estallado y colgaba en tiras. Tuve que detenerme ante el box.

- ¿A que velocidad iba? – pregunté mientras me quitaba las gafas-

- Tres minutos cuarenta y cinco segundos – me dijo el mecánico -. La vuelta más rápida.

Miré a Neubauer.

- ¿Par qué? – tronó -. ¿Qué pasará si todos los neumáticos estallan?

Dietrich, el especialista de Continental, estaba de pie a mi lado. Su bigotuda faz mostraba aspecto de preocupación.

Es el calor –dijo -: se come la goma.

Cerca de nosotros se preparaban para salir los automóviles de Auto Unión. El ruido de los motores impedía toda conversación. Por fin arrancaron, Varzi el primero y Stuck inmediatamente después.

Neubauer controló la salida con su cronógrafo. Permaneció de pie mirando atento la pista. Contemplé el neumático destrozado. Estaba bastante mal: la cubierta había saltado y quedaba al descubierto la tela interior.

Dietrich vino a mi lado.

- Si esto le ha sucedido a usted, señor Caracciola, tenemos que suponer que a los otros les sucederá lo mismo.

Un lejano zumbido se convirtió en un gran estruendo. Eran los automóviles de Varzi y Stuck.

- Tres minutos cincuenta y dos – exclamó Neubauer -, con salida parada

Varzi y Stuck dieron vueltas y más vueltas. Parecía como si entre ambos disputasen una carrera privada. Corrían ya la décima vuelta, en apariencia sus neumáticos no acusaban el esfuerzo.

En nuestro box reinaba un silencio absoluto. Habíamos entrado en él para guarecernos del calor y del “ghibli”. Solamente Neubauer permanecía fuera, aguantando el ardiente sol y midiendo las velocidades que obtenían los conductores de Auto Union. Se había echado el sombrero hacia atrás, y dos grandes manchas de sudor se marcaban en la espalda de su camisa gris. Dio la vuelta y vino hacia el box. En su rostro se acusaba excitación.

- La vuelta más rápida de Varzi, tres minutos treinta y seis segundos. La de Stuck, tres minutos treinta y cuatro – dijo entre dientes dirigiéndose a nosotros. En aquel momento pasó Stuck y el rugido de su motor atronó todo.

- ¡Tres treinta y tres! – gritó Neubauer sin volver la cabeza. Su excitación no le hizo descuidarse de cronometrar aquella vuelta.

Se dieron por terminados los entrenamientos de aquel día y nos dirigimos al hotel.

Por la tarde nos reunimos n el vestíbulo del hotel, un lugar tranquilo y fresco. Las cortinas estaban echadas; se podía oír el suave murmullo de una fuente en el patio. Afuera el “ghibli” continuaba soplando.

- Tendremos que cambiar tres veces de ruedas – dijo Neubauer, pegando golpes con un lápiz en la mesa de mármol -. Sí, señor von Brauchitsch: he dicho tres veces..

Brauchitsch, aún soñoliento, dijo que bueno.

Neubauer empezó a teorizar:

- Esto significa, señores, que por lo menos tendremos que perder un minuto tres veces, porque aunque logremos igualar nuestro récord de treinta segundos por rueda es preciso calcular sobre la base de un minuto, habida cuenta del paro, salida y alguna cosa más. Y ahora, señores, escúchenme. Estoy seguro de que Auto Union sólo tendrá que cambiar dos veces. Sí: por lo que he comprobado hoy, pueden acabar con sólo estos dos cambios. Podrán comprender fácilmente ustedes lo que esto significa. Pase lo que pase, tendremos desde un principio un minuto de desventaja. El minuto que nos veremos obligados a perder en el box.

Dirigió una mirada a cada conductor. Todos callamos.

Todo lo que nos explica tiene mucho sentido, pensaba yo. Pero, no obstante, hay muchos imprevistos… podrían ocurrir muchas cosas en una carrera. Por ejemplo, que mi pierna no resistiera… y otra vez recaía en mi obsesionante problema.

Neubauer inclinaba la cabeza sobre su block de notas. Estaba efectuando cálculos.

- Por consiguiente, señores, tendríamos que dar las vueltas en un segundo y medio más de prisa que los demás si queremos conservar alguna posibilidad.

- Si no, ir más despacio y así no desgastar tanto los neumáticos – dijo Brauchitsch, levantándose y yéndose hacia el bar. Neubauer hizo un ruido de desaprobación con la boca, y con eso se dio por terminada la lección teórica.

Por la noche fuimos al barrio indígena. Paseamos por aquellas estrechas callejuelas y entramos en un café en que, según se decía, bailaba desnuda una muchacha árabe. El lugar era caluroso, lleno de humo y de soldados coloniales italianos. La muchacha no era árabe y bailaba mal. Además, no iba desnuda.

Bebimos café turco mientras Neubauer volvía a calcular las revoluciones por minuto máximas que podíamos lograr sin peligro para los motores. No fue una noche muy divertida.

Por último les dije adiós y fui solo donde estaba aparcado mi automóvil. Monté y di una vuelta por la costa, por los alrededores de la ciudad.

Brillaba la luna, pero el “ghibli” continuaba soplando, y me encontré rodeado de polvillo. La luz de la luna se hacía incierta al atravesarlo, de manera parecida a la niebla nocturna del norte de Europa. Me dirigí a la pista y di otra vuelta por ella. Fui muy despacio, reconstruyendo todas las observaciones hechas durante los entrenamientos. En cierto momento paré, salté del automóvil y quité una piedra del centro de la calzada. Podía suceder que por la mañana la brigada de limpieza no se diera cuenta de ella. Me quedé un rato allí escuchando el murmullo producido por la resaca, que llegaba a mis oídos por encima del viento. Tenía el mar al alcance de la mano.

Volví a subir al automóvil y regresé. Todo aquello me había tranquilizado un poco. El día siguiente podía ser el que lo decidiera todo, y era mejor cualquier decisión que la incertidumbre de los pasados meses. Sería desde luego una verdadera mala suerte que fallase el motor o que un reventón me obligase a abandonar la carrera. Entonces habría de volver a esperar. Y no había nada peor que aquella espera."

Publicado por: tenista el May 27 2008, 07:26 PM

Mil gracias compañera rolleyes.gif

Sentarse a leer un nuevo capitulo, sin ruido alguno alrededor, es solo comparable con la soledad y el silencio que se siente, cuando antes de dormirte lees unos minutos.

Publicado por: QUIQUE A. el May 30 2008, 11:12 AM

Precioso el capítulo.

Bitter ha colgado en el hilo del Café un enlace a http://www.mercedes-benz.tv/ y me parece oprtuno enlazar un video que nos puede poner un poco en situación:

http://mercedes-benz.tv/?lang=en&type=channel&id=1&clipId=262&csref=mbtv_ws_mbtv0107_en_channel_1_262_url

Publicado por: Raquel el May 30 2008, 03:27 PM

Que si pone en situación... rolleyes.gif

Dejando de lado "la publicidad" de la marca, ¡pero qué preciosidad de Mercedes! wub.gif (Quizás yo tengo por eso el coche que tengo -que NO es MERCEDES cool.gif - pero morirá conmigo laugh.gif )

He visto antes el vídeo que ha posteado BITTER. Ese "elefante blanco" me tiene el corazón robado.............

GRACIAS.

Publicado por: Raquel el Jun 2 2008, 04:16 PM

Fue tan grande el ímpetu con que realicé aquel esfuerzo que hube de dar una última vuelta...

"CAPÍTULO XVIII



La carrera de los millones de liras estaba señalada para el día siguiente. El “ghibli” no nos abandonaba. Cuando nos colocamos en la línea de salida, el cielo tenía un color amarillo como el azufre.

Esperamos de pie al lado de los automóviles. Desde las tribunas llegaba el intermitente sonido de las bandas de música, interrumpido a veces por el rugir de un motor, y en la caseta de los cronometradores se sorteaban los puestos. Traté de escuchar un momento: quería saber quién se cuidaba de mi clasificación; pero no pude entender ni una sola palabra. De los altavoces brotó la voz del locutor que llegaba a nosotros como ininteligibles ladridos.

Estábamos esperando al Mariscal Balbo, el gobernador. Me cupo en suerte estar en la tercera línea, al lado de Varzi. Finalmente el mariscal llegó, precedido por una escolta de doce motocicletas, y entró en el circuito precedido por una escolta de doce motocicletas, y entró en el circuito en su gran automóvil. Tocaron “Giovenezza”. El público se puso en pie y los soldados alineados al pie de las tribunas adoptaron la posición de firmes.

Balbo se paró justamente al lado de los pilotos. Pasó entre las filas, se detuvo ante cada uno de nosotros y nos dirigió algunas palabras. Conmigo habló en alemán:

- ¿Vuelve usted a estar en buena forma?

- Sí. Excelencia.

- Muy bien – me dijo - . “In bocca lupo!” – y continuó pasando entre nosotros. Era un hombre delgado, de talla mediana, con el cabello y la barba cobrizos. Andaba muy erguido, con pequeños pasos rápidos. Subimos a nuestros automóviles.

El gran reloj situado encima de nuestros boxes señalaba las tres menos tres minutos. Cuando faltaba un minuto, el mariscal Balbo dio una orden a uno de los soldados que hacían guardia a sus espaldas. El soldado saltó a la pista y corrió.

Se pusieron en marcha los motores, y los mecánicos se hicieron a un lado.

La pista estaba libre. Balbo levantó la bandera. Aparté de él mi vista y la fijé en la luz situada en la tribuna de los cronometradores. Creo que este sistema es más rápido, pensé. En cuanto aparezca la luz verde, salir. Aparte de esto, no pensaba en nada más. Cuatro, tres, dos… ¡luz verde! Embragué y el automóvil salió disparado adelantando a los demás. Estaba en cabeza tan sólo arrancar.

Entré en la recta a todo gas. Todo se había ejecutado automáticamente, como tantas otras veces, puesto que cada movimiento había sido ensayado. Además, conocía tan bien la pista que habría podido conducir dormido.

La blanca torre, las tribunas, los boxes, habían quedado atrás. No hubo ninguna señal en los boxes durante la primera y segunda vueltas; cuando la tercera, por primera vez:



CAR

NUV

VAR



Por consiguiente, los italianos me seguían. Se produciría una dura batalla si aumentasen la velocidad. Tenía que ir más rápido, más rápido… Cuarta vuelta:



CAR

VAR

NUV



El de Milán había adelantado, pues, nuevamente al de Mantua. Me pisaba los talones y era un gran adversario. ¡Además en un Auto Union!

Vuelta sexta: otra vez la blanca torre, la enorme estructura de las columnas. De pronto la rueda delantera izquierda pareció adelgazar y oí cómo algo colaba detrás de mí: la cubierta se había desprendido. Quité gas y frené cuando estaba delante del box.

Un automóvil me pasó: Varzi.

Tomé un trago de agua, me enjugué la frente con una toalla húmeda… llegaron zumbando los vehículos de Stuck y Fagioli. Unos cuantos golpes más del martillo de cobre en la rueda delantera y arranqué. Perdí veinte segundos; gracias a Dios, tan sólo veinte. Stuck y Fagioli no estaban muy lejos aún. Atravesaba la nube de polvo que habían dejado detrás en el viraje.

Otra vuelta: VAR, CAR-13. Había recuperado, pues, siete de los veinte segundos perdidos. Y Varzi quizás tendría que parar.

Aún continuaba corriendo la octava vuelta, por la recta que bordea la playa. Noté una gran sacudida en el automóvil. No pude ver lo que era pero lo sentí muy bien. La banda de rodadura de un neumático posterior se había desgajado. Aún podía conservar el dominio del automóvil. ¡Despacio pues! Un automóvil blanco me pasó: Stuck o Fagioli, no podía asegurar cuál de los dos. Entonces empecé a darme cuenta del calor que hacía. Tenía la ropa pegada al cuerpo y los labios secos y resquebrajados.

¡A box! Neubauer gritó, levantando los brazos al cielo, pero no podía oírle. Tenían que cambiarse las cuatro ruedas. ¡Llenar el tanque, también! Empleamos en esto un minuto y diez segundos. Durante aquellos momentos pasaron ocho automóviles. Primero tres, aislados, y después los restantes en grupo. Fui a pasar al décimo puesto.

Sentía cierto temblor interno. Uno de los mecánicos me gritó al oído:

- Los neumáticos de los demás también se harán papilla. ¡Ya lo verá! ¡Al tiempo!

Neubauer, con cara de muy mal humor, no paraba de mirar el cronómetro.

Un minuto y diez segundos. Tan pronto arranqué, un automóvil blanco me adelantó, como un rayo, en plena curva: Varzi, de Auto Unión. Acababa de batirme en una vuelta completa. Me sería ya imposible atraparles y recobrar aquella vuelta perdida. Era realmente desesperador, y sólo seguía corriendo por el honor de la casa.

Acorté distancias poniéndome a la rueda de Varzi; después le pasé, ¿pero había alguna utilidad en ello? El calor era inaguantable. La cabeza me zumbaba y mi lengua estaba tan seca como una tira de cuero. Estaba rabiando de sed, y no tenía ninguna esperanza de poder hacer nada.

No esperaba esto. Pensaba que el destino me reservaba aquel día una respuesta clara. Y la realidad era que iba quedando atrás por el absurdo accidente de un neumático reventado. La pierna respondía por el momento. De vez en cuando me dolía un poco la coyuntura de la cadera, pero no tanto como para fastidiarme. La sed era mucho peor.

Continué guiando. No sabía qué puesto ocupaba en la clasificación. Estaba en la pista, sí; ¿pero en qué puesto? El box guardaba silencio, no me hacían ninguna señal. Ya no se preocupaban por mí.

Duodécima vuelta… Varzi se dirigió a box y paró. Probablemente debía de ser también cuestión de los neumáticos. ¡Ah, que sepan los de Auto Unión lo que se siente cuando a uno se le despoja del liderato! Al pasar vi las señales de nuestro box: Fagioli iba primero con una ventaja de treinta y seis segundos… Bien; siquiera alguno de los nuestros iba delante.

Junto a la gran curva, entre las pitas de la maleza, estaba un automóvil volcado con las ruedas al aire. Cien metros más lejos, dos sanitarios llevaban a alguien en una camilla. ¿Quién era? ¿Muerto?, ¿herido? Un instante después los perdí de vista.

Vuelta dieciséis… Otra vez aquella sacudida. No necesitaba mirar para saber lo que había sucedido: otro neumático trasero. Estaba un poco antes del comienzo de la gran recta al lado del mar. Allí estaba un box de emergencia. Fui para allí. Vieron desde lejos cómo venía y literalmente saltaron sobre el automóvil. Bebí con avidez el agua templada que me dieron.

- ¿Quién ha ido a parar dentro de las pistas?

- Brivio.

- ¿Muerto?

- No…

- ¿Mal herido?

El mecánico se encogió de hombros. No lo sabía.

Los automóviles continuaban pasando. Blancos, rojos, de uno en uno, a pares, luchando por sus puestos. En aquel depósito trabajaron con rapidez, y en menos de un minuto volví a rodar por la pista.

Un minuto, lo que significaba que por lo menos llevaba cuatro minutos de retraso con respecto al primero. No servía para nada, pero tenía que continuar. No tendría que haber bebido tanta agua. El sudor corría por todo mi cuerpo y tenía la boca tan reseca como antes.

Vuelta dieciocho… Había mucho bullicio en boxes. Se veía que muchos automóviles se habían visto forzados a parar. Adelante, adelante. En el kilómetro 8, junto al mojón indicador, ardía un automóvil al lado de la pista. Un automóvil blanco; es decir, un alemán.

Vuelta veinte… Una señal desde el box, la primera después de tanto tiempo. ¡Gracias a Dios!

VAR

FAG

DREY

CAR- 2´36

Por consiguiente, estaba situado en cuarta posición. Había recuperado un minuto y veinticinco segundos en menos de cinco vueltas. ¡Muy bien! Por consiguiente, aún quedaban esperanzas. Existía la sombra de una oportunidad. Esto hacía preciso agotar todo lo que pudiera dar de sé el automóvil. Iba tan veloz que parecían parados los pequeños Alfas que adelanté. Alcancé, al menos, los 270 kilómetros por hora. Durante la vuelta veinticinco, nuevamente otra señal para mí en el box. Estab en segunda posición detrás de Varzi, que llevaba un minuto y treinta y dos segundos de ventaja. Por lo tanto, había ganado otro minuto y cuatro segundos en las últimas cinco vueltas.

¿Convenía aumentar aún más la velocidad? No, calma. Piensa con claridad, con exactitud, me decía. Si apretaba más, mis neumáticos estallarían nuevamente. No tendría tiempo de cambiar, pues la carrera acababa en la vuelta cuarenta. Después de la vuelta veintisiete me dirigí al box para cambiar las cuatro ruedas. Tenía que ser la última vez. Con ellas pensaba correr hasta el final.

El mismo Neubauer me puso una toalla mojada en la cabeza.

- Andas muy bien, Rudi – me dijo -. Continúa así.

- ¿De quién es el auto que se quema?

- De Stuck.

Las ruedas fueron cambiadas en tiempo récord, en menos de un minuto. Corría otra vez. Durante aquellos segundos nadie me había pasado. Varzi llevaba la delantera por un minuto y cuarenta y cinco segundos. Con los nuevos neumáticos aumenté la velocidad, hasta el punto de que Neubauer, con ademanes, me indicó desde el box que fuera más despacio.

En la vuelta treinta, mi distancia a Varzi había bajado a cuarenta y dos segundos. Tómatelo con calma, me dije; mantente así. Ahora los neumáticos tienen que durar ¡hasta el final! Por el espejo vi que me seguía un automóvil rojo. La distancia que nos separaba disminuía. ¡Era Nuvolari!

Reflexioné rápidamente. Si le dejaba pasar con su Alfa, no sería realmente una amenaza para mí; y por otra parte, aquellos dos viejos antagonistas, furiosos rivales de siempre, se enzarzarían en una lucha entre los dos, y en ella, Varzi quizás perdería sus últimas reservas.

Dejé que Nuvolari me pasara en el viraje, y así comenzó la lucha entre aquellos dos. Durante dos vueltas, ambos estuvieron corriendo rueda contra rueda. Una y otra vez el de Mantua intentaba adelantar a Varzi, y una y otra vez volvía a retrasarse.

Nuvolari tuvo que detenerse por la cuestión de los neumáticos. Desde el box me indicaron nuevamente:

VAR

CAR

Pero la distancia entre nosotros dos se había alargado en un minuto.

Vuelta treinta y cinco. ¿Qué es lo que yo había calculado mal? ¿Es que Varzi estaba conduciendo con neumáticos de acero? ¡Ah! Tuvo que detenerse en el depósito de emergencia. Pero arrancó antes de que pudiera darle alcance. Sin embargo, la distancia se había reducido a catorce segundos.

Aún faltaban cinco vueltas más. El coche de Varzi ya estaba delante de mí; podía verle y alcanzarle. ¡Debía alcanzarle! Tenía que aumentar, pues, la velocidad, sin temer las consecuencias que ello me pudiera reportar. El blanco automóvil de Auto Unión me precedía cien metros. Vuelta treinta y ocho… ¡Lo alcancé! En la curva le adelanté: pero aún no estaba todo acabado, pues iba pegado, a mi rueda, tan cerca, que veía su rostro a través del retrovisor. No lograba despegarme. No había sistema de evitar que estuviera pegado a mi cogote. Cuando volví a pasra por delante de box me indicaron:

CAR

VAR

Pero comprendía que lo que hacía el de detrás era ir a mi ritmo y esperar el momento oportuno para atacarme.

Vuelta treinta y nueve:

CAR

VAR

Tampoco esta vez nos daban referencias de tiempos, tan juntos íbamos. Empezamos la vuelta cuarenta. Cuando pasamos ante las tribunas vi que el público estaba de pie gesticulando. Venía ya la gran curva y, después de las tribunas, la recta al lado de la playa…y por último mi perseguidor abandonó la lucha. El automóvil blanco había desaparecido del espejo. Solamente veía entonces la blanca torre, las tribunas… ¡la meta!

Fue tan grande el ímpetu con que realicé aquel esfuerzo que hube de dar una última vuelta, aminorando la velocidad para poder detenerme por fin en el box.

Durante unos momentos estuve como paralizado. El motor había callado. Todo estaba extrañamente tranquilo a mi alrededor. Me quité las gafas y miré hacia las tribunas. El público estaba aún inmóvil, mirando fijamente a la pista y me hicieron señas; los demás esperaban a Varzi.

Y de repelente me vocearon los nuestros, Neubauer y los mecánicos, y entre ellos mi entrañable Waiz. Aquel muchachote estaba fuera de sí: me arrancó literalmente del asiento, me abrazó, me estrujó y me besó en ambas mejillas. Dos mecánicos me subieron en hombros y, de esta manera, me llevaron hasta el box. No paraba de estrechar manos por todos los lados, pero aún me sentía entumecido.

De pronto me di cuenta: ¡Victoria! ¡Gracias, Dios mío! Era algo indescriptible, imposible de comparar con nada… con nada. El sol… la gente… todo era bueno, ser yo mismo, sí, esto era lo más maravilloso.; volvía a ser el de antes, podría luchar como los demás: Podrían venir días buenos o tristes; vendrían victorias y derrotas; tendría contrarios importantes y débiles; estaría contento o me sentiría desgraciado. Mas lo esencial era que continuaba existendiendo: Había desaparecido la sombra que oscurecía todo. Volvía a contar entre mis camaradas.



¡Ah, antes de que se me olvide! El jefe de los ordenanzas del Ministerio de Hacienda, Gaetano Giacomini, había apostado al mismo número que había correspondido a mi automóvil. El billete le costó 10´50 liras en vez de 12. Pasó toda la carrera, junto con su familia, pegado a un receptor de radio. Había prometido a sus amigos que si ganaba el premio de seis millones de liras repartirían entre ellos un millón. Antes de la vuelta veinte, empezó a lamentarse de que había perdido. Después, cuando hube ganado, poco menos que enloqueció. Pidió permiso a su jefe, y la familia salió de la ciudad. Quizás por superstición, quería comprobar el automóvil con que había ganado. Así que, por cosas del azar, le convertí en seis veces millonario."

Publicado por: QUIQUE A. el Jun 2 2008, 04:55 PM

Gracias por el capítulo, Raquel. Nada más acabar de leerlo me he ido a buscar esto:

"Literalmente in bocca al lupo significa 'en la boca del lobo' pero por raro que pueda parecer es una expresion que los italianos usan para decirte 'SUERTE', 'QUE TE VAYA BIEN' 'QUE TENGAS BUENA FORTUNA' "

Publicado por: Raquel el Jun 2 2008, 04:56 PM

Con permiso de Julián (espero wink.gif ) recupero aquí esa magnífica fotografía que dejó en la pág. 3 de este topic.

Tras estos dos capítulos ¡da gusto verla! smile.gif


Publicado por: Raquel el Jun 2 2008, 04:59 PM

CITA(QUIQUE A. @ Jun 2 2008, 03:55 PM) *
Gracias por el capítulo, Raquel. Nada más acabar de leerlo me he ido a buscar esto:

"Literalmente in bocca al lupo significa 'en la boca del lobo' pero por raro que pueda parecer es una expresion que los italianos usan para decirte 'SUERTE', 'QUE TE VAYA BIEN' 'QUE TENGAS BUENA FORTUNA' "


¡Qué curioso, Quique!

Yo la traducía mentalmente al revés más o menos. Sí en el sentido de que "ya puedes tener suerte...", pero pensando en la connotación "negativa" de lo que implica estar "in bocca lupo". unsure.gif

Publicado por: tenista el Jun 2 2008, 05:43 PM

Gracias Raquel wink.gif

Publicado por: Raquel el Jun 9 2008, 05:28 PM

¡Qué cosa tan maravillosa el aire fresco, y qué maravilla habíamos logrado mi automóvil y yo!

"
CAPÍTULO XIX



¡Luchas y victorias, éxitos y fracasos! Antiguos compañeros desaparecían; otros nuevos entraban en la lid. El ritmo se apresuraba; la batalla era más dura, más implacable, a medida que pasaba el tiempo. En 1935 la suerte estuvo de mi parte, pues vencí en siete Grandes Premios y dos grandes pruebas más, con lo que me proclamé campeón de Alemania y campeón de Europa.

En 1936 el joven Bernd Rosemeyer cosechó victoria tras victoria. El campeonato de Europa fue suyo.

El 1937 fue para mí un año muy importante. Aquel año gané mi más importante premio: mi mujer. Una mujer a la que conocía desde hacía muchos años. Durante algún tiempo formó parte de la pléyade de aficionados europeos a las carreras de automóviles. Todos nosotros la queríamos y respetábamos, tanto por su constancia como por su ayuda. Alicia Hoffmann-Trobeck era tan conocida por su facilidad en hablar diversos idiomas como por su maestría en el uso de los cronógrafos. Nadie podía superarla en el manejo de un cronógrafo doble, con el que registraba todos los tiempos de todos los corredores. En fin, que manejaba el reloj con igual maestría que yo el volante.

Había estado en Montecarlo cuando sufrí aquel terrible accidente. Fue intérprete mío y de la casa en las conversaciones con los doctores de la clínica.

También había ido a Arosa, con mi hermana Ilse cuando murió Carlota; y cuando conducía de nuevo, estuvo cerca de mí en todas las competiciones.

En el transcurso de los cuatro años siguientes la vi repetidas veces, en carreras, o en París, o en Berlín, y fui dándome cuenta de que era la compañera ideal para mi vida. Cuando regresé de América estaba convencido de ello. Tenía que transformarse en mi mujer; en “Baby” Hoffmann-Trobeck. En nada más.

Baby es la más sensata, la más optimista de las personas. Es pequeñita; muchas veces me he preguntado de dónde extrae tanta energía y fibra esa frágil criatura.

- Es fácil comprenderlo – dice -: soy una mezcla de sangre de vikingos y acero sueco.

Ríe al decirlo, pero es cierto. Ha soportado toda la tensión que representa nuestra nómada existencia, y también, sin quejarse, se conformó con mi vida siempre expuesta a inesperados accidentes. Siempre se mostraba confiada, llena de esperanzas, siempre segura de que el sol reaparecería tras las más oscuras nubes.

Nos casamos en junio, en Lugano. Mis amigos, el doctor Guillermo Haspel, que más tarde fue dierector general de Daimler Benz AG, su esposa Bimbo y Hans Joachim Benet, el popular corredor de grandes distancias, fueron nuestros testigos. Aquel mismo día fuimos a nuestro nuevo domicilio. Era increíblemente hermoso. Estaba situado en el magnífico Tessino. Y además, iba allí con una mujer que me cuidaba me proporcionaba la paz y tranquilidad que precisaba para continuar estando en mi mejor forma.

La noticia de nuestro casamiento cayó como una bomba. Nadie había sospechado que Baby se casaría otra vez, u nadie se había percatado de que ella y yo tuviésemos planes en tal sentido.

Tres días después de nuestro casamiento fuimos a Bermen, de paso para Nueva York, donde pensaba participar en la competición Roosevelt. Cuando pasamos por el muelle, los compañeros de Auto Unión y Mercedes estaban en la barandilla mirándonos con anteojos. También estaba allí el nuevo matrimonio Rosemeyer, el pequeño Von Delius y el jefe de carreras doctor Feuereissen, así como también Dick Seaman y Alfred Neubauer. Éste se sentía realmente encantado de vernos unidos.

- Siempre creí que madame Hoffmann debiera venir con nosotros a Nueva York para ayudarnos – dijo -. ¡Y ahora resulta que Rudi se ha casado con ella a la chita callando y nos la ha traído!

A primeras horas de la mañana, Bernd Rosemeyer irrumpió en nuestro camarote para entregarnos un hermoso jarro de peltre como regalo de bodas. Fue él quien ganó aquella carrera en un Auto Unión; Seaman, con Mercedes, quedó en segundo lugar. Yo fui en cabeza desde la salida, pero al final tuve que abandonar porque se me estropeó el compresor. ¡La vida me enseñó otra vez que todo no eran flores! El primer premio era de 20.000 dólares. ¡Lo bien que nos hubieran ido para la instalación de nuestra nueva casa!

- Bueno, también ese muchacho podrá emplearlos muy bien – me dijo Baby -. Va a poner casa y le hará falta un montón de cosas.

Más adelante gané los Grandes Premios de Alemania, Suiza y Checoslovaquia, y la primera parte del Avus. A finales de temporada, dos segundos lugares y algunas otras honrosas clasificaciones.

Fui proclamado campeón de Europa, campeón de Alemania y, sobre todo, fui un esposo feliz. Todo aquello transcurrió durante aquel tan importante año 1937.

En la fábrica estaban trabajando con gran intensidad. Las energías y posibilidades de los técnicos e inventores estaban rindiendo al máximo. La fiebre se propagó a la sección de producción. En los laboratorios de ensayos de Untertuerkheim las luces no se apagaban en toda la noche.

A principios de enero de 1938 recibí una carta de la casa. Ya estaba a punto el nuevo modelo, el que se había construido expresamente para batir el récord de velocidad pura. Sólo faltaba probarlo en la autopista Frankfurt-Darmstadt. Hasta entonces, Rosemeyer conservaba el récord a 400 km/h, con Auto Unión. Mercedes quería superarlo.

El intento se fijó para la madrugada del 28 de enero. Aún era de noche cuando llegué. La luna lucía como una hoz sobre el bosquecillo de pinos de la línea de salida. La escarcha lo cubría todo. La autopista aparecía absolutamente blanca, y los pinos brillaban trémulamente a la luz de la luna.

Desde lejos distinguí la línea de salida. Algunas luces se movían de un lado para otro. Distinguí la voz de Neubauer, que daba órdenes a los mecánicos. Marcaron todo el recorrido.

Salí del automóvil y me dirigí hacia un pequeño grupo situado al borde de la pista. Allí estaban Sailer, ingeniero jefe, Neubauer y Brauchitsch. Iban muy abrigados, pues el frío era tan intenso que una nube de vapor acompañaba a la voz. Les saludé.

- Bien, ¿cómo marcha esto?

Sailer señaló al automóvil.

- Esperamos que todo marche bien.

El automóvil era enorme; se asía al terreno como un agazapado monstruo de cuatro ruedas. Su brillante pintura plateada palidecía extrañamente a la luz de la mañana. Lo examiné con atención y en seguida me agradó. Parecía que las ruedas hubiesen desaparecido en la carrocería; semejaba desaparecido dentro del cuerpo de la carrocería, y parecía una ballena blanca. Era imposible tomar una curva con aquella especie de bestia acorazada; sólo podía avanzar en línea recta, como un proyectil.

Brauchitsch y yo recorrimos la pista en mi automóvil particular. Fuimos muy despacio. Miré las copas de los árboles, se mecían con la brisa de la madrugada, pero muy suavemente, como adormecidos. Por consiguiente, en cuanto al viento no había peligro. No obstante, la pista estaba algo resbaladiza. Principalmente en la parte situada bajo la sombra de los pinos que estaba cubierta de escarcha. Y no podía conducir por el lado seco, pues con aquel bólido precisaba por entero de la pista.

Decidí esperar a que desapareciera la escarcha, pues tomar entonces la salida hubiera sido un riesgo estúpido. Regresamos a la meta. Neubauer se acercó:

- ¿Cuándo deseas salir, Rudi?

- Cuando la luz sea suficiente y la escarcha haya desaparecido.

Para no enfriarnos, hicimos ejercicio corriendo por la pista. Poco a poco se fue iluminando el cielo. Primero adquirió un tinte verde como de hierba; después rosado. Las desnudas siluetas de los árboles se recortaban ante aquel claro horizonte. Después, lentamente, sobre las montañas de Taunus, surgió el sol. Una bandada de cornejas salió del bosque de pinos y voló sobre los desiertos campos y se dirigió a la ciudad que, muy lejos, aparecía sumida en la azulada neblina matinal.

A los ocho se había evaporado la escarcha. Subí al automóvil.

- ¡Adelante! – ordenó Neubauer. Los mecánicos empujaron el vehículo hasta que el motor se puso en marcha. Entonces se detuvieron y empecé a correr. El cambio funcionaba perfectamente y el automóvil se agarraba bien: pude comprobarlo nada más arrancar. Se comportaba muchísimo mejor que el coche probado el año anterior.

Aumenté la velocidad; después más. Me parecía que se encogía la pista; cada vez se hacía más estrecha, más estrecha, hasta que se convirtió en una delgada cinta blanca. Los árboles de los lados se fundieron en un sólido muro negro.

La bandera, el final… Dejé que el automóvil siguiera corriendo y después me dirigí a la meta.

Los mecánicos vinieron corriendo, gritando y moviendo los brazos. Sus voces sonaban extrañamente tenues y metálicas en el silencio matinal. Todos me estrecharon la mano.

Encendí un cigarrillo, cuyo humo inhalé con ansia, y esperé en impaciente silencio las noticias telefónicas acerca del resultado del intento. Los mecánicos dieron la vuelta al automóvil e hicieron preparativos para la carrera de regreso. El récord se basa en el promedio de la velocidad de ida y la de la vuelta.

Finalmente un hombre vino corriendo.

- ¡Récord, señor Caracciola! – gritó -. ¡Promedio de 427 km/h!

Le di las gracias con la mano y nuevamente arranqué. Ya desde el principio pisé fuerte el acelerador. Soplaba un poco de viento, una débil brisa matinal, pero que notaba muy bien, comprobando de qué manera hacía que el automóvil tendiese a ir hacia el lado derecho. Contrarresté aquella tendencia con movimientos de volante.

La pista volvía a parecerme estrecha, como una cinta blanca; los puentes de los cruces eran negros agujeros que había que atravesar con suma precisión. Pero antes de que mi cerebro tuviera tiempo de reflexionar, los había cruzado el automóvil.

No comprendía cómo mis reflejos eran más lentos que la propia velocidad del vehículo. Una y otra vez tenía la impresión de que pasarlos era cuestión de puntería.

En los espacios despejados persistía la lucha contra la corriente de aire. Después, de nuevo, la línea de meta y la bandera. Retiré el pie del acelerador, pero no frené. Los neumáticos debían de estar ya muy gastados y un ligero frenazo podría tener fatales consecuencias.

Por consiguiente, dejé que el automóvil rodase por su propio impulso casi tres kilómetros; así llegué al punto de partida. Neubauer fue el primero en venir a mi lado. Radiante y excitado, me dijo con grandes gritos:

- ¡Cuatrocientos treinta y siete, Rudi! ¡Récord!

Me alargó las manos para abrazarme, pero no pudo: el automóvil era tan ancho que no podía ni tocarme.

- ¿Quieres intentar rebajarlo?

Con un gesto de la cabeza le di a entender que no.

Alrededor del automóvil no se veía sino caras felices, manos que me saludaban. Todos mis amigos y mis ayudantes estaban allí. No podía oírles dentro de aquella especie de cápsula; menos aún porque tenía taponados con cera los oídos. Después desatornillaron la cubierta. Otra vez el aire fresco. ¡Qué cosa tan maravillosa el aire fresco, y qué maravilla habíamos logrado mi automóvil y yo! Después colocaron una escalera para bajar y desde ella caí en brazos de una jubilosa multitud que compartía mi alegría por aquel éxito.

- ¡Bravo, Rudi! – gritó Neubauer abrazándome -. Han sido 437 km/h en una dirección y 432’ 692 de promedio entre los dos sentidos.

- El automóvil se conduce maravillosamente – le dije -. Pero aún se puede sacar más rendimiento. Podríamos intentarlo mañana, pero con un engranaje posterior menos demultiplicado.

Hablamos unos momentos de las incidencias de la prueba y después fui hacia mi esposa, que me esperaba en nuestro automóvil. Permanecimos varios segundos abrazados sin hablarnos. Siempre se quedaba en el box esperando a que la gente me dejara tranquilo. Quería tenerme sólo para ella.

El interior de nuestro automóvil estaba cálido y era cómodo: en cierto modo era un pequeño hogar sobre ruedas. Una vez allí imaginé que mi vuelo en aquel bello monstruo de plata había sido solamente un sueño. ¿Cómo logré pasar por aquello pequeños agujeros negros…?

Nuestro coche fue rodeado por periodistas y por gentes que esperaban poder felicitarme; la mayoría viejos amigos míos. Querían que explicase algo sobre todo aquello. ¿Pero qué es lo que podía decirles? Tan sólo que el automóvil se había portado muy bien, y que en mi vida hubiese podido imaginar que una carretera pareciese tan estrecha; y que, naturalmente, el próximo día alcanzaría aún mayor velocidad, si las cosas marchaban bien.

Entre una larguísima cola de automóviles nos dirigimos hacia el Park Hotel para desayunar tranquila y cómodamente. Pero aquella tranquilidad duró muy poco. Llamaron a Neubauer por teléfono; regresó a la mesa en un estado de gran excitación.

- ¡Los de Auto Unión se han ido para allá! Han llevado su automóvil caza-récords, a Rosemeyer y a toda la cuadrilla. Ya están camino de la autopista. Vamos, de prisa; debemos estar allí. Estoy seguro de que quieren batir nuestro récord antes de que salgan los periódicos de la tarde. ¿Qué te parece todo esto, Rudi?

Aquello causó sensación. Nadie sabía qué decir. ¿Desde cuándo se luchaba por conseguir récords como si se tratase de carreras? Era un asesinato.

- Yo no voy allí – le dije a Neubauer.

En aquel instante, como si fuera algo real, me imaginé a dos grandes monstruos que corrían en competición hasta que uno era derrotado. Además, era ya muy tarde; el viento soplaba muy fuerte. Durante la carrera lo aprecié, aun siendo muy leve. Con aquella velocidad, los neumáticos casi no tocaban el suelo y se acusa cualquier insignificante corriente de aire.

Fui tranquilizándome. Todos callábamos. Nuestros pensamientos estaban en la autopista de Frankfurt-Darmstadt. Después del desayuno, mientras fumábamos, Brauchitsch me preguntó:

- ¿No te parece que, después de todo, quizás…?

- Sí – le dije. Tendríamos que ir allí, pues, por otra parte, aquí no podemos quedarnos tranquilos.

Salimos. La línea de partida estaba llena de peiodistas, de aficionados, de público. Gran número de automóviles estaba aparcado a ambos lados de la autopista. El cielo estaba cubierto por pequeñas nubes, así que, en conjunto, algunas zonas del paisaje estaban bañadas de luz solar. El viento era algo más vivo; mientras me dirgía hacia allí pude darme cuenta de cómo se movían las copas de los árboles.

Rosemeyer ya estaba sentado dentro del automóvil. Le rodeaba una gran multitud. Me abrí camino entre la masa humana y estreché su mano.

- ¡Felicidades, Rudi! – me dijo sonriendo.

- Gracias – le contesté. Deseaba decir algo más, mucho más. En aquel momento no contaba la rivalidad. Era mi camarada y estaba a punto de exponerse a los mismos peligros por los que yo había pasado.

Vi cómo se disponía a arrancar, y en aquel momento tuve miedo. Quería decirle que sería mejor que lo intentara durante la madrugada. Cuando yo me senté al volante solamente pensé en mi tarea; pero en aquel momento pensaba solamente en el peligro. Se me hizo un nudo en la garganta. No podía, no debía decirle nada…

De nuevo me sonrió jovial, con su risa juvenil. Después se volvió hacia alguien. Regresé a mi automóvil y me senté detrás del volante. Nos quedamos allí, como dentro de una cálida habitación en pleno aire libre. Brauchitsch estaba a mi lado.

- ¡Con ese viento! – le dije -. ¿Puedes comprenderlo?

Se encogió de hombros. Vimos después cómo despejaba la pista el público y cómo el coche de Rosemeyer arrancaba igual que una flecha de plata. El gentío se reunió en un gran grupo, en espera del regreso.

Un rato después regresó Rosemeyer. Había mejorado su tiempo respecto al del año pasado, pero no había batido mi récord.

El viento soplaba con más fuerza. Nuevamente se colocó Rosemeyer en el punto de salida. Al cabo de unos intentos, arrancó. Esperamos sentados en nuestro automóvil…

De repente se produjo un movimiento entre la multitud. Al principio corrieron unos pocos; después todos. Bajé la ventanilla del coche.

- ¿Qué ha sucedido? – grité a un muchacho que corría.

- Rosemeyer se ha estrellado – nos contestó.

Permanecimos allí.

- No quiero ir a verle - dije.

- Yo tampoco – murmuró Brauchitsch. Y al cabo de unos instantes añadió:

- ¿Por qué? ¿Es necesario?

No le contesté, pero sentí la sensación de hallarme al borde de un precipicio que se hubiese abierto de repente ante mis pies. ¿Por qué? ¿Tenía sentido que los hombres estuviesen persiguiéndose hasta la muerte por querer ganar unos segundos? ¿Servía esto para el progreso? ¿Servía en algún sentido a la humanidad? ¡Qué ridícula era esta frase en ese momento, cara a cara con la gran realidad de la muerte! Pero entonces, ¿por qué?, ¿para qué?

Por primera vez comprendí que se vive la vida de acuerdo con sus propias leyes, y que la ley del que lucha es la de quemarse a sí mismo, hasta la menos fibra, sin tener en cuenta para nada lo que les pase a sus cenizas.

Una figura solitaria vino hacia nosotros. Era el doctor Glaeser, el médico oficial de Mercedes y de Auto Unión. Su rostro era solemne. Se nos acercó.

- ¡Muerto! – dijo -. Yace de espaldas, entre los árboles, mirando fijamente al cielo; mirándolo como si aún viviera.

Me mordí los labios. En aquel momento me pareció como si toda la vida se hubiese detenido.

Teníamos helados los corazones. Era inevitable: ¿quién podría sobrevivir en un accidente a aquella velocidad? Habíamos esperado que se produjera un milagro. Bernd Rosemeyer, la personificación de lo joven, de lo heroico, había caído. Siempre sonriente, como si todo fuera un simple juego, había alcanzado sus victorias. Sin embargo, tuvo que pagarlas, y el destino le exigió el pago supremo. Nunca olvidaría a aquel camarada, al amigo Rosemeyer.

El doctor Glaeser, con la cabeza inclinada, continuaba de pie al lado del coche. Le di la mano. Sentí un escalofrío. Di la vuelta al automóvil y regresamos a la ciudad."

Publicado por: tenista el Jun 9 2008, 10:43 PM

Un buen relato, para antes de soñar con los angelitos rolleyes.gif

¡Hoy en dia, sigue esa lucha del ser humano contra si mismo. Tanto para lo bueno, como para lo malo, una pena!

Muchas gracias, de nuevo, compañera wink.gif

Publicado por: Raquel el Jun 12 2008, 09:42 AM

Comprendíamos que todo dependía del azar, y que éste un día u otro no estaría de su lado.

"CAPÍTULO XX



Escribo esto en 1958; desde aquellos funestos días ya han pasado veinte años, y aún está vacante el puesto de Rosemeyer en nuestras filas.

Hace dos meses, en el vigésimo aniversario de la muerte de Rosemeyer, se celebró, en el mismísimo escenario en donde ocurrió el accidente, una ceremonia en homenaje suyo. Fui a Frankfurt para tomar parte en la misma y deposité al pie del obelisco conmemorativo una corona en la que lucía la insignia de plata y azul de Mercedes. Aún creía ver entre nosotros a mi amigo, joven, rubio, delgado, sonriendo y bromeando continuamente. Rara vez corríamos en la misma escudería; pero con frecuencia habíamos pasado ratos riendo e incluso discutiendo, aunque raras veces y por poco tiempo.

Apenas nos concedíamos un segundo. Era una impetuosa juventud frente a la experiencia del contrincante, un hombre diez años más viejo. Rosemeyer había cumplido veintisiete años; yo, treinta y siete. Anhelaba derrocarme, mientras yo deseaba continuar disfrutando de mi puesto durante muchos años, al menos hasta que naciera una nueva generación de pilotos.

Lang continuaba corriendo; lo había hecho durante muchos años, y después continuó siendo piloto de reserva. Seaman era un corredor con un gran número de victorias con coches de pequeña cilindrada. Entre los jóvenes, Rosemeyer era el más audaz y el más instintivo. No conocía lo que era el miedo, cosa ésta que a menudo no es buena. Nos conviene saber dónde existe peligro.

En todas las carreras temíamos por su vida. Comprendíamos que todo dependía del azar, y que éste un día u otro no estaría de su lado. Pero no llegamos a suponer que sucediera durante la tentativa de rebajar un récord.

Se congregaron el día del homenaje muchos amigos y admiradores de Rosemeyer; incluso fue una delegación de un club deportivo de Norteamérica que llevó una magnífica corona. Se pronunciaron discursos en memoria suya; se recordó su valentía y su inteligencia. Elly Beinhorn-Rosemeyer fue con su hijo, y otra vez revivió aquellos trágicos momentos en que perdió para siempre al marido que tanto idolatraba. ¡Cuán duros debieron de ser para ella los años que vinieron después! Pero logró rehacer su vida; fue valiente, y todo lo centró alrededor de su joven hijo, de Bernd.

El día del homenaje; Bernd ya era un jovencito. Era rubio, igual que su padre. Hablé con él sobre el tema de las carreras.

- No – me dijo tranquilo y sonriente -. No quiero ser piloto. Quiero ser médico.

Elly Beinhorn-Rosemeyer miraba entrañablemente a su hijo. Quizás en aquellos momentos pensaba: “¡Un médico! Sí, ¡gracias, Dios mío, no un piloto de carreras!” Y en mi memoria aún veo a la famosa conductora de automóviles, Elly Beinhorn-Rosemeyer, cuando marchaba erguida, serena detrás del féretro de su marido. Rosemeyer fue homenajeado con un funeral nacional en Berlín. Todos los camaradas, con nuestras vestimentas de carrera, le escoltamos hasta su última morada.

La música, el apagado ritmo de los tambores, acompañaba nuestros pasos. Aquel ritmo monótono llegaba a lo más profundo de nuestros corazones y se traducía en las palabras del himno: “Hoy tú y mañana yo; hoy tú y mañana yo…”

En lo más íntimo de mí, por unos momentos, algo se rebeló. ¿Cuál era el objetivo de nuestras vidas? ¿Un desmedido afán por una gran causa, unos pocos días de gloria y, después, una horrible muerte?

Los tambores continuaban redoblando. Procuré no pensar. Él ya no sentía nada; para él, hiciéramos lo que hiciéramos, todo había acabado.

Le depositamos en la tumba. ¡Adiós, camarada, adiós a mi glorioso joven contrario!

La vida seguía. Nosotros, los conductores de Auto Unión y de Mercedes, regresamos a nuestros puestos de trabajo. El programa de carreras de 1938 nos dejaba muy poco tiempo para poder pensar, con pena, en uno de nuestros compañeros.

Cada vez eran más rápidas y empeñadas las carreras, cada vez aumentaba el número de los que en potencia podían ganar: Lang, Manfred von Brauchitsch, Luigi Fagioli, Hasse, H. P. Mueller, Gigi Villoresi, Hans Stuck, Tazio Nuvolari, Giussepe Farina, Dick Seaman, el conde Didi Trossi, Achille Varzi, Piero Taruffi, J. P. Wimille, Louis Chiron, René Dreyfus, Raymond Sommer. Con oponentes de tal calibre, se podía estar entre los mejores, pero tan sólo podía vencer uno; y vencer a unos hombres de tal categoría, era algo muy difícil.

Nuestro nuevo tres litros, con compresor, casi alcanzaba los 330 kilómetros, bajo la dirección de los jefes ingenieros de proyectos, Wagner y Max Sailer, Daimler- Benz creó un instrumento soberbio para la nueva fórmula de coches de carreras: un tres litros, doce cilindros, con una potencia de 450 h.p.

La primera carrera del año tenía que celebrarse en Pau, en el Mediodía de Francia. El circuito comprendía más de cien vueltas, y en él fracasé. Lang y yo fuimos designados como titulares, y Seaman, con gran disgusto por su parte, como suplente. La cosa fue mal desde el principio.

Durante los entrenamientos me di cuenta de que aquel circuito no era muy apropiado para nuestros voraces motores con compresor. Para empeorarlo todo durante los entrenamientos, falló el freno del coche de Lang, precisamente el último día, y al derrapar, dio un golpe en una valla con la parte trasera del automóvil, resintiéndose de ello el chasis. A pesar de los frenéticos esfuerzos de los mecánicos, el vehículo no estuvo a punto en el momento de la salida.

Así resultó que yo tuve que luchar solo con René Dreyfus, que se situó en la cabeza desde el comienzo.

Tuve que repostar muy pronto. Como la “bañera” Delahaye de Dreyfus, sin compresor, no tenía necesidad de repostar, tenía ganada la carrera. ¿Qué podíamos hacer? Además René tuvo una alegría inmensa. Después de aquella para nosotros desgraciada carrera, vino la de Trípoli. Allí Brauchitsch, Lang y yo esprerábamos tomarnos la revancha.

Trípoli era siempre una gran experiencia, a despecho del calor, del amarillento polvillo y de los voraces mosquitos, ¡y de las moscas! A nuestro mono mascota ANATOL le gustaba mucho comer moscas; más no sabemos por qué razón no en Trípoli, quizás porque sabían a camello, de igual modo que olían a camello las mercancías del bazar.

Gozábamos del sinuoso y fresco vestíbulo del hotel al regresar de los entrenamientos. Yo no acostumbraba a salir mucho de allí, pero Baby pasaba todos sus ratos libres callejeando por la cuidad vieja, en busca de maravillosos tejidos y obras de orfebrería. Naturalmente, siempre compraba algo. Durante los paseos de Baby, Anatol y yo dormíamos.

El día de la carrera los árabes se congregaron a todo lo largo de la pista. Cubiertos con sus largos albornoces de lana blanca, parecían inaccesibles a la arena y al intensísimo sol.

Italo Balbo, corredor de aquella ciudad de ensueño, iba a dar la señal de salida. Varias veces hubimos de calentar los motores: el mariscal se retrasó. Finalmente arrancamos. Durante la primera vuelta parecía que estábamos conduciendo a ciegas por entre una verdadera nube de polvo amarillo. Una tempestad de arena soplaba sobre el desierto y las ruedas de los coches lanzaban al aire montones de aquel fino polvo, que como nieve, estaba depositado en la pista. Los finos granos de arena punzaban la piel. Teníamos la boca reseca; era imposible intentar aspirar arena. El parabrisas quedó como si lo hubiésemos restregado con papel de lija.

La prueba constituyó una triple victoria para Mercedes. Lang quedó primero, y Brauchitsch nos clasificamos inmediatamente después, casi con el mismo tiempo. El cuarto fue Somer, con Alfa Romeo, y luego Dreyfus con un Delahaye.

Por la noche, como en años anteriores, había de celebrarse un baile de gala en el palacio del mariscal. Pero tuvo que ser suspendido. La muerte había recogido una rica cosecha en la carrera. En la vuelta novena, Siena, que conducía un Alfa pequeño de litro y medio, y chocó con una casa árabe. Murió en el acto. Cortese, que no se dio cuenta de que había sido el obstáculo causante del accidente, continuó corriendo.

En la decimotercera vuelta se produjo otro accidente. A más de 200km/h, chocaron los automóviles de Farina y de Lazio Hartmann. El fuerte viento del desierto desvió a Farina hacia un lado, y entonces rozó con el Maserati de Hartmann. Los dos vehículos volcaron, sus conductores cayeron en la pista como inanimados muñecos de trapo. Entonces llegué yo; pude esquivar, por puro milagro, los restos metálicos esparcidos por aquel lugar. Poco me faltó para atropellar a los dos pilotos. Sentí un estremecimiento igual que si hubiese pasado por mi cuerpo una descarga eléctrica. Eso, pensé, es lo que llaman un ramalazo de terror.

Cuando volví a pasar por allí, los cuerpos habían sido ya retirados y los restos de los vehículos apartados a un lado. Cada vez que pasé de nuevo intenté ver los números de los automóviles, pero estaban tan destrozados que me fue imposible lograrlo.

Más tarde me enteré de la muerte de Siena, aquel corredor tan popular en Italia que, al igual que tantos otros, se hizo en las carreras de motocicletas. Hartmann murió de las graves heridas sufridas en la columna vertebral. Farina sufría de una conmoción y de heridas en la cara. Los automóviles pesados no pueden alinearse junto con los ligeros, pensé. Al tomar una curva a toda velocidad Siena se echó encima de Cortese, que iba más despacio y no pudo esquivarlo. Era posible que el accidente de Farina y Hartmann se debiera a parecidas causas. Hartmann siempre había sido un agradable compañero, pero tenía el defecto de atrancarse en el camino de los automóviles más rápidos.

Después de cada una de estas catástrofes se adoptan nuevas medidas de seguridad. Pero la muerte siempre halla modo de obtener nuevas víctimas."

Publicado por: QUIQUE A. el Jun 12 2008, 12:04 PM

Gracias una vez más, Raquel. Según pone al pie, esta foto puede ser de 1.959 (no me la deja copiar):

http://www.jamd.com/search?assettype=g&assetid=3279562&text=caracciola

Publicado por: Raquel el Jun 12 2008, 01:34 PM

Bonita imagen QUIQUE smile.gif de Carcciola y Stirling Moss.
Qué gracia me hace ña nariz de Caracciola... Pero aunque él no lo diga cuando habla de sí mismo, lo cierto es que él también tiene una sonrisa preciosa si se siente satisfecho.

¿Sabéis que me haría una ilusión que ni os lo cuento? rolleyes.gif

Reconozco que es una tontería que me puede. Y que yo lo he intentado muchas veces aun reconociendo lo mala "buscadora" que soy. Se trata de alguna imagen en que aparaezca su monito titi Anatol. smile.gif

Desde muy muy pequeña (tanto que ni me acuerdo o tengo razón de esa memoria) me han entusiasmado "los monos". En concreto los chimpancés. Pero bueno, sea de la especie que sea.

Así que, ¡buf, para qué lo que lo que me encataría ver en "imagen" o foto a ANATOL! wink.gif

A mí personalmente este capítulo me parece fantástico. Por razones que no vienen al caso, me llega muy dentro.

Publicado por: tenista el Jun 12 2008, 01:43 PM

Muchas Gracias Raquel.

En aquellos años, por mucho que sea un libro, las carreras debian ser algo inimaginable hoy dia.

Publicado por: tenista el Jun 23 2008, 11:19 AM

Compañeros, haber si entre todos animamos a nuestra amiga Raquel, que nos tiene un poco abandonados sad.gif

Publicado por: QUIQUE A. el Jun 23 2008, 03:19 PM

Se acerca la época de vacaciones ... cool.gif

Publicado por: Raquel el Jun 25 2008, 11:05 AM

Gracias, Tenista smile.gif

Pero sencillamente es que no he podido de momento. No, no estoy de vacaciones wink.gif

Se trata de que hay que buscar ratos, ganas y motivación de verdad para sentarse con calma e ir escribiendo el relato... Sólo eso.

Publicado por: tenista el Jun 25 2008, 01:05 PM

Puedes tomarte el tiempo que necesites, faltaria mas, siempre y cuando no nos olvides wink.gif

Publicado por: tenista el Jul 30 2008, 10:58 PM

TOC, TOC, ¿hay alguien hay? unsure.gif

Publicado por: Albert-230SL el Aug 9 2008, 01:32 PM

Hablando de Caracciola y las Flechas de Plata, he encontrado este vídeo especialmente interesante tongue.gif :

http://mercedes-benz.tv/?lang=en&type=channel&id=1&clipId=81&csref=mbtv_ws_mbtv0107_en_channel_1_81_url

Saludos, y força PDLR!!!
Albert

Publicado por: Raquel el Aug 13 2008, 09:59 AM

Una maravilla de vídeo, Albert. smile.gif Por razones obvias es fácil imaginar cuánto lo he disfrutado. Además, es que la calidad de imagen (comparada con otras filmaciones que haya podido ver) es realmente impresionante.

¡Gracias por ponerlo!

PD: Lo "malo" es que te enredas a ver uno tras otro y no pararías nunca... laugh.gif

Publicado por: tenista el Aug 13 2008, 01:46 PM

Raquel, nos tienes abandonados y ya que te veo de nuevo por el foro....................................... huh.gif

Publicado por: Raquel el Aug 13 2008, 02:52 PM

CITA(tenista @ Aug 13 2008, 12:46 PM) *
Raquel, nos tienes abandonados y ya que te veo de nuevo por el foro....................................... huh.gif


Eso sí que no es cierto, Tenista. wink.gif De "abandonados" nada de nada. Y eso sólo puedo asegurártelo yo... biggrin.gif
A ver si la semana que viene puedo ponerme las pilas de verdad. ¡Lo intentaré!

Gracias, Tenista. smile.gif

Publicado por: Nivola el Aug 13 2008, 03:04 PM

Lo bueno siempre se hace esperar... wink.gif

Que nuestra impaciencia no te meta prisas, Raquel, con más gusto lo retomaremos... rolleyes.gif

Anda que no somos "egoístas" laugh.gif laugh.gif ...mil gracias por anticipado (llegue cuando llegue)

Publicado por: Raquel el Aug 13 2008, 03:44 PM

CITA(Nivola @ Aug 13 2008, 02:04 PM) *
Lo bueno siempre se hace esperar... wink.gif


Eso digo yo, Nivola, wink.gif que soy una egoísta de tomo y lomo y sigo esperando... (¿Sabes a qué o debo rescatar más abajo?)

¡Gracias! smile.gif

Publicado por: tenista el Aug 13 2008, 04:07 PM

Querida Raquel, jamas he pecado de impaciencia aunque no lo parezca, aqui seguire............ wink.gif

Publicado por: Nivola el Aug 13 2008, 04:09 PM

No te preocupes, Raquel, que no lo tengo olvidado laugh.gif

La verdad es que me enganché de tal manera con "tu" Carach, que me dediqué a saborearlo en exclusiva...y dejé de traducir lo otro con la intención de seguir cuando tú lo acabases o te dieras un respiro (podía haber hecho algo en este intervalo...). Tampoco queriá "sobrecargar" el foro con este tipo de relatos, o mejor dicho, ir uno tras otro...que luego hay épocas de transición entre temporadas con pocas novedades y se nos hace muy largo...así nos entretenemos.

No obstante, en un par de semanas cojo las "vacas" y si no me lío mucho, tengo pensado adelantar un poco la traducción para continuar.

Gracias por acordarte, o hacerme ver que no cayó en el olvido wink.gif

Publicado por: Raquel el Aug 20 2008, 03:11 PM

¡Los zapatos para correr tenían que ser guardados como reliquias!


"CAPÍTULO XXI



Ricardo Beattle Seaman, el joven conductor de Mercedes, ganó el Gran Premio de Alemania de 1938. La víspera comí algo, creo que pescado, que me intoxicó. Me encontraba peor a cada vuelta. Al fin, viendo que Lang estaba de pie en el box junto a su automóvil, paré, le cedí el mío y se clasificó segundo.

Manfred von Brauchitsch debiera haber ganado aquella carrera. Durante mucho tiempo fue en cabeza, seguido de muy cerca, quizás demasiado, por Seaman, que conducía con una helada calma. Al repostar Manfred, rojo de ira, exclamó:

- Neubauer, ¡ese Seaman va a volverse loco! No se aparta de mi cola, y cada vez que tengo que frenar pienso: ¡ahora chocamos! Los dos acabaremos en la fosa si continúa haciendo lo mismo.

Neubauer fue corriendo hacia Seaman, que acababa de parar para cargar esencia.

- Seaman –dijo-, deja en paz a Brauchitsch; no le acoses. Estás poniendo en peligro nuestra doble victoria. La prueba ya es vuestra: no empecéis una carrera privada entre vosotros que puede acarrearnos la derrota.

Seaman guardó silencio.

Mientras tanto la gasolina se desparramó sobre el ardiente tubo de escape del automóvil de Brauchitsch. Al poner en marcha el motor una chispa hizo que la gasolina se inflamara y, en un instante, el automóvil quedó envuelto en llamas de seis metros de altura por lo menos. Horrorizado, Manfred, en un esfuerzo por huir, tiraba del volante para desprenderlo y poder arrojarse fuera. Estaba rodeado de llamas; ardían su traje y sus guantes, no podía hacer nada más que mover los brazos con desesperación.

Pero Neubauer, Neubauer el Grande, estaba allí. Sin temor al fuego ni una posible explosión, valiente como un león, saltó sobre el coche, arrancó de su asiento al rubio conductor, apagó el fuego que ya tenía en el casco, le echó al suelo y le hizo rodar hasta que las llamas le extinguieron.

Entretanto los mecánicos, con los extintores, sofocaron el incendio. La catástrofe había sido evitada.

No faltó en aquellas circunstancias la anécdota divertida. Habría sido posible patinar ante el box; todo el mundo se limpiaba de espuma la ropa y la cara. Manfred estaba preparándose para subir de nuevo al automóvil y el público le aplaudía estruendosamente. Neubauer se secaba el sudoroso rostro; abrió la boca para aspirar aire fresco… y se quedó con la boca abierta. El automóvil de Seaman, que ya hacía muchos segundos estaba a punto de arrancar, continuaba aún allí.

- Pero, ¡Dios mío! ¿Es que este hombre está loco? – bramó Neubauer -. ¡Vamos, sal, arranca! ¿Por qué no sales de una vez? – Se dirigió corriendo a Seaman -. ¡Sal, Seaman, corre! – gritó desesperado.

- Usted me dijo que no persiguiera a Brauchitsch – replicó Seaman con una tranquilidad pasmosa.

- Por amor de Dios, Seaman, ¿te has empeñado en que perdamos la carrera? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué es lo que quieres? Te prometo, te lo juro por lo más sagrado, que no te perseguiremos ni aunque vayas en cabeza en el Gran Premio de Inglaterra.

Seaman se ajustó las gafas y, sin decir palabra, sin tan siquiera mirarle, arrancó y su automóvil desapareció rugiendo hasta la curva del sur. Durante aquellos instantes, Brauchitsch había limpiado el volante; se puso de nuevo las gafas y un nuevo par de guantes y esperó anheladamente que el motor se pusiera en marcha por medio del arranque electrónico. Con impaciencia volvió a colocar el volante en su sitio y, entre los aplausos de todos, arrancó a la zaga de Seaman. Brauchitsch, “el desafortunado”, justificó de nuevo aquel apodo. En un lugar cercano al aeropuerto se encontró de pronto con la rueda del volante suelta en la mano. Inmediatamente, agarró con ambas manos el eje de la dirección y, con enorme esfuerzo, mantuvo el automóvil bajo su control y logró llevarlo hábilmente a la cuneta.

Tuvo que abandonar.

Un empleado de la pista condujo el automóvil condujo el automóvil hasta los boxes por un camino lateral, y al cabo de un rato apareció Manfred a pie y con el volante en la mano. El público le recibió con una ovación de simpatía. Realmente, Manfred era el personaje del día.

Fui hacia él y le golpeé amistosamente en la espalda.

- Manfred, viejo compañero – le dije -, las cosas van como van. Un día para arriba y el otro para abajo. La próxima vez será todo diferente para ti.

Se fue. Volvió a enrojecer, pero sólo aquella vez estaba a punto de llorar. Es preferible no reproducir aquí lo que me contestó.

Dick Seaman ganó su primer Gran Premio de Alemania.

Cuando por la noche fuimos al Hotel Eifeler Hof, en Adenau, Manfred no se presentó.

- Ve a ver lo que está haciendo ese muchacho – le dije a mi esposa. Baby fue de puntillas a la habitación vecina, entró y vio a Manfred tendido en la cama, sollozando con desespero y amargura. Baby se sentó en el extremo de la cama y le acarició la despeinada cabeza. Yo entré y me senté en una silla. Dejamos que se desahogara, y luego pedí que le llevaran un enorme jarro de jugo de naranja bien frío. Después de un baño caliente, ya sólo quedó celebrar la victoria, y aun celebrarla con una sonrisa. A la mañana siguiente, el chico de la proverbial mala suerte había recobrado los ánimos.

Dick Seaman se sentó en el centro de la larga mesa; ente él estaba el trofeo. A su lado se sentó Erika Popp, hermana del director general de BMW. No pude sino pensar que Seaman había obtenido dos victorias aquel día. Era divertido ver cómo una vez y otra se miraban a hurtadillas. Erika tenía entonces diecisiete años, y Dick veinticinco. Estoy seguro de que si no hubiese sido por la tensión política los dos formarían una pareja feliz.



Después de Nürburgring fuimos a Lugano, y poco tiempo después a Pescara, para tomar parte en la Copa Acerbo. Nos dirigimos al Adriático por Milán, Módena, Bolonia y Rimini, y después, por la recta carretera que bordea aquel espumeante mar, a Pescara. En los pueblecitos la gente se sentaba , en sillas bajas, de espaldas a la carretera. Los chiquillos corrían de un lado para otro; perros, coches atrasados por borriquillos y una nube de ciclistas inundaban las calles. Era forzoso tocar constantemente la bocina, y aún así conducir con extremo cuidado. El paisaje era hermosísimo, pero no teníamos tiempo de contemplarlo. Teníamos que llegar a Pescara aquella tarde, y Pescara está a 750 km de Lugano. Condujimos sin parar, de una sola tirada. Dejamos lo de la comida para la noche, pues llevábamos fruta para poder apagar la sed.

Efectivamente, llegamos a Pescara por la noche. Varios miembros de nuestra “familia” llegaron antes que nosotros. Nos alojamos en un lujoso hotel recién construido, a la orilla del mar. Desde el exterior parecía ser verdaderamente lujoso; pero la verdad era bastante diferente. Como el hotel fue terminado de modo apresurado para que su inauguración coincidiera con el día de la carrera, mucho quedó a medio hacer, como por ejemplo los servicios sanitarios. Pronto llegaron los mosquitos como si hubiesen estado esperándonos.

Baby había llevado un floreado mosquitero que había comprado en Trípoli. En cuanto deshizo las maletas quiso protegerme con aquel mosquitero, tal como ya había hecho en Trípoli. Me tendí en la cama y espanté y maté mosquitos, mientras Baby se las ingeniaba para extender sobre la cama aquella protectora tela, que aseguró además con chinchetas, todo entre risas y bromas.

- Si pudieses verte, Rudy, ¡estás igual que un pastel de ciruelas protegido por las moscas!

Aquello no me divertía en absoluto. Era ya bastante deprimente haber de dormir cubierto por un mosquitero, y aún era peor si, como entonces, la tela casi me aprisionaba, pues apenas me dejaba respirar. No obstante, era preciso resistirlo. En Trípoli, en Pescara y en Livorno no había más remedio que resignarse, pues de lo contrario los mosquitos se hubiesen cebado en mis manos, que se habrían hinchado hasta el extremo de que me fuese imposible usar guantes el día siguiente.



El circuito de Pescara tiene veinticinco kilómetros. En parte es un maravilloso camino que serpentea entre las montañas, y en parte una interminable recta, buen trecho de la cual bordea el mar. Aquel año habían modificado la recta con la adición de dos curvas artificiales para obligarnos a disminuir velocidad. Tales curvas se apartaban de la pista primitiva y luego volvían a entrar en ella.

Los automóviles italianos eran rápidos y de fácil manejo, pero nuestros Mercedes y Auto Union eran más rápidos en las rectas. Así, pues, siempre topábamos con algún truco para igualar las posibilidades de triunfo de los diversos automóviles. Si no fuese por la existencia de las dos curvas falsas, los italianos hubiesen tenido muy pocas posibilidades de ganar. Tenían que poner trabas a la victoria de los alemanes para aumentar el atractivo de la carrera.

Técnicamente hablando, la preparación de la carrera de Pescara nos produjo muchos dolores de cabeza. Las curvas de la montaña hacían imperioso usar un cambio de marchas de escaso desarrollo y neumáticos lisos. Por consiguiente, era preciso encontrar una solución intermedia, que, a fin de cuentas, tampoco sería idónea para ninguna de las dos partes del circuito.

Después de los entrenamientos nos reuníamos para bordar las cuestiones tácticas. Cada uno de nosotros aportó ideas propias. Aquéllos eran los momentos más felices de Neubauer. Parecía un general entre sus soldados, o un pastor entre el rebaño. Ahora, a lo largo de los años, creo que más bien era un buen pastor, pues sus gritos podían oírse desde muy lejos. Realmente, cuando él, Brauchitsch y yo hablábamos, las paredes parecían derrumbarse; los tres teníamos voces parecidas a las que deben de tener los jefes en plena batalla.

- Pues, ¡escúchame, Carcciola…! ¡Por favor, Brauchitchs, presta un poco de atención, deja de pensar en las chicas…! Lang, ¿por qué no escuchas cuando te hablo…? Callaos todos: esto es lo que vamos a hacer…

Y por fin se trataba de la preparación hasta en sus más mínimos detalles.

Durante los entrenamientos ensayé varios sistemas. Después de unas cuantas vueltas, me hice un esquema particular de la carrera. Tenía que evitar forzar el motor en las rectas, aunque perdiera tiempo, y recuperarlo en la parte montañosa. ¡Señores, qué carrera sería aquélla! ¡Y cómo iban a sufrir los frenos cuando hubiésemos de decelerar al entrar en las curvas falsas!

Poco después de las nueve de la mañana nos situamos en la salida. Hacía un calor húmedo y molesto.

Los automóviles, con sus colores característicos, rojo, azul y blanco, componían un cuadro alegre y lleno de luz. Las tribunas estaban llenas hasta los topes. Niños de rizado cabello negro habían trepado a los postes que sustentaban los graderíos para gozar de un buen punto de vista. Es difícil imaginar el entusiasmo y la expectación de aquella entusiasta multitud. Es verdad que anhelaba la victoria de un automóvil italiano; pero también otorgaría sinceramente el aplauso al que venciera, fuera quien fuese.

Un minuto antes de la salida fueron puestos en marcha los motores, y los automóviles organizaron un estruendo infernal. Los espectadores podían distinguir fácilmente los ruidos correspondientes a las distintas marcas. El nuestro era el más potente, el más metálico; prácticamente llenaba todo el ámbito. No percibía ningún otro ruido excepto cierto sordo zumbido que se albergaba en mi cráneo. Llevaba los oídos, como los demás conductores, taponados de cera para evitar posibles lesiones en los tímpanos. A menudo tardábamos varias horas en volver a oír normalmente.

La salida siempre constituía el momento de más intensa emoción. Cada piloto dominaba a su modo su propia tensión. Nuvolari parecía un caballo de carreras; hasta el momento de bajar la bandera, era incapaz de controlar los nervios. Brauchitsch apretaba los labios y daba la impresión de estar absorto en algo. Lang, exteriormente, parecía tranquilo.

Partimos. Brauchitsch arrancó como un cohete. Empecé pasando a Nuvolari, y quedé situado a pocos segundos de Manfred. Durante tres vueltas corrimos casi juntos. Después, de pronto, vi que una nube de humo salía del coche de mi amigo.

Comprendí que para él había terminado la carrera.

Efectivamente, así fue. Disminuyó la velocidad y me hizo signos para que le pasara. Era mi oportunidad. Lang me seguía a corta distancia. Apreté un poco y batí el récord de la vuelta. El motor zumbaba con toda normalidad. El récord había sido en un tiempo de once minutos. En la recta había alcanzado 276’923 km/h. Brauchitsch había abandonado. Didi Trossi, con un Masserati, iba mejorando poco a poco su posición. La señal del box me dijo que había adelantado a Farina y que ocupaba el tercer puesto, detrás de Lang.

Didi Trossi podía resultar un adversario peligroso. Tenía que asegurarme mayor ventaja, pues de lo contrario, terminaría por pasarme cuando me detuviese para repostar. Didi Trossi se hizo daño n un brazo al rozar una pared, y cedió el automóvil a Villoresi, que estaba parado en el box por avería del suyo. El temperamental Gigi dio una vuelta que dejó sin respiración a todo el mundo. Tres segundos más deprisa que yo, en 10’57’’.

Pensé, no obstante, que sería muy difícil aguantar aquel ritmo.

Estas persecuciones me hicieron abandonar mi célebre y “ejemplar” manera de conducir, y acometí las curvas de la montaña como si fuera un loco. Las piedras saltaban por los lados. Derrapaba en las curvas. Solamente así podía dar al motor un poco de reposo en la recta.

Se me indicó que Nuvolari había tenido que abandonar. Después supe que fue por causa de una avería en el motor.

Lang había dejado de seguirme. Vi que había fuego al lado de la primera curva falsa. Ardía un automóvil. Me acerqué cuanto pude a la valla de madera de la curva, para alejarme de las llamas, y comprobé que era el Mercedes de Lang, pero que, ¡gracias a Dios!, mi camarada no estaba en él, según vi a través de las llamas y el humo. El automóvil estaba convertido en una gran hoguera. Podía darse por perdido aquel vehículo, puesto que su depósito contenía doscientos litros de gasolina, y además existía el peligro de una explosión.

Usábamos un combustible muy explosivo; nosotros lo llamábamos dinamita. Cuando en los boxes poníamos los motores en funcionamiento, para el pre-calentamiento, la gente tenía que apartarse. El humo del escape se metía en los pulmones; irritaba los ojos, y no era nada recomendable permanecer allí. Si por cualquier causa se incendiaba algún automóvil, las llamas tardaban unos momentos en aparecer. Primero parecía como si temblara el aire alrededor del motor, y el calor iba haciéndose insoportable; entonces aparecían las llamas.

Lang se dio cuenta del temblor del aire y se arrojó del automóvil antes de que empezara a arder.

Durante las siguientes vueltas, el acre olor a goma quemada se apreciaba desde muy lejos. Poco a poco el fuego fue creciendo, hasta que no quedó ya nada para consumirse. Quedaba solamente el esqueleto del bólido. Durante algunas horas persistieron los rescoldos y el metal continuaba al rojo vivo.

Desde los boxes me indicaron en aquellos momentos que Mueller, con Auto-Unión, estaba en segundo puesto, separado de mí por unos dos kilómetros. Más tarde, también Mueller se vio obligado a abandonar. Era yo el único alemán que continuaba en pista. Cuando pasaba cerca de Neubauer podía verle de pie, casi en el centro de la pista, con la bandera en la mano, como queriendo decirme: “¡Despacio!, ¡despacio!, ¡despacio! ¡Despacio, mi querido Rudi, solamente tú puedes salvar el día!”

Asentía con gestos y le daba las gracias. Por fin inicié la última vuelta. Por un momento creí que mi corazón iba a estallar de alegría. Por consiguiente mi estrategia había sido correcta, y la diosa Fortuna me había acompañado desde la salida. ¡La victoria había vuelto a ser mía!

Como siempre, Neubauer fue el primero en llegar a mi lado. Me abrazó, y en aquel abrazo había gratitud, amistad y admiración por lo que había hecho. Después me rodearon mis compañeros y estuve a punto de ser materialmente aplastado. Estaban a mi lado los que habían hecho posible la victoria: el viejo Walz, Zimmer, Lindemeyer, Grupp, Bunz, Mueller, Woerner y los otros mecánicos. También el maestro, el grande, el inolvidable Dietrich, especialista del servicio de Continental para las carreras, con sus bigotes estilo Káiser. Igualmente los especialistas de la casa Bosch y su jefe Bamninger, y Eberhard Hunt, el célebre periodista, que seguía todas las carreras lleno de entusiasmo y las narraba después con depurada técnica, y Fabián, el repórter del Berliner Zeitung. Finalmente, mi mujercita, mi cronometradora, gracias a quien sabía cómo corría durante la prueba y cómo lo hacían los demás. En aquellos momentos envolvía sus relojes, guardaba sus notas y estaba radiante de felicidad, puesto que yo había regresado sin ningún hueso roto.

Los espectadores saltaron a la pista y nos encontramos rodeados por una masa infranqueable de gente. Me costó mucho poder regresar al hotel. Los fotógrafos intentaban obtener alguna fotografía presentable de mi rostro lleno de grasa negruzca.



El Gran Premio de Suiza iba a ser disputado justamente una semana más tarde, por cuya razón deseaba regresar a casa lo más pronto posible, alejarme de la temperatura excesivamente elevada de Pescara y restablecer mi torturada pierna bajo el suave sol de Lugano. Para lograrlo teníamos que partir inmediatamente después de la cena en la que se festejaba el triunfo. Baby aún lo ignoraba. Me sumergí en la bañera, intentando eliminar el olor a aceite y gasolina que llenaba mi cuerpo, mientras Baby planchaba mi traje de etiqueta para el banquete. ¿Cómo me las arreglaría para decirle que le esperaba una noche… bastante larga?

- Baby – le dije lo más amablemente posible -, pequeñísima, tendrás que empezar a hacer las maletas, pues esta misma noche nos marchamos.

- ¿Esta misma noche? –exclamó -. ¿Estás loco?

- No, no estoy loco –le dije-. Partiremos después de la cena. Manfred vendrá con nosotros y conducirá durante parte del trayecto.

Baby no replicó. Durante la temporada de carreras yo era un verdadero dictador; Baby sabía muy bien que me convenía descansar algunos días sin hablar para nada de carreras, de sistemas de conducir ni de motores. Tomó unas píldoras para el dolor de cabeza y empezó a hacer las maletas. Dobló el hermoso y floreado mosquitero, puso en una cajita las chinchetas con que lo arreglaba, e hizo un paquete aparte con mis ropas de carreras y los viejos y grasientos zapatos con que conducía. El penetrante olor a gasolina y aceite era inseparable de aquellos zapatos; si no pudiese usarlos estoy seguro de que no hubiera podido ser el mismo. Aquellos zapatos conocían mis pies; conocían también los pedales, y sabían colocarse con exactitud en el reducido espacio de que disponían. ¡Los zapatos para correr tenían que ser guardados como reliquias!

Después de cenar nos cambiamos, bajamos, pagamos y nos hicimos llevar las maletas. El portero movía admirado la cabeza. ¡Conducir durante toda la noche después de una carrera como aquélla!

Manfred condujo hasta Bolonia, y yo, hasta Lugano. Moritz, nuestro perro, nos recibió con saltos y carreras hasta que perdió el aliento, y Anatole nos recibió con su ininteligible parloteo. Estábamos en casa, en nuestras propias camas. Solamente Manfred tuvo algo de qué quejarse, pues Anatol le robó, a la hora del desayuno, la mitad de un huevo cocido."

Publicado por: accitano el Aug 20 2008, 03:20 PM

Gran Sorpresa!! laugh.gif laugh.gif

Muchas gracias, Raquel!

Publicado por: Raquel el Aug 20 2008, 04:00 PM

CITA(accitano @ Aug 20 2008, 02:20 PM) *
Gran Sorpresa!! laugh.gif laugh.gif

Muchas gracias, Raquel!


A ti gracias, Accitano. smile.gif

De "sorpresa" nada de nada... laugh.gif En todo caso, me la he llevado yo. sad.gif
Como bien dice mi querido Caracciola, cada carrera tiene su anécdota. Pues la de este capítulo... huh.gif ha sido como para filmarla.
Se me ocurre la feliz idea de llevarme el portátil a la terraza para escribir "en otro ambiente", hpy que hacía un día fresquito y algo lloviznoso al principio. Cuando ya acabo, cierro y guardo archivo repasando que no lo perdiera ( angry.gif ), traslado de nuevo el ordenador a su sitio y, con las manos ocupadas y la cabeza por Pescara voy y me dejo "mi libro" sobre la mesa. Definitivamente, "La Diosa Fortuna" está enfadada conmigo... Os lo prometo, en menos de un minuto -lo que tardaba en volver el ordenador a su sitio y conectar-, se levanta un viento racheado y... bufff... me encuentro mi libro "deshojado", con el lomo abierto y temblando... y... ¡McAchis la mar salada!, 7 hojas habían volado. Increíble.
En esos momentos no tienes sentido del ridículo. rolleyes.gif Sales corriendo, zumbando si hace falta, y buscas por donde sea las páginas que faltan, los números, las letras... ¡lo que sea! Y lo que piensen los vecinos, da igual!!!

Publicado por: QUIQUE A. el Aug 21 2008, 09:42 AM

Gracias por el capítulo, Raquel smile.gif

Publicado por: Nivola el Aug 21 2008, 09:52 AM

Qué maravilla!!! Otra cucharadita de caviar... laugh.gif laugh.gif laugh.gif
Mil gracias, por enésima vez, Raquel.

Aunque parezca paradógico, estos relatos "antiguos" personalmente me "refrescan" de una manera indecible.

Y ante tu anécdota... ni ridículo, ni vergüenza ni bobadas...si me pasa a mí, me ves correr como al hijo del viento perseguido por los siete demonios, detrás de las hojas, aunque estuviera en plena plaza mayor... laugh.gif wink.gif

Publicado por: tenista el Aug 21 2008, 12:17 PM

POR FIN ohmy.gif laugh.gif

MIL GRACIAS RAQUEL.

Publicado por: Raquel el Aug 27 2008, 05:48 PM

Gracias a vosotros. smile.gif
Satisface ver que hay cosas que, aunque lejanas, siguen vivas en el recuerdo.

Baby decía siempre que yo tenía ojos de foca, por lo bien que veía a través de la lluvia.
Dick era un héroe.


"CAPÍTULO XXII



El miércoles por la mañana partimos hacia Berna para el Gran Premio se Suiza. El circuito está situado en las afueras de la ciudad, en un parque lleno de magníficos árboles. Tiene unos 7 km; se compone de una corta recta adoquinada frente a las tribunas y de una serie de curvas cerradas sin peralte. Si llueve se hace sumamente resbaladizo.

Lo entrenamientos empezaron el jueves. El tiempo era nuboso y no mejoró los siguientes días. Todo parecía indicar que aquellas nubes descargarían el sábado

Como que nuestras vueltas de entrenamiento fueron las más rápidas, los conductores de Mercedes fuimos situados en la 1ª línea. Hubimos de esperar algún rato antes de la partida. Llovía ligeramente. Los automóviles estaban cubiertos de lonas, y Walz me cubría con un paraguas para que no quedara empapado aun antes de la salida. Instantes antes de las tres subimos a los automóviles y nos colocamos sobre los cascos la protección de mica con que proteger las gafas de la lluvia. Para que no se empañasen nos las pusimos en el último momento. Las posiciones de salida quedaron establecidas de la siguiente manera:



CARACCIOLA LANG SEAMAN

Mercedes Mercedes Mercedes

BRAUCHTISCH STUCK

Mercedes Mercedes

WIMILE NUVOLARI H.P MUELLER

Alfa-Romeo Auto-Union Auto-Union

FARINA KAUZ

Alfa-Romeo Auto-Union

TEAGNO DREYFUS TARUFFI

Maserati Delahaye Alfa-Romeo

RAPH

Delahaye

MANDIROLA CHRISTEN ROMANO

Maserati Maserati Alfa-Romeo

DeSZTRIHA MINOZZI

Alfa-Romeo Alfa-Romeo



Arrancamos a las tres. Seamen se puso en cabeza. Iba seguido de Stuck,; después yo, luego Mueller, Kautz, Brauchitsch, Nuvolari –que conducía por 1ª vez un automóvil Auto-Union-, Lang, Farina, Taruffi, Wimille y los demás. En la cuarta curva pasé a Stuck. Seaman conducía magníficamente. Aún conservaba la 1ª posición durante la octava vuelta. Llovía con más fuerza, y al cabo de un rato arreció. Era un verdadero aguacero. Corría detrás de Seaman, conduciendo como en un lago. Las ruedas de mi compañero arrojaban agua y barro contra mi parabrisas. Para ver algo, tuve que asomar la cabeza por un lado, con lo que la cara y las gafas se me llenaron de barro.

“¡Basta ya!”, pensé. “¡Cuidado, Dick, pues ahora me toca a mí ir en la cabeza!”

Después de la prueba de Nürburgring, la de Berna es mi carrera favorita. Dick hizo lo que pudo, pero finalmente logré alcanzarle, a través del barro y del agua, en el resbaladizo empedrado.

Seaman intentó seguirme, pero cuando aceleré las ruedas levantaron tras mi automóvil cortinas de agua que formaban una verdadera pared. Ni tan siquiera podía ver a Seaman por mi espejo retrovisor. Adelantar automóviles en aquellas circunstancias era difícil y peligroso, pero me parecía que esto era lo único que hacía. ¡Qué tiempo! El calor que arrojaba contra mí el motor me hacía sentirme como en un baño turco. La lluvia había ablandado la tierra de los bosquecillos, y formaba arroyuelos que atravesaban la calzada. Miraba como un lince para descubrir las irregularidades de la pista. Baby decía siempre que yo tenía ojos de foca, por lo bien que veía a través de la lluvia. Cuando se corre por un camino resbaladizo hay que estar siempre atento a las reacciones del automóvil, que sobre el empedrado se comporta como un caballo indómito. Es preciso saber lo que quiere hacer antes de que lo haga, y gobernarle con movimientos suaves y calmosos. No tan sólo las manos, sino todo el cuerpo, se identifican con el automóvil y contribuyen a dominarlo.

Seaman no me dejó sacarle mucha ventaja. Llegué a la meta con solamente medio minuto de ventaja.

Brauchitsch llegó en tercer lugar. Era la tercera vez que yo ganaba el Gran Premio de Suiza.

El 11 de septiembre Nuvolari, con Auto-Union, ganó el Gran Premio de Italia en Monza.

“Nivola” o “Nuff”, como le llamábamos, condujo por 1ª vez un Auto-Union en Berna; en su segunda salida, el intrépido piloto, el indestructible maestro, demostró que también podía conducir automóviles con el motor en la parte trasera.

Pero tenía que conducir con la mansedumbre de un cordero, quieto detrás del volante. Con toda seguridad se encontraba más a gusto en el grácil y maniobrero Alfa-Romeo, que dominaba como a un potro; aunque se marchara a la cuneta, siempre terminaba por dominarlo a su antojo. Nuestros pesados vehículos no permitían tales libertades, y mucho menos las del motor trasero.

Excepción hecha de Bernd Rosemeyer, que empezó como motociclista y pasó a Auto-Union sin haber conducido otros automóviles de carreras, nadie más sino Achille Varzi logró dominar a la perfección aquel tipo de vehículo. Nuestro jefe, el doctor Feuereissen y Neubauer nos permitieron a Rosemeyer y a mí cambiar de vehículo durante los entrenamientos en Monza. Causó aquello sensación: Rosemeyer en un Mercedes y yo en un auto-Union, aunque sólo para los entrenamientos, por supuesto.

Al acabar Rosemeyer me dijo:

- Chico, ¡qué frenos más maravillosos tenéis! ¡Cómo se agarra a la pista…!

- Y vosotros tenéis un motor magnífico –repuse-; marcha bien a todas las velocidades. ¡Y acelera con tanta suavidad…!

Acordamos que el automóvil ideal para la temporada de 1939 tendría chasis y frenos de Mercedes y motor de Auto-Union.

- Pero –le hice observar- con el motor delante.



El Gran Premio de Italia era el último Gran Premio de 1938. La situación política nos preocupaba. Encontramos en Italia algunas simpatías, pero en conjunto topamos con una abierta hostilidad. La guerra parecía inevitable. No obstante… todavía se celebraban carreras, y conducían pilotos de muchas nacionalidades. Aquel otoño era tan caluroso como sólo puede serlo un otoño italiano.

Hacía calor en los automóviles, sobre todo en el mío, porque se había quemado un relleno y el calor del tubo de escape penetraba por las aberturas para los pedales del gas y del embrague. A pesar del aislamiento de amianto, el acelerador quemaba tanto que terminó por abrir en la suela de mi zapato un agujero del tamaño de un dólar de plata.

Cedí el automóvil a Brauchitsch durante unas vueltas, con lo que tuvo demasiado. Volví a conducirlo, pude oprimir el ardiente pedal del gas con la punta del zapato, y me situé en tercer puesto, precedido por Nuvolari y por Farina. Así acabó aquel Gran Premio.

Me dolían tanto el pie y la pierna que no quise participar en el Gran Premio de Donington, en Inglaterra. Ade,ás, era muy probable que el equipo alemán no fuera bien recibido allí.

Sin embargo, la carrera se realizó, porque el buen sentido prevaleció aquel año de 1938; aún reinaba la paz, y no había pasado nada como no fuera la ostentación de fuerza y poder militar. En Alemania las carreras estabn casi militarizadas. Los organizadores vestían uniforme, los miembros de los clubs también vestían uniforme, y después de cada carrera los conductores, también de uniforme, eran obligados a efectuar una especie de desfile militar. Cuando finalizaba la carrera estábamos todos cansados y sudorosos, pero teníamos que escuchar en pie una larga arenga patriótica. Si ganábamos, era la madre patria quien ganaba; si perdíamos… ¡esto no puede suceder de ningún modo! Si hizo insoportable la intromisión en nuestras vidas privadas.. No les gustaba que viviese en Lugano. Cuando me instalé en Lugano por primera vez en 1929, vivíamos unos tiempos felices en que nadie se metía en las preferencias de cada cual. Fui a Lugano por primera vez en 1927, y me encantó aquel lugar, como creo que debe de gustar a todo el mundo. Goza de una temperatura suave, el paisaje es encantador y las gentes son hospitalarias y amables. Además está situado en el corazón de Europa, y desde allí es fácil llegar a cualquier pista de carreras.

Desde mi accidente en Montecarlo, el clima meridional era necesario para mí. La unión del fémur con la cadera no se recompuso nunca del todo; los músculos y tendones tenían que soportar por sí solos la pierna. Estas cosas se conocen como fractura mal soldada: el hueso queda suelto. Después de las pruebas precisaba de mucho descanso y de mucho sol para poder conducir durante otros quinientos kilómetros. Incluso una pierna sana se resiste de tal esfuerzo.



Después de un invierno tranquilo, la temporada se reanudó el 8 de febrero de 1939.

En la recién inaugurada autopista, propia para batir récords, entre Dessau y Bitterfeld, tenía que intentar batir marcas mundiales del kilómetro y de la milla –tanto lanzados como con salida parada- con el doce cilindros, 2-3 litros, construido por Mercedes Benz. Fuermanik, con Maserati, era quien los detentaba.

Por la mañana llevaron a la autopista al plateado bólido. Para disminuir la resistencia del aire se había provisto de una carrocería de duraluminio que lo cubría por entero; las ruedas estaban carenadas por separado. Se había suprimido el habitual radiador: el agua para el enfriamiento del motor provenía de un refrigerador situado en el interior del automóvil. El vehículo era muy bajo y de forma extraordinariamente hermosa. Pude montar en él con mucha facilidad; el asiento era cómodo. Lindemeyer se alargó el volante y lo quité con mucho cuidado. Después del primer recorrido, en plan de experimentación, me pareció que todo esfuerzo sería inútil. Las ruedas patinaban una y otra vez. Había arena en aquella nueva pista. Ensayé ir por el lado derecho, que estaba más usado. Entonces las ruedas agarraron bien, pero no tuve la sensación de alcanzar gran velocidad.

- ¡Oiga, Sr. Krauss! –dije a nuestro ingeniero de pruebas.- Esto no funciona bien. Me parece que no puede superar los trescientos kilómetros.

Neubauer, Sailer, Unlenhaut y el mismo Krauss rompieron a reír.

- Has llegado casi a los cuatrocientos – me contestó Neubauer.

No supe qué decir, Nunca lo hubiese imaginado. Sólo en la ancha pista, que parecía conducir a lo infinito, me había sentido como suspendido en el aire. Y en realidad casi era cierto, puesto que a tal velocidad el contacto de las ruedas con el suelo es muy débil. Cronometraron 177’522 kilómetros para el kilómetro y 204’57 para la milla con salida parada. La milla y el kilómetro lanzados fueron respectivamente a 399’560 y 398’230, velocidad inconcebible para un motor de tres litros, o sea, con otras palabras, un motor de la mitad de potencia que el 5’7 litros que conduje un año después en al autopista Frankfurt-Darmstadt.

Las carreras de velocidad de Dessau eran más fáciles: bastaba con solamente oprimir el acelerador y corregir el rumbo del automóvil. No tenía que dirigir con tanta precisión como en la estrecha autopista de Frankfurt-Darmstadt, ni había que pasar bajo 7 puentes. Allí el error de un milímetro representaba entrar en el césped, lo que significaba ir directamente a la eternidad.

Desde Dessau fuimos a la exposición del automóvil en Berlín; cuando ésta terminó, se celebró una ceremonia en honor de los campeones alemanes y europeos de varios ramos del deporte. Se me concedió la placa de oro alemana, y por sexta vez quedé proclamado Campeón de Europa. Tres veces con automóviles deportivos y tres con vehículos de carreras.



En abril se celebró la prueba de Pau, donde nos resarcimos del fracaso del año anterior. Durante veintinueve vueltas fui en primer lugar, ante Brauchitsch y Lang, pero después me abandonó la suerte. Se aflojó un tubo de engrase, cuya reparación me costó 7 vueltas. Probé a correr nuevamente, pero el motor no funcionaba bien. Mis dos compañeros vencieron, lo que nos llenó de alegría. Brauchitsch dio la vuelta más rápida.

A finales de mayo nos encontramos nuevamente en el fantástico país de Libia, para tomar otra vez la salida en la prueba de la lotería de los millones de liras.

Con la intención de acabar de una vez con la serie de victorias de los automóviles alemanes, el Automóvil Club de Trípoli programó la carrera para motores de 1500 centímetros cúbicos. Lo anunciaron cuando acababa el año 1938, demasiado tarde, tal como pensaban, para que los alemanes pudieran construir nuevos automóviles.

Ésta fue una oportunidad para que los técnicos de Daimler-Benz demostrasen su habilidad y capacidad de trabajo. Ingenieros, mecánicos y técnicos trabajaron llenos de fervoroso entusiasmo e hicieron realidad lo que parecía ser imposible. En solamente ocho meses construyeron el nuevo 1500 centímetros cúbicos.

El nuevo modelo tenía un motor de ocho cilindros en V provisto de compresor, corta distancia entre ejes, cinco marchas y suspensión independiente en las cuatro ruedas.

Los pocos ensayos efectuados en Hockenheim antes de embarcar para Trípoli, dieron resultado satisfactorio, muy esperanzador. Los dos pequeños automóviles parecían copias exactas, en pequeño, de sus predecesores. Tenían la misma forma y la misma carrocería. Eran gráciles como juguetes, y tan bajos que, cuando estaba de pie a su lado, las puntas de los dedos apenas podían rozarlos.

La noticia de que, a pesar de todo, tomaríamos parte en la carrera de Trípoli cayó como una sorpresa total. El público se apretujó en las tribunas y graderíos aún más que nunca, y los tiempos hechos durante los entrenamientos prometían una carrera disputada con ardor. Por supuesto, mantuvimos en secreto nuestra creencia de que los pequeños bólidos podían llegar a la velocidad de 260 km/h.

Lang tomó la delantera desde la salida. Neubauer nos mandó a la carrera con diferente equipo. Lang arrancó con los neumáticos gastados, que tendría que cambiar mientras repostaba por otro juego de neumáticos usados.

Con ellos podía tener una salida más rápida y arrastrar a los demás para que gastaran más rápidamente sus gomas.

Yo tomé la salida equipado con neumáticos nuevos, con los que podría aguantar toda la prueba. Solamente debía detenerme en boxes para repostar. Según nuestros cálculos, el tiempo ganado nos resarciría de la relativamente lenta salida con neumáticos nuevos. Sin embargo, como muchas veces acontece en la vida, las cosas se desarrollaron de otro modo que como habíamos supuesto. Lang tardó menos en repostar y cambiar ruedas que yo solamente en repostar. ¡Los mecánicos no encontraban la conexión para el arranque eléctrico!

Ganó Lang. Yo fui el segundo. Nada menos que diez minutos después Villoresi, el tercero, cruzó la línea de meta.

Aquél fue para nosotros un éxito arrollador: ¡haber ganado con aquel nuevo modelo el primer y segundo puesto de la carrera de Trípoli, la de los millones!

Después de aquella victoria regresamos a Europa para tomar parte en la prueba de Eifel, en Nürburgring, que fue ganada por Lang, seguido de Nuvolari.



El 25 de junio era el día del Gran Premio de Bélgica. Este circuito es uno de los más difíciles de Europa. Está constituido por 35 vueltas a un recorrido de 14’5 km, por una carretera sinuosa y estrecha. Nuestros contrincantes eran Auto-Union, Alfa-Romeo, Maserati y Delahaye. El rey Leopoldo, tan amante de los deportes, nos dio la bienvenida en la línea de meta. Llovía. Las posiciones de salida se determinaron por sorteo y Neubauer distribuyó nuestros lugares: Lang en 1ª línea, Caracciola en la segunda, Seaman en la tercera y Brauchitsch en la cuarta.

Desde la salida, H.P. Mueller, con Auto-Union, logró repasar a Lang. Se quedó como líder, mas Lang le pisaba los talones. Nuvolari, también con Auto-Union, era el tercero, y yo el cuarto. En la tercera vuelta pasé al italiano, por lo que me situé detrás de Lang. Los dos íbamos a la rueda de Mueller. Lang intentó adelanterle pero no pudo. Dimos ocho vueltas de ese modo, y al cabo no resolvimos nada, hasta que hizo señas para que intentara adelantar a Mueller y me cedió paso. Puesto que éste no hizo caso a mis señas, decidí abandonar la cortesía y emplear la pura fuerza. Sin embargo, Mueller estaba tan ocupado en conducir que no oía ni veía nada.

En el viaje cerrado de la Source me decidí: ¡Allí era donde le atraparía! Lang, inmediatamente detrás de mí, también esperaba el momento de adelantar a Mueller. El viraje de la Source era muy resbaladizo. Al ir a pasarlo me resbalé y me despisté.

Lang, entretanto, dejó que Seaman le adelantase. Éste tuvo más suerte que nosotros, pues en la misma vuelta, la novena, Mueller tuvo que ir a boxes para repostar, por lo que Seaman tuvo vía libre. Conducía muy bien, rápido y seguro, a pesar de la lluvia. Cuando fue a box para llenar el tanque, durante la vuelta dieciocho, Lang volvió a colarse en cabeza durante una vuelta; después también hubo de detenerse para repostar, y Seaman recuperó el primer puesto. Seaman aumentó la velocidad a cada vuelta. Lang tenía un retraso de 27 segundos y pasó a 28 en la vuelta 22. En la vuelta 23, al entrar en el viraje de La Source, sucedió…

Seaman enfiló con demasiada velocidad aquel engañador viraje. Las ruedas de su automóvil resbalaron en la arena de un lado de la pista, empezó a patinar y se estrelló con tremendo impacto, primero en un árbol y luego en otro. Por fin se detuvo. El choque rompió el tubo de escape. Instantes después el automóvil estaba en llamas.

Quizá hizo Seaman todo lo posible por salvarse; pero, como supimos después, había sufrido un fuerte golpe en los riñones y se había roto el brazo derecho. También pudiera ser que el topetazo le dejara inconsciente y no se diese cuenta del temblor del aire ni sintiera el amenazador calor.

Pasaron varios minutos antes de que los espectadores que se hallaban en el viraje de la Source llegasen en su auxilio a través de la lluvia. El automóvil estaba envuelto en llamas. Algunos valientes intentaron salvar a Seaman, a pesar del fuego, pero la víctima estaba aprisionada por el volante y aquéllos no acertaron la palanca que lo liberaba. Con increíbles esfuerzos, lograron rescatar a Seaman, con graves quemaduras, pero vivo.

El doctor Glaeser había llegado a la escena del accidente. Se llevó a Seaman en ambulancia al hospital de Spa. Durante muchas horas hizo todo lo posible por salvar a Seaman, extirpándole trozos de piel que se habáin convertido en carbón. Las piernas, la cara, los brazos…, todo estaba achicharrado. En boxes esperábamos anhelantes noticias. Solamente sabíamos que el coche de Seaman se había incendiado. Nada más. Erika, con quien se había casado algunos meses antes, se hallaba a mi lado. Estaba pálida y temblaba de frío y miedo. Todos temíamos lo peor.

Cuando acabó la carrera fuimos al hospital de Spa. El doctor Glauser continueba vendando a Seaman. Un poco más tarde, Erika pudo entrar a verle. Dick era un héroe. A pesar de su terrible dolor, hizo todo lo posible para hablar normalmente, casi con alegría, con su joven esposa.

Seaman murió poco después de medianoche en los brazos de su esposa. Hasta el último instante estuvo consciente.

Erika estaba fuera de sí de desesperación. La llevamos al hotel; fuimos a su habitación, junto a la nuestra. Baby deseaba hacerle compañía, pero ella insistió en que la dejáramos sola. Al cano de unas pocas horas oímos un tímido golpe en nuestra puerta. Era Erika. Mi esposa tomó en sus brazos a aquella frágil mujercita, la abrazó y dejó que llorara hasta que se durmió.

El día siguiente rodeamos un féretro largo y estrecho. ¿Era posible que Dick Seaman pudiera caber en él? Neubauer estaba profundamente conmovido. Se situó ante el ataud y habló a Dick. No recuerdo con exactitud las palabras que pronunció, sólo sé que su parlamento nos conmovió profundamente. Nuestras esposas sollozaban y nuestros ojos estaban empañados de lágrimas. Los de Neubauer también.

- Dick –dijo-, jamás te olvidaremos. Eras un deportista completo, y un amigo, un buen amigo, de todos nosotros.

Fuimos a Inglaterra en avión acompañando por última vez a Ricardo Beatty Seaman. Por segunda vez aquel año se abrió la tumba de un inteligente, de un prometedor joven piloto."

Publicado por: Raquel el Aug 27 2008, 06:09 PM

PD: OZZMAN, smile.gif recuerdo muy bien cómo hace mucho mucho tiempo (para mí wink.gif ) me explicabas esa escena de lo que le quemaba la planta del pie a Caracciola y el agujero de la suela del zapato al presionar el gas a pesar de lo abrasador que estaba. Hablábamos de algo de técnica -o mecánica-. Quizás sobre el material de los frenos... Creo que eso era. pero imposible determinar el topic o situarlo en contexto, lo siento.

Impresiona mucho este capítulo. sad.gif Y se percibe, incluso, en la forma de narrar de Caracciola.

Publicado por: QUIQUE A. el Aug 27 2008, 06:39 PM

Precioso y emocionante como siempre, Raquel. Gracias.

P.D.: ¿Os imagináis a Räikkönen y a Hamilton intercambiando hoy los coches?

blink.gif

Publicado por: Ozzman el Aug 27 2008, 08:23 PM

CITA(Raquel @ Aug 27 2008, 07:09 PM) *
PD: OZZMAN, smile.gif recuerdo muy bien cómo hace mucho mucho tiempo (para mí wink.gif ) me explicabas esa escena de lo que le quemaba la planta del pie a Caracciola y el agujero de la suela del zapato al presionar el gas a pesar de lo abrasador que estaba. Hablábamos de algo de técnica -o mecánica-. Quizás sobre el material de los frenos... Creo que eso era. pero imposible determinar el topic o situarlo en contexto, lo siento.


Vaya memoria que tienes, Raquel! Yo ya casi lo había olvidado, debe hacer mucho tiempo de eso. smile.gif

Saludos!!

Publicado por: Raquel el Aug 28 2008, 09:48 AM

QUIQUE, pues sí, llevas razón. wink.gif Esa misma reflexión, aunque en términos más generales o sin poner nombres propios en concreto, me hacía yo cuando lo leía, o después al escribirlo ayer. El diálogo final que mantienen los dos (Caracciola y Rosemeyer), sacando conclusiones de un "automóvil perfecto" que aunara lo mejor de "los tres grandes" en competición, resulta además muy gracioso.
Pero vete a saber si no son comentarios por el estilo los que puedan hacerse en ocasiones, también, pilotos de hoy en día. No resulta difícil imaginar que a menudo jueguen mentalmente a componer un monoplaza que tuviera las mejores virtudes o prestaciones de los existentes en parrilla en ese momento. De hecho, el propio Pedro ha comentado más de una vez que para McLaren quisiera alguna de las virtudes conseguidas por Ferrari. wink.gif

También resulta un poco difícil percibir en nuestros días ese "espíritu de equipo" que deja traslucir Caracciola siempre que relata los hechos.

OZZMAN: pues no creas que tanta. laugh.gif A veces creo que la tengo saturada. Lo que ocurre es que la memoria (sobre todo la memoria a largo plazo) funciona fundamentalmente dependiendo de la atención y el interés. smile.gif
Y hay datos que a mí me cuestan, sin embargo, retener o mantener. Por ejemplo, si me preguntas ahora mismo cuántos puntos (la cifra exacta) llevan hasta el momento Hamilton, o Raikkonen, o Massa, o Kubica..., pues no sabría dártela. Sé que hay una pequeña diferencia de unos 6 puntos -creo-. Así que ya ves...
Eso sí, cuando me explican o "aprendo" algo con lo que he disfrutado y me ha gustado -como a todo el mundo, supongo-, entonces no debo hacer ni esfuerzos por retener.

Publicado por: tenista el Aug 28 2008, 12:48 PM

Muchas gracias Raquel, esta vez ha tocado un capitulo duro sad.gif , la vida depara estas sorpresas. Pero el ser humano se levanta y continua. Es lo que nos queda.

Publicado por: Raquel el Aug 28 2008, 03:22 PM

CITA(tenista @ Aug 28 2008, 11:48 AM) *
Muchas gracias Raquel, esta vez ha tocado un capitulo duro sad.gif , la vida depara estas sorpresas. Pero el ser humano se levanta y continua. Es lo que nos queda.


Pues sí, Tenista. smile.gif Por eso son "HÉROES".

Y sabiendo lo que te vas a encontrar en este caso, porque tienes hasta señalado ese capítulo en el libro de "Hombres, mujeres y motores", se hace doblemente duro a pesar de que pienses antes de adentrarte... "A ver cómo lo cuenta él... (Caracciola)".

Cuando mi hija Elisabeth tenía unos 11 años, se asombraba con ojos de pasmo y sonreía (¡y se burlaba! laugh.gif ) cuando me veía con ese libro ("Hombres, mujeres y motores") porque le extrañaba que con ningún otro manifestase las mismas reacciones: tanto reía escandalosamente, como lloraba; o me daba por vivir la carrera "por dentro", y ponerme exaltada a gritar un "¡venga, que tú puedes!!!!" que oía todo el mundo menos yo... huh.gif
Me pedía que le dejara el libro para poder leer ella también lo mismo. Pero yo le decía que no era un libro que aún le pudiera gustar... que se aburriría y no entendería muchas cosas... (más aún viendo cómo reaccionó cuando vimos juntas la película de Grand Prix). Así que yo le iba escogiendo párrafos, leyéndoselos parando en cada cosa que mereciera un comentario para que comprendiera, etc...
En el caso de Dick Seaman, cuando acabó el relato, me preguntó muy seria: "¿Cómo pueden, mamá...?" Sólo pude decirle: "No lo sé, Elisabeth. Quizás por eso les admiro tanto."



Publicado por: Raquel el Sep 6 2008, 08:08 PM

“La mejor carrera del viejo maestro”, decían los titulares de los periódicos.


CAPÍTULO XXIII



El gran Premio de Francia, celebrado en Reims, constituyó un éxito para Auto-Union. Los tres de nuestro equipo, Lang, Brauchitsch y yo, nos combatimos tanto y con tanta dureza que no pudimos terminar la carrera.

A mediados de julio debía celebrarse la gran carrera, el Gran Premio de Alemania. Una gran multitud se congregó en Nürburgring, de 250.000 a 300.000 espectadores como mínimo. El tiempo no era muy prometedor, y con amargo humor decíamos que estaba clareando para diluviar en el momento preciso.

En las montañas Eifel el tiempo cambia con mucha facilidad. Aún no llovía, pero se veían sobre los bosques amenazadoras nubes. La preparación de los automóviles se hacía difícil por la incertidumbre del tiempo. ¿Neumáticos para la lluvia? ¿Neumáticos ligeros? ¿Qué clase de bujías?

Se adivinaba que sería una prueba dura. La victoria de Reims había dado renovada confianza en sus fuerzas a los pilotos de Auto-Union. En los entrenamientos conseguimos tiempos parecidos a los suyos.

En la línea de salida las posiciones fueron las siguientes:



CARACCIOLA (Mercedes) BRAUCHITSCH (Mercedes) LANG (Mercedes)

BRENDEL (Mercedes) MUELLER (Auto-Union)

PIETSCHI (Maserati) STUCK (Auto-Union) NUVOLARI (Auto-Union)

HASSE ((Auto-Union) MEIER (Auto-Union)

SOMMER (Alfa Romeo) DREYFUS (Delahaye) VILLORESI (Maserati)

RAPH (Delahaye) JOA (Maserati)

MANDIROLA (Maserati) MAZAUD (Delahaye)



Desde los comienzos nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado al escoger las bujías. Lang tuvo que dirigirse al box al acabar la segunda vuelta; después Brauchitsch tuvo que parar también para cambiar las bujías.

Yo marchaba algo mejor. Durante la sexta vuelta alcancé a Nuvolari, que estaba luchando como un león. Pero cuando tuve que repostar en la novena vuelta, también tuve que cambiar también las bujías. Lang y Brauchitsch abandonaron y quedé como único representante de Mercedes, cuando aún faltaba tanto para acabar la carrera.

Llovía mucho. Durante la duodécima vuelta atrapé a Hasse y a Mueller e hice lo posible por distanciarme de ellos, porque sabía que tendría necesidad de parar en boxes para repostar. En la decimoquinta vuelta estaba separado de ellos treinta y nueve segundos; después pasé a estarlo cuarenta y cuatro. Vi la bandera de Neubauer: me ordenaba para en la siguiente vuelta. Me dirigí de manera bien directa al box y los mecánicos lograron cargar sesenta liros en diecisiete segundos. No cruzamos ni una sola palabra. En el box reinaba un silencio impresionante; todos estaban al máximo de tensión. Los espectadores estaban pendientes de Mueller. ¿Lograría salir antes de que él me pasara?

Listos, y ¡fuera! Mi corazón batía con fuerza. Oía el zumbido del motor de mi coche; en realidad iniciaba mi vuelta récord en mi entrañable circuito de Nürburgring y estaba a punto de alcanzar mi sexta victoria en el Gran Premio de Alemania.

“La mejor carrera del viejo maestro”, decían los titulares de los periódicos. Mi edad era de 38 años. ¡Y ya me llamaban viejo maestro!



En agosto volvimos a encontrarnos en Berna. Se oscurecían las nubes en el horizonte político. No queríamos creer en la inminencia de la guerra. Era imposible pensar que los que estábamos acostumbrados a luchar en limpias y deportivas batallas tendríamos que odiarnos mutuamente.

Era aquélla una prueba rápida, apasionante y en un circuito bellísimo. Venció Lang. Yo fui segundo, a cuatro segundos de mi compañero.

El 25 del mismo mes Louis Chiron cumplió 40 años. Estaba en Villa d´Este, en las cercanías de cómo, y llamó a mi esposa, a Brauchitsch y a mí para celebrar su aniversario. Estuvimos gozando de su compañía durante bastante tiempo. Parecía que la guerra podría separarnos muy pronto, ¡y teníamos tantas cosas que explicarnos! Le prometimos, antes de marcharnos, que si sabíamos antes que él algo de la catástrofe que se avecinaba le telefonearíamos, para que viniese a Lugano y evitase así que los italianos le internasen como súbdito monaguesco.

Brachitsch tenía orden de Neubauer de dirigirse a Belgrado para tomar parte en una prueba. Se despidió con tristeza de nosotros, y nos entregó sus equipajes para resguardarlos de lo que pudiera ocurrir.

- ¡Adiós, querido oso; adiós dulce Baby!

- ¡Adiós…!, pero mejor ¡hasta pronto! – repliqué yo.

El primero de septiembre fue el día fatal. Las tinieblas cayeron sobre Europa. Llamé a Chiron en Villa d´Este, y por la tarde se reunió con nosotros. En la mañana del 2 de septiembre llegó la fatídica palabra: ¡guerra!

- Adios, Louis, “au revoir, petit Louis”!

- “Au revoir, grandfrère, et Baby chérie…”

Regresamos a nuestra vacía casa.

Alanochecer buscamos a Anatol. Durante todo el día se había burlado de nosotros desde la cima de los árboles más elevados. No podíamos verle entre la tupida hojarasca; pero sus vivos ojillos siempre nos divisaban desde muy lejos.

El saco de piel en que dormía colgaba del batiente de una ventana. Miré en su interior y me sorprendió ver que Anatol ya se había retirado a reposar. Metí la mano y el mono me mordió. Llamé a Baby:

- ¡Mira: Anatol me muerde!

Llegó mi esposa, le tomó en brazos, una de sus patitas estaba dañada. Estuvimos diez días prodigándole nuestros cuidados, sin tener la menor idea de lo que le había sucedido. Aquellos días adquirió la costumbre de descansar sobre mi cabeza: se agarraba a mis cabellos y dejaba colgar la pata dañada. Murió una noche en brazos de mi esposa, y entonces encontramos el orificio de la herida y una bala. ¡Pobre Anatol! Nos había hecho pasar horas muy alegres.

Recuerdo un incidente que sucedió en París durante un verano bastante caluroso. Para que Anatol no se escapara dejamos un pequeño resquicio en la ventana.

Hacia las nueve de la mañana nos despertó alguien que llamó excitado a la puerta de la habitación. El botones nos dijo:

- “Monsieur, madame”, su mono está en la habitación vecina, y la señora está asustada.

Baby se echó encima una bata y fue corriendo a la habitación contigua. Anatol, muerto de miedo, se acurrucaba en lo alta de una cortina. Fue preciso usar una escalera para llegar hasta él. Más tarde, la vecina nos explicó lo que había pasado:

- “Madame” – nos explicó-, me despertó algo que me revolvía el cabello y cuando me levanté vi que era un mono. Grité: “¡Ernesto, ven en seguida! ¡Un mono está hurgándome los cabellos!” Mi marido estaba en el baño, y desde allí me gritó: “Vuélvete a dormir; ¡aún te dura la borrachera de anoche!”

¡Pobre Anatol! Le enterramos en el jardín.

Se cumplían las profecías que en el siglo XVI anunció María Laach, en los montes Eifel:

“Habrá un siglo en que las guerras se sucederán con intervalos de décadas, y cada vez serán mayores, más sangrientas y más desastrosas. Después de una horrorosa guerra pronto vendrá otra que sobrepasará en horrores a la primera, y en la que Germania será casi totalmente destruida como aplastada por una avalancha de piedra. Todo será aplastado, allanado, y lo será desde el este y el oeste, desde el sur y desde el norte, y caerá cualquier muralla que se hubiera construido para contenerlo… y el fuego descenderá del cielo, y nubes ponzoñosas descenderán y destruirán a las gentes. Dragones enormes con pesada coraza escupirán su aliento mefítico llevando a todas partes la muerte y la destrucción. Grandes langostas volarán por el aire y sus excrementos serán veneno y alimento para la Muerte, que recogerá una cosecha mayor que nunca antes…”

Una pesadilla horrorosa.



Publicado por: tenista el Sep 7 2008, 09:15 AM

Muchas gracias Raquel.

Si en el anterior capitulo era dura la vida del piloto, en este nos muestra lo dura que puede llegar a ser la vida misma. Amigos inseparables, convertidos en enemigos por la dichosa guerra.

Es la naturaleza del ser humano, darnos de tortas por cualquier estupidez.

Publicado por: QUIQUE A. el Sep 9 2008, 05:27 PM

+1


CITA(Raquel @ Sep 6 2008, 09:08 PM) *
A mediados de julio debía celebrarse la gran carrera, el Gran Premio de Alemania. Una gran multitud se congregó en Nürburgring, de 250.000 a 300.000 espectadores como mínimo.

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Publicado por: Raquel el Sep 21 2008, 12:42 PM

Entonces no podía suponer que aquel hombre recibiría un día todo el poder en sus manos.

CAPÍTULO XXIV



El hombre que conocí en 1931 se había convertido en el jefe de las fuerzas armadas alemanas. Gobernaba una Alemania que había extendido sus fronteras por la fuerza de las armas. Usaba el derecho de vida y muerte sobre una gran nación.

No creí que eso fuera imaginable, por lo que no consideré que mi encuentro con él fuera importante.

Poco después de mi victoria en las Mil Millas, en Italia, en 1931, el doctor Kissel me pidió que fuera a la fábrica. Me explicó que Hitler, el líder del partido Nacionalsocialista, había encargado un descapotable Mercedes 7 litros. Este automóvil tenía que reunir unos ciertos requisitos, como por ejemplo un departamento para guantes que pudiera contener un revólver. Por causa de tales requisitos el automóvil no pudo ser entregado en la fecha convenida y el importante cliente estaba enojado, por lo que el doctor Kissel temía que a última hora lo rechazara.

De modo que el doctor Kissel pensó hacer uso de mi recién alcanzada fama y mandarme a Munich para entregar el automóvil a Hitler y hacer las demostraciones oportunas. Werlin, el agente de ventas de Mercedes, en Munich, me acompañaría y me presentaría.

Fui a Munich y, mientras limpiaban el automóvil, Werlin me acompañó a la Casa Parda. Nos recibió en la entrada un joven alto y delgado, con el cabello ondulado. Era Rudolf Hess. Nos rogó que esperásemos, y al cabo de un rato nos llevó a un gran salón en un ángulo del cual, tras una mesa de despacho estaba Herr Hitler. Se levantó y vino hacia nosotros. Tenía tipo rechoncho, un bigotillo pequeño, recortado, y un mechón de cabellos le cubría la frente. Me felicitó por mi éxito en Italia. Por primera vez un alemán, con un automóvil Mercedes, había logrado vencer las difíciles Mil Millas, ¡en aquellos mil seiscientos kilómetros de recorrido a través de todo el país!

Sus palabras eran algo cortadas y con un acusado acento bávaro-austríaco. Agradecí su felicitación y busqué la manera de interrumpirle para darle a conocer el objeto de nuestra visita. Pero Hitler no me daba pie para ello: todo lo que se refería a Italia parecía interesarle enormemente. Deseaba conocer las condiciones de vida allí, si la gente se consideraba feliz y qué sentía respecto a Mussolini. Le respondí lo mejor que supe. A fin de cuentas, conocía Italia, pero ¡a cien kilómetros por hora! Varias veces quise decirle que el automóvil ya estaba dispuesto y que los detalles habían retrasado la fecha de entrega; pero no me dio la oportunidad para hacerlo.

Sin cesar de hablar, Hitler quiso enseñarnos toda la Casa Parda. Nos condujo a un enorme salón para conferencias de casi cien metros de largo, el llamado Salón de los Senadores. Las hileras de butacas estaban dispuestas como en un cine y tapizadas de costoso cuero rojo. No había ninguna tribuna; solamente una plataforma para el orador. Después nos mostró los sótanos, donde estaban empotradas enormes armas blindadas. Cuando entramos se levantó un caballero que lucía un mostacho como el de Hitler. Más tarde supe que se trataba del jefe de Hacienda del partido, Schwarz. Las cajas fuertes contenían fichas con los nombres y números de los miembros del partido, los datos particulares de cada uno, quiénes eran sus familiares, dónde habían luchado en la guerra, qué condiciones reunían, su capacidad y la fecha de inscripción en el nacional-socialismo.

- Muéstreme una ficha –dijo Hitler -. Por ejemplo, el número 1866.

Schwarz sacó una ficha. En ella se leía el nombre del afiliado, la profesión, su estado, número de hijos, la fecha de inscripción, y así sucesivamente.

- Ahora – continuó Hitler -, déme la ficha correspondiente a ésta, pero del fichero de los nombres.

Schwarz extrajo una ficha de otra caja fuerte; en ella figuraba el número de afiliado y la misma información que en la otra. En otras palabras, contabilidad por partida doble en que las cifras habían sido sustituidas por personas.

- Mi Führer – dijo entonces Schwarz -, deseo haverle saber que hoy se ha inscrito el que hace el número quinientos mil.

“Realmente – pensé – es una gran cantidad de afiliados para un partido político”. Todo aquello era verdaderamente interesante; pero me pareció que era hora de que cumpliera con el encargo que se me había confiado.

- Herr Hitler – le dije -: el Mercedes que usted encargó ya está a su disposición. He venido para entregarlo. Es un automóvil muy hermoso y creo que le gustará. ¿Puedo traerlo aquí?

- No. Prefiero verlo en el garaje de Mercedes. Espéreme allí dentro de media hora.

Fuimos al garaje. Hitler compareció, puntualmente, media hora más tarde. Le acompañaban tres hombres, uno de los cuales era su coger particular Schreck.

Mientras Werlin explicaba las características del automóvil, subrayando con cierto énfasis el cuidado que se había puesto en la realización de los detalles expresamente encargados, Schreck me dijo en un aparte:

- Señor Caracciola, no debe conducir, en ningún momento, a más de 30 km/h. El peligro de un accidente tiene que ser reducido a lo mínimo. Los enemigos del partido se valdrían de un accidente para su propaganda.

Subieron todos al automóvil, arranqué y conduje a una velocidad moderada. Llegué a pensar que podría ir caminando al lado del vehículo. Paseamos por la ciudad y sus alrededores, pero sin sobrepasar los treinta kilómetros señalados. La prueba satisfizo por entero al comprador. Al dirigirme otra vez al garaje, Hitler me dijo:

- Señor Caracciola, quiero pedir algo. Me gustaría que mi sobrina viera el automóvil. ¿Podría dar usted otra vuelta alrededor de esta manzana de casas?

Fuimos a las señas que me había dado. Hitler entró en la casa y volvió al cabo de unos momentos con una chiquilla de cabellos de oro. Era tan preciosa que perdí el aliento al verla. Era una lástima dar solamente una pequeña vuelta con ella.

Cuando paramos de nuevo ante la puerta de su casa, se echó en brazos de su tío y llena de entusiasmo exclamaba:

- Tío, tío, ¡qué coche tan maravilloso!

Su tío, en aquel momento, irradiaba de alegría. Cuando arrancamos, la niña se volvió y nos saludó con la mano hasta que nos perdimos de su vista.

En el garaje hice la entrega del automóvil y telefoneé al doctor Kissel para decirle que todo se había producido de un modo satisfactorio.

Durante mi viaje de vuelta a Stuttgart recordé las palabras del tesorero Schwarz que se referían a los quinientos mil afiliados del partido…

Entonces no podía suponer que aquel hombre recibiría un día todo el poder en sus manos. No me había producido fuerte impresión en lo que se refiere a su personalidad. Si hubiese tenido la cabeza de un César, como Mussolini, posiblemente hubiese dicho sin pensarlo:

- Herr Hitler, permítame que sea el afiliado número quinientos mil uno.

No hice tal petición y me pareció que Hitler no lo tomó en cuenta. Durante los años que siguieron, cuando empuñaba las riendas del poder, le vi algunas veces cuando los pilotos nos dirigíamos a la Cancillería con motivo de las inauguraciones del Salón del Automóvil en Berlín. Nunca olvidó interesarse por el estado de mi pierna, y siempre me felicitó por las victorias conseguidas.



En 1937 gané el Gran Premio de Alemania, y con él el codiciado Premio Hitler. Era éste un gran trofeo de Bronce: una cabeza con los cabellos extendidos por el viento y unas saetas, como rayos, a cada lado. Después de la carrera, en Nürburgring, se efectuó la entrega del trofeo. A mi lado estaba Bernd Rosemeyer que no hizo nada más que morder su cigarrillo y escupir pedacitos de tabaco. Nunca le había visto tan triste y abatido como en aquella ocasión.

En la prueba, quedó segundo Brauchtitsch.

Se nos pidió a Brauchtisch y a mí que la siguiente mañana fuésemos a Bayreuth, donde Hitler nos recibiría. Su avión particular nos recogió. Asistimos a una recepción presidida por Goebbels, ministro de propaganda.

Pasamos el tiempo hablando de la carrera. Media hora después continuábamos igual. Desde el salón inmediato llegaba ruido de platos. De repente me sentí hambriento, pues habíamos desayunado muy pronto y de modo apresurado.

- Manfred – dije -: ¿no será mejor que vayamos de una vez a ver al Führer? También él tiene que comer.

Y fuimos a ver al Führer.

Manfred contó por doquiera aquella anécdota, para diversión de los oyentes. Terminaba el relato diciendo que yo debiera ser diplomático.

Comimos en Bayreuth con Bauer, piloto de Hitler.

- Señor Caracciola – me dijo -, tengo que hacerle una pregunta.

- Pues adelante – le contesté.

- Muchos de los que rodean al Führer dicen que usted ha tomado la ciudadanía suiza. ¿Es cierto?

Saqué mi pasaporte del bolsillo.

- Muy bien, ¡está bien claro! Pondré eso en claro a la primera oportunidad. Diré a todos que usted continúa siendo alemán.

- Ahora, ¿puedo, a mi vez, preguntarle algo?

- Naturalmente.

- ¿Habría alguna forma de que pudiésemos volver a Sttutgart?

Bauer arregló lo del retorno en avión, y a media tarde estábamos de regreso en Stuttgart.

El siguiente día celebramos la victoria con una fiesta organizada por la empresa. El doctor Kissel me entregó un medallón de diamantes con la estrella de Mercedes formada por zafiros. Cada año la casa concedía al vencedor uno de aquellos preciosos medallones. Cada vez eran distintos: diamantes como rubíes, zafiros o esmeraldas.



Solamente habían pasado dos años desde la recepción en Bayreuth. La huerra había estallado de acuerdo con los fines de Hitler. Todos los planes para el futuro habían quedado reducidos a la nada. Yo tenía fieles amigos entre los contendientes de los dos bandos.

Manfred von Brauchitsch había recibido órdenes de tomar parte en la carrera de Belgrado; después, Neubauer y él regresaron a Alemania. Nosotros nos hicimos cargo de todo lo que le pertenecía. Baby enrolló las ropas de lana en papeles de periódico, puso bolas de naftalina, rellenó los zapatos de algodón, y después la ayudé a trasladarlo todo al ático.

envolvió las perfumadas cartas de amor, y después la ayudé a trasladarlo todo al ático.

A los pocos días de haber estallado la guerra, se empezó en Suiza a distribuir cupones para la gasolina, y muy pronto se racionó todo menos las legumbres, las frutas, la volatería y el pescado. Cada mes podíamos adquirir una barra de chocolate a trueque de cupones.

Poco a poco cesó el uso de los automóviles. Como apenas podía andar o mantenerme en pie, quedé en casa como encarcelado en una fortaleza. Cada vez me dolían más la cadera y la pierna. Quizás fuese que me sobraba tiempo para pensar en mis males. Quizás conviniera que me hicieran nuevas radiografías. Fuimos a Bolonia para que me reconociera el doctor Putti. Me hizo andar un poco mientras él me contemplaba.

- “Lei un fenómeno” – exclamó -. Usted es un fenómeno. Continúa conduciendo ¿con esa pierna? ¡Fantástico!

- Será mejor que operemos – dijo su primer ayudante, el doctor Scaglietti.

- Será mejor que operemos – secundó el doctor Putti. Todavía estamos a tiempo. Esta pseudoartritis irá empeorando. Cada vez dolerá más, y cada vez será más difícil el éxito de la intervención. Ahora podemos extirpar ese trozo de hueso que molesta y volver a colocar la cabeza del fémur en el lugar del hueso extirpado. Perdería un poco de movilidad, pero podría permanecer en pie tanto como quisiera. Apenas notará una pierna más corta que la otra. En estas radiografías verá una serie de intervenciones realizadas con pleno éxito, casi todas en personas de edad madura. Desde luego, tendría que permanecer en la cínica tres o cuatro meses antes de volver a andar.

Tres o cuatro meses otra vez, en la cama de hierro de una de las habitaciones del convento; después, volver a aprender a andar, primero en la silla de ruedas, después con muletas; y si la operación no tuviera éxito…

Me enfermaba pensar en aquello.

- Profesor – le dije - , ésta es una cosa que no puedo decidir tan pronto. Es preciso que lo piense con mucha atención, antes de que deje que usted empiece a cortar.

El profesor Putti se rió mientras brillaban sus oscuros ojos.

- Lo comprendo, señor Caracciola, lo comprendo. Es una decisión muy seria. Deje que se le haga la intervención o no lo deje. Decida según su criterio. Pero piense que, de todos modos, usted será siempre mi “carissimo fenómeno”.

Con rápidos pasos se alejó por el inacabable pasillo; su blanca bata flotaba tras él y su crespo cabello resplandecía a la luz del crepúsculo. Le contemplé hasta que le perdí de vista. Aquélla fue la última vez que le vi. Ahora está en el Valhalla de los grandes cirujanos, los benefactores de la humanidad.

Cuando llegué a mi oscura habitación del hotel, de suelo pulido de piedra, me dejé caer en la cama. Estaba agotado tanto física como espiritualmente. Baby se sentó frente a mí. Durante mucho tiempo permanecimos en silencio, cada uno hundido en sus propios pensamientos, cada cual tratando de encontrar alguna solución.

- En fin, mi querido Rudi – me dijo Baby -: no hay, desde luego, radiografías de las operaciones fracasadas. Durante mucho tiempo, no habrá carreras, y tal vez nunca vuelva a haber más. Ahora podrás descansar más, y para los días de diario te sirve bien ese hueso roto. Una operación constituye una incógnita. Ahora sabes lo que puedes hacer, pero no sabes cómo quedarás después.

Yo pensaba del mismo modo, pero me gustó oírla pronuncias aquellas decisivas y liberadoras palabras. De pronto se me despertó un hambre terrible.

- Vámonos, pequeñita – le dije -. Vamos a Papagayos y nos comeremos unos “Tagliatelle verde alla Bolognese”. Y mañana, ¡otra vez en casa!



El gobierno suizo promulgó un decreto por el que se solicitaba de todos los ciudadanos que cultivasen hortalizas en todos los terrenos que pudieran aprovecharse. Aquel césped que con tanto cuidado atendía fue excavado para plantar patatas, y en el jardín sembramos maíz, tomates, judías, lechugas y puerros, Decidí que aquel terreno tenía que ser terraplenado como cosa de un metro para evitar encorvarme, porque así me dolería menos la espalda. Por lo tanto, le tocó a Baby agacharse para amontonas la tierra alrededor de los tallos del maíz y arrancar la cizaña. Aprendí todo lo imaginable sobre insectos nocivos y supe lo que podía significar el granizo para las cosechas.

Cada año el granizo destruía nuestra cosecha un par de veces. Del cielo caían piedras como huevos de palomas. La tempestad arrasaba todo, y nos prometíamos no plantar nunca nada más. Pero al día siguiente reanudábamos la tarea. Nunca había imaginado qué agradable es ver cómo crece lo que uno mismo ha plantado.

Cada día empleaba una hora en preparar la comida para las gallinas de Sussex. El maíz estaba racionado: un kilo cada tres meses para cada tres gallinas, y sólo estaba permitido tener una gallina y media por persona. Así pues, preparaba una bazofia de castañas, cortezas de pan, hojas de col y verduras con que alimentarlas. Aquellos cotidianos quehaceres consumían todo nuestro tiempo. Nos parecía estar encerrados entre altas murallas.

La mayor parte de mi dinero estaba en Alemania, debido a que desde 1933 no estaba permitido transferir moneda al extranjero sino con permiso especial, y estos permisos eran muy difíciles de obtener.

Me hubiese gustado regalarle a Baby un abrigo de piles el día de nuestra boda, en 1937, pero las autoridades no autorizaban la exportación de dinero preciso,.

Cuando estalló la guerra, el doctor Kissel, director general de Daimler-Benz, hizo lo necesario para que pudiera disfrutar de una pensión que me permitiera vivir en Suiza y continuar perteneciendo a Mercedes. Me informó de todo con las siguientes palabras:

- Vistos los enormes servicios que nos ha prestado con su habilidad y su valentía durante los años en que usted ha tomado parte en las pruebas de velocidad y en otras especialidades, hemos decidido asignarle el sueldo de director. Aprovechamos esta oportunidad para darle una vez más las gracias por las victorias que consiguió para nosotros. Al mismo tiempo, deseamos expresar nuestro agradecimiento hacia su esposa por lo abnegada cooperación que, sin regateo alguno, siempre nos concedió.



Pasaron dos años. La pierna, con tanto descanso, empezaba a comportarse mejor. Empecé a reflexionar sobre lo que me reservaba el futuro. Deseaba volver a tomar parte en las carreras tan pronto cesaran las hostilidades. La guerra fue mucho más horrorosa de lo que al empezar 1941 hubiera podido suponerse. No tenía automóvil. Y un automóvil de carreras representaba para mí más que cualquier otra cosa.

En 1941 fui a Sttutgart para discutir mis planes y esperanzas con el doctor Kissel. Barruntaba la idea de hacerme con uno de los pequeños automóviles de 1500 centímetros cúbicos que fueron construidos para la carrera de Trípoli, y que podría tener preparado en mi garaje en espera del día en que se reanudaran las carreras. El doctor Kissel me manifestó que estudiaría el asunto; al día siguiente me llamó para que volviera a su despacho.

- Querido Caracciola – me dijo - , el automóvil no podrá estar en mejores manos que las suyas. Podría decir los automóviles en realidad, aunque sólo uno está en buenas condiciones. El otro podría en cierto modo servir como almacén de repuestos, pues, aparte de algunas pequeñas piezas, no tenemos en fábrica recambios para este modelo. Me gustaría cederle esos automóviles, pero no pueden salir de Alemania. Podría ser considerado como una exportación ilegal. Tan pronto como pueda realizarse la transferencia de una manera legal, se los remitiré sin pérdida de tiempo. Puede comprender que cualquier cosa que se escribiera referente a esto sería considerado en las actuales circunstancias como una violación de las leyes.

Dejé al doctor Kissel, mi querido y respetado amigo, que desde 1927 había sido rígido pero justo jefe, sin sospechar que el apretón de manos con que nos despedimos era para mí un último adiós.

Las dificultades empezaron en 1942. En abril mi pensión fue bloqueada por orden del NSKK (Corporación Nacional-Socialista del Automóvil, la causa era que había desobedecido la orden de reintegrarme a Alemania. Puesto que mis heridas me impedían prestar servicio activo, querían destinarme a una unidad de diversión para tropas. Yo no podía hacerlo. No podía alentar a los jóvenes para que lucharan por una victoria en que yo no creía.

El doctor Kissel murió inesperadamente en julio, de un ataque al corazón, cuando pasaba un fin de semana en Ueberlingen, en el lago Constanza. La noticia me conmovió profundamente e hice preparativos para asistir al funeral en Stuttgart. Una conferencia telefónica con aquella ciudad me hizo desistir de mis planes. Alguien me dijo que no sería saludable para mí el tiempo frío y que era preferible que me quedara en Suiza.

Colgué y estuve meditando acerca de lo que habían dicho… ¡Solamente podía ser aquello! El dedo amenazador del NSKK apuntaba directamente contra mí.

Unas semanas después murió Huehnlein, el jefe del NSKK. Reconozco que hizo lo que pudo en beneficio mío. Era un hombre de buen carácter, trabajador y honrado que creía en las ideas del nacional-socialismo con absoluta buena fe y que nunca se aprovechó de las ventajas de su posición.

Publicado por: Nivola el Sep 21 2008, 06:11 PM

Uffff....menos mal...Raquel, MUCHÍSIMAS GRACIAS...
Y no lo digo como "coletilla"...doy gracias de verdad y de corazón porque necesitaba este hilo...
Y es que después de unos días desconectado del foro,me pongo a releer para ponerme al día...y tras tragarme 200 páginas del previo de Monza y del peleódromo...ya no puedo más...me niego a seguir leyendo ahí hasta que no se calmen las aguas,pues estaba ya notando una "agresividad" muy incómoda y una especie de "anormal rabia" explotando...o quizá soy yo y todo va de coña y no me entero de nada... laugh.gif

Pero basta, que no quiero intoxicar el mejor hilo activo, lo dicho, un placer como siempre leer y "respirar tus bocanadas de aire fresco", Raquel...

Eternamente en deuda... wub.gif

Publicado por: tenista el Sep 22 2008, 01:37 PM

Muchisimas gracias, Raquel. Como bien dice Nivola, el foro esta un poquito cargante. Nada mejor que tu relato para volver al buen camino, como me imagino que lo hara nuestro protagonista tras la maldita guerra. Esos si que se nos da bien a la humanidad. Que pena.

Publicado por: Raquel el Sep 22 2008, 03:44 PM

smile.gif ¡A vosotros gracias!

Aquí no hay deudas, wink.gif por supuesto que no, Nivola. Para mí es un placer y me llena de alegría que también lo podáis disfrutar.

Te voy a contar un pequeño secreto, Tenista. laugh.gif
Resulta que hasta este punto más o menos estamos más o menos igual. Es decir, que cuando ya me propuse que iba a ir transcribiendo este relato hasta el final - o que eso intentaría-, dejé la lectura para tener así otro aliciente más: "a ver qué pasa..."
Pues en ello está "mi querido Caracciola", haciendo las mil y una para conseguir que vuelva a sus manos "la pequeña flecha de plata", el coche que tantas alegrías le dio en Trípoli y poder correr en una carrera a la que le han invitado.
No te digo más.... laugh.gif

Gracias.

Publicado por: QUIQUE A. el Sep 23 2008, 08:37 AM

CITA(Nivola @ Sep 21 2008, 07:11 PM) *
el mejor hilo activo



Eso sin duda. smile.gif

Publicado por: Raquel el Sep 30 2008, 09:30 AM

Rudi – dijo -, ¡tus Mercedes están en Zurich!

CAPÍTULO XXV



Poco a poco se sucedieron la desesperanza y los años horrorosos, cargados de miseria y destrucción, y finalmente llegó una paz que realmente no era una paz. Las pocas cartas que nos llegaban estaban llenas de las azules tachaduras de la censura; la pluma del censo había hecho ininteligibles muchos párrafos.

Excepto en ocasión de la visita a algún amigo, pasábamos el tiempo completamente solos. Peter de Paolo, el excampeón de América, cuya mayor victoria fue la de las 500 millas de Indianápolis durante el año 1925, fue a visitarme. Era coronel de las Fuerzas Aéreas americanas y estaba destinado en Zurich, para hacerse cargo de “las fortalezas volantes” que habían aterrizado en Suiza. Iba a menudo a Lugano para pasar juntos el fin de semana, en que, naturalmente, se hablaba de carreras. Le expliqué que aún tenía esperanzas de que el pequeño Mercedes, aquella flecha de plata, estuviera pronto en mis manos.

El adjunto del doctor Kissel, el doctor Wilhem Haspel, había pasado a ocupar el cargo de director general. El doctor Haspel iba a menudo a Suiza para asuntos de negocios y en 1943 fui a Zurich para hablar con él. En los primeros momentos no supe cómo arreglármelas para preguntarle lo de “mis” automóviles. No podía hacerlo en un restaurante, y menos en la habitación de un hotel, pues era posible que alguien nos escuchase por medio de un micrófono oculto. El mismo Haspel sugirió, después de comer, que diésemos un paseo. Fuimos a la Bahnhofstrasse, y mientras contemplábamos los iluminados escaparates, hablamos.

- El doctor Kissel, de una manera estrictamente confidencial, me dijo que usted se haría cargo de los automóviles de Trípoli tan pronto como fuera posible realizar su traslado a Suiza. Pero por ahora no se puede ni pensar en poder realizarlo. Usar un camión para fines no militares es un delito que se paga con la muerte, Por consiguiente, ahora sólo puedo prometer que, cuando llegue el momento oportuno, haré lo que prometió mi predecesor. Los automóviles están a salvo en un refugio a prueba de bombas, cerca de Dresde. Solamente muy pocos empleados de la casa saben dónde se encuentran.

A principios de 1945, algunos meses antes del colapso final de Alemania, Meter de Paolo fue a mi casa:

- Rudi – dijo -, ¡tus Mercedes están en Zurich!

- ¡Imposible! – le contesté.

- Los he visto – continuó lleno de júbilo -. Mañana, en “Automobil Reveu”, los verás en fotografía tomada mientras pasaban la frontera.

Estaba seguro de que Meter se equivocaba. No obstante, tomé el tren para Zurich y llegué al garaje de Mercedes Benz AG.

- ¿Dónde están los automóviles? –pregunté a Muff, director de la sucursal.

Me miró con la boca abierta:

- ¿Cómo sabe usted que están aquí?

- Me lo dijeron los americanos, y mañana se publicará la noticia en “Automóvil Reveu”.

El director empezó a recobrarse de su asombro. Me acompañó a un gran taller de reparaciones de los sótanos. Efectivamente, los pequeños y gloriosos automóviles estaban allí. Se notaba a simple vista que habían sufrido un traslado un poco dificultoso. Durante los momentos de caótica desorganización en Alemania, algunos fieles de Mercedes se las arreglaron para encontrar un camión. Los coches fueron literalmente arrancados de su escondrijo de cemento, cargados en el camión y luego, evitando las autopistas, a través de ruinas y de pueblos que ardían, fueron conducidos hasta la frontera de Suiza. Allí los descargaron, los depositaron en la aduana y se marcharon.

Los aduaneros reconocieron los automóviles; y puesto que no les acompañaba ninguna documentación, avisaron a la casa Mercedes de Zurich, firma que antes de la guerra importaba los productos de aquella marca. Desde Zurich mandaron empleados de la casa a la frontera, y el director pagó los correspondientes derechos de aduana; después los coches fueron llevados a Zurich.

Pregunté varias veces si se tenía alguna noticia con respecto a los automóviles. Como las comunicaciones estaban cortadas y no había llegado ninguna instrucción, la casa de Zurich creía tener derecho a hacerse cargo de los vehículos.

Estuve dando vueltas y más vueltas a su alrededor. El doctor Kissel tenía toda la razón. Uno de los automóviles estaba incompleto, y durante el viaje aún se había estropeado más.

“Así pues –pensé-, estas flechas de plata pronto irán a casa conmigo”. No había tenido en cuenta las leyes de importación suizas ni la existencia de la Comisión Aliada que controlaba las propiedades de súbditos alemanes. Tan pronto como los automóviles cruzaron el umbral del garaje de Mercedes, fueron confiscados por ser propiedad alemana.

Baby y yo regresamos pesarosos a Lugano. La vida volvía a parecernos vacía. Era como si hubiésemos extraído del fondo del mar un gran tesoro y lo viésemos caer de nuevo al fondo sin esperanzas de recuperarlo.

El 14 de marzo de 1946, un telegrama de Pop Meyers, el vicepresidente del autódromo de Indianápolis, nos invitaba a mí y a mi esposa para tomar parte en la carrera señalada para el 30 de mayo, la célebre carrera de las 500 millas.

- Es imposible – dije a Baby.

- ¿Imposible? Bueno, ¡ya lo veremos! – repuso.

A esto sucedió un período lleno de improbabilidades, milagros y enojosos detallitos. Por encima de aquello reinaba el hecho de que la gente amaba el deporte que unía a los pueblos, porque en el deporte sólo contaba alcanzar el objetivo: el récord. Era como si todos los que hubieran de concederme algún permiso hallasen una gran satisfacción en ayudarme. Las puertas cerradas se abrían, las manos ayudaban con buena voluntad, hasta que llegó el momento en que casi todo pareció solucionado. Dos terribles palabras destruyeron todas mis esperanzas e indirectamente fueron la causa de la peor calamidad de mi vida. Las palabras fueron: “Decididamente, no…”

Lo principal era que se me procurara una tarjeta de identidad expedida por las autoridades de Berna, porque mi pasaporte ya no era válido y no existía ninguna autoridad que pudiese renovarlo. Elevé una solicitud al control suizo de la propiedad para que se anulase la confiscación de uno de los automóviles a fin de tomar parte en la carrera de Indianápolis.

Se hizo una excepción desacostumbrada:

“Se autoriza que un automóvil sea reparado y que se utilice en la carrera de las 500 millas de Indianápolis. Se suspende la confiscación por un plazo de dos meses”.

No obstante, aquel control no era la autoridad definitiva. Era necesario obtener la autorización del departamento político de Berna y de la Comisión Inter-Aliada. Tenía que obtener también un visado de norteamericano, lo que no era cosa fácil para un alemán.

Entre Berna y Washington se cruzaron infinidad de telegramas, alguno de los cuales contó 142 palabras. Tenía que conseguir que mi fiel mecánico Walz pudiera llegar a Zurich, obtener los planos de los motores y conseguir recambios en el caso de que aún existiesen.

Para todo ello tenía que trasladarme a Stuttgart. Pero no se concedían visados para Alemania. Por consiguiente, si no podía ir con los requisitos legales había de valerme de otros medios…

Baby se acordó de un joven teniente de las fuerzas de ocupación francesas a quien habíamos conocido algunos meses antes. Me había invitado a visitarle cuando quisiera. No me haría falta pasaporte ni visado: él mismo me esperaría en la frontera, me había prometido.

- Vamos a visitarle – dije a Baby-. Cuando hayamos cruzado la frontera ya daremos con algún modo de ir a Stuttgart.

Dicho y hecho. Hicimos un paquete con alimentos y cigarrillos, y llevamos dos grandes bidones de gasolina y varios relojes de pulsera.

Partimos el 24 de marzo. El teniente nos esperaba en la línea divisoria. Fuimos con él a la pequeña villa en que vivía: una casa pequeñita, hermosa y, por supuesto, requisada.

Se sirvió el almuerzo. Cuando la doncella llevó la sopa, estuvo a punto de volcar la sopera.

- ¡Jesús, es Caratchola! – exclamó.

- ¿Cómo es que me conoce?

- Antes de la guerra había visto muchas veces su fotografía en los periódicos, y además le vi correr en la carrera de Schauinsland – dijo -. En seguida le reconocí. Por favor, esperen; quiero avisar a mi marido. ¡Estará encantado de saber que le he visto a usted!

Nuestro amigo nos preguntó si queríamos pasar la noche con él, lo que le complacería mucho. Haría que preparasen la habitación de los huéspedes. Era el momento de hablarle con toda franqueza. Tenía que explicarle el verdadero motivo de nuestra visita; así que le expliqué que, sencillamente, tenía que llegar a Stuttgart y que presumía que él podría facilitarme un “laissez passer” para la zona francesa; luego me las compondría para llegar a Stuttgart vía Tuebingen.

El teniente se mostró entusiasmado cuando le expliqué mis planes, pero no tenía autoridad para facilitarme aquel documento.

- Espere, señor Caracciola. Voy a hablar de eso con mi comandante. Es una buena persona; puede que él lo arregle todo.

Se fue. Baby y yo quedamos a la espera del veredicto que podía decidir nuestro éxito o nuestro fracaso. El teniente regresó pronto.

- El comandante desea hablar con usted.

El comandante nos recibió y escuchó mis explicaciones acerca de la invitación para correr en América y las dificultades casi insuperables que se habían presentado. Escuchó en silencio. Comprendía mi francés y mi alemán.

- Señor Caracciola – me dijo -, encontré su libro en la biblioteca de esta casa, y no hace mucho que lo leí. Antes que nada quisiera expresarle mi contento por conocerle. Me alegra poder ayudarle y hacer por usted todo lo que pueda. Puedo extender un “laissez-passer” por nuestra zona, pero este documento no es válido en la zona americana. Su mecánico no puede obtener permiso para salir de la zona americana; pero si usted logra que sea trasladado a la zona francesa, dígale que venga a verme cuanto antes. Le conduciré personalmente a Suiza. Lo único que será necesario para que pueda entrar en Suiza es que encuentre preparado en la frontera su permiso de entrada. Le deseo la mejor suerte posible, Monsieur. Si usted, alemán, puede participar en la carrera americana conduciendo un automóvil alemán, existirá un signo de amistad entre naciones; un signo matizado por nuestro común amor al deporte. “Bonne chance”.

Me conmoví profundamente. Era confortador oír aquello de labios de un oficial francés.

- Mon commandant – pregunté - , ¿cómo es posible que se actitud sea tan generosa, si hace tan poco que ha terminado la guerra?

- Monsieur – replicó el oficial -, la geografía exige que exista una frontera común para franceses y alemanes. Cuanto más pronto encontremos el camino de una paz verdadera, mejor será para los dos pueblos.



Obtuvimos un “laissez-passer” para la zona francesa. Una nota impresa rezaba: “Con este permiso no se puede entrar en la zona americana”.

- Si no nos dejan entrar con este permiso, ¡lo tiraremos por la ventanilla en cuanto lleguemos a la frontera! – dijo Baby riendo.

Había entablado relación con un suizo residente en Sttugart, que me ofreció su casa para cuando “pudiese” llegar.

Nada indicaba dónde empezaba una zona americana, como no fuese la presencia de algunos soldados que rodeaban una hoguera al lado de la carretera. Uno tuvo la idea de pedirnos la documentación. Fueron unos momentos desagradables. Le mostré solamente aquel permiso lleno de estampillas y timbres. Le pareció suficiente y nos dejó seguir. Al cabo de cierto tiempo me enteré de que si hubiese examinado el coche hubiéramos ido a parar a la cárcel, pues llevar gasolina y cigarrillos americanos era delito de contrabando.

Empezaba a oscurecer. Conduje un poco más rápidamente. Un jeep hizo su aparición y nos siguió. ¿Cuánto podían correr aquellos vehículos? Baby miró atrás.

- Oye – me dijo -: esos bichejos son rápidos de veras. Ése se ha pegado a nosotros. ¡Y cómo conduce ese tipo! Parece que está enfadado. ¿Por qué no acelerar, para que sepamos qué velocidad alcanza?

Mi automóvil llegó a los 120 km/h. Tuve que aflojar cuando me cerró el paso un camión; el jeep se puso a mi lado, me adelantó, se atravesó en el camino y me obligó a parar.

Bajó un soldado. En su casco se leían las iniciales MP, y su magnífico perro pastor también lucía las mismas letras en su gualdrapa azul. Muy pocas veces había visto a un hombre tan furioso.

- Oiga usted – rugió -, ¿puede saberse qué es lo que quiere hacer? ¿No se ha enterado de que hay un límite de velocidad? A ver, ¡sus papeles!

- Pero señor – dijo Baby -, ¿no ha visto cómo me volvía yo para mirarle? Nos asombró tanto el rendimiento de su automóvil, que quisimos saber cuánto puede correr un jeep de ésos.

- Lo de mi jeep no es asunto suyo – gruñó mientras examinaba nuestros documentos, que también aquella vez sirvieron.

- ¿Adónde van ustedes?

- A Lugano, Suiza.

- Vayan a donde vayan, escojan otro sistema: si siguen así acabarán en el cementerio.

Hice un gesto de asentimiento y conduje muy despacio hasta el siguiente cruce. Siempre se aprenden cosas. Supe que muchos jeeps son de la policía militar, y que, además, corren muchísimo. Mi curiosidad estaba satisfecha.

Sttutgart ofrecía un aspecto desolador. Ningún reportaje periodístico puede dar idea de lo que aquello era. Me preguntaba dónde podía vivir la gente que veía por las calles, pues casi todas las casas estaban derruidas por los bombardeos o gravemente dañadas.

La mañana siguiente fui a la fábrica de Untertuerkheim. Encontré un terreno sembrado de escombros que mucha gente se ocupaba de despejar. Todos trabajaban con palas y carretillas. Los empleados de la casa, voluntariamente y sin retribución, ayudaban en aquella labor, sin tener en cuenta su rango o situación. “Nuestra fábrica tiene que ser reconstruida; nuestra estrella tiene que volver a brillar”, pensaban.

El doctor Wilhem Haspel ya no dirigía le empresa. Como había sido un gran industrial, aquellos tiempos eran para él muy felices. Se hallaba en el hospital, adonde le visité y le expliqué lo de la invitación de Pop para Indianápolis.

Me dijo que me entrevistase con los dos directores entonces en funciones, el doctor Otto Hoppe y el doctor Kaufmann. Así lo hice, y ambos me ayudaron.

Obtuve permiso para buscar, entre el material recuperado de los escombros, recambios, neumáticos, una tubería de alimentación y ruedas. Encontré bastantes elementos muy aprovechables.

También arreglaron lo de que Walz y otro especialista fueran trasladados a la zona francesa, ya que fracasaron todos los esfuerzos para poder obtener un permiso americano para su entrada en Suiza.

El 5 de abril, Walz llegó a Zurich. El comandante francés había hecho honor a la palabra dada y se había podido obtener los permisos para mi mecánico y para un segundo ayudante.

La puesta a punto del coche no fue cosa fácil, aunque disponíamos de los planos del motor. Entre otras cosas, nos encontramos con la imposibilidad de encontrar tubos “duroflex”. Un amigo de la Embajada norteamericana quitó de su avión algunos de aquellos tubos y me los cedió. Había también que preparar la gasolina especial que aquel motor requería y construir un depósito suplementario de aceite, pues en Indianápolis no está permitido repostar aceite durante la carrera.

Cuando el automóvil estuvo a punto deseé probarlo siquiera fuese durante un corto recorrido, para comprobar así cómo marchaba.. Fui a las oficinas de la policía con el objeto de solicitar permiso para conducir a toda velocidad por un trayecto determinado. La policía de Zurich, gente aficionada al deporte, me lo concedió, y una mañana, a las cinco, cerró al tráfico una recta lo suficientemente larga como para poder hacer mi prueba. El automóvil marchó como un reloj de precisión y alcanzó una elevada velocidad. Es imposible describir la felicidad que sentimos. El mecánico suizo Friedly, mi querido Walz y yo nos miramos, llenos de alegría. Fueron aquéllos unos momentos de la vida que no pueden olvidarse jamás.

Desgraciadamente, no podía llevarme a Walz a América. Como alemán residente en Alemania, no había posibilidad de obtener para él un visado de entrada en los Estados Unidos. Por consiguiente, era Friedly el que iría conmigo para cuidar de todo lo referente al automóvil. Mientras tanto, Baby se ocupaba de la obtención de los visados: uno de tránsito para Francia; uno inglés, también de tránsito, para Neuwfoundland – los dos casi imposibles de obtener para un alemán con tarjeta de identidad expedida en Suiza -; otro permiso para volver a entrar en Suiza. En cuanto los tuviésemos, se nos autorizaría la entrada en los Estados Unidos.

Finalmente obtuvimos todo. El automóvil también estaba a punto y sólo faltaba proceder a embalarlo. Hice construir una gran caja de madera para contener el automóvil y todas las herramientas. Después era necesario encontrar un camión que pudiera cargar con aquella caja, y tener los documentos necesarios para transitar por Francia y embarcar el automóvil en un puerto francés.

Cuando todo estuvo a punto, se planteó en Francia una huelga portuaria y fue preciso obtener nuevos permisos para embarcar en algún puerto belga. El 17 de abril me enteré de que las autoridades inglesas aún no habían concedido permiso para que el automóvil pudiera, temporalmente, salir de Suiza. Recurrimos a quienes creíamos que podían ayudarnos, tanto en Berna como en Londres. El 18 de abril, el agregado comercial de Berna de la Embajada británica nos dijo que no era él la autoridad indicada y que sería conveniente dirigirse directamente al Foreign Office.

Me dirigí a un amigo de Londres para que expusiera mi caso al Foreign Office y viera de obtener el permiso de exportación temporal de vehículos a los Estados Unidos. Lo hizo, y estuvimos esperando el resultado, llenos de ilusión. El 24 de abril el automóvil ya estaba cargado en el camión. No podíamos esperar ni un minuto más, puesto que sólo podíamos contar con un buque antes del 30 de mayo, fecha de la carrera. Además, necesitaba entrenarme y tomar parte en las pruebas de clasificación, que en aquel lugar eran imprescindibles.

Meter de Paolo y los organizadores de la carrera de las 500 millas seguían el asunto con enorme interés. Se cruzaban largos telegramas. Finalmente, cuando perdimos las esperanzas de poder embarcar a tiempo, recibí un telegrama de De Paolo. El general Dolittle había concedido que el automóvil pudiese ser transportado en un avión de las Fuerzas Aéreas norteamericanas, una vez, naturalmente, hubiésemos obtenido el permiso británico para la salida de Suiza del vehículo.

Al anochecer de aquel mismo día llegaron las malas noticias. El Foreign Office denegaba la autorización.

Hasta el 30 de abril traté en vano que modificaran aquella decisión. Fracasé.

Volví a Lugano. Baby me recibió con semblante pálido y aspecto cansado. No lográbamos hacernos a la idea de que todos nuestros esfuerzos, sacrificios, molestias y gastos habían sido inútiles.

- Baby, escúchame – le dije -. Tengo una idea. Iremos a Indianápolis como sea. Será mucho mejor para el año que viene que ahora conozca la pista y el modo de cómo hacen allí las cosas.

Esto es lo que hicimos. Fuimos en avión a Estados Unidos. Fue un agradable vuelo con la TWA. Fuimos desde Zurich a Perís, y desde allí, por Shannnon y Newfoundland, a Nueva York.

Nos esperaba en el aeropuerto René Dreyfus, el popular corredor francés. Nos acompañó al hotel y después nos llevó a su encantador y excelente restaurante Le Gourmet. Nos quedamos pocos días en Nueva York, porque me interesaba ver lo más posible de los entrenamientos de Indianápolis.

Salimos para Indianápolis en un atestado tren, en el que tomamos un departamento con camas. La mañana siguiente, cuando fuimos al coche restaurante para desayunar, vimos algo que nos pareció increíble. Allí estaban Achille Varzi, Gigi Villoresi, el gran escritor deportivo Filipini; Mazuchelli, el jefe de la Ferrari, en fin, todo el equipo italiano que se había inscrito en la carrera de las 500 millas. ¡Qué reunión tan feliz y ruidosa! Hablábamos italiano o alemán, nadie se preocupaba. A nadie le importaba qué idioma habláramos. No nos habíamos visto desde antes de la guerra.

Pop Meyers nos esperaba en Indianápolis. Le acompañaban Wilbur Shaw, tres veces vencedor de aquella carrera y presidente del autódromo; Dolly Dallenbach, la secretaria, corazón y alma de la administración de aquella institución, y Peter de Paolo. Sólo faltaban flores y los sones de la banda.

Me presentaron al nuevo propietario del autódromo. Mr. Antón Hulman Jr., un par de días después de mi llegada. Me dio un caluroso apretón de manos.

- Había esperado mucho tiempo este día, Rudi – me dijo -. Había oído y leído tantas cosas de usted que anhelaba conocerle. Lamento mucho que no haya podido traer su Mercedes. No imaginaba nada más hermoso que verle correr en mi pista, en esa obra maestra de la industria alemana. Tengo también que decirle que mi abuelo, el que fundó la casa Hulman & Co., fue un emigrante alemán. Vino de allí a mediados del pasado siglo y había nacido en Lingen.

Me pareció como si hubiese conocido a Tomy toda la vida. Desde el momento en que nos presentamos fuimos verdaderos amigos.

Teníamos reservada una habitación en el hotel Marott. En cuanto llegué, el empleado de conserjería me entregó una carta. Contenía este mensaje, escrito en letras mayúsculas:



“Rudolf Caracciola:

Desearía hablar con usted mañana por la mañana antes de que salga del hotel. Yo también me hospedo aquí. Tenemos que hablar acerca de un automóvil mío que usted podría conducir.

JOE THORME”



Primero pensé no dar importancia a aquella carta, pero después me intrigó, pues pensé que sería mucho mejor recorrer la pista de Indianápolis en un automóvil americano de carreras que en el mío de turismo. Fui a ver a Joe Thorne la mañana siguiente. Era un hombre de aspecto agradable, acomodado, un poco excéntrico, joven y delgado, que había instalado un taller mecánico en el recinto del autódromo. Sus propios técnicos y mecánicos habían construido dos automóviles rapidísimos que llevaban la marca, el nombre de “Thorne Enginnering Special”. Uno de ellos no empleaba compresor, cubicaba 4 ½ litros, motor seis cilindros y un carburador para cada uno, y estaba destinado para mí. Joe Thorne había pensado tomar parte con él en la carrera; pero no podía porque se había fracturado una pierna en un accidente de motocicleta. A pesar de que tenía que ir de un sitio para otro en una silla de ruedas, insistió para que le dejaran tomar parte en la prueba: pero la dirección rehusó concederle el permiso por razones de seguridad.

- Señor Caracciola – me dijo -, aparte de mí, nadie conducirá este coche sino usted. No lo confiaré a nadie más. Robson conduce el otro automóvil. También es muy bueno, pero éste es mucho más rápido.

Por la tarde fuimos a la pista para echarle una ojeada. Me pareció demasiado alto. El asiento estaba libremente suspendido en el chasis; unos pequeños amortiguadores limitaban sus movimientos. De esta forma, el piloto quedaba resguardado del traqueteo. Poseí frenos en las cuatro ruedas, que se operaban con una palanca situada en el exterior. Asombrado, me interesé por saber el motivo de aquella disposición. Thorne me explicó que el conductor del automóvil que le siguiese podría ver el momento en que iba a frenar. Aunque, realmente, casi nadie frena durante la carrera.

Un vago presentimiento me había llevado a llevar conmigo desde Zurich la maleta en que guardaba mi ropa de corredor, los zapatos y las gafas. Me cambié la ropa, subí al automóvil y me preparé para iniciar una vuelta. Inesperadamente, un control me hizo parar.

- No, Rudi, no puede usted hacer eso – me dijo -. Es preciso que se ponga un casco protector; después tiene que reconocerle el médico. Cuando le haya aprobado se le concederá el permiso de piloto para esta carrera, y entonces podrá correr por la pista.

Salí del automóvil a regañadientes y me dirigí a boxes, donde estaba el despacho del médico. Me reconoció con sumo cuidado, y después me preguntó mi edad.

- Tengo 45 años – le dije.

Me examinó los ojos. Tuve que deletrear letras de todos los tamaños, tanto desde cerca como desde lejos. Había una diminuta “y”; no recordaba cómo se llamaba en inglés.

- ¿Cómo le llaman ustedes a esa letrita de tres patas –pregunté al doctor Smith.

- No se preocupe, no se preocupe – me contestó riéndose -. ¡Tiene usted una vista de águila! Su presión está en 14´5; el corazón le late con la misma tranquilidad que el motor de un viejo camión. Espere que lo explique a mis ayudantes; ¡cuarenta y cinco años, y tan campante!

Bueno, ya tenía el okay del doctor; ¿pero dónde podría encontrar un casco reglamentario?

Al Herington, presidente del Automobile Club of America, me proporcionó un casco inglés de los que usan los tanguistas. Era ligero y sólido; tenía orificios para ventilación. Cuando me lo encasqueté me pareció que metía la cabeza en un cubo. ¡Por fin podía dirigirme a la pista!

La recorrí despacio, para estudiar cuidadosamente el circuito, los virajes y el automóvil. Aquel óvalo era sorprendente, pues cada viraje debía ser tomado de diferente modo. Los peraltes eran poco pronunciados y la recta secundaria era ancha y hermosa. Sin embargo, la que se extendía ante las tribunas estaba pavimentada con ladrillos, por lo que tenía una superficie desigual. Al principio toda la pista era así, pero al cabo de cierto tiempo se asfaltaron las curvas y la otra recta. Al cabo de unas cuantas vueltas, poseí entero dominio del automóvil. Su poder de aceleración era enorme y se agarraba perfectamente.

Encontré demasiado alto el parabrisas de mica, y en boxes, pedí a Thorne que lo recortasen un poco.

Fue lo único que encontré mal en aquel automóvil.

Publicado por: tenista el Sep 30 2008, 12:14 PM

Mil gracias Raquel, que alegria me has dado antes de irme a currar laugh.gif . Ya se me hacia raro, tanto tiempo.

Publicado por: QUIQUE A. el Sep 30 2008, 05:47 PM

Fascinante. Qué poco apreciamos la paz cuando la tenemos. huh.gif

Publicado por: Raquel el Sep 30 2008, 05:59 PM

CITA(QUIQUE A. @ Sep 30 2008, 05:47 PM) *
Fascinante. Qué poco apreciamos la paz cuando la tenemos. huh.gif


¡Qué verdad! smile.gif

Y a veces, cuando la tenemos y empezamos a saborearla, un "chas" podría quitárnoslo todo.

Este último capítulo que he posteado se entiende muy poco (quiero decir, el valor de lo que dice) sin el que viene a continuación.
Me hubiera gustado postearlos juntos para que vierais por qué. Pero creo que de haberlo hecho así, habría traicionado de algún modo la forma en que Caracciola pretendió que lo comprendiésemos.
Vamos, es tan sólo una suposición mía, por supuesto. Yo lo interpreto así -aunque me equivoque-, y en consecuencia actúo.

Gracias.

Publicado por: Raquel el Oct 2 2008, 03:19 PM

La Historia le ha hecho justicia, supongo.
Pero me gustaría dedicar este capítulo a Alicia Hoffmann-Trobeck, Baby Caracciola, para que en la memoria de todos quede siempre el coraje y valor que no halla límites, el espíritu de fortaleza, la capacidad de entrega y entereza, con los que se hacía grande "la pequeña Baby" - como la llamaba a menudo él.

Una se siente totalmente desarmada cuando lee todas estas palabras. Y no encuentra adjetivos, ni conceptos de ningún tipo, para poder expresar SU ADMIRACIÓN. smile.gif

El automóvil voló, y esto es lo último que supe.



CAPÍTULO XXVI



El día siguiente decidí efectuar las vueltas de clasificación. Tenía que dar diez vueltas a la pista a un promedio de 140 a 160 Km/h, y después otras cinco más a más de 160 Km/h. Aquellos promedios habían de mantenerse rigurosamente.

Todo se desarrolló muy bien. Me gustaba aquel automóvil. Solamente me faltaba correr las cuatro vueltas de calificación a un promedio superior a 190 Km/h.

Me dirigí a boxes y cambié las ruedas para correr con el máximo de seguridad. Mientras tanto llegó el resultado de las vueltas de calificación: había corrido con regularidad cronométrica. Fumé otro cigarrillo, me puse el casco y me dispuse a arrancar.

Seth Klein, encargado de dar las salidas y director del programa de carreras, vino hacia mí.

- Ahora, Rudi – me dijo, dándome palmadas en el hombro -, le dejaremos solo en la pista para que dé las vueltas de clasificación. Dé unas cuantas vueltas primero y, cuando esté a punto, levante la mano al cruzar la salida y cronometraremos. Dé cuatro vueltas sin detenerse. Si no está contento de cómo ha marchado, puede volver a empezar. Se permiten tres tentativas..

Toqué mi casco con dos dedos a guisa de saludo.

- Okay, jefe. Veremos lo que puedo hacer…

La pista estaba libre. Salí de boxes y di unas cuantas vueltas para calentar el motor y gastar un poco los neumáticos. Dos o tres vueltas más, y entonces levanté la mano. El automóvil voló, y esto es lo último que supe.

Estuve mucho tiempo sin saber nada acerca de lo ocurrido; en realidad no me enteré hasta varias semanas después, cuando Baby me lo contó.

Durante mis vueltas de precalentamiento mi esposa estaba de pie, junto a la valla de las tribunas, detrás de una gruesa y alta valla de tela metálica que separaba de la pista a los espectadores. De pronto vio cómo la gente corría hacia el viraje de la derecha y cómo los extintores de incendios y las ambulancias se dirigían hacia la escena del accidente. Estaba claro que se había producido un accidente y que yo era la víctima.

Baby cruzó la pista por el paso subterráneo, y al otro lado se encontró nuevamente sin poder pasar por otra valla de tela metálica que separaba de la pista los almacenes de repuestos y los talleres de reparaciones. Un hombre estaba sentado pocos metros más allá.

- Por favor, señor, - dijo -: soy Alicia Caracciola. Mi marido debe de haber sufrido un accidente. Debo ir hasta allí. Debo ir con él en la ambulancia.

El hombre se incorporó y fue hacia ella.

- La ambulancia ya ha partido, señora – le dijo -. Pero voy a mandar traer un coche para que la conduzca hasta el hospital.

Lou Meyers y otro hombre la acompañaron hasta el hospital, abriéndose paso con las sirenas de los policías de la escolta. Cuando llegó al Hospital Metodista, yo ya estaba en el quirófano de la sala de urgencia, situado en la planta baja. Mi cara tenía un color cárdeno y estaba hinchada. Respiraba entrecortadamente. Mi mono de corredor colgaba en tiras de mis hombros y espalda. Me limpiaron y, después de una rápida observación, los médicos vieron que no me había roto ningún hueso. Me acostaron en una cama con barandillas para que no pudiera caerme.

Muchas personas se interesaron en seguida por mi estado. Hasta cerca de medianoche estuvo la antesala llena de visitantes. Joe Thorne, los mecánicos, Mary y Tony Hulman, Wilbur Shaw y muchos otros más. Todos anhelaban que recobrara el conocimiento y pudiera explicar lo que había acontecido.

Algo me había pegado en la sien. El vigilante de aquella parte de la pista decía que solté el volante y que me desplomé como si hubiese sufrido un colapso. El automóvil, sin control, chocó a toda velocidad con una valla de madera que limitaba la recta. Fui despedido del vehículo, describí una trayectoria en forma de arco y di con la nuca en el suelo. El coche dio varias vueltas de campana y se detuvo al lado de mi inanimado cuerpo.

Realmente este accidente, como tantos otros, nunca ha sido explicado de modo satisfactorio. Los muertos no hablan. Y a aquellos que han sufrido alguna gravísima herida, la naturaleza les hace merced de aquellos instantes terroríficos. No conozco a nadie que haya sido capaz de describir los instantes que preceden y siguen a un accidente casi mortal.

Dos días después de mi accidente tuvo lugar la carrera de las 500 millas. George Robson, el conductor del otro automóvil Thorne Enginnering Special, ganó la carrera, como si aquello fuera un acto de justicia que mitigara el perjuicio de la pérdida del automóvil conducido por mí. Pero Robson no pudo disfrutar durante mucho tiempo del premio de setenta mil dólares. Pocos meses después murió en un accidente.



Después de la carrera fue al hospital un hombre que solicitó hablar conmigo. Lo recibió Baby y dejó que me mirara desde el quicio de la puerta. Después le preguntó qué deseaba. Le enseñó la placa de la FBI.

- Señora – le dijo -, ¿le molestaría que le pida me enseñe los pasaportes y otros documentos para el viaje?

Baby tenía los pasaportes y mis documentos, librados por los aliados, en el bolso. Se los enseñó, todos repletos de visados, estampillas y sellos. El agente del FBI los examinó cuidadosamente, principalmente la tarjeta de identidad librada por el Control aliado, y en la que estaba inscrito el permiso de estancia por dos meses en Estados Unidos.

- Bien, naturalmente – dijo -. No podía ser de otra manera. Ya pensaba que sería así. Caracciola es demasiado conocido para no venir si no era con documentación correcta.

Baby quedó asombrada. ¿Qué quería significar?

- Señora – continuó el agente -: se presentó una denuncia contra su esposo. Alguien dijo que había entrado en nuestro país con documentos falsos. Tenía orden de detenerle antes de la salida de la carrera. Le busqué. Después supe lo del accidente, y por lo tanto vine aquí. Déjeme que le diga algo. Es posible que en Europa haya muchos granujas, pero ¡también los tenemos aquí! Deseo, señora, que su esposo se restablezca muy pronto; pero deben quedarse aquí con toda tranquilidad hasta que se haya recuperado del todo. Sería conveniente pidiera en seguida una prolongación de tres meses del permiso de estancia. Le daré la dirección de la oficina a la que tienen que dirigirse, y me interesaré para que la solicitud sea aprobada.

Después se marchó con la cabeza gacha, como hundido en profundos pensamientos, y se alejó por el vestíbulo con lentos pasos.

Baby quedó perturbada. La denuncia anónima demostraba con cruel realidad que entre los pilotos había alguien que no toleraba intrusiones.

Dos semanas después del accidente, Wiburg Shaw llevó mis gafas. Creo que fueron examinadas cuidadosamente. Pero nunca me fue dada una explicación acerca de los profundos agujeros que aparecían, tanto en el cristal irrompible como en su montura de acero.

Desde 1946 se ordenó que hubiera vigilantes cada 50 yardas en toda la pista de Indianápolis, tanto durante la carrera como durante los entrenamientos.

Cuando Tony Hulman fue aquella tarde al hospital, Baby le relató la visita del FBI.

- Alicia – me dijo-, si Rudi hubiese sido arrestado al iniciarse la carrera, no habría dado la señal de salida hasta que examinase su documentación, con lo que este asunto se habría arreglado en el acto.

Durante cinco días y cinco noches Baby no se apartó de mi cama, siempre pendiente de mí. Después de 48 horas mi respiración se hizo más normal, pero toda mi parte derecha continuaba paralizada y mi coma era tan agudo que los médicos no podían hacerme abrir la boca.

Una noche, hacia las dos de la madrugada, mientras la vital glucosa se introducía en mis venas, Baby decidió ir al hotel a fin de cambiarse la ropa. Llamó por teléfono a una empresa de taxímetros para que uno le esperase ante el hospital y dio su nombre y apellidos.

- ¿Es usted la esposa del corredor que se ha herido? – preguntó quien atendió la llamada.

- Sí, soy la señora Carcciola.

- En seguida estaré ahí, señora.

Efectivamente, en seguida llegó el taxi. El taxista, un hombre fuerte, de rostro curtido por el sol y ojos azules, descendió del vehículo para abrir la puerta a Baby. Durante el camino hacia el hotel dijo:

- Tiene que ser terrible, señora, venir de tan lejos para estrellarse aquí. Deseo de todo corazón que su esposo se restablezca muy pronto. ¿Cómo se encuentra ahora?

- Aun no ha recobrado el conocimiento, y continúa paralizado del lado derecho. Es lo único que se puede decir hasta ahora.

- Permítame, señora, que quede a su disposición. Llámeme a cualquier hora, sea del día o de la noche. Recuerde mi nombre, Malean. Pertenezco a la Red Cab Company.

La sexta noche Baby quiso ir al hotel para reposar unas cuantas horas, y para hacerlo llamó a Malean.

Éste se presentó casi al instante.

- ¿Cómo anda el chico? – preguntó inmediatamente.

- Está un poco mejor – le explicó Baby -. Hoy, por primera vez, ha movido el brazo derecho, y los doctores han podido abrirle la boca por primera vez. Ahora esperamos que se recobre rápidamente.

- Ya sabía, señora, que hoy se encontraría mejor.

- ¿Lo sabía? ¿Y cómo podía saberlo?

- Señora – explicó Malean -, cuando suceden cosas como éstas, tan sólo el Gran Jefe, desde el cielo, puede ayudarnos. Cuando la dejé la otra noche, me fui a casa, me arrodillé y rogué a Dios, con todo mi corazón, que ayudara a su esposo.

Hasta aquel momento Baby no había perdido el coraje; pero ante aquello se derrumbó y sus lágrimas por tantas desilusiones, por el accidente, estaban mezcladas con las de agradecimiento porque Rudi continuaba vivo y con las que, emocionada, sentía ante el hecho de que en aquella tierra extraña un hombre hubiese estado rezando por otro hombre desconocido para él.



A partir del sexto día empecé a recuperarme. El brazo en que se me introducía la glucosa tuvo que ser atado a una tablilla, y ésta sujeta a la cama. Los ojos dejaron de estar en blanco y volvieron finalmente a su posición normal, pero no soportaban la vista de lo que me rodeaba. El décimo día empecé a articular alguna palabra. Empecé preguntando por Tomy.

Después no paré de hablar de la mañana a la noche. Siempre hacía las mismas preguntas. Se turnaban tres enfermeras que terminaban agotadas sus ocho horas de trabajo. Solamente para Baby el día comprendía veinticuatro horas.

Poco a poco empecé a percatarme de los sollozos y de los gritos de dolor de los heridos alojados en aquella ala del hospital. ¿Por qué me encontraba en aquel lugar? Estaba lleno de salud. ¿Por qué me tenían allí mientras otros gritaban de dolor? Tenía que salir. ¡Tenía que irme!

“Hotel Marott…”, “Hotel Marott”, habitación 115. Meridiano Norte. Doblé los barrotes de la cama como si fuesen de cera. A fuerza de patadas convertí la cama en una ruina. Había que procurar que Baby no se diese cuenta: no me dejaría levantarme…

- ¿Qué haces, querido Rudi?

- No hago nada, no hago nada – le respondí -.



Tengo que hablar en inglés, pues no tienen que saber que soy alemán. Estoy encarcelado. Han apaleado día y noche a esos que gritan. Pronto empezarán a pegarme. Tengo que huir.

- ¡Socorro, Tony…! Baby, ¿dónde estás? Nunca estás a mi lado.

- ¿Pero si estoy a tu lado, mi pequeño Rudi! Estoy siempre a tu lado.

- No, siempre te vas.

Baby me llevó un helado de vainilla. Era delicioso. ¡Qué maravilloso era el sabor de aquel helado! Me reí de gozo. Pero, de todas formas, tenía que huir de allí.

Mi esposa fue a la cafetería a comer. Había llegado el momento. Primero pasé las piernas entre los barrotes del pie y la barandilla de la cama. Me costó, pero logré ponerme de pie.

Estaba tan mareado de debilidad que tenía que apoyarme en los muebles y en la pared. Por fin logré abrir la puerta. Miré a un lado y otro del vestíbulo. Ojalá que no llegase nadie. Una puerta entreabierta daba a la calle… Podía escaparme conduciendo la ambulancia. El coger estaba de pie a un lado.

- “Marott Hotel” – le dije -, habitación 115.

- Muy bien – contestó -. En seguida.

Antes de que me diese cuenta de lo que sucedía, me acorralaron entre la enfermera de las gafas que parecía una lechuza, el idiota que se empeñaba en hablarme como si yo estuviera enfermo y un tipo disfrazado de guardia. Me defendí con toda mi fuerza a puñetazos y patadas. Di un puntapié en la espinilla a la bruja de las gafas. Pero ellos pudieron más. Me metieron otra vez en la cama y me ataron.

Baby terminó su desayuno y volvió a la habitación. El policía del hospital estaba sentado, en mangas de camisa, con la gorra echada hacia atrás. El calor era insoportable.

- ¡Oiga, señora! – dijo -, a ver si cuida mejor de este fulano. No hay quien le aguante. Ha armado un jaleo de todos los diablos.

Baby entró sin aliento en la habitación. Yo me comporté como un niño para que ella no se diese cuenta de lo ocurrido.

- Rudi, ¿qué has hecho?

- Nada – contesté de la manera más inocente.

- Si no te portas bien, no me dejarán estar contigo. Te dejarán solo en un cuarto pequeño, a oscuras.



El doctor Hahn, y el doctor Merrell, especialistas en neurología, lo mismo que el doctor titular del hospital, ordenaron que guardara reposo absoluto. No habían hecho radiografías de mi cerebro porque no querían que dejara de permanecer extendido. Después de mi intento de fuga, Baby habló con los doctores. Pidió que me hicieran aquel examen con los rayos X. También solicitó que dejaran trasladarlo al hotel.

- Desea ir al hotel Marott – dijo mi mujer -. Piensa que está prisionero. Cree que han pegado a los que oye cómo se lamentan. Oye las quejas y lamentaciones de las otras habitaciones y no puede comprender a qué se deben. No puede comprender que aquí mueren a diario personas víctimas de accidentes. No sabe que a veces hay manchas de sangre en el vestíbulo.

Me hicieron las radiografías, que mostraron claramente que no se había producido rotura ni fisura en mi cabeza. Después de una larga consulta entre los doctores, me dieron la autorización para poder abandonar el hospital.

Dijeron, además, a mi mujer:

- Si usted se hace responsable, puede llevarse a su marido al hotel.

La noche anterior a mi traslado, Baby estuvo hablando conmigo durante mucho rato. Trató de hacerme comprender que había sufrido un grave accidente durante los entrenamientos para la carrera de Indianápolis. Me moría de risa. ¡Pero si nunca había estado en Indianápolis! Me trajo periódicos y fotografías en que se veía a un hombre en un automóvil de carreras. Aquel hombre lucía un casco como el mío; en general, se parecía mucho a mí.

- Escucha – dije -, generalmente eres una muchacha muy lista. ¿No ves que todo esto es una falsedad? Desde luego, muy bien apañada. Estos americanos son muy ingeniosos. Pero tú tienes que saber muy bien que yo nunca en mi vida he corrido con un casco parecido.

La mañana siguiente me vistieron y nos dirigimos al hotel. Las guapas enfermeras y la bruja de las gafas me despidieron.

- ¡Adiós, Rudi, adiós!

Me volví para mirar. ¡Ah!, había sido una persona realmente inteligente. ¡Ya estaba fuera de allí!

Baby me había hecho prometer que haría todo lo que ella me dijera. Me dijo que me echara y me quitó los zapatos.

- Me gustaría bajar a sentarme en el salón, y hoy, quiero cenar en el comedor – le dije, observando su reacción ante mis palabras. Quería comprobar que me encontraba ya libre.

- Desde luego, cenaremos abajo, si es que lo prefieres – me contestó -. Pero si te encuentras mareado, tendrás que apoyarte en mí, ¿me entiendes?

Para Baby, aquélla era una decisión muy difícil de tomar. Temía que aun me encontrara demasiado débil para permanecer en el salón comedor. Por otra parte, era muy importante lograr que yo borrara de mi mente la serie de fantasías en las que estaba sumido; probarme que éramos libres y podíamos actuar como tales. Realmente me encontraba muy débil. Todo me daba vueltas al hacer un pequeño esfuerzo, como levantar la cabeza un poco. Pero, no obstante, estaba decidido a bajar. Quise ponerme yo solo los zapatos. Lo probé, pero no entraban.

- El izquierdo tienes que ponértelo en el pie izquierdo; el derecho, en el derecho – me explicó mi mujer. ¿Cómo podía saberlo?

Me era muy difícil andar derecho. Baby estaba a mi derecha y mi apoyé en su hombro. ¿Por qué teníamos que comer? ¡Qué utensilios para comer más feos, más bastos!

- Mira cómo los uso yo – decía Baby. Contemplé con mucha atención cómo usaba el cuchillo y el tenedor.

Me dolían las encías.

Se veía mucho movimiento en la calle. Gente, coches, más gente, ruido, siempre ruido…

Tenía ganas de estar de nuevo en la cama.

- Me duelen mucho las encías, Baby.

Me había quemado la boca con la sopa. ¿Qué quiere decir caliente? ¿Qué quiere decir frío? ¿Y dulce? ¿Y amargo? ¿Y aquel vapor que salía de la sopa?

Todo era muy difícil de comprender. Mis pies no tocaban el suelo. Estaba suspendido en el aire y me encontraba muy mareado. Estaría mucho tiempo, sí, mucho tiempo con aquel mareo.

Al cabo de un rato vino Tony. Llegó con un automóvil muy grande y muy cómodo.

- Hola, Rudi. Ahora nos iremos a Terre Haute. Me refiero a mi pequeña casa de descanso, Lingen Lodge. Podrás estar allí, cuanto más tiempo mejor; podrás sentarte a la orilla del lago y pescar.

En aquel lugar había un gran parque, casi un verdadero bosque, un lago artificial y, a su orilla, una deliciosa casita con todos los refinamientos posibles. Una piscina de color turquesa y una formidable terraza. Allí todo era silencio. Tan sólo, durante la noche, se oían extraños animales. Daba miedo. Una luna grandísima y rojiza, la luna más grande que jamás hubiera visto, flotaba baja en el firmamento. Su luz dorada acariciaba los amarillos y fragrantes nenúfares cuyas enormes hojas medio cubrían el lago.

La temperatura permanecía igual; durante el día lo mismo que durante la noche, siempre calurosa. En la cama, el entorno de mi cuerpo me señalaba por el sudor. Era el calor húmedo de Indiana, un calor que hace milagros en las plantaciones de maíz.

Durante las tardes, Mary y Tony Hulman venían a vernos. Venían casi diariamente, aunque sólo fuera por un momento de visita. Nos llevaban café recién tostado y merendaban con pasteles al estilo de Suecia que Baby preparaba. También nos llenaban la nevera con toda serie de alimentos y cosas agradables. Nos cuidaban como nadie en el mundo, hasta entonces, lo había hecho.

En 1946 aún subsistía el hecho de que la mayor parte de la producción industrial estaba reservada para las necesidades del Ejército. Era muy difícil poder comprar lo que a uno le gustaba. Por ejemplo, sólo se podían comprar dos pares de medias de nylon, y aun en el almacén en que uno estaba inscrito. La carne escaseaba, el tocino era casi imposible de encontrar. Pero Tony tenía de todo. Siempre nos llevaba solomillos, tocino y café. También llevaba nuestro correo y cuidaba de las cartas que Baby escribía, cosa que mi mujer hacía con profusión. Durante dos meses solamente durmió cuando las circunstancias se lo permitían.

Después me enteré de que yo andaba mucho, principalmente durante la noche. Iba por aquí y por allá, tanto que siempre sentía el temor de que me cayera en la piscina. Hacia las 4 de la madrugada nos bebíamos una botella de cerveza inglesa, y después dormíamos unas cuantas horas.


Publicado por: QUIQUE A. el Oct 2 2008, 05:03 PM

Este tipo tuvo una vida realmente azarosa ... ¡Le pasó de todo! ohmy.gif

Cuanto más leo más gracia me hace la ridiculez de escribir unas memorias con veintipocos años. blink.gif

CITA(Raquel @ Sep 30 2008, 06:59 PM) *
Me hubiera gustado postearlos juntos para que vierais por qué. Pero creo que de haberlo hecho así, habría traicionado de algún modo la forma en que Caracciola pretendió que lo comprendiésemos.


A mí me gusta más así. Le da más suspense ... cool.gif

Publicado por: tenista el Oct 2 2008, 05:56 PM

Ahora entiendo porque este capitulo es tan Especial. A mi, tambien me ha encantado Raquel wink.gif

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 3 2008, 03:39 PM

Con tu permiso, Raquel, pego algunas fotos:


1946 Thorne Engineering Spl. (Indy 500 Winner) - Driver: George Robson, Chassis: Adams, Engine: 183.0 cu.in. 6 Cyl. Sparks (supercharged):








Publicado por: Verb el Oct 3 2008, 03:48 PM

juer quique, eres un crack de "rebuscar" en el "internete"

Publicado por: Raquel el Oct 3 2008, 04:18 PM

CITA(Verb @ Oct 3 2008, 02:48 PM) *
juer quique, eres un crack de "rebuscar" en el "internete"


ohmy.gif ¡Sin duda! No hay más que leerle... wink.gif (Nos estamos cruzando, QUIQUE!!! Yo te leía despacio y me has despistado... laugh.gif ESO ES BUENO).

¡Qué bien se ve en la 1ª foto que el parabrisas era más alto! Recuerdo: "Encontré demasiado alto el parabrisas de mica, y en boxes, pedí a Thorne que lo recortasen un poco."

Y quién le diría a George Robson que unos meses más tarde moriría él: "Dos días después de mi accidente tuvo lugar la carrera de las 500 millas. George Robson, el conductor del otro automóvil Thorne Enginnering Special, ganó la carrera, como si aquello fuera un acto de justicia que mitigara el perjuicio de la pérdida del automóvil conducido por mí. Pero Robson no pudo disfrutar durante mucho tiempo del premio de setenta mil dólares. Pocos meses después murió en un accidente."

Como me dice más de una vez un gran amigo mío que sabe de mi "debilidad" por Caracciola: "Él, Raquel, al menos vivió para contarlo..." Ayer recordaba mucho esta frase cuando comentabas, Quique, la vida tan "azarosa" que le había tocado sobrellevar.

Pero hay algo muy turbio en este capítulo que no se acaba de entender, e incluso de ello has puesto también imagen con la sonrisa de Caracciola y sus gafas colgando del cuello. smile.gif ¿Qué le impactó realmente provocando el accidente?:

"Algo me había pegado en la sien. El vigilante de aquella parte de la pista decía que solté el volante y que me desplomé como si hubiese sufrido un colapso. El automóvil, sin control, chocó a toda velocidad con una valla de madera que limitaba la recta. Fui despedido del vehículo, describí una trayectoria en forma de arco y di con la nuca en el suelo. El coche dio varias vueltas de campana y se detuvo al lado de mi inanimado cuerpo.

Realmente este accidente, como tantos otros, nunca ha sido explicado de modo satisfactorio. Los muertos no hablan. Y a aquellos que han sufrido alguna gravísima herida, la naturaleza les hace merced de aquellos instantes terroríficos. No conozco a nadie que haya sido capaz de describir los instantes que preceden y siguen a un accidente casi mortal.
(...)
Dos semanas después del accidente, Wiburg Shaw llevó mis gafas. Creo que fueron examinadas cuidadosamente. Pero nunca me fue dada una explicación acerca de los profundos agujeros que aparecían, tanto en el cristal irrompible como en su montura de acero.


En definitiva, QUIQUE, si un día encuentras en IMAGEN a "ANATOL", el travieso mono Titi de Caracciola, ¡te levanto un monumento! laugh.gif
Sé que es una tontería, al fin y al cabo, pero no será por las veces que yo lo he buscado y rebuscado...

¡GRACIAS, Quique!

Publicado por: salome el Oct 4 2008, 05:44 PM

Aprovechando la pista, ahí van dos imágenes mas:
http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/med/1946_Rudi_Caricciola__446t205.jpg

http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/med/1946_Rudi_Caricciola__446t204.jpg

Gracias Raquel por el gran topic, quedo a la espera del siguiente capítulo.

Las 4 imágenes con alta calidad para guardar:

http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/hires/1940_Rudi_caricciola__446t247.jpg

http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/hires/1946_Rudi_Caricciola__446t204.jpg

http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/hires/1946_Rudi_Caricciola__446t205.jpg

http://209.43.92.219/indycar/indy/1946/19460101-nphotographer/hires/1946_Rudi_Caricciola__446t247a.jpg

Saludos.

Publicado por: Raquel el Oct 4 2008, 07:30 PM

¡Muchísimas gracias, Salomé! smile.gif (En gran formato y con alta calidad wink.gif te las doy).
Ya están guardadas.

Yo también deseo aprovechar "esta pista" para deciros que, a veces, me siento mal cuando leo que se echan flores sobre este topic que abrió Ayrton con una impresionante documentación.
Entre tiras y aflojas y muchas bromas - como siempre con él biggrin.gif -, al final resulta que acabé "usurpándole" un hueco que no me corresponde en muchas de las flores que van cayendo sobre este tema.

Bueno, digamos que ya queda poco - o cada vez menos - para que se entienda por qué nunca he querido - o he pedido - separar este tema (lo que corresponde a la biografía de Caracciola) de lo que dejó Ayrton como motivo de este topic. Es una razón importante.

Gracias.

Publicado por: tenista el Oct 5 2008, 12:43 PM

No te preocupes, Raquel, los que hemos leido este tema desde el principio, tambien tenemos presente a Ayrton en todos nuestros comentarios, aunque siempre te respondamos o te lo agradezcamos a ti personalmente.

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 7 2008, 06:04 PM

CITA(Raquel @ Oct 3 2008, 05:18 PM) *
En definitiva, QUIQUE, si un día encuentras en IMAGEN a "ANATOL", el travieso mono Titi de Caracciola, ¡te levanto un monumento! laugh.gif
Sé que es una tontería, al fin y al cabo, pero no será por las veces que yo lo he buscado y rebuscado...




Pues lo siento mucho, Raquel, pero me doy por vencido. Esto no aparece ni con el buscador de la NASA.

Como dices que tú también has estado buscando, no sé ... empiezo a dudar que tal foto exista. sad.gif

Como compensación he encontrado una imagen del accidente de Indianápolis de 1.946:



Hay muchas fotos curiosas:





Y he encontrado un enlace con un porrón de fotos ... en checo. happy.gif

http://www.f1-info.cz/?document=rudolf_caracciola/tempo_tempo_caracciola_vzpomina

Saludos.




Publicado por: Raquel el Oct 7 2008, 06:48 PM

Ohhhh... QUIQUE! ¡Qué preciosidad de fotografías! smile.gif

Te prometo que me he emocionado al poder ver algunas cosas, y eso que sólo he tenido tiempo aún - la ansiedad me podía laugh.gif - de hacer un recorrido rápido.

Si Ourense no me pillara tan lejos, iba ahora mismo a darte un abrazo de agradecimiento. Es que no se me ocurre cómo darte las gracias... y, además, me da mucha pena no poder corresponderte con nada.
Bueno, con una cosa sí, y eso te lo aseguro: yo no sé construir monumentos wink.gif pero en mi memoria siempre habrá un "monolito" dedicado a QUIQUE A por haber puesto tantas imágenes a cuantas cosas iba "fantaseando" (o haciéndome una idea) a partir de lo que leía.

Te advierto que yo soy una nefasta "buscadora internauta". Pero cada vez que dedicaba un poquito de tiempo a buscar alguna foto de Anatol seguía las pistas de lo que había leído, como por ejemplo un fragmento de "Hombres, mujeres y motores":

CITA
Muchos de los grandes héroes del volante son terriblemente supersticiosos.


Nuvolari posee su tortuga. Caracciola jura por su mono titi llamado Anatol, al que siempre embarca consigo en cada carrera, metido dentro de una cartera de charol de un rojo detonante. Lang es un fanático de su herradura desde que tuvo un accidente con su coche en la carrera de Masaya. En aquella ocasión Lydia había olvidado la herradura.


Creo que lo he citado un montón de veces, wink.gif pero es para que vieras que hasta por la cartera de charol rojo donde lo llevaban, intentaba dar con algo.

¡Muchísimas gracias, QUIQUE! ¡Qué gozada!

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 8 2008, 09:35 AM

CITA(Raquel @ Oct 7 2008, 07:48 PM) *
... y, además, me da mucha pena no poder corresponderte con nada.


Ahí te equivocas, y tienes dos ejemplos: el primero es este mismo topic, donde nos lees a todos el libro de Rudi, y el segundo, aquel topic tan bonito sobre el autódromo de Terramar. smile.gif

¿Sabes lo que a mí me da pena? Pues que hace diez años pasé una semana en Cataluña, pero hace diez años no conocía la existencia del autódromo, porque tampoco conocía este foro. Aquí tenemos un dicho, no sé si por ahí decís: "El que no sabe es como el que no ve". angry.gif

A ver si más adelante puedo ir, me gustaría visitarlo antes de que sea pasto del ladrillazo y acabe convertido en una urbanización de adosados.

Saludos desde la otra esquinita de la península. biggrin.gif

Publicado por: Raquel el Oct 8 2008, 09:48 AM

"El que no sabe es como el que no ve". wink.gif No lo decimos por aquí, "la otra esquinita de la península" biggrin.gif pero me gusta muchísimo ese "dicho": una verdad como un templo.

Mira, ya me dejas más tranquila o sin tanto remordimiento de conciencia. Como dudo mucho que el autódromo llegue a ser "pasto del ladrillazo" -al menos en eso siempre confío-, estaré encantadísima smile.gif si algún día puedes volver de nuevo por aquí, de acompañarte o mostrártelo. Piensa que lo tengo al ladito de casa. wink.gif

¡Trato hecho! Y mil gracias de nuevo Quique.

Publicado por: Raquel el Oct 9 2008, 07:51 PM

Aprovechando que este capítulo es muy cortito, pues ahí va uno más... wink.gif

¿Qué es lo que Él tendría aún guardado para mí?

CAPÍTULO XXVII



Gradualmente fui recuperando la capacidad de un ser humano normal. La rutina de lo cotidiano renació. Era muy fácil volver a aprender lo que ya se había sabido.

Deseaba ardientemente volver a estar en Lugano. Allí podría encontrar al Rudi de antes.

Mary y Tony , Wilbur Shaw y su esposa nos acompañaron hasta Chicago, donde tomamos el avión. Tony nos entregó dos paquetitos, uno para mí y otro para Baby.

- No los abráis hasta que estéis volando -, nos dijo.

Baby permaneció en la puerta del avión hasta el último momento posible. El momento de la partida fue muy difícil. ¡Había que decir adiós a tantas cosas! Unas de muy triste recuerdo, otras muy hermosas. Decir adiós a tantas personas que habíamos llegado a querer. Despedirnos de Tony y Mary Ulman, cuya amabilidad y compañerismo habían iluminado las horas más sombrías.

Ya en mi butaca, puesto el cinturón, abrí el paquete. Era un encendedor de oro, con una inscripción que decía: “De Mary y Tony a Rudi”. Para Baby, otro parecido más pequeño.



Era agradable haber vuelto a casa, pero aún no lograba descansar. Aún tenía la sensación de que la tierra que pisaba era como una nube a punto de deshacerse con mi peso. ¿Para qué continuar viviendo? ¿Por qué no morí en el momento del accidente? Ya había pasado por algo muy parecido a la muerte. Me había ido, y había regresado de nuevo. Tendría que morir otra vez, no obstante. ¿Por qué me dejó Dios con vida? ¿Qué es lo que Él tendría aún guardado para mí?

Cuando pude conducir, empecé a adquirir nuevos ánimos. Me imponía enérgicas pruebas. Las cosas estaban igual que antes, nada había cambiado. Conducía exactamente igual. Detrás del volante, otra vez, me sentía casi completamente feliz.

Después de haber pasado varios meses en Suecia, junto con Baby, mi cabeza volvió a funcionar normalmente. Por fin noté que mis pies se apoyaban en el suelo. El aire del mar y los bosques me habían devuelto la vida.

En noviembre, en Bellinzona, Tessino, me convertí en ciudadano suizo. Durante veinte años mi hogar había estado allí, y allí iba cuando mi nómada existencia me dejaba algún momento de descanso; aunque tan sólo fueran unas pocas semanas o unos pocos días. Había abandonado Berlín en 1929.



Durante el invierno, mientras estábamos en Zurich, fui al garaje de Mercedes para recoger la caja de herramientas que dejé en la gran caja del Mercedes. Pero ya no estaba allí. No la recuperé nunca. Había sido registrada como propiedad alemana por el control oficial. Durante veinte años mi mecánico Walz había estado trabajando con aquellas herramientas en la puesta a punto a mis monturas.

Aquello dos pequeños Mercedes, durante el entretiempo, habían despertado las apetencias de varios pilotos y de algunos ingenieros especialistas. Circulaban muchos rumores acerca de ellos. Se hablaba de una oferta inglesa, que alcanzaba la suma de 222.000 francos suizos. Se suponía que se obtendría la autorización del Banco de Inglaterra.

También en América estaban interesadísimos por aquellos automóviles. Creo que todos los interesados en su compra pasaban por alto el hecho de que, aunque eran soberbios, sin unos pilotos bien entrenados, y sin estar asistidos por una gran serie de técnicos, mecánicos y material correspondiente, no podrían usar aquellos bólidos de manera satisfactoria.

Tenía que hacer algo para evitar la venta de los mismos, pues creía que me pertenecían.

Vistas las reclamaciones que podía hacer a la casa Mercedes, por haber bloqueado mi pensión desde abril de 1942, incluso podía embargar aquellos automóviles.

En 1948 solicité del control de propiedades la liberación de aquellos vehículos. El doctor Haspel se presentó como testigo ante el tribunal. Intentó, candorosamente, explicar por qué, en aquellas circunstancias no se formalizó todo por escrito. Nuestra empresa estaba muy vigilada; incluso se examinaban, muchas veces, las cestas de los papeles.

Gané la primera parte de la batalla por las flechas de plata. Pero en Zurich, en el Alto tribunal, perdí la última porque:”… el acuerdo del regalo de los dos automóviles al señor Caracciola, tanto para la ley suiza como para la alemana, no reúne los requisitos para poderla considerar como una transferencia de propiedad, cosa ésta esencial”.

Al perder aquella solicitud mía, empecé a creer que en el mundo no existía la justicia.

En 1950 apareció en los periódicos la oferta del siguiente lote: dos Mercedes Benz, 1 ½ litros, tipo de carreras, modelo 1… Las condiciones para la venta y demás detalles podían obtenerse del suscrito. Las ofertas se recibirían hasta el 15 de diciembre.

La cuantía de las ofertas se guardaba en secreto. La más alta venía de la entidad propietaria, en Suiza, de Mercedes Benz AG, Zurich. La segunda era inglesa.

Era consolador pensar que, a pesar de todo, los automóviles seguirían perteneciendo a la familia. Cuando el pasado verano visité el Museo Mercedes, pude ver cómo aquellas flechas de plata habían regresado al hogar. El que había preparado en Zurich para la carrera de América parecía no haber tomado nunca parte en ninguna clase de competición. Me habría gustado ver su retorno triunfal, porque a mí se debió que no acabasen en el extranjero, desmontados, como objetos de estudio.

Publicado por: tenista el Oct 9 2008, 11:18 PM

Pues estaba apunto de irme a la cama, 00:15H y mañana me levanto a las 05:00H para ir a trabajar, pero no podia dejar la ocasion de seguir este gran relato y hacerte ese feo, Raquel. A si que me quedare y de paso me dare una vuelta por el foro, a ver como esta el patio.

Muchas gracias, como siempre. Es un verdadero placer poder leer en silencio, relajado, lejos del mundanal ruido y sobre todo muy, muy, tranquilo. Gracias de nuevo.

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 10 2008, 08:22 AM

CITA(Raquel @ Oct 9 2008, 08:51 PM) *
¿Para qué continuar viviendo? ¿Por qué no morí en el momento del accidente? Ya había pasado por algo muy parecido a la muerte. Me había ido, y había regresado de nuevo. Tendría que morir otra vez, no obstante.


¡Qué preguntas más duras! El hombre es el único animal que sabe que algún día va a morir, pero si ya se ha pasado una vez por ese trance ...

Pero no pensemos más en ello, ¿qué tal si nos damos una vuelta por el museo Mercedes?:

http://www.mercedes-benz.com/content/mbcom/international/international_website/en/com/Brandworld_Museum.html

P.D.: Tenista, ¿pasas sin dormir por leer el foro? wacko.gif






Publicado por: Raquel el Oct 10 2008, 09:36 AM

Lo primero, lo más importante: dar las GRACIAS a Salomé smile.gif porque ha tenido la delicadeza de advertirme por mensaje privado de una errata que aparecía en el capítulo anterior que era inadmisible. ohmy.gif Había escrito "oro" con "h". Ya está editado y corregido. Y la anécdota de por qué debí de escribir eso, también la sabe ella... laugh.gif

Pero os pido, por favor, que si veis que se escapa alguna errata (seguro que hay un montón) me lo advirtáis en un post, no hace falta que me lo digáis en privado perdiendo así más tiempo aún. Le comentaba a Salomé que, aunque uso el Word antes de editarlo en el foro, al haber tal cantidad de nombres propios y extranjeros, me va marcando muchas veces en rojo. Intento revisarlo, pero me pueden pasar por alto, cómo no. En otras ocasiones, también, el corrector corrige "por su cuenta" -valga la redundancia-. Por ejemplo, recuerdo en el caso del doctor que trataba su problema en la pierna, iba cambiándole el nombre continuamente Putti/Tutti.

Bueno, ya sabéis que 4 ojos ven más que 2. wink.gif Así que agradecida si me las señaláis.

En segundo lugar: Tenista, a ver si me voy a tener que enfadar contigo... biggrin.gif ¿Qué significa eso de no dormir lo suficiente? ¡Hay que descansar! Que luego la mente y el cuerpo no funcionan correctamente. Te lo dice Carcciola. wink.gif
Y yo te lo agradezco en el alma, pero eso "está ahí" y puedes buscar muchos momentos de paz o tranquilidad que no te roben horas de sueño.

Y en tercer lugar: ¡Bien hecho Quique! smile.gif Las preguntas trascendentales que no tienen solución inminente, más vale pasarlas rápido. Y si encima es paseando por el Museo de Mercedes... ¡ni te cuento!
No me extraña que Caracciola estuviera enamorado de "los peques" de Trípoli. Qué bonito es... Me gustaría tenerlo un día en chiquitín, a escala.

Publicado por: Ferrari F399 el Oct 10 2008, 09:51 AM

Pues sí que son bonitos los Mercedes "Trípoli", no recordaba haberlos visto nunca (o al menos no tan bien -gracias Quique A-), pero sí recordaba la bonita historia de su inesperada victoria (aunque vencieran a los Alfa de la Scuderia Ferrari). ¿Alguna foto de estos últimos? (que también eran bien bonitos) wink.gif

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 10 2008, 10:52 AM

Hola a todos.

El Alfa al que se refiere Ferrari F399 es el tipo 158:



En la fantástica página de Leif Snellman se pueden encontrar los datos de la carrera:

http://www.kolumbus.fi/leif.snellman/gp392.htm

Esta foto no viene a cuento (es Herman Lang en 1.937) pero se ve el trazado del circuito entre las palmeritas:



Saludos.

Publicado por: Ferrari F399 el Oct 10 2008, 11:20 AM

¡Gracias Quique A!

Y gracias también por recordarme la página de Leif Snellman, que hace que no la visito (altísimamente recomendable).

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 10 2008, 04:07 PM

¡Hoygan! ¡Que tenemos un video!

http://es.youtube.com/watch?v=KEtz-wzbs9Y

En el minuto 6:00 puede observarse la cojera de Rudi.

Saludos

Publicado por: Raquel el Oct 10 2008, 04:28 PM

Sin palabras, QUIQUE. smile.gif (creo que sería incapaz de decirte nada... bufff... )

¡Ah, sí! ¡Una cosa!: "hoygan" no se escribe así... laugh.gif laugh.gif laugh.gif Menos mal que con eso me "salvo" y se me pasa la emoción y las lágrimas. smile.gif

¿Lo digo? ¡Sí!: GRACIAS.

Publicado por: Ferrari F399 el Oct 10 2008, 04:57 PM

ohmy.gif

¡Madre mía! ¿De dónde sale ese vídeo? ¿Es de un documental mayor sobre toda la Golden Era? Quiero tenerlo... necesito tenerlo...

(Gracias Quique A otra vez).

Publicado por: Raquel el Oct 10 2008, 05:04 PM

CITA(Ferrari F399 @ Oct 10 2008, 03:57 PM) *
ohmy.gif

¡Madre mía! ¿De dónde sale ese vídeo? ¿Es de un documental mayor sobre toda la Golden Era? Quiero tenerlo... necesito tenerlo...

(Gracias Quique A otra vez).



Yo también!!!!!

Es que es impresionante... ohmy.gif
Si me llegan a decir hace un tiempo que hubiera podido ver "esa carrera" en acción y movimiento, no me lo hubiera creído...

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 10 2008, 05:47 PM

Curiosidad:

El record de velocidad obtenido por Rudi el 28 de enero de 1.938 (432,7 km/h) en la autobahn Frakfurt - Darmstadt con el W125 Rekordwagen sigue hoy vigente como la mayor velocidad registrada en una carretera pública. ohmy.gif






Publicado por: salome el Oct 11 2008, 03:17 PM

CITA(QUIQUE A. @ Oct 10 2008, 05:07 PM) *
¡Hoygan! ¡Que tenemos un video!

http://es.youtube.com/watch?v=KEtz-wzbs9Y

En el minuto 6:00 puede observarse la cojera de Rudi.

Saludos



Un gran video Quique, y solo lleva subido a youtube 4 dias!!!! ¡¡¡Que fantásticas carreras y que fantásticos coches!!! es muy emocionante verlos en movimiento.....

Publicado por: Raquel el Oct 14 2008, 10:47 AM

Estaba loco de contento por ver que, después de aquel intervalo de doce años, era capaz de aguantar una carrera de mil millas sin acusar fatiga.

CAPÍTULO XXVIII



Pasamos en Suecia el verano de 1950. A finales del mismo, el doctor Haspel me escribió diciéndome que en septiembre se reanudarían los entrenamientos en Nürburgring. Existían posibilidades de que pudiéramos tomar parte en la prueba de Argentina, con los coches tres litros de antes de la guerra. Me preguntó si estaba dispuesto a volver a correr.

¡Naturalmente que estaba dispuesto! Estuvimos allí a primeros de septiembre. Llovía. Volver a ver aquel país me llenó de alegría. El restaurante era tan cómodo como antes, y por la tarde Neubauer contó historias. También vinieron Hermann Lang y su esposa Lydia; Fritz Riess, con su esposa también, y un miembro nuevo de la familia de pilotos: Kart Kling.

Cada uno de nosotros dio tres vueltas al circuito. El automóvil de entrenamiento era tan pesado como un tronco. ¿De veras habíamos participado con “aquello” en un Gran Premio? ¿Quizás doce años antes? La pista era mala y resbaladiza; principalmente por los baches llenos de hierba y musgo, cosa que no era mucho de extrañar dado el tiempo que había permanecido abandonada. Solamente se habían corrido allí algunas pruebas para automóviles deportivos, pero éstos no pasaban por los mismos virajes que los de carreras. De repente tuve náuseas. Paré, bajé y me fui a sentar en mi automóvil. ¿Qué podía significar aquello? ¿Era aquel pesado coche o bien era yo? Probé a volver a conducir, pero me encontré enfermo. Se hacía evidente para todos los demás. Fui a nuestro hotel, subí a la habitación y deseé haber muerto. Baby vino tras de mí.

- Escucha, Rudi – me dijo -. También Kling y Lang estaban muy pálidos cuando dejaron el automóvil. Lang dijo: “No volveré a conducir este cacharro nunca más; apesta y me pone enfermo”. Y, efectivamente, no ha vuelto a conducirlo.

Es verdad – pensé -. Los gases del tubo de escape eran penetrantes. Sería necesario decírselo a Neubauer. Precisaría corregirlo.

Verdaderamente aquello era un efecto del automóvil. Nos puso enfermos a todos. Nadie quería admitirlo, era natural que el automóvil tuviese la culpa.

La carrera de Argentina no fue un éxito. Aunque mis compañeros se enojaron por mi negativa a conducir, me alegró no correr en uno de aquellos viejos Grandes Premios en aquel clima tan duro.



Mercedes progresaba con pasos de gigante. El doctor Haspel sólo llegó a ver el principio de la fabulosa realización a que él había contribuido de una manera decisiva. El 6 de enero de 1952 murió en un repentino ataque, después de haber pronunciado uno de sus fascinantes y festivos discursos ante varios dirigentes de la empresa.

El doctor Haspel era un hombre lleno de ingenio y variados talentos. Amaba la belleza. Entendía de música y coleccionaba libros raros. Era cazador entusiasta y un buen aficionado a la fotografía. Sabía conducir a los hombres. Todos los empleados de la casa estaban a su lado, y algunas veces el comité obrero recurría a él para solucionar los más arduos problemas.

Amaba a su hermosa y elegante mujer, que dirigía su hogar con exquisito gusto y cuidado. Amaba también la vida; los cigarros fuertes, los vinos generosos. Creía que su fortaleza no tenía límites. Lo que él era capaz de hacer en una hora, era trabajo de un día completo para los demás. Intervenía en todo lo que pasaba en la empresa.

Medio año después de su muerte, murió también su esposa Bimbo. Se podía afirmar que murió de tristeza.

- Rudi – me dijo cuando fui a verla después de la muerte de su marido -, me hubiera gustado tanto ir envejeciendo a su lado.



Aquel año, bajo la dirección técnica de Fritz Nallinger, el ingeniero jefe Rudolf Uhlenhaut construyó el automóvil deportivo más ligero y más fascinador de todos los que jamás se habían construido: el 300 SL Mercedes.

La puerta del automóvil se abría hacia arriba, particularidad que produjo muchos comentarios. Esto creaba serias dificultades en las pruebas para automóviles deportivos, pues los reglamentos no aceptaban aquella peculiar forma de abrir la puerta. Creo que fue otra vez Neubauer quien encontró la solución:

- En ninguna parte se dice que una puerta sólo pueda abrirse lateralmente.

Como era costumbre, ganó.



En mayo de 1952 tomamos la salida con el 300 SL en la carrera de las Mil Millas de Italia. Primeramente realicé el recorrido con mi automóvil de turismo; después reservé una etapa a buena velocidad a pesar del intenso tránsito en las carreteras italianas. La carrera se efectuaba en sentido contrario que en 1931, pero me acordaba muy bien de los tramos peligrosos.

- Ahora llegaremos a un paso a nivel – decía Baby, por ejemplo.

Yo echaba un vistazo al cerro siguiente y respondía:

- No: está situado detrás de la pequeña montaña, y hay un paso subterráneo.

Baby se asombraba.

Aun en mi propio automóvil, corrí de prisa aquella etapa. A Baby no le gustaba correr tanto; no puede prestar atención a las cosas que le interesan. A pesar de todo, tomó algunas notas acerca del circuito, y controló los tiempos que se perdían al cruzar las ciudades y pueblos. Ya llovía antes de arrancar. Centenares de automóviles tomaron la salida a intervalos de un minuto. Fui el primero en salir de los de mi equipo. Después lo hizo Kling; luego Lang. En aquella mojada y resbaladiza carretera, Lang chocó contra un mojón, a 50 km de la salida, y tuvo que abandonar.

En la larga recta que existe antes de Ancona, en el Adriático, vi por mi espejo retrovisor cómo aparecía uno de nuestros Mercedes. Era King. Me pasó. Creo que iba unos 15 km/h más de prisa… No existen milagros en una recta. Cada uno saca lo que puede de su automóvil. Nuestros tres automóviles, ¿no eran idénticos?

Kurrle, mi copiloto, permanecía a mi lado. Era tan grande y fuerte que apenas podía moverse en su asiento. Después de Pescara, donde la ruta abandona el mar y se adentra en las montañas para dirigirse hacia Roma, el motor empezó a calentarse demasiado. Kurrle señalaba al termómetro. Ya me había dado cuenta, pero no había ningún sitio donde parar. Era necesario encontrar alguna estación de servicio, pero una donde hubiese una lata de agua a la vista. Kurrle no hacía más que señalar al termómetro. Bien, paramos. Pusimos agua y arrancamos nuevamente. Dos veces más tuvimos que parar y volver a echar agua al radiador.

A pesar de aquellas pérdidas de tiempo, llegamos a Brescia bien situados. Nos clasificamos cuartos. Bracco ganó la prueba; Kling fue el segundo. No sentía ni pizca de cansancio. Estaba loco de contento por ver que, después de aquel intervalo de doce años, era capaz de aguantar una carrera de mil millas sin acusar fatiga.

Aquel automóvil se conducía con suma facilidad. La dirección era precisa y suave. Era una espléndida aventura seguir carreras en un automóvil tan lujoso como aquél.

Recordé aquel nervioso y tranqueteante volante del pesado Mercedes de 2000 kilos, tipo sport, con el que gané la misma prueba en 1931, por carreteras pedregosas y polvorientas. ¡Dios mío, cuánta diferencia! Realmente era maravilloso el progreso realizado desde entonces por la industria del automóvil.

Más tarde supe que tanto a Lang como a Kling se les habían asignado dos automóviles más rápidos, de modelo más reciente, y que el mío era más lento y, según ellos se figuraban, más seguro. Me disgustó todo aquello. Hubieran debido dejarme escoger. Me encontraba tan en forma que hubiese insistido en guiar, junto con Lang, uno de los más rápidos.

Publicado por: accitano el Oct 14 2008, 11:48 AM

Impresionante "El Vídeo", Quique A.!!

Viendo este espectacular documento uno se da cuenta que en el fondo, no ha cambiado todo tanto desde hace más de 50 años. Las sensaciones que uno experimenta al ver Trípoli 1937 no distan mucho de las de esta semana.

Impresionante el Topic, Raquel -y Ayrton wink.gif -!!!!

Muchísimas gracias, estas son las cosas que hacen especial este foro. No me quiero imaginar lo que pasará el día que alguien encuentre una foto de Caracciola con Anatol. laugh.gif laugh.gif

Publicado por: Raquel el Oct 14 2008, 12:04 PM

Gracias, Accitano. smile.gif

No, yo tampoco me lo quiero imaginar... laugh.gif

Vaya "susto" me llevé ya el otro día al girar una página de la revista F1 Racing y encontrarme una foto de Mike Hailwood con un chimpancé - bueno dos, uno era copiloto-, en un curiosísimo y divertido artículo: "LOS MAYORES GRANUJAS DE LA F1" (nº 116).

Es que Caracciola y yo ( biggrin.gif ) coincidimos incluso en eso: en nuestra "mascota" de la buena suerte...

Publicado por: tenista el Oct 14 2008, 01:23 PM

Una vez mas, mil gracias Raquel.

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 15 2008, 04:35 PM

Gracias por el capítulo, Raquel.

No me resisto:





http://www.emercedesbenz.com/Jul08/03_001238_eMercedesBenz_Feature_The_1952_Mercedes_Benz_300_SL_Racing_Sport_Coupe.html



"La corsa piú bella del mondo"

Publicado por: Verb el Oct 16 2008, 01:21 PM

Quique no paras de asombrarme, que facilidad para moverte por lared y encontrar documentos tan asombrosos, el video es francamente alucinante y ahora complementar el capítulo de Raquel con esas increibles fotos (itinerario de la carrera incluido) me deja sin palabras. Gracias a los dos. Guardo momentos especiales (cuando se que podré leer pausadamente y saborear los matices) para leer cada capítulo nuevo y nunca me defrauda. A esperar el siguiente capítulo...

Publicado por: Verb el Oct 17 2008, 05:42 PM

Por cierto Quique, podrías conseguirme mas información acerca de "La corsa piu bella del mondo"? Es que tengo muchísima curiosidad por saber como se corría semejante carrera. Mil millas por carreteras convencionales ¿cómo harían para conocer el trazado? ¿Se hacia por etapas y se sumaban los tiempos como en los rallys o era de forma ininterrumpida?¿Un sólo piloto o se relevaban? ¿como se hacían los cierres de tráfico? De verdad que según iba leyendo el último capitulo no paraba de darle vueltas.

Publicado por: Raquel el Oct 18 2008, 08:09 PM

Verb, aparte de que QUIQUE seguro te podrá encontrar muchos datos sobre esas curiosidades que le planteas, no sé si viste o pudiste llegar a leer toda la estupenda información que fue aportando murra en el tópic sobre EL MARQUÉS DE PORTAGO, con motivo de la conmemoración de los 50 años de su muerte:

http://www.pedrodelarosa.com/foro/index.php?showtopic=3034&st=40

En la página que te pongo el enlace, podrás ver cómo relata "LA MILLE MIGLIA DE 1957".

También, en capítulos anteriores, Caracciola narra su victoria en la carrera de 1931, con el Mercedes SSK (el famoso "elefante blanco" wink.gif ).

Vamos al penúltimo capítulo:

Pude sentirlo; mi pierna izquierda estaba arrancada.

CAPÍTULO XXIX



Antes de la fecha de la celebración de las 24 Horas de Le Mans, estaba señalada en Berna una carrera de poca duración de automóviles deportivos. El tiempo destinado a entrenamientos era muy breve. La parte del león, naturalmente, se la llevaban los bólidos de la Fórmula 1. Cuando estuvimos preparados para la salida había transcurrido mucho tiempo, por lo que solamente pudimos dar dos o tres vueltas, o sea, demasiado poco para poder descubrir algún punto débil.

Desde la salida me coloqué en primera posición. Aquellos momentos parecían iguales a los de hacía tantos años… Encontraba solamente al faltar el zumbido persistente de los compresores que entonces usábamos.

Daetwyler, el conocido piloto suizo, había sido el que había obtenido tiempos más rápidos con su 4 litros Ferrari. Sin embargo, me pareció que en el momento de la salida, por el nerviosismo, había manejado el cambio rápidamente. Quizás por eso el automóvil hizo “hup” y se quedó parado.

Durante la segunda vuelta, mi automóvil empezó a comportarse mal. Si frenaba, derrapaba. Una y otra vez intentó escaparse a mi dominio. Aquello provenía de los frenos. Pero no había tiempo para parase en el box, pues la carrera era demasiado corta. Era mucho mejor dejar que me pasaran mis compañeros de equipo y tomármelo con un poco de calma. Lo principal consistía en poder llegar al final y así ser cuatro Mercedes vencedores.

Fui, pues, conduciendo de una manera conservadora, pero con seguridad, frenando tan poco como podía. En la vuelta decimotercera, cuando iba a unos 160 km/h, derrapé al salir de una larga curva, y al empezar otra el automóvil se encabritó. La rueda posterior izquierda estaba bloqueada. El freno se había clavado. El automóvil, con la obstinación de un tanque, se dirigió hacia un árbol. Hice lo que pude porque fracasara en su intento.

El árbol cayó, partido por el terrible impacto, en medio de la pista. El momento del choque se ha borrado de mi memoria. Tan sólo recuerdo el esfuerzo que hice con mi pierna izquierda contra el piso del automóvil, al mismo tiempo que, con todo mi vigor apartaba de mí el volante para impedir que de nuevo se magullase mi cadera derecha.

El automóvil quedó convertido en chatarra. Pero Uhlenhaut debió de estar satisfecho de ver que el chasis tubular había resistido perfectamente aquel tremendo golpe. No se podía pedir una mejor prueba de su resistencia.

Cuando llegaron los practicantes de la ambulancia, ya había recobrado el conocimiento. Pude sentirlo; mi pierna izquierda estaba arrancada. Los camilleros me extrajeron del automóvil con mucho cuidado. Me extendieron en una camilla, dispuesta en una motocicleta, y a través del bosque me llevaron a la tienda de socorro de la Cruz Roja.

Entretanto, cinco hubieron de detenerse ante aquel obstáculo que les había puesto, el árbol. No prosiguieron carrera hasta que, minutos después, aquel tronco fue retirado.

Mi esposa permanecía de pie en la tribuna de cronometradores, situada ante la curva de Fosthaus y las tribunas, detrás de los sacos de arena que protegían a los espectadores. De acuerdo con su cronometraje yo iba muy retrasado. Pero no creyó que aquella demora fuera debida a un accidente; muchos otros automóviles iban retrasados. Después ella y los mecánicos supieron que me había sucedido algo. Durante bastante tiempo no tuvieron una noticia concreta. Donde Baby se hallaba se percibía la voz de los locutores por los altavoces. Después, según me explicó unas semanas más tarde, un hombre fue corriendo y gritando hacia ella:

- ¡Terrible! ¡Algo terrible! Caracciola se ha fracturado el cráneo, se ha roto una pierna – y continuó corriendo y agitando los brazos.

Aquello dejó atónita a Baby. Después, como un autómata, recogió lalibreta de tiempos y el reloj y se dirigió, a través del sendero del bosque, a la tienda de la Cruz Roja. El reglamento imponía que los accidentados, vivos o muertos, tenían que pasar por la tienda de aquella institución.

Alguien la hizo subir a un automóvil y la llevó hasta la tienda. Llegó al mismo momento en que los camilleros me llevaban al interior. Alcé la mano para saludarla, para que no se alarmara tanto de verme cubierto de sangre. Una de mis heridas, en el mentón, sangraba muchísimo. Baby permaneció apoyada en el palo de la tienda mientras me quitaban la ropa. El muslo se me había hinchado enormemente y me dolía endiabladamente. Me dieron algo que me alivió un poco.

Sólo podía ver los ojos en el rostro de Baby. Todo lo demás, de tan pálido no se veía.

- Rudi, oh, Rudi… - tan sólo decía.

- Estoy muy contento – le dije -. Gracias a Dios ha sido la pierna izquierda. Es muy probable que me quede algo más corta, y por consiguiente ya no cojearé.

En aquellos momentos ignoraba que también me había roto la rodilla.

Cuando se sufre un accidente en las carreras no hay posibilidad de escoger los médicos. Acostumbran a celebrarse los domingos, y los domingos los doctores acostumbran a turnarse. Además, era costumbre que las víctimas de accidentes de carreras fueran llevadas al hospital municipal. No obstante, mi amigo Fritz Christen, presidente del club suizo de automóviles deportivos, dio las órdenes oportunas para que fuera trasladado a una excelente clínica privada.

La ambulancia me trasladó de un sitio para otro a través de los puentes situados encima de la pista. Era preciso recorrer un complicado trayecto. El asunto de las almohadas y de las mantas también era complicado. Unas pertenecían a la organización de la carrera y tenían que quedarse allí; otras pertenecían a la ambulancia. Finalmente, en el quirófano, me proporcionaron las necesarias, propiedad del hospital. Cuando uno se encuentra en aquellas condiciones, todas las mantas del mundo le importan un comino. Pero hay gente que vive pendiente por su responsabilidad por aquellas mantas…

Me pusieron un complicado aparato extensor. Un peso de unos 15 kilos tiraba de mi pierna, por medio de una media que oprimía de tal modo los dedos de los pies que aún ahora está atrofiado el dedo menor. Así tenía que aguantar inmóvil durante cuatro meses.

Todo el mundo se comportó muy bien conmigo. Recibí toda clase de ánimos de parte de amigos de todos los lados, e incluso por parte de desconocidos. Mi habitación estaba llena de flores. Al lado de la ventana se hallaba un refrigerador; la mesa de Baby estaba cubierta de cartas a las que ella respondía, trabajando hasta altas horas de la noche.

Algunas veces creí que no podría aguantar más. Un mes y otro mes transcurrieron en espera de mi restablecimiento. Al cabo de cuatro meses el doctor quitó el aparato, colocó una caja al lado de la cama y me pidió que la empujase con el pie con todas mis fuerzas. Me dolió terriblemente. El muslo empezó a hincharse. Al cabo de unas horas la fractura y el dolor estuvieron en la misma situación que cuatro meses antes.

De nuevo me pusieron una cuña en la rodilla, y de nuevo me colocaron los pesos que tiraban de mi pierna. Era imprescindible proceder a la intervención.

El famoso especialista de huesos, el doctor Gusti Preiss, fue el designado. Me trasladaron a Zurich. Antes que nada, Baby telefoneó al director general de Daimler Benz, Wagner, para informarle de la nueva situación. El director le dijo que hiciera lo necesario para mi completo restablecimiento.

- No se preocupe por el coste; procúrese el mejor médico y todos los cuidados posibles para nuestro querido Caracciola. Lo único que nos importa es poder verle, cuanto antes, lleno de salud. ¡Y cuente con nosotros!

Desgraciadamente, el doctor Wagner murió sin que pudiera verle y agradecerle sus atenciones.

El doctor que me cuidaba se disgustó por mi traslado a Zurich y porque Baby estuviese de acuerdo con mi decisión.

- Usted es responsable – le dijo – de este traslado fuera de aquí.

Baby se sobrecogió, pero en seguida se repuso y contestó:

- Cuando un hombre se encuentra en esta penosa situación, alguien debe hacerse cargo de la responsabilidad de las decisiones. Acepto esa responsabilidad.

Me escayolaron para el viaje; el yeso tardó dos días en secarse. Sentía en la pierna escayolada tal picazón que imaginaba que el yeso albergaba un enjambre de moscas.

- Por favor, Baby, rasca debajo del yeso. No puedo aguantarlo.

Mi esposa introdujo un mango del mata moscas entre la piel y el yeso y rascó por las zonas que picaban. Me produjo el alivio más maravilloso que en aquellos momentos pudiera esperar.

Una ambulancia muy moderna, conducida por un coger aficionado a los deportes, me llevó a la clínica Hirslanden, en Zurich.

El doctor Gusti Preiss y yo congeniamos desde el primer momento. Él era y es un gran deportista; lo que más le apasiona es el fútbol.

Me operó y unió la fractura con un pasador especial. Antes le pedí queme acortara un poco el hueso a fin de que la pierna quedara igual que la derecha. Dijo que no deseaba acortar tanto el hueso; pero, pese a todo, la diferencia entre mis piernas fue menos que antes.

Gusti iba a verme a diario. En cuanto llegaba al vestíbulo podía oír su ligero paso y su voz. Su visita era el momento crucial de cada día. Siempre me decía algo agradable. Era un hombre bondadoso, que sentía auténtica compasión hacia sus pacientes.

Entraba deprisa en el cuarto preguntando:

- Bien, ¿cómo se encuentra el joven campeón?

Yo me encontraba todo lo bien que puede estar uno que yace en la cama con una pierna vendada que pesa como un leño. Al cabo de cuatro semanas, el doctor Gusti me intervino en la rodilla. Esta rodilla constituía un problema. Durante aquellos cuatro meses estuvo abandonada; la fractura se había separado y los músculos se habían contraído. Aquella operación tenía que ser muy dolorosa. El doctor Gusti lo sabía muy bien.

- Sí, si, hijo mío. Solamente hay que tener un día más de paciencia. Después ya no le dolerá tanto.

Prefería que no me inyectaran calmantes si podía pasar sin ellos. La noche siguiente aún fue peor. El doctor era tan agudo que pedí a Dios que me ayudara a resistirlo. Cuando me visitó el doctor, estaba quejándome a gritos. Desde entonces empezó a llamarme “el paciente silencioso”.

Estuve cinco meses sin moverme. Por fin el doctor Gusti me hizo poner de pie. Durante aquel tiempo habíamos formado cierta especie de hogar en aquella habitación.

Había una pajarera en el balcón, colgada de modo que pudiera contemplar a los pájaros, mis huéspedes – la clínica Hirslanden está al lado de un bosque -. Los pinzones eran los pájaros más vivaces. El más interesante era un pájaro carpintero que se asía al enrejado de la jaula, se movía alocadamente y procuraba alcanzar a veces el interior. Las rojas plumas de su corona se hermanaban con el rojo de sus patitas. Sus alas estaban moteadas en blanco y negro. Algunos días iba dos veces; y cuando lo veía, llamaba a las enfermeras para que pudieran admirar sus acrobacias.

Leía narraciones detectivescas hasta muy entrada la noche, mientras Baby trataba de rebajar las montañas de cartas por contestar. Aquel era un trabajo desesperanzador, pues cada día el cartero llevaba un nuevo montón.

Los crucigramas me hicieron dolerme de mi falta de aplicación, en la escuela, por los idiomas.

Celebramos la Navidad en la clínica, con árbol y con velas. Nos visitó una familia desconocida: los padres y tres hijos. La pequeña lucía una túnica blanca llena de estrellas doradas y llevaba en la mano un diminuto árbol de navidad. El menor de los niños miraba a su hermana tan embobado como yo. El mayor recitó un poema, escrito por su padre, en que yo era el héroe, que pronto, muy pronto, volvería a correr en el Gran Premio de Berna.

De vez en cuando me visitaba el conductor de la ambulancia, y siempre me preguntaba si en Zurich se me trataba mejor que en Berna. Por lo general, a guisa de consuelo, me llevaba cherry brandy. Recibía flores continuamente; más flores, verdaderas montañas de flores.

El director Wagner me envió diez botellas de champaña rosado, y con ellas celebramos el Año nuevo de modo más extravagante que en nuestra propia casa. Baby decoró mi cama con serpentinas de colores. Celebramos llenos de alegría aquel Año Nuevo, porque tenía que ser el de mi completo restablecimiento. Brindamos por el futuro, aquel futuro en que desaparecían toda clase de yesos, vendas y operaciones.

Publicado por: Verb el Oct 19 2008, 11:55 AM

Gracias dobles Raquel, por el capítulo y por la info

Publicado por: tenista el Oct 20 2008, 09:18 AM

Se perfectamente lo que debio sentir, en una ocasion yo estube hospitalizado varias semanas y mi compañero, curiosamente, fue un amigo mio de toda la vida al que le habian colocado un peso en una de sus piernas y asi tuvo que estar varios meses. En esas pocas semanas, puedes comprobar quien son tus verdaderos amigos realmente.

Gracias Raquel. Ademas de seguir con la historia, nos recuerdas partes de nuestras vidas, que aunque duras, son agradables por las amistades que alli se hicieron.

Por cierto, ya puedes buscar otra historia para cuando acabes con esta wink.gif

Gracias, una vez mas.

Publicado por: QUIQUE A. el Oct 20 2008, 10:37 AM



Sobre las Mille Miglia hay mucha información en la red. Esta carrera ha tenido varios formatos a lo largo de su historia. En este enlace hay un resumen:

http://www.historiasdelmotor.com/2007/mille-miglia/

Se inició como una carrera a etapa única e ininterrumpida con copiloto, que más bien hacía de mecánico y evitaba que el piloto bajase el ritmo o que perdiese la concentración.

Para tener las carreteras cerradas al tráfico el menor tiempo posible, hacían partir, de minuto en minuto, primero a los coches más lentos y al final salían los más rápidos.

El primero que tuvo la idea de llevar unas notas en serio, imaginaos, ¡1.600 km en notas! fue Stirling Moss en 1.955, para ello contó como copiloto con el periodista Denis Jenkinson, el cual ideó un artilugio que era una caja con dos rodillos para enrollar las susodichas notas, o "roadbook" (digo yo, más que "book" sería el Espasa).

Si no se han agotado ya, uno puede hacerse con una réplica de este artilugio aquí:

http://www.stirlingmoss.com/roller_map.htm

Como dice Raquel, hay diversos topics en este foro que hablan de la carrera.

Aquí se habla de la edición de 1.955:

http://www.automovilsport.com.ar/historia/milmillas1955/pagina.htm

Fangio también la corrió:

http://www.jmfangio.org/gp1950brescia.htm

De la wikipedia (en inglés):

http://en.wikipedia.org/wiki/Mille_Miglia

Hoy se sigue celebrando pero bajo el formato de rally de regularidad para coches anteriores al 57:

http://www.1000miglia.eu/

Hay videos en youtube, en la mulita y en Ares, en fin, un montón de material.

Saludos, voy a leer el último capítulo que ha publicado Raquel. wink.gif


Publicado por: QUIQUE A. el Oct 20 2008, 11:41 AM

Pobre hombre ¡cuánto sufrimiento!

Parece mentira que en todas las fotos salga con una sonrisa de oreja a oreja.

Gracias por el capítulo, Raquel, cuando publiques el último sí que me va a pegar el bajón ... sad.gif

http://www.anticsonline.co.uk/l.aspx?k=18964


Publicado por: Raquel el Oct 20 2008, 01:28 PM

Pues sí, QUIQUE. smile.gif Parece mentira que la única huella en su cara sea siempre esa sonrisa. ¿Entiendes ahora por qué te lo comentaba una vez, páginas atrás? wink.gif

Creo muy sinceramente que es ese espíritu y optimismo, el no arrojar jamás la toalla que se empapa de desilusión y desespero, sino agarrarte con fuerza a lo que de verdad importa, lo que te permite hacer efectivo y cargar de sentido unas palabras: "Opino que todo ser humano puede alcanzar la meta por la que se afana. También creo que todo el que ambiciona hacer algo determinado termina por hacerlo, por muchos rodeos que haya de dar para lograrlo."


Con ellas empezaba su libro... smile.gif

TENISTA: Desde luego que SÍ. No lo dudes jamás: los AMIGOS siempre están ahí. Con lo que pueden y haciendo cuanto esté en sus manos para que, a cada rato "malo" que pases, puedas tener también una sonrisa que sólo se vive por dentro.
Y es el cariño más hermoso y desinteresado que puedas recibir.
Al fin y al cabo, tendemos a creer que "el amor" de una pareja, de tus padres, de tus hermanos, de tus hijos -si los hay-, "tiene que ser así", que hay un fondo de responsabilidad u "obligación" que manda que sea así.

En el otro caso, no. ¡Eso es lo que hace tan hermosa y noble la amistad! smile.gif Y los verdaderos amigos lo son para siempre. Pase lo que pase.

A vosotros GRACIAS. smile.gif

Publicado por: Verb el Oct 20 2008, 04:38 PM

Muchísimas gracias Quique. Es que soy bastante zoquete en lo de buscar información en internet. Que pasada de aparetejo el del sr. Moss 1700 Kmde notas, que a la postre, pese a varias salidas de pista le sirvieron para marcar el mejor tiempo de la historia de la carrera. Leyendo los relatos te invade una sensación extraña (al menos para mi). Es como si leyera un libro de aventuras fantásticas como los que leía de chaval. Lo que lees son gestas históricas dificil de creer que hayan sido realizadas por hombres. Que bonito sería que siguiese disputandose una carrera de este estilo (con las pertienentes medidas de seguridad, obviamente)

Publicado por: juan lobo el Oct 20 2008, 07:06 PM

Raquel, gracias por tu trabajo. Como llevaba tiempo sin pasar por aquí me he encontrado con el regalo de varios capítulos seguidos y además complementados con la documentación gráfica de Quique. Es una pena que sólo quede el último capítulo. Enhorabuena.

Publicado por: cies el Oct 21 2008, 07:53 AM

eso sí que eran circuitos y no los del tijeras Tilke

Publicado por: Ferrari F399 el Oct 24 2008, 04:43 PM

¡Gracias por el tópic! Es una gozada. Que no decaiga.

Publicado por: PEDRO_2008 el Oct 28 2008, 12:54 PM

Bueno no tiene nada que ver con el Tópic, pero para hacer un poco más amena la espera hasta el finde, os dejo un principio de libro que empecé a escribir hace muchos años y ahí se quedó!!!! Igual algún día lo termino!! JEJE

Espero que os guste!!!!

... Vamos con un tema de Leño. Por una vez el despertador estaba tocando los condones a las 11 de la mañana con algo que agradecer, no como todos los días anteriores levantándome y escuchando como puedes ser más dinámico en tu trabajo, más simpático con el prójimo y como tener una cara de felicidad y de seguridad; parece que iba a se un día diferente, que a ser el día que encontraría un curro o el día que me iba a tocar el número de los ciegos que siempre le compro a Carlos "el ciego", a más de los dos taleguitos de chocolate que siempre me tiene guardados, que por cierto ya le debo cuatro, -va!- y estos dos seis, o el día que iba ha encontrar un piba que me resolviese todos mis problemas, de hecho fue así, una piba fue la que me saco de mis problemas, pero... Os cuento.
Como todos los días baje al bar de debajo de mi casa a tomarme un cortadito y me senté en el mismo taburete recubierto de cuero rojo, vi las misma paredes amarillas impregnadas de nicotina, apoyé las manos en la barra intentado no tocar la mierda que se acumulaba en el rebajo de la barra y ví a la misma gente de todos los días, que siempre están a la misma hora, la vieja loca que te comía la cabeza diciendo que era descendientote de Agustina de Aragón y que la iba a abducir los extraterrestres, o Antonio, Manolo, su hermano Paco y Juan "El diente", cuatro jubilados que después de haber cotizado un montanazo de años solo vivían para jugar la partidita al Mus y recordar viejas historias. También estaba "El Ciego" que parece que me huele y siempre grita cuando entro en el bar:
-Que paza Lui haber zi un día te haces millonario uy me llevas con tigo a hincarla a Cuba.
Menudo cabronazo, me decía a mi eso cuando el muy perro se follaba cada noche a la Sra. Luisa, la dueña del bar, una jodida viuda con los dientes más negros que la plancha de los bocatas, que son pensaba en el pene del ciego y el jodido dinero.
Deje caer veinte cocos contra la barra, y mientas no se había terminado el ruido que produjo ya estaba la viuda en frente mío cogiendo la moneda.
- Que, un cortado como siempre ¿no?
- Me tomé mi cortado y me acerque a ver a Carlos a hacerle la habitual compra.
- Que hay Carlos?...a ver si un día me das un numero que toque ¿no?.
- Anda cállate y toma haber zi te toca y cambias un poco de vida.
- Pero que vida voy a cambiar Carlos; toma aquí van cien duros no te equivoques.
- Y que paza con las zeis mil cucas ¿eh?.
Mientras me preguntaba por lo que le debía, el ciego me daba el cambio y una piedra de hachís que tenía muy buena pinta.
- Tranqui que esta tarde te las doy, que tengo que cobrar un par de semanas que estuve en el supermercado del cojo.
- Haber zi es verdad.
- Nos vemos Carlos.
- Ves con Dios.
Saliendo del bar escuche a Juan que me llamaba, y es donde comenzó a ser un día distinto:
- Oye Luis, ven paca que te tengo que comentarte una cosa.
Agudicé todos mis sentidos para poder entenderle y me acerque a el.
- Que quieres?
- Na, que me he enterado que buscan gente para un trabajo.
Todo esto me lo decía sin sacarse el ducados que aguantaba con el labio inferior y el único de los paletos que quedaba.
- Que clase de trabajo?.
No sé muy bien, me parece que es como de vigilancia, lo que si que sé es que te dan mucho dinero.
-Bueno y donde tengo que ir?
- Mira, ves aquellos dos hombres trajeados, que están sentados en la mesa del rincón, diles que eres la persona que buscan.
- Pero como les voy a decir así de repente eso.
- Tu hazme caso, que antes cuando he ido a sacar tabaco les escuché que necesitaban una persona joven, sin ataduras de ningún tipo, para vigilar a no sé quien un día entero, y también decían no seque de la rubia que les había dejado en la estacada, o algo así.
- Mira Juan que como sea una broa de la tuyas vas a flipar.
- Que no hombre que no.
Me acerque a los pibes que estaban sentados al lado de la maquina de tabaco y les dije:
- Perdonen, - un gordo que estaba enfrente mío me miró con una cara un poco reacia.- me han comentado que buscan un joven para trabajar.
El que me miraba, bajo la cabeza y como si yo no estuviese, comenzó a hablar con su compañero.
Yo insistí, y le volví a preguntar;
- Oiga, es verdad que necesita alguien para trabajar?
El tío siguió sin inmutarse, y pasó de mí como la mierda. Un poco cabreado ya, le pregunté por tercera vez:
- Perdone por insistirle, pero querría saber si necesitan a alguna persona para trabajar.
El de enfrente mío volvió a mirarme, y me respondió con aire de superioridad:
- Anda chaval, porque no nos dejas en paz.
Eso me toco lo más profundo de mi, y noté como comenzaba a calentarse mi cuerpo hasta que le salte:
- Perdona, bola se sebo pero a mi no me responde así ni tu ni nadie, me has entendido.
De repente dos metros de grasa se levantaron de la silla y cuando estaba a punto de meterme un cate, le agarre de los huevos con toda la fuerza que podía, entonces su colega me agarró del cuello hasta que solté mi mano. El gordo se derrumbó en la silla ,gimiendo y agarrándose los huevos, mientras se acordaba de mi madre, el otro me acercó una silla u me sentó, a la vez que calmaba a la gente del bar diciendo que no pasaba nada. Se sentó y me dijo:
- Tienes carácter si señor, -con una leve risa siguió hablando -, hacia tiempo que no veía caerle lagrimas a mi compañero.
Miré al gordo mientas su socio me seguía habando, y estaba con la cara desencajad sin poder retener las lagrimas que le invadían los ojos.
- Perdónanos por el trato que has recibido, pero queríamos asegúranos que pudieses encajar en el perfil que buscábamos.
- De que me habla, entonces esto ha sido para probarme.
- Exacto, y las has pasado con sobresaliente.
- Estoy flipando, aquí el colega se estar muriendo de dolor, y usted me esta felicitando por mi reacción, esto es una locura, me piro de aquí.
- Espérate por favor, que te aclararé lo que pasa.
No sé porque pero la curiosidad me hizo que me quedara escuchando lo que me tenía que decir.
- Me arrepentiré por quedarme a escucharle.
- Ya verás como no. Todo empezó hace un mes, mi socio y yo teníamos un negocio en nuestras manos inmejorable, por la venta de microsistemas de almacenamiento de datos a los Rusos, Americanos y a Japoneses. Lo que aviamos pensado es que nuestro contacto con ellos….
- Que contacto?
- Una rubia impresionante, ella fue la que nos hizo el salto, preparando la venta de los microsistemas a Alemanes e Iraquíes.
- Tranqui, traqui no corras tanto.
- Hasta ahora lo has entendido, ¿no?
- Si, pero relájese.
- Te lo explicaré más lentamente; como la primera venta no se ejecutó, ahora nosotros nos vemos ahogados porque ya nos habían adelantado el 50 % de la compra.
- Pues no hay problema se loo devolvéis y no pasa nada.
- Aquí está el problema, nosotros con el dinero que nos proporcionaron compramos tecnología y contratamos ingenieros e informáticos para desarrollar el proyecto, y ahora nos quieren coger de los huevos y machacarnos.
- Estoy flipando, así que le vendisteis un producto que no está fabricado?
- No es así del todo, nosotros aviamos desarrollado el proyecto a nivel teórico y necesitábamos dinero y tecnología para poder desarrollarlo, y aquí es donde entró nuestro contacto, que vendió el producto a base de meterse en la cama con cada uno de los jefes de distintos grupos, Americanos, Ingleses y Japoneses.
- Ósea que se enriqueció de una gran y dura cultura extranjera…. ¿No? Menudo putón.
- No solo de esa cultura, sino que se iba apropiando del negocio poco a poco, hasta que nos hizo el avión y les puso sobre la mesa a iraquíes y rusos el proyecto por un precio que doblaba el de los otros tres juntos.
- Haber que me aclare, entonces quinte tiene los microsistemas de almacenamiento?
- Todavía nadie, porque según nos han informado la venta tiene que hacerse hoy, pero no sabemos donde ni como, y aquí es donde entras tu.
- Eso si acepto el curro.
- Bueno aquí es donde entrarías tu, y tendrías que seguir a nuestra supuesta socia, enterarte de donde se va hacer el cambio y comunicárnoslo.
- Y si quieres me paso por la panadería de enfrente y te traigo una ensaimada.
- Estoy hablando en serio.....
- En servio o en croata!! Me da igual, tu te crees que voy a pillar un curro donde no sé si me pueden dar una paliza o me puedo meter en un lio chungo?. Anda iroa ver Leticia Sabater que ya es hora.
Al decir esto, el que hablaba con migo puso un sobre en la mesa, y me dijo:
- Aquí tienes 200000 pesetas si terminas bien el trabajo te daremos lo que falta hasta el millón, aceptas o no?
Miré el sobre, la cara del flaco y la del gordo que empezaba a ser la cara fea que tenía al principio, y me dije a mi mismo que estos dos iban en serio.........
-Si o no!
- De acuerdo lo haré.
En ese momento el gordo sacó otro sobre y me lo dio.
- Aquí tienes la foto de la mujer que debes de seguir y donde suele ir, las fotos de cado uno con lo que negociamos y la del ruso e iraquí, y .....
- Y que más teng...... Ufffffffff
Y un puñetazo que me comí, que no fue normal.
-Esto es lo que faltaba, - me lo decía con cara de satisfecho mientras yo me incorporaba y me sentaba en la silla. – ahora estamos en paz.
- En paz? Porque hay doscientos talegos en la mesa y un buen negocio sino de la paliza que te daba, ibas a quedarte como el muñeco de la Michelin, motón de mierda.
- Tranquilizaros y aguantaros un día, luego ya arreglareis cuentas.
Tras las palabras tranquilizadoras del flaco, nos levantamos de la mesa y fuimos en búsqueda de la mujer que yo tenía que seguir, íbamos en un Jaguar que no le faltaba de nada, desde chofer hasta teléfono, televisión y un montón de extras.
En el camino aclaramos los puntos que faltaban, la mujer se llamaba Sonia, tenia 25 años y era Vasca, mis socios se llamaban o se hacían llamar 1, el gordo y 2, el flaco y yo desde ahora sería el 3, una tontería del gordo y el flaco que estaban influidos por las típicas películas yanquis.

Publicado por: Verb el Oct 28 2008, 07:15 PM

CITA(PEDRO_2008 @ Oct 28 2008, 12:54 PM) *
Espero que os guste!!!!


Esto no se hace Pedro...una historia no se puede empezar y dejarla así...¿ahora qué? ¿qué son los microsistemas de almacenamiento?¿para qué los quieren los iraquies?¿se beneficiará el prota al pibón vasco? Deberias comprometerte, como mínimo a terminar la historia, aunque sea en formato relato corto. wink.gif

Publicado por: PEDRO_2008 el Oct 28 2008, 07:32 PM

CITA(Verb @ Oct 28 2008, 07:15 PM) *
Esto no se hace Pedro...una historia no se puede empezar y dejarla así...¿ahora qué? ¿qué son los microsistemas de almacenamiento?¿para qué los quieren los iraquies?¿se beneficiará el prota al pibón vasco? Deberias comprometerte, como mínimo a terminar la historia, aunque sea en formato relato corto. wink.gif



Si en estos días de frio me entra un poco la inspiración!!! lo haré!!! aunque esto lo escribi por el 1998.... imaginate!!! tambien si mi peque me va dejando!! por ahora nos deja dormir por la noche, que ya es mucho!!!!! ... ire pensando!!! blink.gif

Publicado por: Verb el Oct 28 2008, 08:09 PM

CITA(PEDRO_2008 @ Oct 28 2008, 07:32 PM) *
Si en estos días de frio me entra un poco la inspiración!!! lo haré!!! aunque esto lo escribi por el 1998.... imaginate!!! tambien si mi peque me va dejando!! por ahora nos deja dormir por la noche, que ya es mucho!!!!! ... ire pensando!!! blink.gif


Jeje te tomo la palabra! Por cierto que mi peque también es una bendita que duerme de un tirón desde que llegó a casa hace 10 meses. Al principio hasta teniamos que despertarla para comer porque si no la tia seguia durmiendo. Ell@s son lo más grande!

Publicado por: Raquel el Nov 10 2008, 03:33 PM

Con un amor tan apasionado como el que he sentido yo por el deporte del motor.



CAPÍTULO XXX



A pesar del pasador, la fractura se reducía muy lentamente. Pasé por los días de la silla de ruedas, las muletas, los bastones, los baños calientes; pero al final de todo, los rayos X descubrieron que aquel clavo de acero se había doblado en el interior del hueso. Hubo un momento de pánico, y otra vez a la silla de ruedas…

Pasé otros dos meses sentado en la silla de ruedas, pero en mi hogar. Hice tanta práctica que la manejaba con increíble soltura. Iba de una habitación a otra, y hasta de la terraza al jardín. Baby decía tener el propósito de agregar una bocina a mi vehículo de “un pie”, pues cuando menos lo esperaba, yo haría aparición en los lugares más impensados. ¡Así podría saber dónde me hallaba yo!

Un poco antes de Pascua, el doctor Preiss y el profesor Boehler fueron a Lugano, desde Viena, para celebrar una consulta. El diagnóstico fue que el paciente ya podía andar y que haciéndolo se recuperaría rápidamente.

Aquella Pascua fue para mí, en más de un sentido, de verdadera resurrección; con la ayuda de bastones, empecé a caminar con mis vacilantes y torpes piernas.

Durante el verano pasamos unas cuantas semanas con nuestros amigos Henne en su encantadora casa de campo, rodeada de flores, en el lago Starnberg. Entre los magníficos y viejos árboles, y por el aterciopelado césped que llegaba hasta la orilla del lago, pude andar sin ayuda de bastones.

Agua y sol, paseos en canoa, contemplar cómo los demás nadaban y esquiaban por el agua; poco a poco se esfumaba en aquel bello paraje la memoria de mis sufrimientos.

Un año después, el doctor Gusti Preiss me extrajo el pasador y me lo entregó ceremoniosamente como trofeo final de mi tan variada carrera.



Han pasado cinco años. Hubiera sido terrible para mí haber quedado apartado de las carreras si la Mercedes hubiese continuado participando.

Pero aquellos decisivos años pasaron sin mucha tristeza. El destino la apartó de mí.

A veces rememoro los grandes, los magníficos días del deporte de las carreras, aquéllos en que en una misma prueba se alineaban seis o siete pilotos, cada uno de los cuales era capaz de vencer.

La única pasión de mi vida ha sido correr con automóviles, ser una fracción de segundo más rápido que los demás. No obstante, puedo asegurar que ni por un momento creí pertenecer a la lista de hombres que han popularizado el automóvil. Empero, de no haber sido por las carreras de automóviles no podría ni pensarse en el rápido progreso de del automóvil de pasajeros. Las severas exigencias de los materiales y de todas las partes de un bólido no pueden ser sustituidas por los ensayos mecánicos en un banco de pruebas.

Pronto terminarán las pruebas en carretera, porque se aproxima a pasos agigantados un momento en que la densidad del tránsito las hará irrealizables en absoluto.

El público se inclina a pensar que los automóviles han alcanzado la perfección; pero los técnicos y los ingenieros miran mucho más allá en el futuro y trabajan sin descanso por el perfeccionamiento de un invento que tanto ha influido en la existencia de la humanidad.

Si con esta profesión, propia para romperse la cabeza, y con las experiencias técnicas atesoradas en tantas carreras, he contribuido a que el automóvil sea más seguro y digno de confianza, mi vida detrás del volante ha tenido un significado más hondo que un simple afán de correr.

Pese a algunos malos momentos, la vida ha sido buena para mí. Pocos muchachos han tenido una infancia tan feliz como la mía en Remagen, a orillas del Rhin.

Pocos pilotos han tenido la suerte de salir con vida de montones de metal aplastado, y poquísimos han tenido el privilegio de trabajar en su profesión, desde la primera juventud, con un amor tan apasionado como el que he sentido yo por el deporte del motor.

Claro que donde hay sol también hay sombras, pero con el paso de los años las sombras se desvanecen en la memoria y solamente persiste lo hermoso, lo bello.

Ya no conduzco bólidos, porque “todo aquí es temporal y bajo el cielo todas las cosas tienen su momento”.

Mi vida es más apacible, pero mi mujercita está de nuevo ocupada haciendo las maletas. Vamos a Italia donde haremos exhibiciones del último Mercedes 300 SL; porque de todas maneras, continúo conduciendo para la estrella de tres puntas.

Publicado por: Raquel el Nov 10 2008, 03:34 PM

EPÍLOGO



La historia de la vida de Rudolf Caracciola no sería completa si no se hablase de los años que siguieron a su retirada de las competiciones, o sea, el lapso de tiempo que media entre su restablecimiento del grave accidente de Berna en 1952 y su inesperado fallecimiento en 1959. Siempre se comportó como un gran deportista, y se aproximó a la meta de la vida con la misma entereza y valentía que habían caracterizado todas sus actuaciones como piloto.

A mediados de 1955, aceptando unas proposiciones de la Daimler-Benz, Caracciola tomó parte principalísima en un proyecto especial para la venta de automóviles a los miles de militares americanos e ingleses de la NATO estacionados en Europa. Este mercado, aunque muy importante para la exportación alemana, era difícil de obtener y de explotar. La dispersión de las fuerzas, las dificultades idiomáticas, la escasez de vendedores y de vehículos para la demostración, y aun los reglamentos militares, fueron obstáculo difícil de vencer. Con su característica energía, determinación, entusiasmo y encanto personal, Rudolf Caracciola organizó y dirigió una campaña de demostraciones que llegó a todos los puntos donde se hallaban fuerzas militares, desde Trípoli hasta Oslo, desde Austria hasta Escocia. Su fama le precedía; era frecuente que los jefes de las bases del aviación suspendiesen los vuelos para hacer posibles demostraciones de velocidad en las pistas, que los oficiales y los clubs militares rivalizasen entre sí para agasajar al antigua campeón y ver películas de sus más emocionantes victorias. También los generales, pese a sus ocupaciones, encontraban unos momentos para hablar con aquel hombre de cabello gris, de amplia sonrisa y penosa cojera, a fin de recordar hechos del pasado y, bastante a menudo, dar una veloz vuelta en un Mercedes Benz 300 SL.

Por el espacio de cuatro años repletos de trabajo, aquel programa de demostraciones dio vigor a la venta de automóviles por toda Europa y contribuyó en no escasa medida a que Mercedes Benz superase en mucho su cifra de ventas. En 1959 se proyectó extender aquella productiva campaña hasta el Lejano Oriente, pero el destino no quiso permitirlo.

Desde principios de aquel año, el campeón no se encontraba bien. Las revisiones médicas que se le hicieron no dieron con la causa de su malestar, por lo que, haciendo acopio de voluntad y despreciando su comodidad personal, Rudolf Caracciola visitó en abril y mayo las bases norteamericanas en Inglaterra. Es significativo que dijera a algunos amigos que quizás no estaría con vida al siguiente año. En junio visitó las fuerzas inglesas estacionadas en el norte de Alemania y, como era corriente, fue recibido allí como un verdadero héroe. Poco tiempo después, un ataque de ictericia demostró la gravedad de su estado, que empeoró a pesar de un tratamiento. En un hospital alemán se diagnosticó que tenía cirrosis de hígado en estado avanzado. El fin llegó muy pronto. Para él había terminado la Gran Carrera. El vencedor en más de cien Grandes Premios y en infinidad de otras pruebas había visto, por última vez, cómo descendía la bandera cuadriculada.

El destino había sido para él muy benévolo, y le permitió llevar una vida activa hasta el mismo final. Realmente, durante sus últimos años había hecho muchísimo para satisfacer su sólido deseo de servir y de ser útil, así también como para aumentar su ya enorme cantidad de amigos y relaciones por el mundo entero. Su popularidad y estima permanecieron invariables durante el tiempo que siguió a su retiro de las carreras, como quedó bien patente al mirir, cuando las flores cubrieron su tumba en los altozanos de Lugano.



ALLAN H. ZANE, Jr.

Daimler-Benz, Sttutgart, Alemania.

Publicado por: Raquel el Nov 10 2008, 03:40 PM

Hará ya algún tiempo, Ayrton se puso muy serio y me dijo:

"Las cosas importantes no se hacen, se comparten, Raquel."

Y yo me quedé sin respuesta. Por dentro pensaba...

"Bien. Tú lo has dicho."

No sé si he sabido hacerlo, pero todo cuanto he transcrito de esta autobiografía de Rudolf Caracciola tenía un propósito y una razón: DEDICÁRTELO.
Aprender a decir gracias y poder tener un abrazo con el que expresarte qué de momentos he vivido yo con "Hombres, mujeres y motores"...
Para siempre inolvidables. smile.gif

Publicado por: salome el Nov 10 2008, 03:41 PM

Estoy sin palabras, Mil gracias Raquel.

Publicado por: Raquel el Nov 10 2008, 03:43 PM

CITA(salome @ Nov 10 2008, 03:41 PM) *
Estoy sin palabras, Mil gracias Raquel.


wink.gif

Publicado por: jonrodriguez el Nov 10 2008, 03:55 PM

muchisimas gracias Raquel, todavia no he empezado a leerlo (a proposito de hecho).

ahora toca ir a la fotocopisteria a imprimirlo a encuadernarlo para poder leerlo agusto sentado en el sofa, sobretodo ahora que llega el frio con el calorcito de la manta jejejejeje

MUCHAS GRACIAS!!!!!!!!!!!

Publicado por: tenista el Nov 10 2008, 06:36 PM

Me ha emocianado el final de nuestra historia, Raquel.

Realmente no solo nos has contado la vida de un deportista, de un loco de las cuatro ruedas y la velocidad, de un piloto; sino que ademas, la histora¡a de Caracciola, nos has dado una leccion sobre la vida misma. Sobre como aprender de los traspies, de los sinsabores, de las alegrias y las penas; pero sobre todo, de la personas. De ciertas personas, que por mas que se hundan siempren encuentran un cabo al que agarrarse para decir a la vida aqui estoy yo.

Solo me queda darte las gracias por tan increible relato y dejo en el aire una pregunta,..........

¿Ahora que?

Publicado por: Raquel el Nov 10 2008, 07:08 PM

CITA(tenista @ Nov 10 2008, 06:36 PM) *
Me ha emocianado el final de nuestra historia, Raquel.

Realmente no solo nos has contado la vida de un deportista, de un loco de las cuatro ruedas y la velocidad, de un piloto; sino que ademas, la histora¡a de Caracciola, nos has dado una leccion sobre la vida misma. Sobre como aprender de los traspies, de los sinsabores, de las alegrias y las penas; pero sobre todo, de la personas. De ciertas personas, que por mas que se hundan siempren encuentran un cabo al que agarrarse para decir a la vida aqui estoy yo.


GRACIAS a ti, Tenista. smile.gif

Hay que ver qué bien has cogido el cabo. wink.gif

Publicado por: tenista el Nov 11 2008, 06:39 PM

Raquel no me has respondido, ¿y ahora que?. Tendras que buscarnos otra historia, algo, no nos puedes dejar aqui......

Publicado por: QUIQUE A. el Nov 14 2008, 06:41 PM

¡Buffff! ¡Por fin tengo dos minutos para escribir!

Pues nada, que esperaba con muchas ganas este último capítulo y que quería darte un millón de gracias, Raquel, por traducirnos este precioso libro, ha sido algo fantástico.

P.D. 1: No seas así, tenista, laugh.gif yo creo que Raquel se tiene bien merecido un descansito, a ver si entre todos se nos ocurre otro tema chulo, así tipo "nostálgico". smile.gif

P.D. 2: Cuando salió el penúltimo capítulo me puse a escribir estas líneas, a ver qué os parece. Un abrazo.



Rudolf Caracciola, descendiente del Príncipe Bartolomé Caracciolo de Nápoles (que en el s. XVII había conquistado el castillo de Koblenz y cuyos descendientes acabaron diseminándose por Alemania), nació el 30 de Enero de 1.901 en Remagen, una pequeña ciudad a orillas del Rhin:





Caracciola es el benjamín:





El hotel de la familia:





En 1.945 la aviación alemana destruyó el puente que allí existía para frenar el avance aliado:









Monumento a Rudi en su ciudad natal en conmemoración del centenario de su nacimiento:





Tiene inscrita una cita de Neubauer: "En mi opinión, de todos los pilotos del mundo, Caracciola fue el más grande."


Publicado por: QUIQUE A. el Nov 14 2008, 06:42 PM

La casa donde nació es hoy una clínica:

http://www.praxis-drkloft.de/index.html





Caracciola falleció el 28 de Septiembre de 1.959 en Kassel, víctima de una enfermedad hepática, contaba 58 años. Su médico, el profesor Kalk, trató también a Evita Perón.



En Kassel precisamente había ganado la edición de 1.925 de la carrera de subida de montaña que allí se celebraba.



Este es hoy el Klinikum de Kassel:





Cuando murió, su viuda donó la mayor parte de sus trofeos a Tony Hulman, que había asumido los gastos de la atención sanitaria de Rudi tras el accidente en Indianapolis. Trofeos que están hoy en el museo del autòdromo:







Alice y Rudi descansan en el cementerio de Castagnola (Lugano):










Publicado por: QUIQUE A. el Nov 14 2008, 06:42 PM

El famoso "Caracciola - Karussell" del Nordschleife que lleva su nombre:







El "Baby Karussell":





Rudi también era conocido como "Regenmeister" (Maestro bajo la lluvia).





En 1.998 pasó a formar parte del International Motorsports Hall of Fame:

http://www.motorsportshalloffame.com/main/03_halloffame.htm








Publicado por: tenista el Nov 14 2008, 09:43 PM

ohmy.gif Muchas gracias Quiaue.

Publicado por: Raquel el Nov 22 2008, 10:58 AM

QUIQUE:

Me siento muy avergonzada.
No había visto las últimas contribuciones que has dejado posteadas en este tema, y por ello, no te había dicho nada ni dado las gracias. sad.gif

Anoche, muy tarde (tienes un MP wink.gif ), buscaba algo que habías aportado en otra ocasión y vine a mirar el topic. Me quedé estupefacta. ohmy.gif Cómo imaginarme todo esto...

Me cuesta saber qué decirte porque el sentimiento de "culpa" o vergüenza ante mi falta de respuesta hasta ahora se mezcla con una preciosa sensación de emoción muy sincera. ¡Qué maravilla! smile.gif

Eres increíble, Quique. Ya no sólo por los datos a fotografías que parece que sacas como un mago de la chistera en el mejor momento, sino por la forma tan bonita en que lo has expuesto.
El dibujo a tinta de su perfil me ha encantado hasta límites que no sospechas. wink.gif ¡Cómo me gustan este tipo de pinturas!

En fin, que por vueltas que le dé no creo que consiguiera poder expresarte las GRACIAS como desearía.
He sido muy feliz transcribiendo este libro. Y he sido muy muy feliz descubriendo en el asombro cosas que jamás imaginé que pudiera llegar a verlas o conocerlas tan de cerca.

Yo siempre decía: "es que Caracciola em té el cor robat" (me roba el corazón), expresión que uso siempre en catalán porque suena más bonita; pues ahora mucho más, te lo aseguro.

GRACIAS, Quique, por todos estos fabulosos momentos. smile.gif

Un abrazo fuerte, sincero y lleno de cariño.

Publicado por: QUIQUE A. el Nov 24 2008, 08:58 AM

CITA(Raquel @ Nov 22 2008, 10:58 AM) *
He sido muy feliz transcribiendo este libro. Y he sido muy muy feliz descubriendo en el asombro cosas que jamás imaginé que pudiera llegar a verlas o conocerlas tan de cerca.

Yo siempre decía: "es que Caracciola em té el cor robat" (me roba el corazón), expresión que uso siempre en catalán porque suena más bonita; pues ahora mucho más, te lo aseguro.


La felicidad ha sido leerte. wink.gif


EDITO: Con las prisas se me olvidó dar también las gracias a Rudi:

"Si con esta profesión, propia para romperse la cabeza, y con las experiencias técnicas atesoradas en tantas carreras, he contribuido a que el automóvil sea más seguro y digno de confianza, mi vida detrás del volante ha tenido un significado más hondo que un simple afán de correr."

Publicado por: QUIQUE A. el Nov 24 2008, 05:15 PM

No sé si conocéis esta película: "The Titans. 1935-1939".

Es de la Shell, dura 32 minutos y yo me lo pasé pipa viéndola. Creo que es imprescindible.

Saludos.

http://rapidshare.com/files/107114018/History_of_Motor_Racing_1935-1939.part1.rar

Publicado por: salome el Nov 24 2008, 09:41 PM

Quique, puedes poner el enlace a la siguiente parte?, al descomprimir pide la parte 2, no se si habrán mas.

Gracias.

Publicado por: tenista el Nov 24 2008, 10:57 PM

Y de paso, que alguien me enseñe a descomprimir la primera laugh.gif

Publicado por: Raquel el Nov 24 2008, 11:33 PM

Tenista, si una vez descargado le das a esa "capeta" sobre el botón derecho, te aparecen varias opciones. Elige "extraer ficheros" y se descomprimirá.
Pero ocurre ahora como dice Salomé, que no te permite la extracción porque pide una 2ª parte. wink.gif

A ver si puedes subir ese enlace, Quique.

¡Muchas gracias! smile.gif

Publicado por: QUIQUE A. el Nov 25 2008, 06:42 PM

Perdonad la tardanza en contestar.

Mejor os pongo el enlace:

http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/1194924/Carreras-hist%C3%B3ricas---Fangio-y-m%C3%A1s.html

Yo descargué la 1ª parte, la descomprimí bien y la reproduje bien. Es una película completa de 32 minutos: al final pone "Fin", los créditos, etc.

Descargué la 2ª parte y al descomprimirla sí me dio errores.

No sé qué deciros ... sad.gif

Publicado por: tenista el Nov 25 2008, 07:28 PM

Gracias Raquel, ya lo he bajado. Ahora, a probar los nuevos enlaces que ha puesto Quique wink.gif

Publicado por: QUIQUE A. el Nov 26 2008, 01:03 PM

Al final, ¿qué?

¿Va la peliculita o no?

¿La habíais visto ya?


Publicado por: Raquel el Nov 28 2008, 10:28 AM

CITA(QUIQUE A. @ Nov 26 2008, 01:03 PM) *
Al final, ¿qué?

¿Va la peliculita o no?

¿La habíais visto ya?



Ahora sí la he podido descargar bien, Quique.
¡Fantástica! smile.gif Sólo me ha dado tiempo de ver ahora más o menos la mitad (hasta el minuto 16).
Qué gozada, como era de esperar, ver esas luchas de Caracciola y Nuvolari... En fin, todo lo que me ha dado tiempo de ver con cierta calma. wink.gif

Muchísismas gracias. smile.gif

Publicado por: Verb el Nov 28 2008, 10:47 AM

Gracias Quique

Llevo unas semanas desconectado y acabo de ver esto! ohmy.gif ohmy.gif ohmy.gif

Impresionante documento, no tengo palabras para darte las gracias por rescatarlo y enseñarnoslo

Publicado por: tenista el Dec 1 2008, 01:03 PM

No se si ya estaba puesto, pero por si acaso....... espero que os guste, a mi me ha encantado.

http://www.youtube.com/watch?v=rW3LqAfnGz8&fmt=18

Publicado por: QUIQUE A. el Mar 11 2009, 11:48 AM

Buenas a tod@s.

Resulta que me acabo de enterar de que este año el WTCC viaja a Africa, más concretamente a Marrakech. Allí se disputará una de las pruebas en un circuito urbano.

Me he acordado de este topic porque creo que será una bonita oportunidad de rememorar las carreras que se disputaban en Trípoli hace tantos años.

También me apetecía subir el topic porque creo que lo merece. smile.gif

Aquí la página oficial del GP: http://marrakechgrandprix.com/

El plano del circuito: http://marrakechgrandprix.com/downloads/Trackmap-fr.pdf

Y para tener una imagen aérea, las coordenadas para Google Earth son:

31º 35' 21,2" N

7º 59' 15,4" O


Las carreras son el 3 de Mayo y lo dan Eurosport y Telecinco 2.

Saludos.

Publicado por: QUIQUE A. el Apr 30 2009, 08:15 AM

No se olviden uds. que este fin de semana se disputa el G. P. de Marrakech (WTCC) con sus palmeritas y todo eso.

Lo da Eurosport:

http://yahoo.eurosport.es/tvschedule_clng6_day3.shtml

Y Telecinco 2, que son tan majos que sólo ponen la programación de hoy, mañana y pasado:

http://www.telecinco.es/parrilla

No sea que les vaya a contraprogramar el canal de la tienda en casa.

Que paséis buen puente.

smile.gif


Publicado por: QUIQUE A. el May 6 2009, 08:46 AM

Hola de nuevo.

Si alguien se llevó el mismo chasco que yo: estar pendiente infructuosamente de Telecirco.2 para ver las carreras porque al final quien las dio fue Teledeporte, pues que sepa que están disponibles los torrents en la web de la pirañita.

Acabo de descargar las dos carreras y funcionan las dos.

Un saludo, a ver si esta noche puedo verlas. rolleyes.gif

P.D.: "Gracias", Vasile. angry.gif

Publicado por: COSWORTH el May 6 2009, 09:28 AM

Es que telecinco ha perdido los derechos del WTCC.

Ahora los tiene TVE. Y bueno, Eurosport.

Publicado por: Verb el Jan 14 2010, 10:07 PM

En estos momentos de tan tensa espera y con tanta gente activa en el foro he pensado que sería una buena idea rescatar alguna de las joyitas del foro. Subo esto, que es un tesoro, sin duda

Publicado por: tenista el Jan 15 2010, 02:46 PM

Sobre todo por la persona que nos mantenia engachados, al mismo. Espero que al menos este con nosotros.......

Publicado por: Raquel el Jan 15 2010, 03:22 PM

CITA(tenista @ Jan 15 2010, 02:46 PM) *
Espero que al menos este con nosotros.......


smile.gif Si te refieres a mí, Tenista - lo cual me ruboriza mucho, del mismo modo que me alegra - pues.... ¿cómo no voy a estar? Cada día. Que esté en silencio no significa en modo alguno que no siga aquí. wink.gif
Estos días el foro echa fuego: la prudencia me mantiene aún más callada. O quizás sean los nervios...

Sé que es un error, pero das por hecho que estás aquí y ni siquiera dices un "¡Hola! sad.gif (Perdón)

Hace un rato hablaba con Ayrton y me decía precisamente eso. Tiene razón. wink.gif

¡Gracias! smile.gif

Publicado por: tenista el Jan 15 2010, 03:37 PM

CITA(Raquel @ Jan 15 2010, 03:22 PM) *
smile.gif Si te refieres a mí, Tenista - lo cual me ruboriza mucho, del mismo modo que me alegra - pues.... ¿cómo no voy a estar? Cada día. Que esté en silencio no significa en modo alguno que no siga aquí. wink.gif
Estos días el foro echa fuego: la prudencia me mantiene aún más callada. O quizás sean los nervios...

Sé que es un error, pero das por hecho que estás aquí y ni siquiera dices un "¡Hola! sad.gif (Perdón)

Hace un rato hablaba con Ayrton y me decía precisamente eso. Tiene razón. wink.gif

¡Gracias! smile.gif



Un abrazo muy fuerte Raquel, me alegra que estes con nosotros y ademas se te echa de menos wink.gif

Publicado por: Verb el Jan 16 2010, 12:32 PM

CITA(tenista @ Jan 15 2010, 03:37 PM) *
Un abrazo muy fuerte Raquel, me alegra que estes con nosotros y ademas se te echa de menos wink.gif


+1

Publicado por: BITTER el Jan 26 2010, 02:23 AM

En el comunicado oficial del fichaje de José María López como piloto oficial hay una lista con los pilotos argentinos que han competido en F1:

CITA(BITTER @ Jan 26 2010, 02:13 AM) *
* Argentina's F1 Heritage – Argentines who have raced in the FIA Formula One World Championship

1) Pablo Birger
2) Roberto Bonomi
3) Clemar Bucci
4) Antonio Creus
5) Jorge Daponte
6) Alejandro De Tomaso
7) Nasif Estefano
8) Juan Manuel Fangio
9) Norberto Fontana
10) Oscar Galvez
11) Jose Froilan Gonzalez
12) Miguel Angel Guerra
13) Jesus Iglesias
14) Oscar Larrauri
15) Onofre Marimon
16) Gaston Mazzacane
17) Carlos Menditeguy
18) Roberto Mieres
19) Carlos Reutemann
20) A. Rodriguez Larreta
21) Adolfo Schwelm Cruz
22) Esteban Tuero
23) Ricardo Zunino

http://www.usgpe.com/news/us-f1-team-announces-jose-maria-lopez-as-driver-for-2010-season.html


Me preguntaba si es una casualidad o este Antonio Creus es también el Antonio Creus español que compitió en el Gran Premio de Argentina de 1960. ¿Puede haber sido una columpiada o tenía la doble nacionalidad? En f1stats.com sólo aparece un Antonio Creus y bajo nacionalidad española. Espero respuestas.

Publicado por: Ferrari F399 el Jan 26 2010, 09:34 AM

A ver si me acuerdo este mediodía y le echo un vistazo a mi libro de referencia para estas cosas (el International Motor Racing Guide)...

Publicado por: taz el Jan 26 2010, 12:57 PM

Hasta donde yo sé Antonio Creus solo hubo uno y era Español, pero a ver si va a ser un caso como el de Rosberg Aleman de padres Finlandeses o como del Aleman de madre Valenciana Frentzen

Publicado por: BITTER el Jan 26 2010, 01:27 PM

CITA(taz @ Jan 26 2010, 01:16 PM) *
ya se habla de esto en el topic de penha Rhin pero para ilustrar si ese piloto es Argentino o no leamos el propio foro
http://www.pedrodelarosa.com/foro/index.php?showtopic=5884

No entendí muy bien tu post taz en el topic de Mercado de Pilotos 2010. Yo rescaté ayer esa entrevista que se colgó en 2001 en el foro pero de ahí no se saca ninguna conclusión.

Publicado por: Ferrari F399 el Jan 26 2010, 05:07 PM

En el International Motor Racing Guide viene como español, nacido en Madrid en 1919 para más señas...

También consta como español en formula1.com así que, para mí, se trata de una errata (¿quizá porque su única presencia oficial en F1 fue en el GP de Argentina 1960?)

Publicado por: BITTER el Apr 7 2011, 12:20 AM

Os dejo una pieza histórica muy interesante, que aunque algunos conozcais, merece la pena la forma en la que está contada. Al final del post está el enlace a la fuente del artículo.

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HISTORIA Y LEYENDAS DE F1

Un tenorio al volante de un Ferrari

AMIGOFLAVIO | 05/04/2011 02:30

"Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí"

Don Juan Tenorio (José Zorrilla), acto I, escena XII

El salón principal del Hotel Ritz de Barcelona rebullía de gente aquella noche de sábado de octubre de 1948, y no solo por la clientela habitual. Al día siguiente iba a celebrarse en el circuito urbano de Pedralbes el Gran Premio de la Peña Rhin de Fórmula Internacional 1 y eran varios los pilotos que se alojaban en el hotel, lo que había atraído a muchos aficionados y curiosos con la ilusión de ver a sus ídolos de cerca. Ya era tarde y los pilotos titulares se habían retirado a sus habitaciones, así que el público se congregaba en el salón principal, donde acaparaba la atención un apuesto personaje vestido con un elegante traje de lino, que con un vaso de gin-tonic en una mano y una guapísima mujer en la otra hablaba en alta voz para todo aquel que quisiera escucharle.
.- Lo que yo te diga, si el Maserati no hubiera gripado mañana estaba en la parrilla de salida, pero yo, como Felipe II ¡no puedo luchar contra los elementos!
.- Mi amor, si así es mejor... podremos ver la carrera juntitos, desde la tribuna

La mujer se arrebujaba, zalamera, entre sus brazos.

.- ¡Julio! ¡Julio!
.- ¿Qué hay?
.- Ven inmediatamente. Sommer está con fiebre y no puede pilotar; he hablado con Tarabussi y me dice que si pones 20.000 pesetas mañana corres con el Ferrari.
.- ¿20.000 pesetas? ¡Y el doble también! ¿Será por dinero? Vamos a cerrarlo, Vargas

Julio, con los ojos brillantes, se libró del abrazo de la mujer.

.- Cariño ¿me llevarás mañana a la parrilla de salida, o vas a invitar a tu mujercita?
.- Ni a ti ni a ella, guapa; mañana solo tendré ojos para el Ferrari ¡Camarero! Todo lo que se sirva en la barra esta noche, lo apunta en la cuenta de mi habitación ¡Hoy invito yo!

Y Julio González-Pola, que tal es el nombre de nuestro personaje, salió del salón del hotel entre aclamaciones, parabienes y abrazos de la concurrencia, casi como si hubiera ganado ya la carrera del día siguiente.

El día de la carrera


El domingo Julio se presentó en el box del equipo italiano para conocer el Ferrari 125 con el que disputaría el Gran Premio. Allí saludó a los otros dos pilotos titulares de la Scudería, el multimillonario Príncipe Bira, de Siam, y un italiano, Giuseppe Farina. Como hombre de mundo, Julio cumplimentó gentilmente al Príncipe, pero simpatizó inmediatamente con el italiano, quien se presentó como Nino, el sobrino de la persona que hacía las carrocerías de los autos de Ferrari, su tío Pinín Farina. Tarabussi, el hombre de Ferrari en España, tomó la palabra:

.- Este es tu coche
.- No, este es su coche. Vargas, haz lo que te he dicho.

Y Vargas, José Juan Pérez de Vargas, el ingeniero mecánico de confianza de Pola, el mismo que le había arreglado el "fichaje" por Ferrari la noche anterior, sacó de su bolsillo un bote de pintura y trazó una franja amarilla horizontal en la portezuela del monoplaza; con el fondo rojo del Ferrari, había dibujado una bandera española.

.- Ahora sí, este es mi coche.

Tarabussi soltó una carcajada, meneó la cabeza y se dio la vuelta. Pola se dirigió de nuevo a Vargas, ahora ya más confidencialmente, mientras simulaba pedirle fuego para encender un cigarrillo:

.- Estamos de acuerdo; yo inicio la carrera y cuando entre a cambiar neumáticos tú ocupas mi puesto para terminar la prueba. No me olvido que si estoy aquí es gracias a ti.
.- Estamos de acuerdo, Julio.

Pola, al no haber participado en la sesión de clasificación del sábado, debía salir desde el último lugar de la parrilla. Sin conocer el coche, las primeras vueltas tuvo que emplearlas en familiarizarse con el Ferrari, pero pronto gracias mitad a su talento, mitad al ánimo de los 250.000 espectadores que ocupaban las cunetas del circuito urbano barcelonés, escaló hasta las primeras posiciones, codeándose con los grandes de la época. Cuando comenzaron el resto de pilotos a entrar a boxes a por neumáticos nuevos, Pola se mantuvo en pista, lo que le permitió circular varias vueltas en segunda posición, sólo por detrás de su compañero de equipo Farina.

Quizás fuera la magnífica carrera que estaba realizando, quizás la embriaguez provocada por las aclamaciones del público que abarrotaba el circuito, quizás la oportunidad cierta de subirse al podio final, una idea empezó a taladrar la cabeza de Julio mientras enfilaba la calle de entrada a boxes. Con la vista fija en el morro de su Ferrari, veía a los mecánicos cambiarle las ruedas y a su amigo Vargas acercarse para ocupar su puesto.

.- ¡A la mierda!

Julio aceleró para volver de nuevo a la carrera, dejando plantado a Vargas. No llegaría muy lejos, la precipitada salida le llevó a derrapar en el mismo carril de incorporación a la pista y estrellar su monoplaza contra el muro, dando por finalizada su carrera.

La desaparición de Julio González-Pola


.- ¡Recluso González-Pola! Vamos, el alcaide quiere verte en su despacho.
.- Vamos.

Mientras atravesaba custodiado por dos guardias los húmedos pasillos del Penal de Yeserías, Julio recordaba los sucesos de los últimos meses. Lejos quedaba aquel día en que disputó el Gran Premio de la Peña Rhin al volante de un Ferrari 125, carrera que no logró terminar para decepción no sólo suya, sino también de todo el público asistente ¡Cómo le felicitaban al volver al garaje todas las personas con las que se cruzaba! El diario Marca le dedicó al día siguiente una entrevista a doble página. Pero lo mejor fue la carta que le envió unos días después el mismísimo Enzo Ferrari, ofreciéndole un contrato para pilotar para él el próximo año.

¡Cuántas ilusiones se hizo entonces! Pero ya nada de eso importaba; volviendo a Madrid en su coche tras una larga noche de juerga en El Escorial, entrando en la ciudad por la carretera de La Coruña con la amanecida, perdió el control de su vehículo y fue a estrellarse contra el Arco de la Victoria; todo podía haber terminado con una elevada factura de chapa y pintura, pero la fatalidad quiso que se llevara por delante un ciclista, que falleció en el acto. Imprudencia temeraria con resultado de muerte, calificó el fiscal, y pidió para él la pena de prisión por 6 años. Ahora estaba encarcelado a la espera del juicio. En el calabozo le llegó la noticia de que su amigo Nino Farina se había proclamado Campeón del Mundo del recién creado campeonato de Fórmula 1, heredero de la Fórmula Internacional 1 que se disputaba hasta entonces, al volante de un Alfa Romeo.

.- ¿Julio González-Pola? ¿El piloto?
.- El mismo
.- Debe tener usted amigos muy influyentes...
.- Mi padre es un afamado escultor asturiano, las calles de Oviedo están llenas de obras suyas; el mismo Franco le ha encargado varias esculturas conmemorativas para Madrid. Mi tío Emilio es General del Ejército y ha sido condecorado con la Gran Cruz Laureada de San Fernando.
.- Me han llamado... de arriba. Le ofrecen la oportunidad de evitar el juicio, que si me permite decirlo tiene usted perdido.
.- ¿Qué hay que hacer?
.- Desaparecer, marcharse de España, para no volver nunca. ¿Tiene usted dónde ir?
.- Tengo amigos en Venezuela.
.- Perfecto. Pasado mañana cogerá usted un avión para Caracas. Si me permite un consejo, cámbiese el nombre nada más aterrizar; Julio González-Pola tiene que dejar de existir. Prepárese para el viaje, yo me encargaré de avisar a su familia.
.- Estaré listo. Pero no le diga nada a mi mujer hasta que el avión haya despegado.

Julio cogió ese avión con destino a Caracas dos días más tarde, con la única compañía de una hermosa mujer de larga cabellera rubia que no paraba de parlotear acerca de las paradisíacas playas del Caribe y de lo felices que iban a ser. Julio no escuchaba, le importaba un comino lo que decía, en realidad le importaba un comino ella.

La estrella brilla en Venezuela


¿Habría alguien en la Caracas de los años 50 que no supiera quién era Julio Pola? Sus buenos contactos con el Gobierno le habían convertido en un próspero fabricante de material de construcción, su palacete en la urbanización Las Mercedes era el principal centro social de la capital, donde su esposa Elba, rica heredera de una de las grandes familias terratenientes de Venezuela daba las más lujosas fiestas, aunque no eran menos famosas las correrías nocturnas de Julio por los mejores restaurantes y los peores garitos de la ciudad. Pero ninguno de estos sucesos llevaba a Pola un día sí y otro también a la portada de los principales diarios venezolanos; Pola acaparaba los informativos por ser el mejor piloto de automóviles del pais caribeño, habiendo hecho ondear la bandera tricolor de Venezuela en las 12 Horas de Sebring, en los 1.000 Kilómetros de Buenos Aires, y por supuesto en la Palmarejo-Caracas, el Gran Premio de su país.

El piloto venezolano Julio Pola, en quien el perspicaz lector rápidamente habrá reconocido al desaparecido piloto español Julio González-Pola, se había especializado en las carreras de turismos a todo lo largo y ancho del subcontinente sudamericano. Pilotaba Mercedes y Maseratis, pero sobre todo Ferraris, que él mismo compraba y ponía en manos del mecánico español residente en Venezuela Félix Varona, que se los preparaba para las carreras e incluso compartía con él el asiento de piloto en los Grandes Premios.

El aspecto de Julio Pola en los circuitos americanos era imponente. Siempre llegaba a la parrilla de salida vestido con un elegante traje blanco de alpaca y un presumido largo pañuelo del mismo color al cuello; antes de subirse al coche solía compartir un cuba-libre con Varona, mientras se fumaba un cigarrillo despaciosamente. Se midió con los más grandes, con Juan Manuel Fangio, con José Froilán González, con Graham Hill, y salió victorioso muchas veces frente a estos grandes campeones... pero por alguna razón que nadie conocía nunca dio el salto a Europa, a la Fórmula 1. El piloto español Alfonso de Portago le propuso varias veces contratos para correr en España con Pegaso o Hispano-Suiza, pero Julio siempre los rechazaba.

Lo cierto es que Julio Pola era feliz en Caracas; el público le adoraba, las mujeres le deseaban, y él amaba a sus coches, sobre todo a sus Ferraris. En 1958 quedó segundo en el Gran Premio de Venezuela de Turismos, pilotando un Ferrari 250 GT; el piloto ganador conducía el mismo modelo, pero había sido preparado por sus mecánicos para rendir 60 caballos más que el de Pola. Ni corto ni perezoso, en la misma línea de meta Julio se dirigió a su rival y tras felicitarle por su victoria le pidió precio por su coche y allí mismo se lo compró; el dinero nunca había sido un problema para él.

El final de la historia


Julio Pola falleció en Caracas en 1971, enfermo de cáncer. En su lecho de muerte recibió la visita de su mecánico y gran amigo Varona; tras tantos años juntos triunfando en los circuitos, Varona apenas podía contener el llanto.

.- Varona ¿qué te pasa?
.- Julio, yo...
.- Vamos, vamos, lo hemos pasado bien juntos ¿eh?
.- Sí, Julio. Muy bien.
.- Pues entones ¿por qué lloras? He disfrutado de una gran vida. Anda, coge esa botella de champagne y vamos a brindar; he llegado a la meta.

Varona hizo como le decía y cogió la botella de champagne francés del mueble-bar. Antes de abrirla, fijo sus ojos en los de Julio, que asintió con la cabeza; Varona agitó violentamente la botella, la descorchó y roció con espuma a su amigo. Julio sonreía mientras el champagne le impregnaba la cara, cerró los ojos y se vio de nuevo en lo más alto del podio, recibiendo los vítores de la multitud. Así murió el venezolano Julio Pola, el español Julio González-Pola, el Don Juan Tenorio del siglo XX que un día pilotó para Ferrari en Barcelona.

http://www.f1aldia.com/11696/un-tenorio-al-volante-de-un-ferrari/

Publicado por: murra el Apr 7 2011, 09:24 AM

Buenísima la historia, Bitter, no la conocía. De hecho no conocía la existencia de González-Pola. Todo un personaje

Publicado por: Anselmo el Apr 7 2011, 09:53 AM

... que se lo cuenten al chico ciclista muerto unsure.gif ...

La historia, eso sí, fascinante wink.gif .

Publicado por: tenista el Nov 2 2012, 12:54 AM

Algo para leer obligatoriamente, de nuevo, incluidos todos los nuevos.

Merece la pena, ¿verdad Raquel?.

Que Grande....

Publicado por: tenista el Sep 27 2013, 01:31 PM

CITA(tenista @ Nov 2 2012, 01:54 AM) *
Algo para leer obligatoriamente, de nuevo, incluidos todos los nuevos.

Merece la pena, ¿verdad Raquel?.

Que Grande....


Por si alguien no lo ha hecho...

Publicado por: tenista el Oct 23 2014, 09:49 AM

Creo que te gustara, Raquel.

http://carloscastella.wordpress.com/2014/10/23/el-monolito-dedicado-a-rudolf/

Publicado por: Nivola el Oct 27 2014, 03:45 PM

Muy buenas... hace poco comentabais, creo que en el hilo de fichajes, algo sobre los colores de los monoplazas de antaño según su nacionalidad y tal.
Como este es el rinconcillo para "esas historias de antaño" os dejo un par de enlaces sobre este tema de aquellos años 30 (joer casi un siglo ya) donde se habla de esto y de la mitica leyenda del plateado de Mercedes (y la posterior desmitificación). Muchos ya sabreis de todo ello, pero seguro que alguno no.

Son dos artículos pero van en orden (no se entiende el segundo sin haber leido primero el anterior) ya que digamos es un mismo artículo dividido en "parte I" y "parte II".
Así que aquí os dejo por si queréis entreneros un ratín. Creo que merece la pena y a algunos les gustará.

http://www.formulaf1.es/15868/la-leyenda-de-las-flechas-de-plata/ (esta es la primera parte)

http://www.formulaf1.es/16118/las-flechas-de-plata-ii-desmitificando-la-leyenda/ (y aquí la continuación)

Publicado por: juannillo el Oct 27 2014, 08:52 PM

CITA(Nivola @ Oct 27 2014, 03:45 PM) *
Muy buenas... hace poco comentabais, creo que en el hilo de fichajes, algo sobre los colores de los monoplazas de antaño según su nacionalidad y tal.
Como este es el rinconcillo para "esas historias de antaño" os dejo un par de enlaces sobre este tema de aquellos años 30 (joer casi un siglo ya) donde se habla de esto y de la mitica leyenda del plateado de Mercedes (y la posterior desmitificación). Muchos ya sabreis de todo ello, pero seguro que alguno no.

Son dos artículos pero van en orden (no se entiende el segundo sin haber leido primero el anterior) ya que digamos es un mismo artículo dividido en "parte I" y "parte II".
Así que aquí os dejo por si queréis entreneros un ratín. Creo que merece la pena y a algunos les gustará.

http://www.formulaf1.es/15868/la-leyenda-de-las-flechas-de-plata/ (esta es la primera parte)

http://www.formulaf1.es/16118/las-flechas-de-plata-ii-desmitificando-la-leyenda/ (y aquí la continuación)


¡Gracias Nivola!

Que gustazo leer historias de los grandes premios de antaño. Donde los mecánicos no eran expertos en electrónica y la aerodinámica no marcaba la diferencia entre los vehículos...

Publicado por: ABCV el Dec 28 2014, 06:22 PM

No se si es el sitio correcto pero es historia pura.

La rivalidad en su punto álgido (Parte I)

http://enfermosdelmotor.blogspot.com.es/2014/12/la-rivalidad-en-su-punto-algido-parte-i.html

Publicado por: tenista el Dec 28 2014, 08:44 PM

CITA(ABCV @ Dec 28 2014, 06:22 PM) *
No se si es el sitio correcto pero es historia pura.

La rivalidad en su punto álgido (Parte I)

http://enfermosdelmotor.blogspot.com.es/2014/12/la-rivalidad-en-su-punto-algido-parte-i.html


Es mas que perfecto, Raquel estara contentisima!

Publicado por: ABCV el Dec 30 2014, 05:41 PM

CITA(tenista @ Dec 28 2014, 08:44 PM) *
Es mas que perfecto, Raquel estara contentisima!


Pues no sufráis que aquí traigo la segunda parte wink.gif

La Rivalidad en su punto álgido (Parte II)

http://enfermosdelmotor.blogspot.com.es/2014/12/la-rivalidad-en-su-punto-algido-parte-ii.html

Publicado por: ABCV el Jan 14 2015, 10:22 PM

Un secuestro que salvó una vida

http://enfermosdelmotor.blogspot.com.es/2015/01/un-secuestro-que-salvo-una-vida.html

Publicado por: Raquel el Mar 4 2015, 01:43 PM

CITA(tenista @ Oct 23 2014, 09:49 AM) *
Creo que te gustara, Raquel.

http://carloscastella.wordpress.com/2014/10/23/el-monolito-dedicado-a-rudolf/


Perdón, Tenista. Hasta ayer a la tarde no vi este comentario, por ello ni te lo había agradecido ni respondido. Gracias. wub.gif El aprecio o cariño es mutuo, aunque no lo parezca por mi parte. Y me alegra mucho saber que ese libro de Caracciola te gustara tanto y pudiera hacerte saltar la chispa para disfrutar con "aquellos hérores del motor".

Lo vi porque estaba buscando unos datos sobre Rudolf Caracciola y me apareció por dos vías a la vez:biggrin.gif por este tópic de Ayrton y, también, por el artículo escrito por Carlos Castellá en su blog. Me hizo mucha gracia, además, el comentario del Sr. Castellá. Cierto, debo de ser "la mayor seguidora que haya tenido nunca Rudolf". Jajajaja... Él mismo me regaló una vez una fotografía tomada por su propia cámara, en directo, desde Nürburgring, así que cómo no me iba a hacer ilusión el comentario...

Sólo eso, gracias, Tenista. Un abrazo fuerte.


Publicado por: tenista el Mar 4 2015, 09:15 PM

CITA(Raquel @ Mar 4 2015, 01:43 PM) *
Perdón, Tenista. Hasta ayer a la tarde no vi este comentario, por ello ni te lo había agradecido ni respondido. Gracias. wub.gif El aprecio o cariño es mutuo, aunque no lo parezca por mi parte. Y me alegra mucho saber que ese libro de Caracciola te gustara tanto y pudiera hacerte saltar la chispa para disfrutar con "aquellos hérores del motor".

Lo vi porque estaba buscando unos datos sobre Rudolf Caracciola y me apareció por dos vías a la vez:biggrin.gif por este tópic de Ayrton y, también, por el artículo escrito por Carlos Castellá en su blog. Me hizo mucha gracia, además, el comentario del Sr. Castellá. Cierto, debo de ser "la mayor seguidora que haya tenido nunca Rudolf". Jajajaja... Él mismo me regaló una vez una fotografía tomada por su propia cámara, en directo, desde Nürburgring, así que cómo no me iba a hacer ilusión el comentario...

Sólo eso, gracias, Tenista. Un abrazo fuerte.


Pues no sabes lo mejor, querida compi, Carlos me pregunto expresamente por ti. Me dijo que jamas habia conocido a una seguidora con tantos conocimientos sobre de Rudolf Caracciola, que antes sabia que estabas mas activa que ahora.

Yo creo que podias pasarte de vez en cuando por aqui y volvernos a leer "el cuento sobre motor", que tanto nos gustaba escuchar antes de irnos a dormir.

Te juro que lo hecho de menos.

Animate! wink.gif

Que gustazao leerte!!

PD: Me debes la contestacion de tu cumple, al menos una al año rolleyes.gif

Publicado por: Nivola el Jun 21 2016, 07:34 PM

Lo pongo aquí, por no bucear más en el foro (y así de paso subimos este hilo que nunca debería enterrarse mucho). Y eso, que como este hilo se que es obligado para los amantes de la Historia de este deporte, os dejo unos enlaces de una iniciativa que se hace este año en http://www.formulaf1.es/ que seguro a algunos os gusta.

Aquí las cuatro primeras entregas del serial:

http://www.formulaf1.es/58732/50-anos-presentacion-la-temporada-1966-formula-1/

http://www.formulaf1.es/59266/50-anos-los-protagonistas-maquinas/

http://www.formulaf1.es/59359/50-anos-grand-prix-monaco-1966/

http://www.formulaf1.es/59527/50-anos-grand-prix-belgica-1966/


El serial consiste en hacer un seguimiento paralelo a la la temporada actual con el campeonato de 1966... como si se corriera a la vez el de ahora, y el de hace medio siglo... con sus crónicas y demás que van llegando como en entregas según coinciden las fechas de ayer y hoy.

Ahí os dejo lo publicado hasta el momento, por si a alguno le gusta

Publicado por: tenista el Jun 22 2016, 09:53 PM

Pedazo de idea ohmy.gif

Ya puedes ir subiendo todos los capitulos!!


Me engancho FIJO! rolleyes.gif

Publicado por: Nivola el Jul 7 2016, 11:23 PM

Aquí os dejo una nueva entrega del Serial:

http://www.formulaf1.es/59647/50-anos-grand-prix-francia-1966/


wink.gif wink.gif

Publicado por: Nivola el Jul 26 2016, 02:24 PM

Nuevo fascículo del Serial... esta vez el GP de Inglaterra del 66

http://www.formulaf1.es/59780/50-anos-grand-prix-gran-bretana-1966/

rolleyes.gif

wink.gif wink.gif

Publicado por: tenista el Jul 26 2016, 05:54 PM

CITA(Nivola @ Jul 26 2016, 03:24 PM) *
Nuevo fascículo del Serial... esta vez el GP de Inglaterra del 66

http://www.formulaf1.es/59780/50-anos-grand-prix-gran-bretana-1966/

rolleyes.gif

wink.gif wink.gif



Tremendo, Muchas Gracias compañero.

Publicado por: Nivola el Aug 2 2016, 02:53 PM

Y aquí un nuevo fascículo del Serial... esta vez el Grad Prix de Holanda 1966
...el siguiente capítulo, Alemania, creo que fue de aúpa...

http://www.formulaf1.es/59870/50-anos-grand-prix-holanda-1966/


rolleyes.gif smile.gif smile.gif wink.gif

Publicado por: tenista el Aug 3 2016, 09:25 AM

CITA(Nivola @ Aug 2 2016, 03:53 PM) *
Y aquí un nuevo fascículo del Serial... esta vez el Grad Prix de Holanda 1966
...el siguiente capítulo, Alemania, creo que fue de aúpa...

http://www.formulaf1.es/59870/50-anos-grand-prix-holanda-1966/


rolleyes.gif smile.gif smile.gif wink.gif



Tremendo!!

Esperando, ya, el siguiente!!

Publicado por: Nivola el Aug 17 2016, 02:12 PM

Y otro fascículo del Serial... en esta ocasión, el GP Aleman del 66, de dolosas consecuencias... sad.gif

http://www.formulaf1.es/59896/50-anos-grand-prix-alemania-1966/


Seguiremos con las entregas... smile.gif smile.gif wink.gif

Publicado por: tenista el Feb 9 2018, 08:55 PM

De obligada lectura.

Ojala Rauqel volviera...

Lo subo porque guarda relación con el articúlo subido en el Tema de Nürburgring.

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